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bala perdida

 

 

 


De tejido y
crochet

 

 

 

 

 

Recostada en el diván de mi psicoanalista recibí además de un diagnostico poco alentador, un par de recomendaciones. Entre las sugerencias estaba la de tener algún pasatiempo. Buscar la otredad para desenfocarte, dijo el hombre que por ochocientos pesos consulta sonaba más a un maestro de filosofía que a un especialista. Así es que la necesidad de buscar complementos para mi persona me hizo abrir otros escenarios. Debido a la aguda fobia social que padezco, las posibilidades de enrolarme en actividades comunes eran escasas. Decidí inscribirme en un taller de escritura una vez por semana, al fin que era una asidua lectora desde mi niñez.

Las primeras sesiones, más que un ejercicio lúdico, fueron una prueba de valor. Mi intención era pasar lo más desapercibida posible, pero el terror se apoderó de mí cuando me percaté que tendría que compartir con unos desconocidos mis escritos. Sería cruelmente vapuleada, pero ya estaba ahí, después de minutos eternos y varias miradas compasivas pudo salir la voz de mi garganta. Cada noche de los primeros tres meses me juraba a mí misma no volver. Yo no tenía nada que hacer en ese lugar. Lo que yo escribía no tenía ni un punto de comparación con la forma de escribir de los demás. Me di cuenta también que mi bagaje distaba mucho de ser buena literatura. Sin embargo, lo que me mantuvo asidua cada semana fue un enorme descubrimiento personal. Esas voces internas, el fuego que surgía impetuoso de mi emoción, los gritos vehementes del alma encontraban en mi afinidad por la escritura una salida. ¡Era más efectivo el catalizador de las letras que un año de psicoterapia! Lograba un mayor resultado en mi locura que el antidepresivo más potente.

Así me descubrí tras varios meses de sufrir, disfrutando el momento del taller, rompiendo mi arraigado hábito, invité a los compañeros un sábado por la noche a mi casa. Visiblemente nerviosa y poco habituada a esos menesteres cumplí con todos los requerimientos de la buena anfitriona: limpié la casa, compré flores frescas, encendí velas, preparé canapés y surtí vinos. Solo unos cuantos minutos antes de la hora acordada, al estar en la sala observando que todo estuviera en su lugar, sentí una especie de escalofrío. Los estantes de libros estaban repletos, pero de todas las lecturas que me habían acompañado en mi vida. Seguramente ninguno de esos volúmenes estaba ni por asomo en la gaveta de mis compañeros de letras. Llena de pánico, noencontré otro recurso que voltearlos para que no se pudieran ver los títulos, en alguna revista de decoración había visto algo igual y tal vez (solo tal vez) a nadie le llamaría la atención tal acomodo.

Al terminar de voltear el último libro sonó el timbre. La noche transcurrió con tranquilidad y soltura, me relajé completamente y me felicité de que todo estuviera saliendo bien. Apuré de golpe dos tequilas derechos para terminar de distender los nudos en mi espalda cuando el momento más extraño comenzó a suceder. Vi salir de la cocina a una mujer de baja estatura a quien no reconocí como parte del grupo, pero su cara se me hizo familiar. Enfoqué la mirada, para mi desconcierto me di cuenta que era Isabel Allende que traía en sus manos una charola con quesos. Mi reflejo fue comentarlo con mis compañeros, pero mi impresión fue mayor cuando vi que entre Carlos y Roberto estaba sentado Sidney Sheldon.

 

Parecía que hablaban acerca de su más reciente bestseller. En ese instante la puerta del baño se abrió y Virginia Holt salió con el vestido que trae puesto en la contraportada de sus últimas ediciones. Me paré de golpe, eso no podía estar sucediendo, escuché risas en la terraza, caminé hacia la ventana y pude ver como Ildefonso Falcones, Dan Brown, Arturo Pérez Reverte y el mismísimo Paulo Coelho se destornillaban de risa ante los chistes subidos de tono que Laura Esquivel les contaba. Ven, ven, me dijo al verme, este del poeta lo tienes que escuchar.

Salí de ahí despavorida, mis compañeros de taller no parecían percatarse con quiénes estábamos conviviendo; se podría decir que hasta parecían divertidos en sus charlas. En una esquina de la sala, un grupo de personas entre quienes pude distinguir a Wayne Dyer, Deepak Chopra y al maestro Miguel Ruiz debatían sobre las cinco posturas tibetanas para la eterna juventud. Cerca de la chimenea Robert Kiyosaki cuchicheaba con Napoleón Hill sobre el mal manejo financiero que hice de la pequeña fortuna que heredé de la abuela. ¿Quién les dio esa información?, pensé. Del comedor vi venir a Guadalupe Loaeza quien, con su vocecita de niña bien, llamó a todos a la mesa. ¿A la mesa?, me pregunté, pero si yo no hice de cenar. Caminé hacía el comedor para ver estupefacta como J. K Rowling, Kent Follet, Stephen King y Haruki Murakami se sentaban en mis adoradas sillas rangelianas.

Ángeles Mastretta entró muy molesta para comentar que en mi recámara E. L. James mantenía un encuentro sexual y pervertido con Carlos Ruiz Zafón. ¡Ménage à trois!, gritó Gioconda Belli. Ahí tuve conciencia, estoy alucinando. Caminé hacia fuera con los ojos cerrados para no ver a ningún otro autor. Al abrir la puerta choqué con Mario Vargas Llosa. La emoción me vino de golpe, pero antes de abrazarlo efusivamente vi que detrás de él venían Gabo y Carlos Fuentes ¿Qué ambos no murieron?, reflexioné.

Bienvenidos, dijeron mis compañeros. ¡Vaya!, exclamé un poco relajada, al menos unos de presumir. Iba a seguirlos al interior de la casa cuando el sonido del carro de camotes llamó mi atención. Yolanda Vargas Dulché empujaba el destartalado vehículo y me sonreía. Ya solo tenía una alternativa: colapsar.

Supe unos días después, en el centro de recuperación mental, que esa noche me colocaron una camisa de fuerza, mientras yo, con llanto histérico gritaba: no es mi culpa, no es mi culpa, los cuentos de Lágrimas y risas me los compraba mi madre. Jamás volví al taller, ahora asisto los martes a un grupo de tejido y crochet. 

 

 

 

 

 

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C O M E N T A R I O S