S U P L E M E N T O

Número 67. Año 2. 24 de diciembre de 2018. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

EL ABOLENGO NEGRO AFROMEXICANO NACIONAL [8/10]

Marco Polo Hernández Cuevas

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El protagonista, Artemio Cruz, nace en Cocuya, Veracruz, cerca del puerto principal de entrada de esclavizados negros y del punto principal de llegada de las diversas culturas africanas a México. Hasta los catorce años de edad, Artemio crece en este ámbito africanomexicano. La muerte de Artemio Cruz es el autorretrato del pelado Artemio Cruz, un mestizo moribundo de 71 años, que se hizo solo y no se identifica con sus raíces africanas. Artemio es hijo bastardo de una tal «Isabel Cruz, Cruz Isabel», una mulata cuyo verdadero nombre, nos da la impresión, es desconocido. Por otro lado, su padre, Atanasio Menchaca, es un criollo, quien durante el Porfiriato fuera un poderoso terrateniente y líder innato. Artemio Cruz mide un metro ochenta y dos centímetros de altura y pesa cerca de setenta y nueve kilos. Otras de sus características físicas incluyen: «rasgos pronunciados», cabello gris rizado, que una vez fuera negro, la piel tan oscura como el color de la piel de su hijo, ojos verdes que proyectan una fría e indescifrable mirada, una enérgica boca, frente amplia, pómulos salientes y labios gruesos.

Artemio se hace teniente coronel durante la fase armada de la Revolución y mediante el matrimonio, tramado por él, con una criolla, después del conflicto armado, se convierte en terrateniente y administrador y, más tarde, en un magnate propietario de periódicos y millonario, a través del corretaje de concesiones gubernamentales a extranjeros.

Artemio siente que ha conquistado la «decencia» para sus hijos porque viven como blancos; cree que ellos debían agradecer el que él no se hubiera conformado «con vivir y morir en una choza de negros», y, por lo mismo, el haberlos hecho «gente de respeto». Esta clase de declaraciones puestas en la boca del mulato protagonista hace evidente la estética blanca que prevalece en la novela. En La muerte de Artemio Cruz los mexicanos de linaje africano son narrados como seres atrasados, sumisos, dóciles y serviles. Son caricaturizados y aparecen como simples seres de la jungla, con un apetito sexual infinito, poseedores de una musicalidad innata y una predisposición natural para relajarse. Ante el lente de Jackson y Snead, la novela revela un contraste al advertirse que los criollos son descritos como gente con historia, identidad, sentimientos, ideales y caballerosos, aun en el momento de la derrota. Esta percepción hace eco a la creencia de la superioridad de la cultura criolla estipulada por Samuel Ramos: los criollos, de acuerdo a tal ideología, son capaces de comprender y dar cuerpo y alma por la familia y creencias.

En su estructura, La muerte de Artemio Cruz difiere de las novelas mexicanas anteriores; sin embargo, lo que no cambia es la esencia de lo que está siendo transmitido. En otras palabras, la forma de narrar la historia ha cambiado pero no lo que se está diciendo del mestizaje mexicano y, en particular, acerca de su elemento negro africano, lo cual reitera la ideología de José Vasconcelos de la raza cósmica. Por lo tanto, La muerte de Artemio Cruz es considerada aquí como un segmento integral del discurso de nación producido durante la fase cultural de la Revolución Mexicana (1920-1968). Aunque los mestizos —grupo mayoritario de la población mexicana— no sean blancos y una porción considerable de ellos posea una gota de sangre africana, la novela calca y refuerza los estereotipos sobre los negros de la misma manera que otros trabajos producidos en México durante el periodo aludido.

En La muerte de Artemio Cruz, las imágenes son fragmentadas y coloreadas en un estilo cubista. Un ejemplo, se encuentra en la primera página:

 

Aunque no quiera: algo brilla con insistencia cerca de mi rostro. Algo que se reproduce detrás de mis párpados cerrados en una fuga de luces negras y círculos azules. Contraigo los músculos de mi cara, abro el ojo derecho y lo veo reflejado en las incrustaciones de vidrio de una bolsa de mujer [...] Soy este viejo con las facciones partidas por los cuadrados desiguales del vidrio.

 

Carlos Fuentes parte de la estructura lineal tradicional y su historia es relatada mediante segmentos coloridos. Penetra al lector con imágenes de apariencia ingenua, que, sin embargo, alimentan y refuerzan los símbolos preexistentes. El autor introduce nueva técnica estructural a la novela mexicana y revoluciona los métodos de persuasión del público lector. De hecho, la descripción física e ideológica del protagonista está fragmentada desde el principio hasta el final de la novela. Así La muerte de Artemio Cruz es una metáfora del mestizaje mexicano. Las raíces africanas de Artemio Cruz son difíciles de detectar. Entre la confusión, el lector es persuadido de que las características negras de la población, a sabiendas y voluntariamente, están en un proceso de blanqueaminto.

Fuentes juega con el tiempo y espacio. Disloca planos por medio de un montaje de escenas, como el de la cinematografía. Hace que el lector viaje en la mente del agonizante Artemio como si fuese una pantalla de cine. A través de un monólogo interior, Cruz transmite símbolos dentro y fuera de la mente del lector a una velocidad vertiginosa. No hay barreras de tiempo ni espacio. Artemio Cruz trae el pasado al presente a voluntad; por ejemplo, en una de varias evocaciones rememora su infancia mediante un acercamiento de escena y traslada al lector a un lugar distinto en el tiempo.  El pasado se mezcla con el presente cuando el protagonista sale de su letargo por causa del dolor y se da cuenta de la presencia de otros en el cuarto. El futuro viene al presente cuando Artemio prevé lo que va a pasar. El dolor intenso, el sufrimiento de Artemio parece eterno.

De esta manera, Fuentes penetra la mente del lector y, en lugar de los hechos, coloca un mundo ideal, el cual, en su momento coadyuvará el desarrollo del síndrome de la memoria falsa. Así, lo que nunca fue llega a ser, y lo que ha sido es extirpado de la mente del lector inconsciente. De esta manera, el autor fragua la historia y refuerza los estereotipos de los negros, algo a lo que se regresará después.

Según Julio Ortega, La muerte de Artemio Cruz es «el primer producto latinoamericano de la postmodernidad». Ortega interpreta la novela como «una lectura desencantada de modernidad compulsiva». Esto sorprende poco ya que la novela da la impresión de ser una mirada fresca a la Revolución. Parece criticar severamente a un sistema patriarcal corrupto, y en la superficie es la voz anhelada y autocrítica de una estructura decadente. La narración proyecta la ilusión de ser una denuncia a la existente estructura política: el sistema criollo institucionalizado y manipulado a través del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que desde el inicio de la fase cultural de la Revolución buscó el poder y control total del pueblo mediante la homegeneización sicológica.

Desde el lado exterior de la cortina de humo que tiende, La muerte de Artemio Cruz parece acusar al gobierno por traicionar los ideales de la Revolución. El PRI privó de derechos civiles a la mayoría de los mexicanos (la gente que no era blanca), y se apegó a la línea de color institucionalizada durante el periodo colonial. Esto queda corroborado por la situación actual de los pueblos originarios y la negación sistemática del abolengo negro del mexicano y lo mexicano. Sin embargo, al ir más allá de la aludida cortina de humo, al someter a la novela al lente afrocéntrico, uno se ve forzado a cuestionar la autenticidad del personaje atribuido a un individuo de ascendencia africana negra en el México revolucionario. ¿Había disminuido tanto el racismo en 1920 como para permitir que una persona visiblemente negra y proveniente de la nada llegara al poder? ¿Cuántos mexicanos con fenotipo negro podía uno encontrar como magnates en el México de la primera mitad del siglo xx? Si «el propósito de la novela es contar la otra versión de la historia», tal y como Carlos Fuentes ha declarado, ¿no hubiese sido más genuino retratar a un criollo blanco como villano? ¿Por qué Fuentes describe a un pelado como villano? ¿Está la novela repitiendo y reforzando el mito de la naturaleza maldita de los mexicanos que no son blancos? ¿Está Carlos Fuentes personificando por medio de su protagonista los estereotipos forjados y repetidos por Samuel Ramos y Octavio Paz?

En "Los hijos de la Malinche", Paz usa la palabra chingar como base para el análisis del carácter mexicano. Fuentes parece hacer lo mismo en La muerte de Artemio Cruz cuando Artemio Cruz realiza un autoanálisis mediante los diversos significados de chingar y la forma que se relacionan con él y su experiencia. Paz concluye que «la cuestión del origen es el centro secreto« de la ansiedad y angustia mexicana. Un Fuentes más cínico expone que el orígen de chingar y su inherente importancia en México son triviales. Esto es evidente cuando el reflexivo Artemio Cruz se pregunta «¿piensas que con esa palabra regresarás a tus orígenes? ¿Qué orígenes?».  Paz reconoce que «la palabra chingar, con (todas) sus múltiples acepciones define una gran porción de la vida en México y describe nuestras relaciones con el resto de nuestros amigos y compatriotas».

Artemio Cruz, al hablarse a sí mismo y refiriéndose a chingar enuncia: «...ésa es tu palabra y tu palabra es mía, palabra de honor, palabra de hombre...». Por la época en que Paz escribe su ensayo ya sabía que la palabra chingar era un distintivo de la identidad nacional mexicana y que su uso era una forma de afirmar lo mexicano. Fuentes usa la palabra como substancia para explicar el carácter de Artemio Cruz y de ese modo lo convierte en un prototipo del pelado mexicano. Para Octavio Paz, chingar es una palabra «vulgar» que la población mexicana domina y usa en su lenguaje cotidiano. Al escribir Paz su persuasivo ensayo debió saber que los mestizos o pelados son las hijas e hijos de africanos negros, sin importar que tan integrados o blanqueados estuviesen. Esta información se encontraba a la mano desde 1946 en la obra de Aguirre Beltrán, La población negra de México. A pesar de esto, Paz separa el misterio mexicano de los misterios amarillo (asiático) y negro, en su párrafo introductorio, imitando así la filosofía de corte eurocéntrico de José Vasconcelos.

Paz indica que chingar es tal vez de origen azteca (68).  Es muy probable que haya escrito esto, ya que esa teoría se adapta a lo que él quiso decir sobre los léperos o pelados. Al categorizar al mexicano como descendiente de indios y españoles, niega ver en La chingada (la madre violada) indicios de «atributos negros». Octavio Paz provee una relación histórica errónea del mestizaje mexicano, ya que omite su abolengo africano. En su ímpetu para explicar la identidad mexicana, fracasa al hacer la conexión entre el alvaradeño, el jarocho, el chinaco, el lépero o el pelado, estudiado este último por su predecesor Samuel Ramos, un ardiente admirador y partidario de José Vasconcelos y su filosofía criolla de la educación. De esta forma, Paz mutila al verbo chingar y contribuye a la confusión sobre el origen y genio del mestizo o las mezclas mexicanas, ignorando algunas de sus más importantes contribuciones a lo mexicano.

Octavio Paz continúa el pensamiento de Ramos, pero agrega la dimensión del lenguaje en su análisis del mexicano y ya no diferencia entre las clases sociales como lo hizo Ramos. Paz une a todas las clases a través del lexema chingar. Fusiona a México y lo mexicano en uno. Para él, lo mexicano está personificado en el mexicano mestizo, de raíces originarias y españolas. Lo que es importante indicar es que Carlos Fuentes, en La muerte de Artemio Cruz imita esta línea de pensamiento. Fuentes prosigue la percepción de Ramos y Paz en su análisis del ser mexicano. Forja al personaje del pelado con chingar como su substancia y hace al pelado substancia de chingar. Crea un personaje mestizo vercruzano, cuyo abolengo africano es visible. Por lo tanto, se aproxima a los orígenes de chingar y del pelado. Se acerca más que nadie a la relación que existe entre Veracruz, el negro y chingar. Esto, una vez entrelazado, revelaría más a fondo al mexicano, su lenguaje y percepción del mundo, y, con toda probabilidad, ayudaría a explicar mejor el carácter mexicano y nuestro sentido de humor.

Sin embargo, Fuentes está cegado por la fobia al negro y la estética blanca que ofuscó a sus antecesores. Genera en Artemio Cruz a un mestizo inconsciente, quien, no obstante sus visibles características negras, el conocimiento de su nacimiento y haber crecido en un medio ambiente marcadamente africano hasta la edad de catorce años, es ajeno y tal vez esté hasta apenado, pues no es un símbolo de decencia para él «vivir y morir en una choza de negros», de su linaje africano y de su herencia cultural africana. Fuentes blanquea a Artemio Cruz haciéndolo principalmente orgulloso de su identidad criolla y de dejar a su hija bien en el camino de convertirse en una persona decente o blanca.

Según Lanin A. Gyurko, Artemio Cruz se desarrolla como un «solo personaje, poderoso y lo suficientemente complejo para ser convincente, no sólo como individuo sino también como símbolo nacional». Este actor, imaginado por su tío en La muerte de Artemio Cruz como un Moisés negro, en cambio llega a convertirse en un ser despreciable, inmoral, codicioso, traidor, cobarde y corrupto. Artemio Cruz está construido como un «Conquistador del Nuevo Mundo, como un Hernán Cortés del siglo veinte» (Gyurko). Este Cortés del siglo xx seguramente es una sugerencia del por qué a los pelados nunca debería permitírseles ascender al poder. O tal vez es una justificación del por qué nunca lo han logrado. Carlos Fuentes parece proponer que las mezclas son incapaces de manejar su propio destino y que si se les diera la oportunidad actuarían tal y como los españoles y sus hijos criollos.

A través del poder de la narrativa y la autoridad que le ha sido concedida como hombre de letras, Fuentes persuade a su lector que algo que nunca fue «es». Cynthia Duncan explica este poder de la palabra: «...si una persona posee o carece de poder, si es percibido confiable o engañoso, y si se le ha sido asignado un papel dominante o subordinado por la superestructura de la sociedad, son factores que tiene un impacto en la manera que sus palabras son interpretadas por otros». Artemio Cruz es alguien incapaz de preocuparse por los altos ideales revolucionarios o por el país. En las palabras de Gyurko, Cruz es literalmente un hijo de la chingada: «La violación de una esclava, perpetrada por su padre Anastasio Menchaca, arruina su existencia; la violación impregna su vida, y la violación (mental y física) caracteriza su muerte». Para Gyurko, en el nivel simbólico, Cruz caracteriza la Revolución congelada y a una nación que «servilmente imita el sistema axiológico de las naciones europeas y norteamericanas».

Artemio Cruz es rico, poderoso y casado en una familia criolla. Es obvio que estos atributos por sí no pueden remover la división del color que lo margina a lo largo de la historia. Se adentra en un matrimonio donde la línea divisoria del color es mantenida y cultivada dentro de la relación. Pese a todo su poder, Cruz es incapaz de liberar su conciencia del conocimiento de ser el otro aún en casa con su esposa e hija. El poder político y económico, el físico impresionante y el carácter implacable (proporcionado al protagonista tan copiosamente) marcan a Cruz mediante estereotipos. A la vez hace que los criollos aparezcan más sobrios para mitificarlos.  El que Artemio Cruz carezca de identidad negra y se sienta inferior refuerza la ilusión de que los blancos, a quienes desea emular, de alguna manera son superiores. Lunero, el tío de Artemio, es un mulato bonachón y domesticado que admite su fe resignadamente. Es capaz de presenciar sin mover un dedo el abuso sexual y físico de su hermana Isabel, por parte del amo, un conocido violador de mulatas y de mujeres originarias. Lunero ayuda a Isabel cuando nace Artemio. Y por el hecho de que Lunero está presente años después, se puede deducir que no intervino y que permaneció quieto cuando después de dar a luz a Artemio Cruz, el primer hijo del amo, Isabel fue golpeada con un palo y corrida de la propiedad en frente de él. Lunero es tan bueno e incapaz de rebelarse o fugarse que inventa trabajo para mantener lo que queda de la casa de su amo. Es, en extremo, protector de Artemio y lo cuida por catorce años con dedicación increíble, acaso porque Artemio no parezca ser tan negro como él. Lunero es referido como un ser naturalmente musical. Posee el ritmo, y cada tarde canta al joven Artemio las canciones que su padre trajo de Santiago de Cuba «cuando la guerra estalló y las familias se mudaron a Veracruz con sus sirvientes». Es prisionero del miedo y la nostalgia; teme al mundo nuevo: la sierra, los indios y la meseta. Y añora el continente donde, conforme al narrador, «uno como él podía perderse en la selva y decir que había regresado».

La madre de Artemio, Isabel Cruz o Cruz Isabel, es una mujer sin un nombre determinado, y que aparece en la narración sólo como un vehículo para traer al mundo a otro hijo de la chingada. Aunque aparece fugazmente, Isabel deja la impresión de ser nada más que una víctima, una presencia temerosa e incapaz de hacer ruido, aun en el momento de dar a luz. Isabel queda explicada con las siguientes palabras de Paz en "Los hijos de la Malinche":

 

La Chingada es aun más pasiva. Su pasividad es abyecta: no ofrece resistencia a la violencia, es un montón inerte de sangre, huesos y polvo. Su mancha es constitucional y reside... en su sexo. Esta pasividad abierta al exterior la lleva a perder su identidad: es la Chingada. Pierde su nombre, no es nadie ya, se confunde con la nada, es la Nada. Y sin embargo, es la atroz encarnación de la condición femenina.

 

Lo único que habría que aclarar es que ésta es la condición femenina de la mujer mexicana que no es blanca.

La muerte de Artemio Cruz da la impresión de que los mexicanos de ascendencia africana habitan exclusivamente en Veracruz y no se extienden más allá de la sierra. La hacienda de Cocuya está repleta de negros, gente negroide y «mulatos de ojos claros de piel apiñonada», hijos de las «indias y mulatas que por allí anduvieron pariendo». Se informa al lector, sobre los negros «traídos a las plantaciones tropicales y alaciados por las avanzadas indias que ofrecieron sus sexos lampiños como un reducto de victoria sobre la raza crespa».

En contraposición con el relato de Carlos Fuentes que refuerza el mito de que los negros sólo se encuentran en la costa, existe bastante documentación sobre los africanos que fueron llevados por todo el país como mano de obra para las minas, ranchos, zonas agrícolas, trabajo doméstico y transporte de mercancías. La historia interpretada a través de la perspectiva afrocéntrica nos indica que los mexicanos de ascendencia africana y sus mezclas, considerados infames todos, vienen a ser un segmento considerable de los actuales mestizos por todo México. El refuerzo de estereotipos no termina aquí. Los hijos de Artemio son también mestizos de origen africano. Y son retratados como seres totalmente inconscientes de su raíz africana e ideológicamente blanqueados. De hecho, se muestra a su hija felizmente americanizada: va de compras, come waffles y conversa sobre las estrellas del cine norteamericano.  La muerte de Artemio Cruz parece sugerir que la corrupción en México está vinculada al hibridismo y no al gobierno criollo de corte eurocéntrico del PRI, y que el mestizaje del tipo personificado por Artemio Cruz tuvo un efecto perjudicial en la Revolución Mexicana.

En conclusión, La muerte de Artemio Cruz es un texto en el que la nación mexicana moderna está todavía siendo narrada acorde al credo de la raza cósmica. La novela perpetúa y refuerza el mito del blanqueamiento étnico que subraya la ideología del mestizaje de tipo negativo en México, así como en otras partes del nuevo mundo. Carlos Fuentes contribuye a borrar el sendero que conduce hacia el abolengo africano latente del mestizaje positivo mexicano. Al igual que José Vasconcelos, Samuel Ramos, José Rubén Romero y Octavio Paz, entre otros arquitectos de la imaginada nación mexicana moderna, Fuentes crea confusión sobre los orígenes del mestizo mexicano y su cultura. Fuentes forja, introduce, repite y eterniza estereotipos del negro y de su descendencia. Señaliza a los negros, mitifica a los blancos y omite mencionar ante una luz verosímil a los mexicanos de linaje africano que no son serviles, dóciles, sumisos y atrasados. Al igual que otros escritores latinoamericanos estudiados por Jackson, Fuentes caricaturiza la imagen de los mexicanos visiblemente negros.

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