Campamento de migrantes:

LA LUCHA DIARIA POR LA VIDA

Campamento de migrantes de El Barretal. Precariedad. [Foto: Kau Sirenio]

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En el campamento de migrantes de El Barretal, la vida es así: vendimia de unas cuantas bolsas de dulces y fritangas sobre el suelo, huacales o cajas de cartón; niños jugando futbol en los andadores del caserío formado con tiendas de campaña; adultos lavando su ropa afuera de su improvisada vivienda con la poca agua que tienen; adultos formados en el puesto de acopio para recibir jabón y un par de calcetines; gente de va de una lado a otro. Y en la entrada principal, policías federales, agentes migratorios y marinos vigilando con una actitud que incomoda a muchos de los migrantes.

En la calle de enfrente, las cosas no es tan distintas. Desde las seis de la mañana, cientos de hombres salen como hormigas a esperar que alguien pase a recogerlos para ir a trabajar, aunque sea una semana o un día, no importa, porque urge hacerse de dinero para no depender siempre de las donaciones de las organizaciones sociales.

Cuando llegan por ellos, corren como pueden para ser los primeros contratados del día; la mayoría no tiene éxito, se regresan cabizbajos, pero luego se reorganizan y vuelven a intentar hasta que logran colarse para trabajar un día.

La camioneta aún no se estacionaba cuando los migrantes la rodearon. Entre cuchicheos con los tripulantes, acordaron subir cinco para ir a trabajar en la construcción. Subieron en la caja del carro y este arrancó. Los nuevos trabajadores desaparecieron de la escena en segundos. Otros más se quedaron esperando su turno para ver si alguien los lleva a trabajar.

Mientras esperan, Juan Carlos se acerca para platicar con el reportero. Lo primero de lo que habla es de su travesía de 45 días para llegar a Tijuana; después cuenta de su nuevo trabajo como ayudante de albañil por el que le pagan 250 pesos más la comida.

Delgado, de unos 165 centímetros de estatura, piel canela, dice que su único deseo es llegar a Estados Unidos; eso sí, no pierde su fe religiosa. «Si todos fuéramos cristianos, desde cuándo se hubiera abierto la puerta de la garita; pero como no todos creen eso, por eso estamos aquí. Pero yo estoy seguro que esa puerta se va a abrir en cualquier momento, y cuando eso pase yo estaré allá trabajando para que mi familia no le falte nada», asegura.

Toma un sorbo a su café, y luego me pone al tanto: «No me puedo quejar: llevo trabajando una semana y he juntado algo de dinero; espero conseguir más para mandarle a mi familia, que está en Honduras; desde que llegué me dieron permiso de trabajo; eso me está ayudando mucho».

Aún no terminaba de hablar, cuando se detuvo una camioneta blanca que le pitó. De inmediato se despidió y arrancó hacia a sus nuevos patrones.

Otro que se las ingenió fue Wilmer. Como pudo consiguió un pedazo de cartón para anunciar su oficio. «Sé tallar madera y escultura, trabajo garantizado», garbateó. Así estuvo toda la tarde, pero no logró mucho.

Después de las nueve de la mañana, los que no consiguieron trabajar regresan al campamento por sus documentos y esperan que llegue el camión que los va a llevar a la feria del empleo que montaron los gobiernos federal, estatal y municipal.

Mientras esto ocurre en la avenida Las Torres, por la calle Hermenegildo Galeana entra un camión de la Marina Armada de México con marinos y un pelotón de cocineros para servir el desayuno a los migrantes.

 

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Entre las hileras de casuchas surge una voz apenas audible que avisa que pueden acudir a buscar trabajo en la feria de empleo, hacer trámites en oficinas de Instituto Nacional de Migración (INM) o ante la Comisión Mexicana para Ayuda a Refugiados (Comar). El aviso tiene respuesta rápida. De inmediato se forman dos columnas de hombres y mujeres, folder en mano, y se encaminan a la salida para abordar el camión que los espera.

Mientras avanza la fila para abordar el camión, una mujer reclama alterada a los de migración: «¿A dónde los llevan? ¿Sí, les explicaron que si obtienen la visa humanitaria ya no podrán aplicar para la de Estados Unidos? Porque si no lo hicieron, ustedes están engañando a estas personas. Lo digo porque el abogado de Migración nos puso al tanto de este tipo de visa».

El reclamo no tiene eco. Los propios hondureños dicen que no van por la visa humanitaria, sino a la feria del empleo. «Aquí no podemos estar esperando que todo nos den, tenemos que trabajar para tener algo de dinero. Porque tenemos antojos de un café o de una pieza de pan», dice Jairo Ovando.

Agrega: «Ya trabajé tres días; me pagaron 150 por la jornada. Nos llevaron a lavar jícamas. Para mí me fue bien, porque nos invitaron pollo y refresco; por lo que trabajé ya junté mis 450 pesos, aunque sí quiero trabajar en algo más. Si encuentro un trabajo seguro, ya no me voy a mi país».

Él, como muchos otros, no alcanzó empleo. Por más que corrió tras las camionetas que se asomaron a ofrecer trabajo esa mañana, nomás no consiguió. El que sí tuvo suerte desde que llegó fue Iván Carlos, según aseguró a los de Radio Progreso, de Honduras, a quienes les ofreció compartir vídeos e imágenes de la caravana, así como la de su nuevo empleo en un Oxxo, en Tijuana.

La fila avanza y atrás van quedando las cobijas, colchonetas, tiendas de campaña y los niños al cuidado de los policías federales, que se ven a los lejos por las casacas fluorescentes; así como de los voluntarios del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), que ofrecen talleres infantiles o los dejan hacer deporte.

Las mujeres y los hombres se organizan para asear el área. Unos barren, otros recogen la basura y la llevan a tirar al contenedor de la entrada del campamento. El resto se programa para el aseo personal.

Recorrer los pasillos del campamento es complicado por las medidas de seguridad que mantienen las autoridades de migración y la Policía Federal. Para ingresar, hay que pasar el primer filtro con la acreditación de reportero de algún medio; pero con la advertencia de que no puede hacer fotos en espacios privados, sólo en áreas comunes.

 

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Así es el día para los migrantes que esperan cruzar a Estados Unidos, pero que por ahora viven hacinados en el campamento (hay dos mil quinientas personas) y comen de lo que los marinos les llevan.

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