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LA NOCHE QUE ASESINARON A SANTA

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Escuche ruidos, pero siempre en esta parte de la ciudad hay mucho ruido, el boulevard se encuentra cerca, las cantinas, los picaderos, los vecinos enfrascados en una borrachera, o en una pelea, los perros ladrando, los gatos en celo. No sé por qué, pero me levante de la cama, para ir a ver. En medio de la oscuridad logre ver una sombra, tomé un cuchillo de la cocina y despacio, sin hacer ruido me fui acercando, el hombre estaba de espaldas viendo unas fotos de la familia, me abalance y forcejeamos un poco, hasta que lo sometí, y con cinco puñaladas en su costado fue perdiendo fuerza, se fue desangrando hasta morir.

Al encender la luz y ver al hombre ahí tirado me percaté del gran error cometido, no era un ladrón, era Santa Claus. Su bolsa llena de regalos yacía a un costado. Aún muerto el hombre no perdía su sonrisa. Un escalofrío recorría mi cuerpo, se erizaba mi piel. Que cuentas le iba a dar a las autoridades, a Luis, mi hijo de cinco años, a todos los niños que esperaban hoy por la noche la visita de este panzón vestido de rojo.

Algo tenía que hacer con el cuerpo. No podía dejarlo ahí, no era cualquier hombre, había matado a Santa, y no sé qué pena me podrían dar, sí es que existe en la ley una pena grave por asesinar a Santa.

Qué hacer el cuerpo. Eso es lo que me tenía preocupado. Yo al tan Santa no le tenía mucho aprecio, en toda mi niñez sólo me llevó un par de luchadores, un carrito de plástico, y ya, a mis hermanos tampoco les fue tan bien. Mientras que a Enrique nuestro vecino, a ese hijo de puta que era un niño bien cabrón le traía cada año juguetes buenos, carros a control remoto, playmobiles, Max Steel. Era un desdichado el tal Santa. No quiero decir que con esto mereciera morir, o que yo lo matara. Fue un accidente, como cuando se te derrama el café en la mesa.

Eran casi las doce de la noche tenía que hacer algo pronto. No podía enterrarlo en el patio, era muy pequeño. Salir a la calle cargándolo era muy obvio, cualquiera me podría ver, aparte el Santa éste está muy grande y gordo. Uno debería pensarlo más de dos veces antes de darle cinco cuchilladas a Santa Claus. Lo peor de un crimen, la parta más complicada siempre es deshacerse del cuerpo, no es que haya cometido muchos asesinatos, creo que es el primero, pero me imagino la complicado que debe de ser.

Cómo deshacerme de Santa, ese era lo más importante en ese momento. Debería existir un servicio a domicilio que se encargue de ese tipo de tareas. Uno puede asesinar accidentalmente a cualquier miembro de su familia, y entonces qué hacer. Es un dilema moral que podría en un momento desbaratar a una familia, llevarlas al colapso, y todo por un pequeño accidente. Ahorita no tendría este problema, sólo marcaría y pediría el servicio, tendría que ser especial, porque Santa no es tu primo, o tu abuelita, que has atropellado saliendo del garaje, o que has empujado por las escaleras, accidentalmente claro.

Pero nadie ha tenido esa visión empresarial, no hasta ahora. Así que Santa es mi problema.

Recordé de pronto los cientos de cuerpos que han aparecido en la ciudad, los llamados embolsados. Santa podría ser uno de esos sujetos que aparecen de pronto en alguna esquina desmembrado dentro de una bolsa negra, en este caso sería una bolsa roja. El plan era perfecto. Nadie se ´reocupa por esos hombres. Nadie busca a los culpables. Era una excelente idea.

Me dispuse a cortar en partes a Santa, Un brazo, una pierna, la cabeza, todo con el cuidado que se merecía, tenía que ser preciso, porque Santa, aún a pesar que no era para mi nada especial, conservaba un cierto romanticismo por su figura, por lo que representaba en estas fechas. Al terminar guardé las piezas en la bolsa roja, y salí de casa con ella a mis espaldas, cuando iba por la calle, casi se me escapa sin querer un jojojojojo, estruendoso, pero pude contenerme, no era propio hacerlo, llevaba a Santa Claus en pedazos dentro de la bolsa. No soy de ese tipo de hombres que no respeta a los muertos.

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