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POR FIN LA ANHELADA FIESTA DE LA IZQUIERDA EN EL ZÓCALO

Guerrero, presente en la asunción de AMLO. [Foto: Hercilia Castro]

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El día esperado llegó. Después de años de lucha, de larga espera de un nuevo gobierno, la llegada de Andrés Manuel López Obrador se convirtió en un festejo colectivo en el que la multitud colmó el zócalo capitalino.

 El pronóstico de que el clima estaría en siete grados centígrados falló. La mañana de la toma de protesta del pirmer presidente de izquierda en la historia moderna del país, el sol salió radiante, cálido.

Desde Reforma, las calles aledañas lucían sin el tráfico acostumbrado; incluso, la concurrencia era mínima. No así al llegar cerca del antiguo convento de Corpus Cristi y La Alameda, donde ya había camiones de la ruta 3 de Atizapán, estado de México, con gente descendiendo.

Un abuelo pasa con su nieto; ambos llevan carteles con la frase largamente añotrada: «Andrés Manuel López Obrador, presidente de México». Posan para la foto muy contentos; atrás de ellos, dos señores comienzan la vendimia de tazas con la imagen del nuevo presidente.

Donde no había gente, empiezan a salir. Unos van a comer, pues saben que Andrés Manuel llegará hasta las cinco de la tarde. Otros, apenas vamos rumbo al Zócalo. Se siente la algarabía; y claro, como en todos los mítines de López Obrador, los vendedores hacen su ‘agosto’. Fundas de celulares, guayaberas con el nombre del presidente, camisetas, tazas, banderas, lapiceros, calcomanías, retratos de AMLO, pines; puestos de comida, juguetes, pilas de celular, audífonos; puestos de los libros que en 12 años escribió AMLO, también a la venta. La prensa nacional y extranjera, sin darse a basto de todo el mar de gente que llega a las principales calles del Zócalo, más los fotógrafos que iban deteniéndose para buscar la mejor toma.

En un pedazo de la calle 5 de Mayo, un grupo de personas de Piedras Negras, Coahuila, externa a una conductora que confían en López Obrador y que apoyarán sus propuestas; también un contingente de trabajadores de Petróleos Mexicanos (Pemex) se apresta a dar entrevista a otro medio, mientras uno de sus compañeros toma el video para las redes sociales donde de paso dan su apoyo a la compañera María de Lourdes Días Cruz, Lula.

«Hoy tenemos presidente, y se llama Obrador, Obrador, Obrador»… «Andrés, amigo, petroleros está contigo», gritan los sindicalizados.

Ya en la entrada al Zócalo, miles de mexicanos buscan el mejor lugar para ver al presidente López Obrador. Aún faltan unas cinco horas para el evento, pero muchos se trasladaron a ese sitio desde lugares y estados alejados de la Ciudad de México. Chihuahua, Sinaloa, Tlaxcala, León, Guanajuato; Morelia, Guerrero, Hidalgo, Coahuila, Morelos, Jalisco, Tabasco; de todos lados acudieron a ver al presidente electo, el nuevo gobernante.

No importa el sol, ni el frío. Muchos de los asistentes pasan de los 50 años. Adultos y ancianos que han seguido la trayectoria de López Obrador, y lloran, aunque aún no empiece el discurso, lloran de felicidad. «Es la primera vez que gana la izquierda», juran los mayores.

En el templete, la activista, actriz y ahora senadora Jesusa Rodríguez anima a los presentes a que esperen –ella ha esperado por más de 15 años el momento– y exhorta a que se busque la sombra en lo que llega Andrés Manuel. La gente sigue llegando, como Gabriel, que viajó desde Mexicali sólo para ver la toma de protesta.

El cambio es inevitable, se siente en las calles de Madero, Moneda, 16 de Septiembre, 20 de Noviembre, Pino Suárez, con la gente desbordada llegando al Zócalo, esperando, pero con una esperanza renovada.

No hay esta vez vallas para contener, ni menos detectores de armas. La gente camina libre. Un encargado del gobierno capitalino se acerca a los policías para agradecerles el apoyo. Se abrazan, ríen. No es la escena de 2012, de 2006, de otros sexenios cuando el ambiente era de reclamo, donde la consigna a repetirse era: «Este día no es de fiesta, es de lucha y de protesta».

Pero no se excluye la desigualdad. En las calles los mendigos recuerdan que el país sigue en la miseria. Lo recuerda la señora que vende chicles y lleva sobre un carro del supermercado a su hijo de 40 años con un trastorno neurológico. Lo recuerda la oaxaqueña que vende artesanías y sus hijos sin suéter, con el rostro de hambre, la mirada de la tristeza que ha estado en el país desde hace décadas de neoliberalismo.

En el monumento a las víctimas del 68, se encuentran –desde la Costa Chica de Guerrero– los otros invisibilizados que apenas y los ha mencionado el INEGI: los afromexicanos. Llegaron desde las seis de la mañana desde Juchitán, San Marcos y Ometepec.

Uno de ellos dice que es de Juchitán, el ejido más grande de Guerrero y el quinto más poblado del país. Fueron para darle el apoyo a López Obrador y para solicitar que el Instituto Nacional de Pueblos Indígenas (INPI), se modifique a INPIA, incluyendo la A de los afromexicanos.

Señala que con gobiernos anteriores no fueron reconocidos ni para el recurso, y de cambiarse el nombre del INPI, saldrían beneficiados los afromexicanos de la franja costera, desde Veracruz hasta Guerrero, y donde quiera que se encuentre un negro.

«Sabemos que nuestro presiente electo nos toma en cuenta a todos, y significa mucho porque se nos toma en cuenta y se agradece porque así habrá recursos para esta población», dice Cohimbre.

La plaza huele a todo. A pozole. Copal. Hierbas de olor. Frutas. Tlayudas. Tacos de canasta. Tacos de barbacoa. Gomilocas con chile y limón. Papas fritas. Tlacoyos. Sándwiches de jamón y pollo. Refresco. Jugos. A heno de Pravia. Vainilla. A inocencia de niños. Y fe recuperada. Sí. En el ambiente de ayer se respiró una esperanza que no se desestima. Sería eso lo histórico. La alegría de un pueblo dolido, que ha estado en guerra, como menciona Jesusa, como menciona la misma gente que asistió.

López Obrador llega al Zócalo y se tarda en subir al templete. No lo dejan sus electores: quieren la selfi. Saludarlo. Tocarlo. Los reporteros de la televisión española buscan el mejor ángulo. El País lo destaca en sus páginas: que el zócalo fue «un cañón de esperanza para América Latina».

Lo reciben representantes de los pueblos originarios para darle el bastón de mando, un acto que no se había visto. Antes, lo purifican, hacen un ritual de oraciones y el público asistente también ora con ellos, pidiendo que haya armonía y paz.  Al menos, los más de 150 mil asistentes pidieron eso.

«Le dejan un país destrozado», dice don José, originario de estado de México. «Es difícil, pero vamos a apoyarlo», remata.

En un restaurante, los comensales corean: «¡Obrador.. Obrador.. Obrador…». Y piden que se guarde silencio con el acto que se da en el templete y es televisado, pero los dueños del local, jamás suben el volumen y causa que algunos salgan corriendo de regreso a la plaza.

En Madero es imposible caminar. Miles quieren entrar y salir. «Parecen simios… edúquense, se hubieran quedado en su casa a ver el evento y comer palomitas. Avancen… esperen… con calma… no empujen. Compañeros, aquí hay una niña, van a tirar al señor de la silla de ruedas, ya lo tiraron. Quítense», se oye la gritería para avanzar solamente unos cinco metros y lograr llegar al semáforo donde otra hilera intenta salir, y una más, entrar.

Ni los paramédicos de la Cruz Roja se salvan del gentío. Piden pasar por una emergencia; sin embargo, es una marea de gente que se apretuja para sólo dar unos pasos. Unos más aplican las medidas del pasado 19-S. El brazo en alto con la palma extendida para dar prioridad a que se avance con orden, pero apenas y lo logran. Eso no limita a las parejas que se besan en medio de la multitud, los niños, sobre los hombros del papá, que gritan que quieren ver a López Obrador, el matrimonio que ronda los 60 años y van de la mano buscando cómo acercarse a las bocinas y pantallas del Zócalo, insuficientes.

López Obrador sigue con su discurso, la gente le aplaude casi todo, en el punto de la Guardia Nacional no se escuchan muchos aplausos. La gente aún está a la expectativa. Menciona a Ayotzinapa y causa emoción en la gente. Menciona la recuperación del petróleo, como lo hizo Cárdenas, y es aplaudido, aunque no especifica si se harán filas para dar la cooperación para recuperar el hidrocarburo. Anuncia que se acabará el fuero y un muchacho bromea que si el común o el federal. Que se acabará con los privilegios. Anuncia que se impulsará a los destinos turísticos como Cancún, Puerto Vallarta, Huatulco y Acapulco, pero no menciona a Zihuatanejo-Ixtapa. Dice que no puede haber destinos turísticos con hoteles de lujo y colonias marginadas, en referencia a las malas condiciones en que viven los trabajadores de esos puntos.

Se compromete de nuevo con el pueblo mexicano y dice su frases «yo ya no me pertenezco», «no les voy a fallar». Y la multitud aplaude. Aplauden porque es diferente, porque es un logro social, porque esta vez no hubo antimotines, porque no hubo vallas para contener, ni detectores; porque, a pesar de dos elecciones fallidas, López Obrador supo ganarse a la gente. Tiene una trayectoria de lucha de 30 años que no se puede desestimar.

Al término de su discurso, comienza el AMLOFEST, con artistas como Regina Orozco, Mardonio Carballo, Damián Alcázar, Homero Franco, Natalia Cruz, entre otros que han destacado en el extranjero y que también lo han acompañado en la movilización ciudadana.

Después de más de ocho horas de espera, lágrimas, abrazos, puños alzados cantando Venceremos, siguen las voces cantando México lindo y querido. La fiesta del pueblo siguió, porque este país es grande y noble, a pesar del dolor infligido en cada esquina y comunidad, y de los miles de asesinados y desaparecidos en los últimos dos sexenios. 30 años de neoliberalismo, dijo López Obrador.

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