S U P L E M E N T O

Número 48. Año I. 23 de julio de 2018. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

LA MÚSICA COMO HERRAMIENTA Y VEHÍCULO DE ADAPTACIÓN Y/O DE RESISTENCIA PARA LOS AFRODESCENDIENTES EN LA NUEVA ESPAÑA

Raquel Paraíso

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Como es bien sabido, el antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán (1908-1996) fue uno de los primeros investigadores que dió relevancia a la presencia africana en México en su obra de 1946, La población negra de México. Este estudio reveló en toda su amplitud la importancia de la presencia de africanos y afrodescendientes en la formación de México como nación. ¿Por qué se tardó tanto en generar un estudio etnográfico tan clave en la composición étnica mexicana? En el campo de la historia de la música, los africanos y afromexicanos sufrieron la misma falta de visibilidad que sufrieron en el campo de la historia, la etnohistoria y los estudios sociales y antropológicos hasta ese momento. A excepción de la obra de Gabriel Saldívar, Historia de la música en México (1934), obras claves en la investigación folclórica como la de Vicente T. Medoza (1956) y otras posteriores, no hacen mención alguna al legado cultural africano en la formación y el desarrollo de las tradiciones folclóricas mexicanas. Ha sido en los últimos veinte o treinta años cuando la presencia de africanos y afrodescendientes en México ha empezado a recibir más atención a través de publicaciones y trabajos académicos que han salido a la luz, como los de Carlos Ruiz Rodríguez (2007).

            En este trabajo exploro uno de los estilos musicales que los africanos y sus descendientes asumieron e hicieron propios, el son mestizo, género en el que los afrodescendientes encontraron una forma de expresar algunas de sus prácticas musicales, lo cual jugó un papel importante en la consolidación de este género musical. Más que hacer un examen musical en detalle, este trabajo explora la música como una herramienta que los africanos utilizaron como forma de asimilación y/o resistencia. A pesar de que el corrido, la chilena y ciertas danzas como la de los Diablos, la Tortuga o los Vaqueros son una expresión viva de la cultura musical afromexicana de la Costa Chica de Oaxaca y Guerrero (area geográfica reconocida por la fuerte presencia y pervivencia de comunidades afromestizas), las limitaciones de espacio no me permiten adentrarme en tales géneros musicales.

 

Africanos en México, un repaso histórico

 

Los historiadores han documentado la presencia de los africanos en México desde los inicios de la colonización. Cuando Hernán Cortés entró en México, en 1519, se encontró con un país de 22 millones de indígenas. Con Cortés llegaron esclavos africanos que ya vivían en España desde el siglo XVI y quienes, empleados principalmente en actividades urbanas, ya jugaban un importante papel en la vida y costumbres españolas.

El contacto de los españoles con la población indígena de Nueva España llevó al país a una una crisis demográfica: para 1610, México había perdido 21 millones de habitantes debido a la conquista, el excesivo trabajo, el abuso y, sobre todo, a las enfermedades traídas del viejo mundo. Esto fue crucial en el desarrollo histórico de Latinoamérica en general y de la Nueva España en particular ya que la Corona española estableció varias estrategias para remediar tal devastación y aliviar a los indígenas de los trabajos a que eran sometidos: en 1542 y 1543 se publicaron una serie de Nuevas Leyes (1542 y 1543) en las que se  abolía la esclavitud de los indios, se ponían límites a la explotación del trabajo sin remuneración que realizaban y reconocía la integridad territorial y legal de los Pueblos de Indios). Estas leyes, menos reales que de palabra, aceleraron la importación de esclavos, la que ya había sido facilitada en 1518 con el establecimiento de la política de asientos y la importación directa de esclavos desde África al nuevo mundo. El número de esclavos se incrementó de tal forma que, inevitablemente, los esclavos y las condiciones sociales y económicas que la trata promovía y creaba, moldearon a la sociedad novohispana y tuvieron su efecto en las condiciones sociales, económicas, políticas, religiosas y culturales del país y de la vida colonial.

Nueva España fue una de las primeras colonias con alta demanda de esclavos. Con la concesión en 1531 de licencias privadas para la importación de los mismos, Nueva España se  convirtió en el principal mercado de esclavos en las Américas entre 1550 y 1640. Para 1640, Nueva España contaba con la segunda población más numerosa de esclavos africanos y el mayor número de africanos libres de las Américas.  Colin Palmer estima que el total de esclavos enviados a Hispanoamérica fue de 224 mil 205, y de estos, el mínimo que entró en Nueva España fue de al menos 110 mil 525, aunque fácilmente pudieron haber sido más de 150 mil. Como ya mencioné, el periodo de 1550 a 1640 fue en el que más esclavos entraron en Nueva España. Para mediados del siglo XVII, un censo de 1646 indica la presencia de 35 mil 89 africanos y 116 mil 229 afrodescendientes. Desde esa fecha hasta la Independencia, la población de esclavos disminuyó y la de los negros libres aumentó de forma constante. En 1810, el número de negros libres era aproximadamente de 624 mil, un 10 por ciento de la población total. La constitución mexicana abolió la esclavitud y la trata de esclavos en 1839.

Sin duda, los africanos se convirtieron en parte del engranaje de la sociedad mexicana. No sólo ayudaron en la recuperación económica y demográfica del país sino que, libres o esclavos, se convirtieron en parte del sistema. Con el tiempo, los mulatos libres conocidos hoy día como afromestizos serían clave en el desarrollo de México como nación.

Debido principalmente a razones económicas, los patrones de esclavitud fueron diferentes en cada país latinoamericano. Según David M. Davidson (quien basó su investigación en los estudios de Aguirre Beltrán y en su propia investigación en archivos), los africanos en Nueva España se concentraron principalmente en cuatro áreas: en el este, desde la región costera entre Veracruz y Pánuco a las laderas de la Sierra Madre Oriental. Para 1646, cerca de cinco mil africanos y afromexicanos vivían en el puerto de Veracruz, donde una gran mayoría trabajaba como cargadores y estibadores. En las zonas rurales, cerca de tres mil trabajaban en los trapiches y haciendas ganaderas; al norte y al oeste de la ciudad de México, donde al menos 15 mil esclavos trabajaban en las minas de plata y en los ranchos de ganado vacuno, ovejas y mulas; en la franja que va desde el sur de Puebla a la costa del Pacífico, trabajando en trapriches, haciendas, minas, y en el puerto de Acapulco; y, las zonas más densamente pobladas de africanos fueron la ciudad y el Valle de México, donde esclavos y esclavos libres trabajaban principalmente en el sector de servicios. Por consiguiente, los africanos en la Nueva España trabajaron en minas, plantaciones y haciendas. En las zonas urbanas trabajaron como vendedores, muleros, artesanos, jornaleros y sirvientes. Como tales, africanos y descendientes acompañaron a sus amos o a sus compatriotas novohispanos en el emergente mundo urbano de la Nueva España y desde el comienzo de la Colonia tuvieron profundas raíces en el paisaje urbano novohispano. El cimarronaje es otro de los fenómenos que no podemos olvidar en la formación de la sociedad afromexicana, ya que constituyó un segmento muy importante de la población. Los cimarrones formaron palenques y se establecieron, sobretodo, en el estado de Veracruz y, principalmente, en la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca.

En Nueva España, el componente ‘urbano’ de la esclavitud fue crucial en el desarrollo de la población mulata libre y en lo que es aún más importante, en la adquisición de una “conciencia legal compuesta de un conocimiento de sus derechos y obligaciones, una familiaridad con el sistema legal y la habilidad para iniciar litigios que reunía las cortes y su personal en busca de justicia» (Bennet). Esta conciencia legal jugó un papel crucial en el proceso de adaptación de los africanos y sus descendientes.

Como he mencionado, la crisis demográfica provocada por la disminución de la población indígena tuvo consecuencias directas en la importación de esclavos de África. La población indígena alcanzó su punto más bajo entre 1600 y 1650. A partir de esa fecha, las estadísticas muestran un aumento en las castas, las cuales incluían españoles, mestizos, mulatos y pardos y chinos (de Filipinas). Los mulatos y pardos provinieron de la mezcla que tuvo lugar entre africanos traídos principalmente del área cultural sudanesa en el (s. XVI) y de Angola y Congo (s. XVII) para trabajar en las encomiendas y minas durante el siglo XVI, y especialmente durante el siglo XVII, y españoles o indios. En el siglo XVIII, el creciente número de castas aumentó de forma paralela al número de haciendas en Nueva España, llegando a representar la mayoría de la población para finales de siglo.

El repartimiento de los africanos en la Nueva España dependió mucho de los sistemas económicos. Aparte de las zonas urbanas, muchos negros libres llegaron a zonas interiores buscando trabajo en minas o en haciendas. Tal fue el caso de los primeros negros libres que llegaron a Tierra Caliente a finales del siglo XVII, o de los que llegaron a la Costa Chica. Los mulatos llegaron a formar parte de la vida económica y la fuerza laboral de la Nueva España:

 

En el transcurso del mundo colonial cuando se implató el sistema de castas para el reguardo de los blancos descoloridos, así como también en los primeros decenios de vida independiente, los mulatos y sus parientes desempeñaron papeles estelares en el ramo de servicios, carreteros, pastores, arrieros, sirvientes domésticos, peones, artesanos, músicos, tamboreros, soldados, y diluídos ellos serían —si no los únicos— sí de los principales actores en las diversas temporadas del fandango, entendiendo éste como vivencia-espectáculo. […] Con todo, en ambas dimensiones, urbana y rural, se brindaba un escenario de primera a los mentados personajes (Ochoa Serrano).

 

 

El mestizaje entre españoles, africanos e indígenas duró durante varios siglos y, sin lugar a dudas, la población negra jugó un papel importante en la vida cultural del país. A pesar de que los españoles no hicieron intento alguno de aculturación durante las diferentes fases de la conquista, la población indígena, y más tarde la africana, fueron integradas en las estructuras sociales y políticas españolas. Las culturas particulares y grupos sociales que se desarrollaron a nivel regional fueron resultado de la interconexión entre los grupos indígenas específicos de cada región, los españoles y los africanos que llegaban. El proceso de mestizaje entre los indígenas y los españoles, mestizos y mulatos moldeó tanto las condiciones demográficas como los contextos sociales y culturales de la región.

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