O P I N I ó N

43 RAZONES PARA TRANSFORMAR A LA NORMAL DE AYOTZINAPA

(Segunda parte)

Cuando en medio de un cielo tempestuoso aparece una estrella, miserables naúfragos, no preguntéis por su nombre; se llama Esperanza. Ese es el sentido que requiere ser retomado en nuestro tiempo: no al debate estéril sino la acción, así sea utópica.

Ignacio Ramírez, discurso del 16 de septiembre de 1871

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En el contexto actual, el tema de la Normales y el normalismo es un punto de quiebre de la actual reforma educativa, que, con todas sus turbulencias, no ha cambiado el panorama educativo, y eso mismo es razón suficiente para hacer un ejercicio de crítica y autocrítica de cómo las Normales pueden trascender su situación actual y valorar sus posibilidades reales de sobrevivencia. En el caso de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, tendrá que asimilar que lo rural ha venido cambiando con fuerza desde fines de los años cincuenta del siglo pasado, y en Guerrero, las formas de sobrevivencia en el medio rural –incluidas las comunidades del medio indígena– ya no están asociadas al campo de la misma forma que en el pasado, porque el mundo rural fue tendenciosamente abandonado por los diferentes regímenes de gobierno desde la mitad del siglo pasado. Y en los últimos treinta años de políticas neoliberales, casi ha sido destruido.

En consecuencia, en los nuevos escenarios del capital neoliberal, quienes pretendan ingresar a la docencia y enrolarse como profesores en el nivel de educación básica, y aspiren a hacer de la escuela un espacio de resistencia cultural, tendrán que pensar en serio una cuestión fundamental: ¿Es lo mismo alfabetizar para una sociedad agraria y típicamente rural del siglo XIX o principios del siglo XX, que alfabetizar a una sociedad ruralizada que sobrevive en el mundo global, en la que su generación de niños y jóvenes ha crecido ya bajo la influencia de los avances de las telecomunicaciones, sobre todo de la internet?

La otra pregunta que no se puede soslayar y que tendrán que responder, es más personal: ¿De verdad, los maestros y los alumnos de Ayotzinapa tienen un pensamiento rural o una conciencia de lo que es el mundo rural en el contexto actual? Para ser más precisos, hay una pregunta que les puede parecer incómoda a los estudiantes, pero que tampoco pueden seguir obviando: ¿Los normalistas de Ayotzinapa todavía están pensando como «estudiantes campesinos»? La pregunta tiene sentido si se considera que los estudiantes de las escuelas Normales rurales están organizados en la llamada Federación de Estudiantes Campesinos y Socialistas de México (FECSM); y la verdad es que por los usos y costumbres que reproducen dentro y fuera de la escuela, y también por el discurso político que los identifica, se percibe que ya ni son campesinos ni son socialistas, y si no fortalecen la vida académica en la Institución, también se tiene que cuestionar cómo queda su papel como estudiantes.

Por ejemplo, ¿cómo se puede ser campesino si de las 250 hectáreas que originalmente pertenecían a la Institución, ya sólo les quedan escasamente 12? ¿Qué hicieron con un bien público y quien determinó que fueran a parar a manos de particulares?

Sobre la vocación socialista que formalmente se pregona, la pregunta para los estudiantes de Ayotzinapa, que debieran responder es ¿por qué se han negado a una transformación radical de la Escuela, si un movimiento radical debiera traducirse en una propuesta pedagógica que demande la mejor educación para los sectores marginados, y Guerrero es un estado con alta marginación? ¿Todavía no aprenden a mirarse en el espejo del creador de las Normales, el maestro Ignacio Manuel Altamirano, para entender que sólo una educación de la mejor calidad puede sacar de la marginación al pueblo de Guerrero y de México? La Escuela Normal de Ayotzinapa tendrá que definir el camino y en la perspectiva socialista, parece que sólo quedan dos opciones: «Ser radical es aferrar las cosas por la raíz, mas para el hombre, la raíz es el hombre mismo» (Carlos Marx, Crítica al programa de Gotha) o seguir nadando de a muertito «en las aguas heladas del cálculo egoísta» (Marx-Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

En esa tesitura, los maestros de la Normal no pueden educar a los estudiantes para forjar una identidad que no sienten. En el caso de los estudiantes, las pocas hectáreas de terreno que les quedan y que todavía le pertenecen a la Normal –porque no han ido a parar a manos de particulares– no pueden ser el paradigma del campesino vinculado a la tierra, sobre todo, de unos estudiantes que dicen que quieren identificarse, nada más y nada menos que con la figura de Rubén Jaramillo, un histórico dirigente campesino que luchó por la tierra, pero también por la educación (en el Plan de Cerro Prieto, reivindica y hace suyo al Plan de Ayala de Emiliano Zapata).

En unos años más, la Normal de Ayotzinapa cumplirá sus primeros cien años de existencia y sería inadmisible que llegara a su centenario sin saber lo que está formando o lo que quiere formar. O peor aún, desperdiciando esa gran reserva cultural y esa fuerza ética que le da el movimiento de los padres y madres de familia de los 43 estudiantes desparecidos, para potenciar una transformación radical del normalismo y de la formación docente, para poder ofrecer una educación de la más alta calidad al pueblo de Guerrero.

Hay razones pedagógicas, pero sobre todo un gran ejemplo de ética que han dado al país los padres de los 43 estudiantes desaparecidos, para una transformación radical de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, para cambiar la formación docente y empezar a educar en serio, y también para honrar el sacrificio de una lucha en demanda de justicia que todavía no termina. En esa tesitura va la segunda parte de  las 43 propuestas que pretenden abrir un debate que le hace falta, no solo a la escuela Normal, sino a la escuela pública de nuestro estado.

23. Se necesita pasar de una escolarización burocrática que expide papeles, a una educación que contribuya a desarrollar todas las potencialidades de los sujetos del proceso pedagógico. La transición del quehacer escolarizante a la tarea de educar, tiene que empezar por plantearse en serio sobre cuál va a ser la noción de conocimiento que va a apuntalar la formación docente, para poder dejar atrás el metadiscurso de la política educativa actual, que es retórico, burocrático y vacío de contenido. Si uno de los fines principales de la educación reside en la posibilidad de garantizar un futuro, y si la visión de futuro está vinculada con la utopía, entonces, el metadiscurso de la política educativa actual, diseñado conforme a los parámetros de los organismos financieros internacionales, pareciera no tener visión de nada y su influencia en la construcción de los imaginarios del nuevo siglo, no tiene ninguna relevancia para los grandes núcleos de población que viven en condiciones de alta marginación.

24. Se tiene que trascender la visión alfabetizante de la Escuela, y construir espacios donde se desarrolle el pensamiento de los sujetos del proceso pedagógico.
La Escuela ha sido concebida sólo como una instancia que posibilita el acceso al alfabeto y no como el espacio que puede desarrollar el pensamiento de los niños.

25. En las aulas se pone más énfasis en la información que en la formación, lo cual ha traído como consecuencia el desgaste de los vínculos pedagógicos que daban identidad a la relación Maestro-Alumno, y ha minimizado el papel que tiene la Escuela en la transformación del entorno social. Se tiene que trascender esta visión escolarizante de la escuela para dotarla de una nueva legitimidad, que le devuelva la credibilidad perdida y la posibilidad de desarrollar una pedagogía propia.

25. Los estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa tienen que pasar –como decían los sandinistas nicaragüenses de los años setenta– de la protesta a la propuesta. Hasta ahora, los estudiantes no han reivindicado –por comodidad, por descuido o por omisión– las reivindicaciones pedagógicas que lleven necesariamente a plantear la transformación de la vida académica de la escuela. No se puede mantener en el olvido lo que constituye un factor esencial de cualquier institución educativa: el espacio de la academia. Si no recuperan este espacio no podrán devolver la credibilidad a la escuela. La protesta estudiantil no puede seguir anclada en bloquear carreteras o en tomar autobuses, porque se corre el riesgo de que al separar la acción política de la vida académica, se termine por bloquear el pensamiento, y al perder la capacidad de propuesta, la escuela termina por no tener ninguna relevancia frente a los grandes desafíos de la escuela pública.

26. Los estudiantes de la Escuela Normal de Ayotizapa deben asumir un principio básico: la educación es un derecho social, pero también es un compromiso social. Si el pueblo hace posible la existencia de la escuela, el pueblo también tiene derecho a exigir que todos los actores del proceso pedagógico que conviven dentro de la Institución, se comprometan en serio con la tarea educativa. Al pueblo de Guerrero, no le sirve de nada una institución que no sea capaz de abrir un verdadero debate sobre la problemática educativa que afecta al estado, y donde se generen propuestas para un cambio radical en la Normal y en la formación docente. La escuela Normal –sus estudiantes y sus maestros– tiene que propiciar un diálogo creativo tanto para construir la agenda como para proponer las alternativas.

27. La problemática educativa –y específicamente la formación docente– tiene que ser la más alta prioridad para la Escuela Normal, porque no puede seguir privando una especie de analfabetismo funcional. Para revertir esta situación, los estudiantes tendrán que empezar a hacer una crítica y autocrítica radical del papel que les ha tocado jugar durante su estancia en la Normal.

28. Se tienen que revisar en serio los usos y costumbres dentro y fuera de la Escuela, así se tenga que empezar por algunas cuestiones cotidianas que pasan casi desapercibidas. Por ejemplo, ¿por qué no empiezan a preguntarse por el sentido que tiene un taller de talabartería en la Normal, si en la comunidad rural o indígena más alejada ya nadie quiere ser talabartero?

29. En la Normal de Ayotzinapa no se puede legitimar una especie de consigna que casi se ha convertido en seña de identidad: educación pobre para pobres. Por el contrario, la lucha tiene que ser por tener derecho a la mejor educación, porque el hecho de que los estudiantes sean originarios de comunidades maginadas no quiere decir que se reproduzca la marginación en el conocimiento.

30. Hay que definir un nuevo proyecto de formación docente, para responder a los nuevos desafíos de la escuela pública, y para que los niños aprendan sobre la base de una matriz cultural propia.

31. Se tienen que revisar las estrategias de lucha para tener claros los fines de la Normal: ¿hay que formar docentes con pensamiento crítico y sentido social, o activistas sociales que sepan corear consignas y tengan idea de cómo tomar autobuses, pero que sean incapaces de enseñar a leer y escribir, además de las cuestiones básicas de las matemáticas, a los niños de primer año de las comunidades rurales en los dos o tres primeros meses del ciclo escolar?

32. Hace falta convocarnos como educadores a una gran convención educativa, y debatir lo que constituye el corazón de la problemática educativa: el tema del rezago, para plantear alternativas. La historia nos enseña que el Generalísimo José María Morelos y Pavón, en plena guerra convocó al Congreso de Anáhuac –en Chilpancingo–, y le dio un proyecto al país con los Sentimientos de la Nación.

33. Guerrero no es un estado pobre, pero ha sido empobrecido desde la propia administración pública, porque les cierran las oportunidades a los niños y a los jóvenes, sobre todo, cuando en lugar de garantizarles una educación de la mejor calidad, les ofrecen una escolarización mediocre, sin considerar que son precisamente la reserva más valiosa que tenemos. En la Normal, ninguna reforma educativa es viable, porque se siguen empleando métodos que reproducen la herencia del rezago educativo.

34. Entre las demandas de los jóvenes estudiantes de Ayotzinapa, estaba la de mejorar la calidad del servicio educativo que reciben, cambiando los métodos de ingreso de sus profesores; es decir, que su ingreso fuera por examen de oposición.

35. Los estudiantes también tienen que cambiar los métodos de ingreso de los estudiantes, porque de seguir instrumentando las formas arcaicas para determinar el acceso a la Normal, van a terminar cerrándola ellos mismos. 

36. En las circunstancias actuales, hay una gran amargura por la devastación de la que ha sido objeto la escuela pública, sobre todo, por parte de las propias autoridades encargadas de administrar los servicios educativos, quienes parece que se han olvidado de que la educación en todo sentido promueve y distingue la formación del hombre, mediante la creación de un tipo ideal íntimamente coherente y claramente determinado, toda la educación es imposible si no se ofrece un espíritu, una imagen del hombre tal como debe ser, porque el desarrollo social depende de la conciencia, de los valores que se rigen en la vida humana. La educación se haya esencialmente condicionada a los valores de cada sociedad, y si como decía José Martí que «educar, es elevar al hombre al nivel de su tiempo», entonces no debemos de mantener cautivo el conocimiento.

37. Todo lo que somos se lo debemos a la escuela pública. Y precisamente por eso hoy la escuela pública está obligada a mirarse en el espejo y tener que reconocer que hay serias deficiencias en la formación que están recibiendo nuestros niños y niñas, y que el primer derecho que estamos obligados a defender como educadores, es el derecho que tienen los niños y niñas a una escuela digna, y que todos tenemos la obligación ética y moral de dignificar a la escuela pública: reconstruyéndola para poder descolonizar el pensamiento, porque el futuro de Guerrero es impensable sin la escuela pública, porque somos un estado con enormes desigualdades que ofenden y lastiman la dignidad del pueblo.

38. En Guerrero, la educación no puede seguir siendo un discurso vacío y sin sustento, por la ausencia de un proyecto propio. Tenemos que empezar por reconocer la dimensión del problema y que no se puede pretender ningún cambio si no se tocan las causas estructurales que le han dado origen.

39. La transición hacia una educación de calidad que responda a las necesidades del contexto, demanda una inversión de mediano plazo, con políticas educativas de Estado, que contemplen una profunda revisión de los procesos de formación docente, porque no se puede tener una educación de excelencia si no se forman mejores maestros a quienes se les encomiende la tarea de educar.

40. Hoy necesitamos maestros capaces de leer, hablar y escribir en el lenguaje en el que están leyendo el mundo los niños y los jóvenes, para que las escuelas sean verdaderos espacios de libertad y no una especie de círculos cerrados que secuestran las potencialidades creativas y de pensamiento de los niños y los jóvenes. Tenemos que recuperar los espacios pedagógicos como instituciones de educación pública, porque no pueden seguir siendo rehenes de las burocracias oficiales y sindicales, ni de los poderes fácticos alimentados por las inercias, porque eso propicia legalizar el ejercicio de la impunidad y volverlas cotos de poder cerrados a la auscultación pública y a la sociedad, que es quien finalmente posibilita su existencia.

41. La Escuela Normal Rural de Ayotzinapa es la expresión más nítida de la crisis que en la actualidad viven las instituciones formadoras de docentes: las Escuelas Normales, los Centros de Actualización del Magisterio y las Unidades de la Universidad Pedagógica Nacional. Toda esta problemática es derivada de varios factores que, para el caso de Guerrero, se agudizan por las particularidades del contexto:

42. En la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa hay una idea muy lejana de lo que significa el contexto del mundo rural, lo cual ha llevado a que la formación docente que reciben los estudiantes sea descontextualizada y no esté respondiendo a las expectativas de la sociedad. Esto se percibe en la naturaleza misma del currículum y en los propios procesos de la práctica docente.

43. Es en el periodo del presidente Lázaro Cárdenas cuando se fundan las Escuelas Normales. Y en ese entonces se tenía claridad en torno a los fines de por qué se aspiraba a ser maestro; porque para ser normalista, docente, educador, se debía tener claro un principio fundamental: la vocación de luchar contra la ignorancia y el compromiso de luchar de manera permanente por ofrecer la mejor educación a los niños de la patria y de la matria. Había, sin duda, un gran respeto por la vocación magisterial, pues se tenía la firme convicción de que ser maestro no significaba «tener una simple chamba», sino que el pueblo nos asignaba la tarea de educar, como un proyecto ético para poder trascender los problemas que ofenden y lastiman la dignidad del ser humano: miseria, marginación, destrucción del medio ambiente, violencia, inseguridad y violación a los derechos humanos.

Finalmente, Ayotzinapa tiene la última palabra: seguir formando para integrarse a la burocracia y «tener una chamba» –como se dice vulgarmente, «aunque sea de maestro»– o se recupera la formación docente para pasar de burócratas a verdaderos educadores y que, en efecto, la educación –una educación de la mejor calidad– se pueda ofrecer al pueblo y, con ello, se devuelva la dignidad a la escuela pública.

Sólo entonces haremos la tarea que nos ha encomendado el pueblo: educar.

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