EL HIJO

(Fragmento)

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Lo que más me molestó de nuestra relación (las cosas marchaban mal) es que me tuvo que decir por segunda vez que no tendría ese maldito hijo. Después de un silencio usurpador me dijo que tenía miedo y que la acompañara al hospital.

Y acá podría comenzar otra historia, o la historia trágica de nuestra separación.

El hospital, en cuestión, al que debía acompañarla era nadas más ni nada menos que el Hospital Rivadavia.

Ya estaba podrido de llevar esta vida de mierda en un departamento de un ambiente en La Pajarera, barrio del Once, una torre de 21 pisos llena de inmigrantes. No quería saber nada más, quería regresarme a Quilmes y maldecir por haber salido de ahí y de las piernas de mi madre. Aprendí que todo lo que brilla, brilla porque está lejos. Mi vida se caía a pedazos como el país, con sus problemas de ganado, soja, sus problemas agropecuarios; sus cortes de rutas y su aire de desasosiego. En el supermercado desaparecía la leche, el pan, el yoghurt, el café. Lo cual hacía de Buenos Aires una ciudad carísima. Ya parecía Lima. Pero la tenía a ella, pegada a mi.

Tenía todo para hacer; el trabajo en la fábrica de jeans me saturaba; pero yo me robaba unos juegos de pantalones y los vendía en el piso, en Once. Eran unos levis que vendía a precio nacional, imbécil. Se corrió la bola y ya la gente me esperaba para comprarse unos jeans. “Ahí hay un delirante que te vende un levis a 20 pesos”. Y eso me permitía tener un dinero extra al instante.

Todo era una mierda. Había dejado a mi mujer y a mis tres hijos chicos para irme a vivir con ella (la conocí en la fábrica) pero ya no quería saber ni jota sobre su vida. Nada que hiciera o sintiera me interesaba. Se convirtió en un objeto en mi vida. De los muchos que abundan en nuestra casa.

Ahora estoy en esta sala de mierda y ella no me importa. Es un gasto personal, es en lo que pienso siempre; el objeto en el cual emboco todos mis pensamientos desde hace 15 años. Cómo zafar de mi laburo; hacer guita. Dejar que me exploten. Si a veces, en el momento más inesperado del día, cuando escribo un cuento, es con la idea fija de hacerme rico y famoso. Mando cuentos a todos los concursos de España. Pero nada. Me falta vocación. Tengo que hacer como Roberto Bolaño que se escribió una gran novela. Pero soy incapaz de escribirla. Apenas escribo estos cuentos pobres mientras espero que salga un zángano médico cagón y me diga qué hacemos. Lo peor de la vida es esperar a que un médico te diga lo que tenés que hacer. Es sencillo: compra un rifle y salí a matar gente. ¡Acaba con tu vida y vidas ajenas! ¡Eso es un gran acto!

A todos los piojos y piojas del mundo que yiran sin un peso, les digo, compren un rifle. El infeliz no me dice nada. Viene con ella, le pasa la mano por el pelo, la saluda y le da un turno para la semana que viene. ¡Qué ganas de escupirle la jeta a esa rata! ¡Todo médico es, por naturaleza, una rata! A ella le dirigió una mirada lapidaria y me voy (ya es un peso, una mochila en mi vida), a vender jeans robados al Once. Lo primero que hice fue cambiarle un jeans a Luis Risco, un hampa, un diler del carajo: ¡un jeans por tres gramos de coca! - Man, de la refrigeradora del mismísimo Evo Morales, cola de escorpión, se disculpó el guacho, probándose por encima el jeans. Hecho. Deshecho. Me los aspiré en dos patadas, ahí mismo delante de Risco y del rati de la esquina quien miraba las zapatillas caras en una vidriera deportiva. Rati, cuántas horas tenés que cuidar los negocios de los dueños para tener una zapatilla así? ¿36, 48, 65? Muchas horas para un par de zapatillas, mucho esfuerzo, más fácil es coimear, entrar con un caño al local y llevarlas en un segundo, sin esfuerzo. Ese es el secreto de robar, se tiene todo sin permiso denadie. Señores, por eso cuando me hablan de democracia, de instituciones, ja.

Yo no sé qué tendrán contra la coca los yanquis. ¿Será que se la quieren toda para ellos? ¿Tan egoístas podrán ser esos cerdos? Nueva York, qué garcha, estuve una vez ahí, hace tiempo, viajé en el subte, qué garcha, todos los negros te miran con odio, la gente se odia en todos lados, es una porquería esa ciudad en la cual no se puede vivir, Nueva York, andá al Bronx, a Harlem, no se puede respirar.

La coca es la gran inspiradora, no tengo dudas. Es la mejor amiga que se inventó, te das tres gramos y te quedás sordo, te volvés loco.

Gracias a ella, no paraba de hablar y me vendía los jeans en un segundo a 300 pesos me los instalaba y la nariz en pleno éxtasis... Voy a comulgar y estoy en éxtasis.

Ese invierno fue el más cruel. Luis Risco se me acercó y me dijo, armemos un negocio, Cucu.

- ¿Cuál?

- Sencillo, transportar merca de Once a la Isla Maciel.

Ese invierno había sido el más cruel en años, lo repito para que sientan el frío.

Era el tercer mandato de la señora Cristina de Kirchner. El riachuelo se había congelado por primera vez en años. El río roñoso, fue una pista de hielo donde jugaban los niños. Incluso era tanto el espesor del hielo que los autos cruzaban por el hielo hacia Uruguay.

Fue el mejor trabajo de mi vida, el más peligroso, el mejor pago y sencillo de todos los trabajos humanos, es vender droga. Viva la venta ilegal de drogas, señores, es una alternativa, una lucha contra la explotación laboral del capitalismo. Es un atajo hacia el dinero que siempre nos espera a la vuelta de la esquina de la ciudad de la droga.

Esta es la ciudad de la coca, señores. No Medellín. No, el DF. No, La Paz, señores. En Miami, nadie toma drogas. No, señores, los capos, el fuerte de los carteles, está en Buenos Aires. La ciudad más careta. La ciudad más drogona. Y de acá la llevan a España, ya la exageración, ya la coca es más importante que el Rey, que también es adicto. ¿Hasta qué punto la toma de merca será una cosa del corazón, una cuestión sentimental, freudiana? No se puede, nunca, dejar de tomar.

- Te vas a volver como los bichos que dejan de fumar, ¡al día se mueren!, me gritó Luis Risco, cuando le dije que quería cambiar de aires.

- No seas bestia, no le creas a los diarios ni a los noticieros, que son empresas de los mismos dueños de los carteles. La coca no mata a nadie, man, lo que mata son los políticos, ellos son la verdadera mierda de este mundo. Lo que mata es el hambre, la desigualdad, la democracia, la soledad y por último la desesperación...

La ciudad de la coca es Buenos Aires, yo lo sé, de noche hacía casi cien viajes por las calles de Palermo, de Belgrano, a llevar coca en moto, un autoservice, un delivery de locura, señores. ¡Quién pide 10 gramos de merca, en Lima o en Cali, a las 5 de la mañana! Toda la droga es para acá, fabríquese en el Cibao, en el Quindío, en Piribibuy, en Ciudad del Este, en el Alto, pero es todita para acá, para los cien barrios porteños. A Bolivia, y a ese negro podrido del Evo, lo que hay que anularle no son los hidrocarburos, sino las fronteras. No al gas, sí a la coca. La coca es el mejor gas.

El mejor trabajo de mi vida, lo único que tenía que hacer es cruzar el riachuelo siguiendo la línea de sombra que el puente de La Boca gracias a la luz de la luna proyecta sobre el hielo.

- Fijate, bien, moco, donde la luz hace su hilo de sombra, por ahí tenés que caminar, porque está el hielo grueso.

Me puse entre la ropa bolsitas de coca y crucé hacia la Isla a las dos de la mañana. ¡No existe nada más amenazador y negro y solitario que la blancura del hielo a las dos de la madrugada!

Crucé a la isla y entregué el paquete. A ella me adicté, la coca, gratis, el pollo y las papas fritas.

La relación mejora firme, hacia el empeoramiento. Me caí un montón de veces, la pista era resbaladiza. Llegaba al otro lado del río, molido, como si me hubiera agarrado una patota. Hasta que se aprende a caminar en el hielo. Todo se aprende. Hasta a pasar coca por una pista de hielo, que es la vida, se puede aprender.

La mala suerte o una animalada mía, fue por lo que me pegue un golpe tan fuerte que me rompí la cadera. Y estuve toda la noche congelándome hasta que un repartidor en bicicleta me vio y me rescató. No se puede confiar en nadie.

Me hizo rescatar.

Me robó la coca y llamó a la policía... y de ahí al hospital... y chau mis días de pasador de coca.

La ambulancia me llevaba por la calle Pinzón, y sentí el olor de la pizzería de Abundio. Todo lo que vino después no vale ni la pena contarse. Estuve seis meses con un yeso. Cuando me lo sacaron tenía toda la cadera negra, llena de pelos, parecía un pedazo de otro cuerpo, no sentía que fuera mi cuerpo.

-Es un hongo, me dijo el doctor.

... Se te va solo en los proximos meses, dale sol y no lo encerrés más. Hacé un deporte, jugá a la pelota con tus amigos del barrio. ¿Tenés amigos en el barrio?

Los médicos son una bosta. Habría que matar a todos los médicos, ya lo dije, no sirven para nada, ni para poner un suero, pincharte el brazo, recetarte una aspirina. Antes de ver un médico, prefiero morirme.

Ella se había hecho el raspaje finalmente y estaba bien. Me habían echado de la fábrica de jeans y ya no volvería a conseguir un empleo. Mis tres hijitos vivían en un departamento de un ambiente de Almagro. Comenzaban a pasar hambre.

La vida me daba otra cachetada.

Me volví un rengo, por suerte conseguí un trabajo en un kiosco, pese a mi desgracia en la cintura sin embargo, pasaba las noches en vela, pues debía atender el kiosco en horario nocturno.

Unos ladroncitos de morondanga, me tomaron de punto. Me calaron que no podía correrlos, ni tirarles una piña sin perder el equilibrio y caerme al piso. Así que venían cancheritos, se apoyaban en la columna del kiosco y comenzaban a comerse las golosinas.

-¿Qué haces renguito? ¿Podés coger aunque sea?

Me saqueaban de lo lindo. La primera vez los corrí, saltando en un pie, no llegué lejos y fue para peor, cuando volvi al kiosco estaba más pelado que antes. Primera lección del maestro terrorista de la realidad: no abandones jamás t u puesto de trabajo o tu lugar en la cama, pues te lo ocupa otro.

El dueño me dijo una sola cosa:

-Que sea la última vez, morocho.

Y me pasó 5 veces más y el dueño me echó. El destino de todo ser humano es ser echado, de acá o de allá, o de casa, echado, ese es el destino, anotelo con fluorescente, rajado, de la faz de la tierra, la escencia del hombre es molestar.

Rajado, expulsado de la tierra.

Cuando pasé por el kiosco lo atendía uno de los ladroncitos que solía afanarme, pensé en hacerle lo mismo, pero ni siquiera eso podía hacer.

Conseguí un trabajo para doblar tapas de empandas. 5 centavos por cada tapa de empanada doblada. Una paga miserable, pero era lo que estaba al alcance de mis posibilidades. Un trabajo para inválido. La empanadería tenía un bello nombre, El Noble Refulgue.

Siempre se vuelve a la cocaína... Pero por ahora no lo haré. Seguiré con las empanadas.

(Mi gran defecto al escribir estos cuentos es que pienso que lo que cuento es interesante o le puede llegar a interesar a alguien. ¡Y eso es una pendejada egomaníaca! Hay que escribir pensando que el otro se está aburriendo, para ser escueto. E ir rápido. Casi sin respirar, con las manos pesadas, hay que escribir para sacarse todo de encima lo más pronto posible. ¡Qué piensen los que están pedo! ¡Aburrite hijo de puta! Pues para escribir algo que valga la pena ser contado, hay que esperar 50 años de aburrimientos, de frases pobres, ni un año menos. “Fluído, soñoliento, sordo, casi sin luz”, Flaulkner).

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