S U P L E M E N T O

Número 43. Año I. 28 de mayo de 2018. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

LA VISIÓN DE LOS INDIOS NAHUAS DE LOS BLANCOS Y NEGROS

[2/2]

Alfredo Martínez Maranto

A+
A-

Uno de los textos míticos que trata sobre Quetzalcóatl y los toltecas nos puede dar la respuesta a la pregunta de por qué los habitantes de las Antillas inquirieron a Colón si los europeos venían del cielo:

Se dice que en año 1-Caña
él mismo se prendió fuego y se quemó,
se llama quemadero al lugar
donde Quetzalcóatl ardió.
Se dice que cuando ardió
en seguida se elevaron sus cenizas,
Vinieron a verlas todas las aves preciosas
que vuelan y van al cielo,
la guacamaya, el pájaro azul,
la de color amarillo dorado y otras aves de fino plumaje.
Cuando la hoguera dejó de arder,
se alzó el corazón de Quetzalcóatl
y llegó hasta el cielo, en él entró.

Dicen los viejos
que entonces se convirtió en la estrella de la mañana.

 

La orientación geográfica en la que se esperaba que la divinidad regresara —misma en la que había desaparecido— y la coincidencia con la fecha en que debía regresar tuvieron que ver, necesariamente, en esta gran confusión. Pero la razón fundamental por la cual Quetzalcóatl fue confundido por los españoles fue el gran parecido físico entre ellos. Francisco Javier Clavijero describe así a Quetzalcóatl: «Sierpe armada de plumas. Éste era entre los mexicas y demás naciones de Anáhuac el dios del aire. Decían de él que había sido sumo sacerdote de Tollan; que era blanco, alto y corpulento, de frente ancha, ojos grandes, de cabello negro y largo, y de barba cerrada».

Pese a estas colosales confusiones —tanto que los europeos creyeran que se habían encontrado con ‘los indios’, como que los nativos pensaran que la llegada de los españoles era el regreso de Quetzalcóatl o alguna otra divinidad de tez blanca—, el tema racial, durante esas épocas, no parecía ser tan relevante. Sin embargo, la expansión y la colonización europeas empezaban a gestar ya una ideología en la que el tema racial se volvería verdaderamente importante.

La procedencia del oriente a través del mar y las características físicas de los españoles, su piel blanca, confirman parcialmente estas suposiciones. El cielo oriental era llamado Tlapcopa (el lugar de donde viene el Sol) o tlauhcampa (el lugar de la luz) y era identificado con Tonatiuh ichan (la casa del Sol) y tlapallan (el lugar de lo rojo), la parte masculina del cielo, asociada con luz y claridad como opuesta a Tlillan (lugar de la oscuridad), la parte occidental del cielo, relacionada con el aspecto femenino y la obscuridad, según Piña Chan. Las dos partes pertenecían al Omeyocan, el lugar de la dualidad, la morada de Ometéotl, el dios de la dualidad. De esta manera, tlillan tlapallan (el lugar de la claridad y de la obscuridad) era el símbolo de la sabiduría y conocimiento. De esta manera se asociaban Oriente-claridad-luz-Tlapallan-Quetzalcóatl-Sol-Tonatiuh. Como relata Tezozomoc, Quetzalcóatl-Topiltzin fue desterrado de Tollan o Cholollan y se fue al tlapallan, o «se fue al cielo», lo que se interpreta como que se fue al cielo, pero se dirigió a su parte masculina y clara. Este relato se repite en la gran parte de las crónicas. Durán relata que los españoles fueron concebidos como los mensajeros de Huemac o Topiltzin, el antiguo sacerdote, una de las encarnaciones del mencionado Quetzalcóatl, quien, hacia el siglo XII tenía que abandonar Tollan, haciendo varias profecías, una de las cuales rezaba sobre su futuro retorno del oriente por sus tesoros escondidos en montañas y otros lugares. Como cuenta Alva Ixtlilxóchitl, los españoles eran «el dios Quetzalcóatl y sus hijos que de tantos siglos esperaban, siendo así, era fuerza que se habían de señorear de toda la tierra, y a ellos, desposeerlos de ella».

Las tres hipótesis quedaban sólo parcialmente falseadas por los espías de Moctezuma, quienes descubrieron que eran hombres «porque comían, y bebían y dormían y apetecían cosas de hombres», además de que «derribaban oráculos» y «maltrataban a nuestros dioses». Pero Moctezuma no tenía ninguna certeza al respecto, hasta el final de la conquista. Cambiaba de opinión al escuchar que andaban en venados, entendían su lengua, no traían mujeres (lo que los asociaba con la masculinidad de Tlapallan), etc.

 

¿Cuál fue la visión que tenían los indígenas acerca de los negros durante la conquista? Regresemos en este lugar a la primera hipótesis acerca del origen de los españoles, la que circulaba en Tlaxcala: los conquistadores como tlaloque. Como se ha mencionado, en el grupo de 200 nativos de las Antillas había unos cuantos negros. Aunque su número era muy reducido, fueron estos quienes llamaron la atención de los indígenas por sus características somáticas, de las cuales destacaba la piel negra. La asociación simbólica entre los blancos y los negros fue asombrosamente coherente. Si los blancos eran los dioses tlaloque y los negros le servían, los blancos no podían ser ellos otra cosa que sus sacerdotes, siendo reforzada esta suposición por la observación de que tanto unos como los otros llegaron sin mujeres. Muñoz Camargo nos cuenta que con los blancos había algunos negros, quienes tienen color negro porque habían de pintarse como los sacerdotes o eran ellos los dioses del agua, llamados tlalloque. El color negro de los africanos desencadenaba una doble asociación: en primer lugar, la expresión «tienen que pintarse como nosotros» se refiere a la costumbre de algunos sacerdotes indígenas llamados papahuaque, quienes pintaban todo su cuerpo de negros, así que parecían negros africanos. La segunda asociación consistía en la creencia según la cual los dioses vivían en Tlalocan tenían el aspecto de los papahuaque.

 

 

 

 

 

COPLAS
de danzas de La Malinche y de negritos,
de la Huasteca veracruzana

(Recopilación de Alfredo Martínez Maranto)

 

Con el nombre de Dios comienzo
no quisiera comenzar
porque el que comienza, acaba,
y yo no quiero acabar.

¡Ay, qué realta está la luna!,
más alta la quiero ver.
Alza la cara, trigueña,
que te quiero conocer.

De la naranja madura,
del vino tomé una gota,
y del beso que te di,
dulce me quedó la boca.

Al pie de una malva rosa
una viuda enamoré,
y me dijo, la graciosa,
«Señor, no puedo, me duele un pie.
Pero si es para esas cosas,
aunque sea cuachando 1 iré».

Una vieja muy revieja,
más vieja que Salomón
se echaba la chiche al hombro
y le arrastraba el pezón.

La vida del borracho
es una vida tranquila:
comienza con l’aguardiente
y acaba con la tequila.

 

Una niña en su balcón,
por verme llorar, lloraba.
Yo le pedía el corazón;
me dijo que no lo daba,
que no fuera sin razón,
que cómo se lo sacaba.

Quisiera ser perla fina
de tus lúcidos aretes
para darte de besitos
y morderte los cachetes.
¡Quién te manda ser bonita,
que hasta mí me comprometes!

Qué bonita esta dancita
sabiéndola dibujar,
parece un montón de flores
acabando de ofrendar.

Por esa calle derecha
anda mi amor que rebota
por esa muchacha güera,
cachetes color de rosa.

Cuando me vine de allá,
sobre las olas venía.
Con el vaivén de las aguas
me acordaba de María,
que llorando me decía
que nunca me olvidaría.

El buz y la gallareta
se fueron a traer limones.
Como el palo estaba seco,
se dieron de coscorrones.

Yo vide salir el sol
de debajo de un encino.
Alza la cara, Monarca 2 ,
cachetes de puerco cuino.

Ya me voy a retirar,
y me voy sin dilación.
Yo le digo a mi Monarca
que aquí se termina el son.

Cuando a despedirme fui
de mi linda trigueñita,
le di un beso y la mordí,
y le dije: «Mamacita,
llorando me voy por ti».

La sirena se embarcó
en un buque de carey;
como viento le faltó,
no pudo llegar al muey
y a medio mar se quedó,
de Tampico a Monterrey.

¡Qué bonito es lo bonito!
¿A quién no le ha de gustar?
Todo cabe en un jarrito
sabiéndolo acomodar.

Aquí me paré a cantar,
en esta iglesia bonita,
para venirle a cantar
a nuestra reina, Lupita.

Las muchachas de Reforma
son como el café molido,
no saben fritar un huevo
y ya quieren tener marido.

Aquí me paro a cantar
en la sombra de un limón.
Yo le digo a mi Monarca
que aquí se acaba este son.

Ya cállate, ya, Monarca,
ya deja de rebuznar,
que aquí traigo tu montura
para poderte montar.

Que comienzo, que comienzo
y yo no quiero empezar,
porque si comienzo, acabo,
y yo no quiero acabar.

Ahora sí, rosita blanca,
te me vengo a declarar.
Este negrito te canta,
con él te vas a casar.

Yo corté una flor morada,
parecida a la violeta.
La mujer enamorada
no tiene la vista quieta.

El hombre busca acomodo
para no trabajar tanto;
y si se siente en el lodo,
la parece que es un banco.
En este mundo hay de todo:
unos, prietos, y otros, blancos.

Notas al pie:

1 Rengueando.

2 Monarca: personaje de una danza de la Huasteca veracruzana.

 

COMPARTIR:

EnTwitter EnFacebook EnGoogle+
Versión PDF
Ediciones anteriores:

Ediciones anteriores

Close