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Luis López:

LA LUCHA POR LA REIVINDICACIÓN INDÍGENA EN ESTADOS UNIDOS

Luis López con su padre y su hermano. [Foto: Enrique Dávalos]

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El trajín de los que suben o bajan las escalinatas de la Universidad de California, Berkeley, se torna bullicio estudiantil. Los tonos de piel de los estudiantes pintan un amplio mosaico multicultural universitario. Pero eso no es todo. Las lenguas componen todo un concierto lingüístico con voces que se oyen desde el sur hasta el norte de América, que aún mantiene una guerra ideológica en la cual la supremacía blanca quiere dominar a los indígenas del sur; pero no ha podido, porque en el seno de la intelectualidad gringa surgen los murmullos de las semillas que reclaman su parte.

Entre esa turba camina Luis López Reséndiz con su camisa color vino ribeteado de graos y colores oaxaqueños. Luis es uno de los indígenas que llegaron a California siguiendo el largo camino de sus padres. Antes de ser universitario fue jornalero agrícola mientras combinaba estudios y trabajo, sin olvidar su pasado.

El universitario dice que llegó a esta universidad gracias al apoyo comunitario de Frente Indígena de Organizaciones Binacionales (FIOB).

El migrante ñuu savi que cursa el cuarto año de la licenciatura de historia y desde hace dos años es coordinador estatal de FIOB, asegura que su estancia en esta institución fue un esfuerzo comunitario de la comunidad migrante de San Diego.

«Con muchos sacrificios y esfuerzos llegamos colectivamente a esta universidad; nuestro propósito es contar una historia diferente de los pueblos indígenas, hablar de nuestro recorrido, de nuestra lucha como migrantes indígenas», dice.

Hijo de migrantes ñuu savi procedentes de San Gerónimo del Progreso, Zilacayoapan, Oaxaca, que fundadoron la colonia La Obrera, tercera sección, en Tijuana, Baja California, Luis nació precisamente en este lugar hace 25 años.

«Nací en La Obrera; ahí viví hasta 2005. La colonia la fundaron los migrantes ñuu savi en los (años) ochenta, antes de cruzar a los Estados Unidos. Mi papá dice que fue un refugio para los que venían de los estados del sur, Oaxaca y Guerrero. Mi familia no logró entrar a Estados Unidos por eso nos quedamos en Tijuana,  ahí estudié la primaria; la secundaria la hice en San Diego, California», explica.

La vida del universitario cambió cuando su papá obtuvo la residencia permanente, con la amnistía de Ronald Reagan en 1989, además de permiso de trabajo como jornalero agrícola en California.

El hecho de estar divorciados, no limitó a sus padres para ponerse de acuerdo sobre el futuro de sus hijos. En el 2005, en La Obrera, la violencia estaba en su máximo apogeo. Allí, se descubrieron laboratorios clandestinos, tiraderos de cuerpos, violencia extrema, pobreza, por ser una colonia pobre y de migrantes.

A los 12 años, Luis se internó con sus hermanos en los cerros para cruzar la frontera. Caminaron tres horas hasta llegar a San Diego. «La migración es un fenómeno social e histórico en los pueblos indígenas. En mi pueblo la migración comenzó entre los (años) sesenta, setenta y ochenta. Mi papa dice que los primeros mixtecos de San Gerónimo llegaron en los ochenta a Tijuana», narra.

Agrega: «La política migratoria cambia cada periodo presidencial en la Casa Blanca, con el fin cerrar más la frontera. Cuando crucé en el 2005, mis hermanos y compañeros que veníamos en ese viaje tuvimos que pasar por abajo del muro; otros brincaron arriba del muro».

López Resendiz asegura que la militarización en la frontera no va a impedir la migración a Estados Unidos. «El desplazamiento es un problema de geopolítica; si no cambia la situación política en México y otros países del Sur esto va seguir. Aunque Donald Trump construya otro muro más alto, no va a detener la migración, porque el problema es económico y humanitario», expone.

«El desplazamiento de los pueblos indígenas a los campos agrícolas de Michoacán, Jalisco, Sinaloa, Chihuahua, Sonora y las dos Baja California, continúa porque no hay condición de desarrollo en las comunidades, además de la violencia extrema como política de exterminio y despojo», dice el universitario.

Luis toma su café en el patio de la cafetería universitaria, mientras hace números para explicar la integración de la Universidad de California. «Somos 44 mil estudiantes; de éstos, el 10 por ciento son latinos, el uno por ciento es de la comunidad negra o afrodescendientes y el cero punto uno por ciento somos indígenas; yo no estoy considerado como indígena, porque aquí se conoce como nativo americano; pero eso es muy diverso también. Aquí no hay reconocimiento de los pueblos indígenas de América latina», apunta.

Aunque la Universidad es de tendencia de izquierda latinoamericana, aquí no es lo mismo ser indígena que ser latino. Aquí no se reconoce a los pueblos indígenas, así que los indígenas migrantes organizan debates con la comunidad estudiantil y académica para hacerse visibles.

«Cuando hablamos de pueblos indígenas de México, los estudiantes y académicos creen que nos referimos a los aztecas y a los mayas. Ese discurso hegemónico cultural del chicanismo estadounidense. Una manera particular de ellos de contar la historia. Los  chicanos borran de tajo a otros pueblos indígenas», cuestiona.

«Con otros compañeros indígenas de México tratamos de desmontar esta ideología cimentada desde el racismo. Porque es muy triste que te digan en tu clase historia que los pueblos indígenas no están en la narrativa de la academia, como si los pueblos indígenas no existiéramos. Para mí es muy traumático», dice.

En la literatura poscolonial, no figuran los pueblos indígenas. «Los blancos han hecho un gran esfuerzo para borrarnos de la historia; es aquí donde te detienes para contradecir eso y decirles cómo vas a hablar de los indígenas del pasado así, si yo estoy aquí; este intento de reclamar una identidad crea controversia en las clases a veces», define.

Luis cuenta que al ingresar a la universidad buscó organizar a sus compañeros como indígenas mexicanos, pero no encontraron respaldo de la institución. «Buscamos refugio con los latinos pero no hubo espacios; en los círculos del Movimiento Estudiantil Chicanos de Aztlán (Mechaz) tampoco encontramos cabida; fuimos al Departamento de Estudios de Nativos Americanos a pedir que nos reconocieran como estudiantes indígenas; ahí nos dijeron que no pueden reconocer a estudiantes que no sean nacidos en Estados Unidos», dice.

Ese rechazo llevó a los universitarios indígenas a construir sus propios espacios para discutir la problemática de las comunidades indígenas de México. «Somos 34 compañeros, la mayoría oaxaqueños; en la escuela hay diferentes pueblos: los zapotecos de Los Ángeles, los mixtecos de Oxnard y los triquis de Valle Centrales de California. Hay una diversidad; pueblos indígenas del sur como los quechuas y mapuche de Chile; los indígenas de Filipinas», detalla.

Luis López vive en una casa de estudiantes. «Somos una comunidad de 46 estudiantes de diferentes pueblos, géneros, orientaciones sexuales; todos somos diferentes en esa casa; soy el único que reclama su identidad indígena. Es una casa de estudiantes de color, aunque se colaron estudiantes blancos, pero están por equivocación; una francesa que viene como estudiante de color, pero ella viene de Francia. Un inglés; él viene de una comunidad distinta de todo lo que viene siendo Inglaterra, pero es blanco», describe.

–¿Cómo mantienen la casa? ¿Pagan la renta? –quiero saber.

–Es una cooperativa; la casa nos da comida,  servicio básico e internet; cubre todas las necesidades de un estudiante; nosotros hacemos el mantenimiento: limpieza, pagos de servicios y la renta es menos que es simbólico.

«Hay compañeros que no están acostumbrados a trabajar en equipo, aunque son de color no lo hacen porque son de dinero, por eso no cooperan en la limpieza. Esa actitud hace la diferencia entre nosotros que crecimos en el barrio o en los pueblos, mientras que los que nacieron en la ciudad no saben de eso. Los que venimos de abajo trabajamos en los colectivos, porque ser pobre no significa que seamos sucios y flojos. Así que la mitad de la casa está limpia y la otra mitad sucia.

En las aulas de la Universidad de California pasó el presidente de México Francisco I Madero; además, en el laboratorio de esta escuela se desarrolló parte del Proyecto Manhattan que concluyó con la bomba atómica arrojada a Hiroshima, Japón, el 9 de agosto de 1945.

Además, la estructura universitaria fue levantada en el territorio indígena de Aloni. «El pueblo Aloni eran los dueños ancestrales y todavía les pertenece. Entender esto me ayudó entender mi presente como indígena migrante. Los historiadores no quieren contar este episodio. Aunque todos sabemos que la Universidad fue construida sobre un centro ceremonial Aloni. Hay una campana que se llama el campanil, una torre bien grande y un reloj, que fueron construidos sobre el templo sagrado del pueblo Aloni. Debajo de esa torre está la tumba de los ancestros, los viejos, viejas, abuelas, abuelos y dioses del pueblo Aloni. El mensaje es claro: los blancos ocuparon la tierra que no es suya; le pusieron una estaca bien grandota al corazón del pueblo Aloni».

El estudiantes ñuu savi hace una mueca de tristeza cuando habla de la invasión en territorio de los pueblos indígenas. Intenta reconstruir la historia: «Esto duele porque sabes que éste podría ser una escuela que se construyó sobre el territorio mixteco; entonces, desplazan a toda la comunidad para construir una de las instituciones más importantes no solamente en el país, sino en el mundo; es una ocupación intelectual. Reconocer esta parte de la historia nos va permitir hacerle justicia al pueblo Aloni».

«Hay una guerra entre el pasado y el presente –dice–, por un lado quieren borrarnos de la historia, pero nosotros resistimos como indígenas, por eso seguimos peleando. Pero hacerlo encuentras muchas barreras,  porque en esta universidad han salido intelectuales famosos y gente reconocida en todo el mundo; los mejores economistas del país, los mejores teóricos de la pedagogía. Entender cultura y capitalismo es una guerra ideológica, donde el capitalismo feroz trata de borrarnos», explica.

En la plática con Luis, no sólo se habló de migración, política, literatura e historia; también se trató el tema del programa de Acción Diferida (DACA) por su siglas. «No me identifico como dreamer o soñador, porque el DACA –aunque fui uno de los primeros que entró al programa– fue diseñado para silenciar un movimiento; porque la lucha de los indocumentados era más allá de unas simples becas. Nuestra lucha era la ciudadanía, nuestros padres», dice.

«Nunca se había visto una ocupación de gente indocumentada en la casa Blanca. La irrupción de estudiantes indocumentados en la conferencia de prensa del primer presidente negro en la historia de Estados Unidos evidenció el incumplimiento de su promesa de campaña. La anhelada  «amnistía» y nueva ley migratoria nunca llegaron. Lo que queríamos era ciudadanía para todos; Obama y los demócratas necesitaban  ganar la elección de 2012, por eso nos dan el DACA, no porque fueran muy buena onda».

Luis recuerda que el gobierno federal puso una serie de requisitos y la vigencia del programa DACA: la edad, el año que llegaron a Estados Unidos, hasta 2007 fue el límite. De los que aplicaron para el programa sólo el 33 por ciento consiguieron entrar al programa, y el 67 por cientos de estudiantes no calificó.

Para seguir con el movimiento, los estudiantes que no calificaron crearon la organización «67 sueños», que sigue luchando con la bandera de «revolución de indocumentados»; además, los  DACA se dividen en dos: los dreamers y los que no son dreamers. Los primeros se fueron a buscar trabajo en las organizaciones sociales y en la estructura del Partido Demócrata.

«A ellos les hicieron creer que con eso ya son gabachos –dice Luis–. La otra mitad que tienen conciencia del movimiento, después de DACA siguen demandando ciudadanía para todos, porque el DACA no es suficiente. Es un pedazo de pan que le arrojan al hambriento, cuando todo el pueblo tiene hambre; y nos dan un pedacito de pan para que no sigamos peleando y olvidemos a los verdaderos dreamers;  porque la lucha era para nuestros padres, madres, familias que cruzaron tantos países para darnos un mejor futuro. Esa era la demanda original».

«El gobierno nos dividió; luego nos usó como plataforma electoral del Partido Demócrata en la elección de 2012. Sin embargo, la lucha de los estudiantes indocumentados sigue porque tenemos que sacar a los papás que están detenidos en los centros de detenciones», insiste.

Y pone el dedo en la llaga: «Los compas que aún siguen en el movimiento están ayudando a los detenidos en proceso de deportación; cuando hay una audiencia en la corte de migración, los compas se reúnen en grupo para protestar. Mientras que los dreamers siguen buscando becas para quedarse aquí, ya no quieren volver a ese mundo de pobreza donde crecieron antes de llegar a Estados Unidos. Ahora sus sueños están en las grandes capitales, son los “capitalistas” del movimiento”».

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