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EROTISMO Y TIEMPO

Mercedes Alv

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Desde que no está parcelado por las hormonas sintéticas, mi cuerpo perdió las riendas y habla sin parar. Ovula, sangra, lucha contra los granos. Mi pelo tiene algunas canas. Tengo ojeras tenues y permanentes, y un cansancio al que me aferro como a un signo de identidad. Perdí peso. Extraño pocas cosas. Tomo vitaminas esperando que me den lo que la comida no me da. A pesar de todo, la piel brilla.
Me levanto todos los días a las siete de la mañana. Cobro un sueldo. Me visto bien. Estoy en el mundo bien vestida, apenas maquillada siempre. En mi casa hay cinco espejos y ninguno me asusta. Corro para sentir mi cuerpo. Bebo para dejar de sentirlo, unas horas más tarde. Creo que todo el mundo, todos sufrimos por el deterioro de los dientes, por la pérdida del pelo. Pero sufrimos mucho más por la falta de encuentros verdaderos.

Me gustaría saber, con respecto a esto, muchas cosas. Por ejemplo: si es posible vivir sin relatarnos las agendas unos a otros. Hace poco, la escritora Menchu Gutiérrez decía en una charla que a veces estamos ávidos de tiempo, y otras veces las horas pasan con una lentitud pasmosa. Esa lentitud pasmosa existe para todos, pero el hombre posmoderno hace de cuenta que no existe. Es como un pequeño secreto que se oculta en el fondo de un placard. El tiempo es, aparte del amor, una de las cosas que más me han preocupado, por lo menos durante los últimos cinco años. Sufrí la falta de tiempo y dejé mi trabajo. Antes de eso lo ocupaba sin parar. Trabajaba. Después iba al gimnasio. Después iba a clases de francés. Llegaba exhausta a mi casa a las once de la noche. A veces me dormía en el colectivo y me iba lejos, pero recomenzaba al día siguiente, con la vaga sensación de estar invirtiendo en algo intangible, mi propia educación por ejemplo, y de tener una vida útil.
Luego, mi tía se tiró por la ventana. Una víctima fatal de la ausencia de encuentros verdaderos.
Ahora que vuelvo a trabajar, el tiempo se resignifica cada día.
A pesar del constante estímulo que parece haber, a pesar de las redes sociales, creo que vivimos en la época menos erótica del mundo. El erotismo, sin tiempo, está condenado a un fracaso estrepitoso. No lo sé y no podría asegurarlo, pero quizá nunca el sexo estuvo más marcado por la ausencia de un encuentro real. Cansancio. Entre ver series de televisión y hacer el amor, elegimos la serie de televisión. (“Muchas parejas que deberían haberse separado hace tiempo siguen juntas gracias a las series”, decía irónicamente hace poco Lucrecia Martel). El visionado compartido como sucedáneo de lo compartido. La total ausencia de diálogo. Lo cotidiano sin descubrimiento. Cada día como algo dado, sin sobresaltos. Rutinas posmodernas. La ausencia de silencio. La ausencia de duelo. El miedo al silencio. El miedo al duelo.

Hay que hacer un duelo para hablar. Las palabras nunca dicen lo que queremos decir. Al mismo tiempo, por eso, el lenguaje es una transgresión. A veces hablar es de una violencia extrema. ¿Cómo medir el silencio y las palabras? Casi no sabemos observar sin sacar conclusiones, o sin comparar: “es como cuando yo...”, “pero yo no soy así”, “él/ella está mejor/peor que yo”. Problemas para suspender el juicio, para ver cada cosa en su especificidad. Nada resplandece por comparación, y tampoco el sexo: “coge mejor que”, “nunca va a ser como con”. De entrada, queremos saberlo todo. Fijarlo en una medida: “dos encuentros más y si la cosa sigue así...”. “Yo soy alguien muy frontal. Si no te gusta...”. Recuperar el concepto de empatía.
No es posible vivir sin duelo. Lo que digamos, antes de ser emitido, es ya un error. No podemos tocar a otro sin escuchar algo de su vibración íntima. No es posible tocar la vibración íntima sin tiempo.

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