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bala perdida

 

 

 

Aparición

 

Charlie Feroz

 

 

 

 

 

 

Abrí los ojos, no sabía cómo había llegado a parar ahí. Me dolía todo el cuerpo. El frío calaba mi carne hasta los huesos. Necesitaba algo fuerte, un brandy, un tequila, algo para calentar y despertar del todo. Traté de recordar los acontecimiento del día anterior; sólo me llegaron recuerdos vagos, imágenes que se fueron nublando. Nada. Nada concreto. Beber me mata, lo sé. Pero no hay muchos argumentos a favor de seguir viviendo. Trato de levantarme y continuar. Tengo entumidas las piernas y un dolor de cabeza brutal. Camino un poco. Tengo que conseguir algo o voy a reventar. Me detengo y me dejo caer en una esquina, cierro los ojos un rato. Tengo que despejar la mente. Cuando los abro encuentro a mi lado a una mujer joven. La toco para despertarla. Es rico sentir su calor. Pero debo saber quién es.

–¿Qué hay? –me dice al abrir los ojos. Tiene el pelo negro y largo, labios son delgados y tez morena.

–¿Tienes algo de beber? –le pregunto. Saca de entre sus cosas una botellita, es alcohol con manzanita. Quema; ésta bien para matar el calor, para matar todo.

–No te lo termines –dice mientras me arrebata la botella–, déjame un poco, que no eres el único que se quiere quitar el calor.

–Nena, para eso estoy aquí –le digo–, para matar tu calor.

Porque soy tan tonto y digo esas cosas. Porque no mejor guardar silencio.

–Me llamo Samanta, no nena, pendejo –se toma todo lo que queda de la botella y la tira. Veo cómo rebota en la acera, cae y se queda quieta, tranquila, tan vacía–. ¿Tú cómo te llamas?

–No te vayas a burlar, eh, si te digo.

–Claro que no. ¿Qué, a poco te llamas Pánfilo, o algo así?

–No, no… mi nombre no es gracioso, ni chistoso; es curioso, más por la fecha, y por las circunstancias del momento, y por la casualidad.

–Ya, pero ¿cómo te llamas, pues?

–Juan Diego –le digo.

Se me queda viendo, esboza una leve sonrisa socarrona, burlona. ¿Qué pensaba mi madre cuando me puso ese pinche nombre? Cuántas burlas desde la primaria.

–Pinche Juan Diego.

–¿Pinche yo? No te burles, que estamos bebiendo tranquilos.

–No, no me burlo. Pero es chistoso. Es que yo no me llamo Samanta, ése es mi nombre artístico en mi trabajo. A mí realmente me pusieron mis papás Guadalupe… mejor dicho, mi mamá; era una vieja devota, y ¡zaz! así me marcó. Y mira, yo que salí tan puta. Jajajajaja…

–Sí que es gracioso, o resultaría gracioso desde otras perspectivas, o raro, o sepa la chingada.

Samanta o Guadalupe se levanta, me tiende la mano. Me señala un Oxxo. Hay que ir a abastecernos, dice. Y tiene toda la razón, ya siento calambres en el alma, necesito algo fuerte dentro. Busco mi cartera. Para mi sorpresa aún conservo algo de dinero, algo de integridad, algo de honor. Paso mi brazo por sus hombros, ella se agarra de mis caderas, me observa y suelta una carcajada sonora, que retumba por toda la calle. Se queda observando mi playera. Bajo la vista por curiosidad, observo, traigo en la playera estampado el rostro de la Virgen y en letras grandes Carrera Guadalupana. Sonrío y abrazo con más fuerza, a mi aparición. Es un milagro, le digo mientras ella me aprieta fuerte.

 

 

 

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