Seguir:
Facebook
Twitter

bala perdida

 

 

 

Round midnight

 

Efraim Medina Reyes

 

 

 

 

 

 


Round Midnight  de Herbie Hancock, que si mal no recuerdo había sido el tema central de un film del mismo nombre y había Ganado el Óscar por la mejor canción, estaba sonando en la radio mientras Erica me chupaba (ssluurrrpp) y yo cogía la última curva en sostenido para enseguida explotar (plos, plos, plos). Ella retuvo el semen en la boca, fue hasta la mesa y lo depositó sin muchas consideraciones en un vaso: el semen resbaló por el borde hasta quedar amontonado en el fondo. No era más que un escupitajo beige. El órgano, perdida su bizarría, se escurrió entre mis piernas. Yo habría preferido tener una faena completa con Erica pero ella tenía un astuto razonamiento al respecto: No puedo dejar que me lo metas porque vivo con JC. Ahora, que si tú me lo pides, rompo con él y me mudo contigo. Había delineado cada palabra con su boquita de delfín encrespada deliciosamente. Le dije que no veía diferencia entre chupármelo y dejar que se lo metiera, al menos diferencias éticas. Ella encrespó su boquita para repetirme que chuparlo era un juego entre amigos pero lo otro sería traicionar a JC, a menos que yo le pidiera, etc, etc. Que Erica lo chupaba bien, era innegable, pero me moría de ganas por ensartarla, la pesca submarina era mi pasión.

Sin embargo, JC era mi mejor amigo y yo sabía cuánto amaba a Erica. No podía hacerle semejante jugada y, además, no estaba enamorado de ella, me gustaba y punto. El código ético de Erica prohibía también los besos apasionados y las caricias audaces (como tocarle las tetas o meterle el dedo en la vulva), pero no limitaba su desnudez: tenía la piel blanca y delicada como una pompa de jabón, las tetas pequeñas y algo más separadas de lo corriente, con diminutas pecas y pezones morenos. Era redondita y magra, tenía el vello púbico graciosamente recortado y se movía a sus anchas, segura de su encanto. Yo sabía que llevarme por el filo de la navaja la satisfacía: ver cómo se quebraba mi resistencia, cómo la hundía con gestos calculados que la práctica continua había hecho naturales. Desde mi perspectiva ella se equivocaba, esta vez había dado con la horma de su zapato. Claro está que Erica apenas había insinuado una parte mínima de su repertorio y las sorpresas podían llegar en cualquier instante (JC entrando con una pistola, un enano con un regalo-bomba, Fidel Castro en minifalda de cuero y patines), por eso no descuidaba la vigilancia. Ella siempre hablaba de juegos y trampas (yo no lograba desentrañar el propósito de aquel juego, pero sentía cómo se hinchaban mis pelotas). Erica fumaba sentada en el piso con la espalda recostada en la pared, afuera lloviznaba. Levanté el vaso y observé el semen.

–Todo lo que sale de mí termina yéndose por una cañería –ella me miró divertida–. El Señor de la Mierda no puede quejarse de mi aporte. Oye, Erica, ¿ya no quieres a JC? –Más que nunca. –Huuumm. –Huuumm, nada– se había levantado para tirar la pava de cigarrillo por la ventana y se quedó allí, mirando la lluvia. Sus nalgas me volvían loco, me hacían babear–. Deseo tener algo intenso contigo, eso no significa que tenga líos con JC, ambas cosas no están conectadas, llevo tres años con él y necesito un cambio. –¿Y JC qué piensa? –Eso es mi asunto: si tengo que romperle el corazón y todo lo que imaginas, lo haré. Pero no es lo que tienes en mente, JC va más lejos, no es el muchacho que conociste. Erica había estudiado filosofía, trabajaba con dos universidades y escribía para una prestigiosa revista. Su tema favorito era Derrida (su proyecto es hallar palabras que posean una fuerza al margen de nosotros y exhiban su propia contingencia). JC era profesional de comercio exterior. No estaban casados ni tenían hijos, compartían un bonito apartamento en un edificio al norte de la ciudad: allí estaría él, esperándola. En esta triste habitación ella hablaba de cosas tan serias como si se tratase de una clase de biología o la discusión por el precio de una mudanza, ¿quién diablos se pensaba que era? (La fantasía es una carta marcada, un puente entre el verdadero azar y la impotencia). Si apenas la conocía, si no era más que un escritor fracasado con ínfulas, un amigo de su marido (quien siempre había sido franco y útil para mí), para colmo feo, cascado y pobre como una rata, ¿qué se traía esta tipa desnuda y risueña, esta putica infeliz que encendía el cigarrillo con tamaña gracia, como si fuese un rito, por qué no me preguntaba lo que sentía por ella, por qué culo lo daba por descontado? –No valgo mierda, Erica. –Deja de adularte, cariño –caminó desde la ventana hasta un espejito colgado en la pared, se miró fugazmente y volvió a la ventana. Las diminutas pecas sobre su espalda parecían estrellas negras sobre una noche blanca. Su frescura me ponía nervioso, aspiraba el humo y soltaba círculos perfectos, no tenía ninguna prisa, estaba unida al espacio como si hubiese estado allí desde siempre–. Me gusta como escribes, tu vida misma, la manera de mirarme a escondidas de tu propia razón. Yo había llegado de Europa en un avión lechero seis meses atrás y lo primero que hice fue llamar a JC. Su madre me dijo que se había mudado aparte y me dio la dirección. Habían pasado casi cinco años desde la última vez que lo vi, había perdido cabello y ganado peso, el éxito lo había afectado un poco (el presidente me invita a jugar golf cada dos semanas, tengo que cambiar el auto, compré un terreno en una isla frente a Ciudad inmóvil, ah, ésta es mi bella mujer. No te ves bien Sergio, ¿qué pasa contigo?) Trabajaba para una firma japonesa y asesoraba al gobierno de vez en cuando. En términos generales su cariño por mí seguía intacto. Me invitó a quedarme unos días en su apartamento (hasta que consigas un buen lugar) y ambos fueron muy amables conmigo. Cuatro días después me mudé a este hoyo. –No tengo entereza ni pasión... Mi talento es más flaco que yo. Me rompo la espalda escribiendo porque no tengo otra salida, no hay aventura en mí ni nada que me importe. Nada. Mi intención era hacerle saber en su propio lenguaje que no contaba en mi vida pero no pareció hacerle efecto, siguió observando la lluvia y dándole forma a sus oscuros pensamientos, quieta, como si la realidad emanara de ella y los demás fuésemos conceptos flotantes, algo así había leído en uno de sus artículos. Dejé la cama y me situé a su lado. Era una lluvia menudita coloreada por el alumbrado público. Miré la gente abajo, sus abrigos y paraguas, su agitación y malgenio, sus temores. Y arriba nosotros, apoyados en el borde de la ventana: una mujer desnuda y una hombre alto y flaco, lleno de incertidumbre dentro de su vieja pijama. Ella se había metido en un silencio agudo. Él fluctuaba entre la ganancia y la pérdida, empecinado, mirón, torpe, repleto de dudas ante una circunstancia que rebasaba sus límites. –¿Qué piensas? –pregunta deslizando su mano dentro de la pijama y sobándome las nalgas. De repente mete su dedo en mi culo–. No te asustes, cariño. Puse mis manos sobre sus tetas y ella hundió más el dedo dentro de mí, la uña me rayo la carne, se me nubló la vista. Un gemido de perro escapó por mis labios, sentí odio y angustia. Ella sacó el dedo sucio de mierda y sangre y lo pasó por su vulva. Un hilo de sangre caliente salió por mi trasero. Sus ojos tenían un brillo demente. Me vibraba el órgano como si fuese a reventar. La cogí del pelo y traté de besarla, aplastó la pava encendida contra mi pecho, sentí el olor de la tela quemada y luego la carne, apreté su muñeca hasta que la soltó. La quemadura me produjo un dolor placentero, avivó mi deseo de hundirle mi picha enhiesta en el corazón. Había agarrado su otra muñeca y me frotaba contra ella, que sacudía la cabeza de un lado a otro para evitar el beso. El forcejeo nos había llevado al centro de la habitación. Desde el apartamento de enfrente un niño observaba la escena, ella no lo había visto. La solté. El niño no abandonó la vigilancia: a través de sus ojos vi a las dos feroces criaturas encerradas en aquella celda, sucias y heridas, dándose zarpazos y dentelladas: el macho jadeaba con los ojillos tristes y el deseo vivo a pesar de la vergüenza, la hembra temblaba por la furia y el deseo contenido. No parecían dispuestos a dejar la lucha, sólo estaban tomando aire y mirándose de hito con miradas distintas. —¿Sabes qué es lo triste?—se fijó en el niño, lo miró intensamente y él correspondió sin moverse. Por un instante estuve afuera, como un indolente espectador. Ella se cubrió las tetas y retrocedió un poco, el niño se movió con ella, buscando el ángulo de su ventana para seguir viéndola, ella se refugió en el rincón y escapó de su vista. El niño volvió a mí, me hizo un gesto obsceno y se retiró. Al instante vino una anciana y estiró la cortina, me pareció que se quedaba espiando detrás de la tela.—. Me enamoré de ti enseguida, como si fuese una tonta de película, de ti. No sé porqué me pareció que eras diferente, y ves que no, eres otro que quiere meterlo y olvidarlo. Debo parecerte tortuosa, una tipa que complica lo sencillo. ¿Para qué dañar a JC si podemos hacer la fiesta sin que se entere? Eres bueno, eh, un chico excelente pero sin fortuna, cono dice JC. Y claro, yo, yo vengo a ser algo así como una tipa sin alma, una puta enferma de Derrida que pretende embaucar a cualquiera. Pero no soy cualquiera, soy un chico listo, conmigo se jode, le dan las trece, jajá, no soy lo.... –Será mejor que te vayas Erica. –¿Eso es todo? Vaya fiesta más corta. –No quiero líos contigo, Erica –se había sentado en el rincón y me miraba con sorna–. Además, tengo ensayo, Piero pasará por mí. –Eso es patético –abrió las piernas cuanto le fue posible–. Sólo era meterlo aquí y punto. Nada de líos. –Erica, por favor... –Como se hace en Europa. Ah, y también las mujeres del grupo: es un ejercicio de relajación que calma el miedo escénico –estaba arrastrándose hacia mí con las piernas por delante, impulsándose con las manos–. ¿Eso querías, no? Entonces hazlo –se detuvo, yo estaba parado en medio de la habitación y ella abajo, con sus pies sobre lo míos. –¿Qué puedo decir? –pregunté imitando su tono pérfido y descompuesto y abriendo los brazos teatralmente–. Me tienes, estoy jodido. –Eres un pobre hijueputa, alguien te chupó el alma y escupió la cáscara, estás cagado de miedo, reseco –se tumbó bocarriba y empezó a moverse como si hiciera el amor con el Hombre Invisible–. Eso es, chico miedoso, mételo todo, hasta las pelotas, mételo, aaahhh –me desnudé y fui por ella, la sangre golpeaba mis sienes. La besé con ira y sin preámbulos se la emboqué y me sacudí con todas mis fuerzas contra el mojado vacío, una y otra vez–. Eso es, chico bueno, caramba, no lo haces tan mal, pega más fuerte, ¿es todo? Pega chico, pega –apoyé las manos en el piso y erguí el tronco sin dejar de golpear. Sus ojos parecían dos estrellas ciegas, había gotas de sudor en sus dientes, no paraba de azuzarme. El semen avanzó por oscuros callejones, traté de pararlo pero no pude (plos, plos, plos). Todavía me sacudí un poco empujado por la furia–. Es el final, chico –dijo con una voz extrañamente dulce. No sé cuánto tiempo duramos abandonados y jadeantes, inmóviles, como una larga mancha de asco y miedo sobre el piso frío mientras el tipo de la radio anunciaba Song Love de Bobby McFerrin. Mientras ella se viste, yo, apoyado en la ventana, miro hacia abajo. La lluvia es intensa y la gente corre, choca, se insulta. Por mi mente discurren cientos de escenas iguales: el mismo hotelucho con baño compartido al fondo de un sórdido pasillo donde siluetas nerviosas hacen turbios pactos, la misma habitación estrecha, los mismos libros regados por el piso, las misma paredes desteñidas y el raído maletín bajo la angosta cama, el mismo afiche de Paris-Texas que no resiste una despegada más, la misma mujer poniéndose mil bragas, ajustándose brasieres en una secuencia infinita, delineando sus cejas frente al espejito, prometiendo mil veces regalarme uno más grande. La misma lluvia, la misma calle con ratas gordas, la misma mierda en Barcelona, París, Charleville (para conocer la casa donde nació Rimbaud, que ya no existe y donde quedaba la sala hay un semáforo), Bogotá. Ella tenía razón, mi espíritu estaba reseco, mi picha había chapoteado en cientos de vulvas sin hallar fondo, sin encontrar lo que debe saberse antes de morir. Quizá había ido en la mala dirección, quizá Linterna verde había mentido. De cualquier forma, Erica había hecho una jodida variación de la escena, había dinamitado el encanto para siempre. No sabía si era amor (Dios me libre) o desaliento pero me dolía ahí, me dolía mucho.

Entre las trepidantes notas de Dexter Gordon escuché sus pasos alejándose, la manera delicada como cerraba la puerta, sus pasos bajando la escalera y luego un espacio de silencio y allí está, justo debajo de mí, frente a la entrada del hotel, mojándose, dando pasos en uno y otro sentido, giros en mitad de la calle como si bailase con Dexter. Un transeúnte se le acerca, le ofrece el paraguas, ella lo rechaza, le susurro: estoy arriba, Erica. Tal vez te amo. No levanta la cara sino que se aleja entre la gente empujada por la ola, perdida de Dexter Gordon y de mí, dejándome aguijones en el cielo de la boca y una herida en el culo que todavía sangra. Thad Jones y Mel Lewis atizaban la peor noche de mi vida (y he tenido más noches malas que cualquiera). Tras Thad y Lewis vino Monk: la versión original de Round Midnight penetró mi carne como un filoso cuchillo. Monk quizá fuese menos ecléctico que Herbie pero a mi modo de ver era más peligroso: un asesino delicado. Las melodías y armonías de Monk suelen ser tan dentadas como esquirlas de explosión (había escuchado una tercera versión de ese tema grabada por Miles Davis y John Coltrane en 1955, era la más inofensiva y encantadora, y por ende la más popular). El piano de Monk parecía hablarme: qué puñetero eres, chico. No es necesario herir así para ponerte a salvo, y no me vengas con frases hechas, no puedes engañar al viejo Monky, me doy cuenta de que estás podrido de ella, te bastó verla para saber que algo iba mal, ¿qué demonios hace esta criatura en la pecera de este chupa morcillas japonesas? Pero como eres un tipo mundano tenías que dominar todo sentimiento inferior (porque ya me jodieron por eso bastante). ¿Ya sabes lo que solía decirme ese viejo zorro de Fats Waller?, decía: mantente lejos de una mujer lista, Monky. Una mujer con ideas sueltas es lo peor, chico, lo peor. ¿Y sabes qué? Hace rato que mandé a la mierda los consejos de Fats. Todavía parece estar en la ventana: una noche blanca llena de estrellitas negras, una noche hecha pedazos y el líquido de mi existencia rumbo a las cañerías. Monk concentra el veneno, no está dispuesto a ser blando, cierra con ritmo frenético todas las vías de escape, por suerte llega Art Blakey y pone cada cosa en su lugar con Every Things. A Erica le gustaba más la música oriental que el jazz pero compartía mi admiración por algunas leyendas, sobre todo Duke Ellington y The Marsalis. Una vez, mientras cenábamos en compañía de JC, había dicho que era una buena señal que me gustase el jazz. –¿Qué tiene de especial? –preguntó JC algo molesto–. Es sólo música de negros. –Es la música de aquellos cuyos sueños se han averiado –dijo Erica con ojos encendidos. –¿Y eso qué? –preguntó JC con la boca llena de carne molida. –Nada –dijo Erica–. Sólo que me gusta le gente así, no puedo evitarlo. La ciudad está desierta, lo apropiado para un fantasma, la lluvia es otra vez menuda, algo está roto en algún lugar y gotea, la habitación necesita una mano de pintura, la radio sigue emanando jazz, es un lujo, aun con rotos es fulgurante escuchar ese viejo tema de Sarah Vaughan acompañada, entre otros, por Gillespie. Yo tengo por costumbre hacer versiones libres de los temas que en otros idiomas me gustan, a una chica llamada Flop, que conocí en un bar de Barbes Rochechouart (y que más tarde editó un libro mío de poemas) le regalé la versión de ese tema: Es terrible cuando los sueños se hacen realidad/ cuando una ciudad se te incrusta dentro/ cuando un patán te roba el corazón/ A veces es mejor dejar los sueños tranquilos/ Es terrible porque los sueños tienen filo/ porque las ciudades sólo son dulces a lo lejos/ porque cualquiera puede sacarte del engaño/ A veces es mejor dejar los sueños tranquilos/ dejar que el agua corra. Cuando era niño tenía un sueño recurrente: un número escaso de cubos de hielo cayendo en altamar, pequeños cubos para acompañar el whisky flotaban sobre la inmensidad marina, se desleían lentamente bajo la blanca y redonda luna. Cuando le preguntaba a mamá el significado de aquel sueño, ella me aconsejaba no comer dulces antes de acostarme. Ahora comprendo porqué no me dijo la verdad, ahora sé en carne propia lo que sentían aquellos pequeños cubos.

 

 

 

 

índice - siguiente

 

 

 

 

 

 

C O M E N T A R I O S