S U P L E M E N T O

Número 56. Año I. 17 de septiembre de 2018. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

Morelos en Zacatula [2/2]

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Ignacio Manuel Altamirano

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Sí: se detuvo para orar y fortalecerse. Una de las cualidades que caracterizaban a los héroes de la independencia, era una profunda fe religiosa, que solo era superada por la inmensa fe que tenían en la justicia de su causa. Casi, casi confundían una con otra. Para ellos la independencia era derecho divino, y tenían razón, dadas las ideas de aquellos tiempos. Semejante convicción estaba tan arraigada en el espíritu de los hombres de 1810, que subordinaban a ella todas las demás creencias, todos los demás principios, ya se manifestasen en la forma de opiniones vulgares, o ya se proclamaran revestidos con el terrible disfraz de las excomuniones eclesiásticas. Y lo que es más grande aún, cuando solía levantarse en el fondo de su consciencia el espectro de la preocupación o del terror religioso, inmediatamente se desvanecía como una visión nocturna ante la imagen de la patria, que, como un sol, inundaba de luz la consciencia obscurecida un momento. Para ellos, Dios se ponía de lado del derecho: Dios quería la libertad y les ordenaba combatir por ella. En sus oídos resonaba, con más verdad, aquella palabra misteriosa que empujó en otra época a los soldados de una causa menos justa: «Dios los quiere». Al oírla se sentían fuertes en la tremenda empresa que acometían.

Así se explica el por qué ellos, educados en la obediencia del clero inferior o del creyente sumiso, no hacían caso de los anatemas que fulminaban en su contra. No hay que olvidar que los obispos todos de la Nueva España y que el alto clero fueron enemigos acérrimos de la Independencia de 1810, y que cuando la aceptaron en 1821 fue en fuerza de las circunstancias. Así se explica, seguimos diciendo, el por qué se lanzaban al combate, animados de una fe viva en la causa de la Patria, y no por los ridículos de defender a los abyectos reyes españoles amenazados por los franceses en la metrópoli, ni la fe católica, que ningún peligro corría, ni la inmunidad de los bienes eclesiásticos, que administraba precisamente el alto clero, enemigo de la insurrección. Cuando se leen estas aseveraciones en ciertos escritores —como Alamán, apasionado o impotente enemigo de los héroes de 1810— no se puede menos que refutarlas como hijas de un mezquino criterio o de una triste y despreciable mala fe. Más altas cusas que las que señala el venal escritor, amigo del Gobierno Colonial, eran las que movían a los grandes hombres de la insurrección, y se necesitaba ver las cosas muy superficialmente o interpretarlas con un interés bastardo, para no comprenderlas.

En cuanto a Morelos, él más que nadie era superior a las patrañas que los enemigos vulgares de la insurrección señalaban como influyendo en los eclesiásticos que tomaban parte en la lucha, y así lo demostró en todo el curso de su gloriosa carrera. Si acaso es cierto que publicó en su Parroquia de Carácuaro el edicto del Obispo y Abad y Queipo contra el ilustre Hidalgo, es seguro que en esto no hizo más que ejecutar un acto indiferente de obediencia y que le servía para ocultar los proyectos que iba a realizar dentro de breves días. Lo que sí consta evidentemente es que apenas supo por don Ignacio Guedea, dueño de la hacienda de Guadalupe, el movimiento del héroe de Dolores, cuando en el acto se dirigió a Valladolid para presentarse al caudillo y tomar parte en la guerra. En vano pretendió disuadirlo en su intento el conde de Sierra Gorda, gobernador de la mitra, a quien comunicó Morelos sus proyectos, cuando al llegar a Valladolid no encontró allí al ejército insurgente, que había salido ya para México. Sin perder un instante se dirigió a Charo, obtuvo de Hidalgo la autorización para hacer la guerra en el sur, y con la rapidez de un hombre que conoce el valor del tiempo en las altas empresas, regresó a su cuarto, armó como pudo a algunos de sus feligreses, y antes de terminar el mes de octubre ya estaba en Zacatula. Había andado y desandado un camino larguísimo, y salvado una enorme distancia, como un dios homérico. Es preciso conocer aquella comarca y aquellos caminos para apreciar esta actividad asombrosa. Por lo demás, la prontitud en los movimientos no fue la menor de las cualidades que adornaban a Morelos, como general.

Ya se ve, pues, por todo esto, que a pesar de las excomuniones de la Iglesia y de la prohibición de su superior, como cura, Morelos había abrasado la causa de la Independencia nacional, y sin embargo, mantenía pura su fe religiosa.

 

Morelos, al detenerse en las orillas del pueblo de Zacatula, esperaba también a su mensajero. Éste volvió, cambió algunas palabras con su jefe y tornó a internarse en el pueblo, a comunicar seguramente un nuevo recado. Morelos ordenó a su comitiva  que permaneciese bajo los sauces del río y, dejando el pueblo a un costado, se dirigió al paso de su caballo a una punta formada por la desembocadura del río y una curva de la ribera del mar.

El sordo y dulce rumor de las olas rosando la playa, comenzaba a acariciar los oídos del patriota, y las brisas de la noche venían a refrescar su enardecida frente. La luna salía en ese momento e inundaba de luz el océano, que parecía como un inmenso espejo de plata, cubierto de una gasa leve. Aquella alma grande se sintió conmovida ante este espectáculo maravilloso que pareció embargarla por completo algunos instantes. El caballo siguió avanzando hasta un bosque de palmeras que se alzaba en el lugar mismo de la punta. Eran esas grandes palmeras que, agrupadas, presentan la forma de un templo, cuyas columnas fingen sus gruesos y elevados troncos y cuyas bóvedas se construyen con sus anchos ramajes entrelazados. Vistos sobre el fondo del horizonte, lleno de luz, y teniendo en segundo término el mar, este templo sombrío y silencioso parecía un monumento gigantesco elevado a los númenes de la naturaleza americana. La luna había ascendido y brillaba con todo su esplendor en el centro de las arcadas del bosque. Era un momento solemne y magnífico y parecía que había llegado la hora de los misterios sublimes de una religión desconocida y grandiosa.

Morelos, atraído como lo era siempre por todo lo bello y lo grande, bajó de su caballo, lo ató a la entrada del bosque y penetró en él, envuelto en su blanco y finísimo poncho como en un manto sacerdotal y, cruzados los brazos sobre el pecho, como sobrecogido de sentimiento religioso. Así atravesó la galería majestuosa de aquel bosque, y sólo se detuvo cuando las olas encrespadas por la marea que había subido, vinieron a depositar a sus pies una alfombra de blanca espuma. Allí permaneció largo rato contemplando la magnificencia del mar Pacífico, iluminado por la luz de la luna y escuchando el mugido de las corrientes de la barra, que cerca de ese lugar se abría por la entrada de Zacatula. Alguna voces que resonaron entre el bosque le sacaron de su contemplación. Era el capitán don Marcos Martínez, jefe de la milicia de Zacatula, acompañado del mensajero. Acercóse respetuosamente a Morelos y le dijo, después de saludarlo:

—Tal vez he tardado en venir al llamado de usted, pero he tenido que reunir a mis oficiales, que nos esperan.

—¿Está usted dispuesto, capitán, a seguirme? ¿Confía usted en la justicia de nuestra causa? —le preguntó Morelos con ese acento afectuoso y penetrante que lo hacía dueño de los corazones.

—Yo sí, señor; yo creo ciegamente, en que todo lo que usted hace es bueno. Yo le seguiré a todas partes, pero entre mis oficiales y soldados hay todavía vacilaciones. Temen que este alzamiento sea verdaderamente contra el rey y no solamente contra el mal gobierno de la Nueva España; temen incurrir en un grave pecado contra la religión, temen…

—Y temen bien, capitán; todo eso es cierto y no seré yo quien los engañe y les oculte el verdadero objeto de nuestro movimiento. Vamos a pelear contra el rey, contra el gobierno español resueltamente para fundar un gobierno sólo con criollos, ¡para sacudir el yugo de España y ser libres! En cuanto a la religión, no tenemos necesidad de atacarla. Sin embrago, los obispos y los frailes españoles serán nuestros enemigos y nos excomulgarán; pero Dios estará de nuestro lado; Dios no ha dicho nunca que es padre únicamente de los gachupines; también nosotros somos sus hijos.

Esta verdad, dicha con el tono ligeramente burlón que acostumbraba Morelos las más veces, convenció al Capitán.

—Ya lo considero así —respondió—, pero es necesario convencer a esos muchachos, y hasta entonces contaremos con ellos.

—Pues procuraremos convencerlos —dijo Morelos, acercándose a su caballo, que ya tenía su mozo de la brida—. Vamos allá —añadió, montando con ligereza—. Guíeme usted, capitán, a la casa en que están reunidos los oficiales.

El capitán se puso en marcha a pie, seguido de Morelos y de su mensajero, que también iba a caballo. Salieron del bosque, y a poco andar entraron en el pueblo, en el que encontraron varios grupos de gentes que hablaban con animación, sabiendo la noticia de que se preparaba algún suceso extraordinario.

Las casitas de Zacatula son humildes, en su mayor parte hechas de paja, y en esa época eran pocas las que tenían paredes de adobe y techos de tejado; sin embargo, eran más numerosas que hoy. No estaban entonces, ni están ahora, construidas en orden regular y formando calles, como en los pueblos del centro del país, sino desparramadas acá y acullá, agrupadas caprichosamente. Una especie de plazoleta donde estaba la Casa de Comunidad, convertida a la sazón en cuartel y en donde se alzaba la pobre iglesia de paja también, era lo único que había más ordenado.

Morelos llegó a esa plazoleta, se apeó y entró en una gran pieza alumbrada con una lámpara de aceite de coco, entorno de la cual se agrupaba una veintena de oficiales y soldados bien armados de tercerolas y de sables. Eran milicianos de caballería, aquellos. Los caballos piafaban en el patio de la casa. Luego que Morelos se presentó, algunos oficiales se quitaron el sombrero por respeto al carácter sacerdotal del recién llegado, pero otros permanecieron cubiertos, reservados y taciturnos. Aquellos milicianos de la costa, ignorantes de las cosas de Nueva España, vecinos acomodados en su mayor parte, luego que vieron llegar a ese eclesiástico desconocido, luego que examinaron su aspecto raro, su barba que él había descuidado por la primera y única vez, a causa de su viaje apresurado y penoso; luego que sintieron aquella mirada magnética y dominadora, no habían podido substraerse a un sentimiento de temor instintivo, creyendo encontrarse frente a frente de un perseguido de la justicia, de un gran criminal, de un rebelde que venía a envolverlos en una terrible calamidad. Así es que, aunque preparados por el capitán Martínez a recibirlo, parecíales que estaban cometiendo una mala acción, de la que más tarde la justicia del rey les iba a pedir cuentas.

Tal fue la primera impresión causada por Morelos en aquellos hombres sencillos y montaraces. Pero comenzó a hablarles, comenzó a pintarles el estado del país, los horrores de la servidumbre colonial, las esperanzas de la revolución, el porvenir de la Patria; despertó en estas almas aletargadas, las punzantes emociones de la gloria, derramó en aquellas conciencias tenebrosas la luz del derecho; y eso, valiéndose, como era natural, de palabras sencillas, de imágenes familiares, de esa elocuencia poderosa del sentimiento y de la verdad, que es eficaz siempre entre las masas del pueblo. Rompió, en fin, las cadenas del terror, que entorpecían esos corazones… y una hora después todos los milicianos escuchaban al grande hombre descubiertos, estremeciéndose de entusiasmo, impacientes por interrumpirlo con un grito de adhesión.

Morelos calló y el grupo de oficiales y de soldados estalló en un grito unánime y atronador.

—¡Viva la Independencia! ¡Viva la América libre! ¡Viva Morelos!

El caudillo, descubriéndose entonces, gritó con voz fuerte y vibrante:

—¡Viva Don Miguel Hidalgo, Generalísimo de América!

El entusiasmo se comunicó a los demás soldados, a los habitantes de Zacatula y hasta a las mujeres y a los niños. Así, pues, la palabra evangélica del patriotismo había hecho germinar la Independencia del sur, y en una hora había nacido, no como planta débil y tierna, sino como un árbol joven, robusto, como los árboles de esa tierra, de fuerza y de savia. El historiador don Luis Mora dice que Morelos «se explicaba con dificultad, pero sus conceptos, aunque tardos, eran sólidos y profundos». Lo último es cierto, no así lo primero. Yo he recogido en el sur las últimas tradiciones que acerca de la elocuencia de Morelos me confiaron sus viejos tenientes, sus compañeros, sus soldados, que aún se repetían religiosamente las palabras del insigne caudillo y recordaban con delirio el efecto de sus arengas. Era tan elocuente, como gran general, como gran legislador, como gran administrador. Ese genio era completo. Y aunque las tradiciones vivas y fehacientes no lo acreditasen, bastaría para creer en el efecto mágico de su palabra, la manera con que inspiró en los espíritus de los surianos las grandes ideas y los firmes principios a que fueron siempre fieles y que construyeron la fuerza de la revolución. Las respuestas breves, acertadas y profundas que dio en el interrogatorio de su causa y que con razón admira el mismo Alamán, son otra prueba de la rapidez de su percepción y de la facilidad de su palabra.

 

Una vez convencidos los milicianos de Zacatula, Morelos hizo entrar en el pueblo a sus pocos acompañantes de Carácuaro y de Nucupétaro, en el acto fraternizaron con los costeños. El pueblecillo se animó como por encanto; las campanas de la pobre iglesia anunciaron con un repique a vuelo la proclamación de la Independencia; los habitantes todos improvisaron vítores y serenatas con las grandes y dulces arpas de la costa a la luz de la luna, que iluminaba las cabañas, el mar y los bosques en aquella noche de otoño, fresca y hermosa. Morelos descansó de sus primeras fatigas, arrullado por los cantares del pueblo emancipado, por los vivas de sus primeros campeones y por los suaves murmullos del océano, que parecía también tomar parte en la fiesta de la Patria.

 

Al día siguiente, Morelos convocó una junta de vecino y militares, y despojado ya de su barba de viajero y vestido con su mejor traje, fue a presidirla y a levantar el acta solemne de proclamación de la Independencia. Entonces mostró la autorización que había recibido del caudillo de Dolores y que decía así: «Por el presente comisiono en toda forma a, mi lugarteniente, el Pr. Don José María Morelos, Cura de Carácuaro, para que en la costa del sur levante tropas, procediendo con arreglo a las instrucciones verbales que le he comunicado. Firmado. MIGUEL HIDALGO, Generalísimo de América».

Y «éste fue el principio que tuvo la revolución en la costa del Sur, que puso en el mayor peligro al dominio español en Nueva España», como dice Alamán, y como lo afirma la historia.

 

La República, 12–15 de septiembre de 1880.

. AGN, Civil, V.1523. fs. 285r y ss.

 

. AGN, Tierras, v.3464.

 

. AGN, Civil, v.1523. fs. 285 y ss

 

. Motta Sánchez, J. Arturo, Fuentes de 1ª y 2ª mano relativas al mariscalato de Castilla, 1530-1865, (Índice provisional), México, AGN 2003, fichas: 7-9.

 

, AGN, Tierras, v. 3463, fs:107r-131r.

 

. AGN, Civil, v. 1523, exp. 1, fs: 24r–33.

 

. Barnett, M., Biografía de un cimarrón, México, Siglo XXI.

 

. No está por demás señalar que el distrito de Tlaxiaco era la segunda región azucarera en 1877 con 125,000 surcos, en tanto La Cañada alcanzaba los 325,000 surcos. Memoria presentada por el ejecutivo constitucional del Estado al H. Congreso del Estado el 17 de septiembre de 1877, Oaxaca, Imprenta del Estado, 1877.

 

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