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A cuatro años de Iguala

EL CANSANCIO DE AGUIRRE

Ángel Aguirre. Necedad. [Foto: E. Añorve]

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Desde que Ángel Heladio Aguirre Rivero salió del gobierno del estado, en el año 2014, está que no cabe: parece que tiene chincuales. Será que lo persiguen los fantasmas de Ayotzinapa.

Y no sólo porque busca consolidar o, mínimamente, mostrar que posee un coto de poder… que no tiene, sino porque también quiere limpiar su imagen pública sobre su responsabilidad en los hechos criminales contra los estudiantes normalistas en Iguala.

De su conciencia, no se sabe, pero no es creíble que pretenda descargar su responsabilidad por motivos éticos, su trayectoria ni su desempeño reciente avalan esta aseveración; mas bien, él sigue haciendo movimientos públicos como parte de sus cálculos para mostrar su presunta importancia política.

A principios del año 2018 anunció públicamente a través de tuiter que estaba escribiendo un libro para fijar su «postura» sobre lo acontecido en Iguala (Se respeta redacción, como en lo sucesivo.): «En los próximos meses me dedicare a concluir mi libro La otra verdad, donde hago una narrativa de mi vida y fijo mi postura en torno a los hechos de Iguala». Amenaza también con contar sus chistes y anécdotas en el mismo viaje, claro.

En esas fechas ya había renunciado a ser candidato de la coalición Por México al Frente a la diputación federal por el distrito 8, Costa Chica: 12 días antes, en Ayutla, un grupo de padres de familia de los normalistas desaparecidos impidieron que realizara su primer acto proselitista.

Al siguiente día de publicado su mensaje sobre el libro, el 20 de enero, algunos medios de comunicación informaron que El Ángel de la Costa Chica se reunió con compañeros suyos, perredistas prominentes en Guerrero (Ricardo Barrientos, Evodio Velázquez, Antonio Gaspar, Celestino Cesáreo), para hablar del panorama político estatal. Allí, entre «amigos», ellos le agradecieron su «prudencia y madurez» por haber desistido en su intento de ser candidato a esa diputación federal.

Se curaban en salud, los perredistas. Pero él no había sanado.

En las declaraciones públicas hechas sobre esa reunión no se utilizó la palabra «Ayotzinapa», pero era obvio que fue clave en aquellas conversaciones. La tragedia se guarda en secreto –dice el poeta Juan Gustavo Cobo Borda.

Días antes, el 12 de enero de 2018, se cumplía un año de acaecida la muerte de su hijo Ángel Aguirre Herrera, su delfín, quien –a diferencia de los normalistas asesinados y desaparecidos– nació en «buena cuna» y tuvo privilegios exagerados, sobre todo si los comparamos con los de aquellos, y hasta con los de cualquier guerrerense.

Angelito fue secretario particular de Manuel Añorve Baños, cuando éste fue alcalde de Acapulco; fue jefe de gobierno en la Secretaría General de Gobierno del Estado de México, cuando Enrique Peña Nieto era gobernador; en 2009 fue diputado federal por el Distrito 8, Costa Chica (al cual aspiraba su padre); luego, diputado local, por el Distrito 7, Acapulco de Juárez, cuyo municipio pensaba gobernar, luego de que su padre –su padre, siempre su padre– intentó imponer su candidatura, sin conseguirlo.

Se murió su hijo. Y parecía que el proyecto político de Aguirre Rivero se iba a pique; en respuesta, ignorando las enseñanzas de su querido Juan Gabriel, volvió a la palestra para dejar en claro que él ha querido ser necesario, tal vez indispensable, para la vida política de la Costa Chica, montado en el grupo que aquél fundara en el PRD, la IPG.

Así, en 2017 comenzó a ‘palomear’ aspirantes a cargos de elección popular, incluso después de que los padres de familia de los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos desbarrancaran su candidatura a la diputación por el Distrito 8; además, se presentó en varios actos de campaña de «protegidos» suyos, ya en 2018, pero en la campaña de Coral Mendoza, en Ometepec, su ‘feudo’, lo recibieron con una pinta amenazando con volver a sabotearlo si se presentaba a un acto público.

Y el 2 de marzo de este año volvió a querer exorcizar los fantasmas de su conciencia, escribiendo un mensaje en tuiter: «Pronto conoceremos el informe de la Comisión Nal. de Derechos Humanos sobre el caso “Ayotzinapa”, la verdad se sabrá más temprano que tarde (sic). Mi soliridad plena a los padres de familia!».

En esa fecha, y también por la misma vía, despotricó contra políticos de varios partidos, como Heriberto Huicochea y Héctor Apreza, Héctor Astudillo, Javier Saldaña, López Obrador y Ricardo Anaya y Dante Delgado; estos dos últimos, miembros de la coalición a la que el propio Aguirre Rivero pertenecía, actuando bajo el apotegma de que cuando la perra es brava, hasta a los de casa muerde.

Movimientos políticos para marcar su territorio, el del Ángel de la Costa Chica, como cuando un perro orina un área.

Acto seguido, entró a la rebatinga por las candidaturas del PRD en Guerrero, y en medio de esas negociaciones, que no le resultaban favorables, mandó un par de mensajes demagógicos: «Es mejor morir de pie que vivir de rodillas» y «en política, como en todo en la vida, si no hay equilibrios no habría consensos»; demagógicos, porque allí no se jugaba a la vida y a la muerte, como sí ocurrió en el caso de los normalistas asesinados y desaparecidos.

El 9 de abril, Aguirre Rivero reculó y manifestó su apoyo a López Obrador: «Por eso hay que votar “por ya sabes quien” para que las cosas cambien en nuestro estado!», aunque, ante las críticas, acotó, que su llamado era de carácter personal, no como parte de una corriente política ni del PRD.

Ello, después de criticar al gobierno federal y al del estado: «De qué sirve que envíen más policías y soldados, si nuestro tema es de pobreza y falta de oportunidades para nuestros jóvenes, la violencia no se combate con violencia decía Ghandi (sic)», mostrando su insensibilidad política, sobre todo con los padres y familiares de los jóvenes estudiantes desaparecidos y asesinados.

En esa tónica, a mediados del mes de abril, se metió en un pleito de tuits con el expresidente Felipe Calderón, al grado de llamarlo fracasado y de endilgarle la responsabilidad de los dos estudiantes asesinados el 12 de diciembre de 2011.

«…ahora dice que no quise limpiar nuestras policías, nada más falso que ese dicho para justificar su fracaso ante el clima de violencia e inseguridad en que convirtió al pueblo de México», le respondió a Calderón, y continuó: «…y que no se te olvide que tú y Genaro García Luna fueron los responsables de la muerte de los dos estudiantes de Ayotzinapa el 12 de diciembre, porque fue tu policía la que llegó primero al lugar de los hechos, todos armados, ahí están los videos».

Luego, empeñado en ser el «ajonjolí de todos los moles», se ha dedicado a publicar «artículos» en El Sur (desde el 18 de mayo de 2018), donde pretende mostrar erudición, pues toca los temas más disímiles, sin ahondar en ellos y dedicándose muchas veces a repetir lo que –se nota– acaba de leer en algún libro.

Pero uno de sus propósitos evidentes es limpiar su imagen como responsable de los terribles hechos de Iguala en 2014, y el 19 de mayo, precisamente en esa ciudad, Aguirre Rivero volvió al asunto: la «culpa» no fue de él, sino de otros, y le corresponde a la PGR determinar lo que pasó realmente.

«Con los últimos acontecimientos y la información que se generó de las transcripciones de la DEA, la PGR pueda tener ya los elementos suficientes para determinar qué fue lo que sucedió en ese acontecimiento tan triste y tan trágico como el que se vivió en Iguala», declaró.

Y remató: «Pero estamos limpios, yo nunca he mandado a asesinar a nadie», distorsionando las cosas, porque no se le acusa de haber mandado a asesinar a los estudiantes o algunas de las personas que murieron en septiembre de 2014 en Iguala, sino, cuando menos, de negligencia.

El 1 de agosto, en el periódico El Sur –que lo tilda de columnista–, Aguirre Rivero se explayó en aquello de limpiar su imagen: Que informó de manera inmediata al Ejército sobre lo que ocurría en Iguala y (a las pocas horas) a Gobernación federal, y precisa: «Nosotros informamos todo lo que tuvimos conocimiento durante los días que estuvimos a cargo de la investigación». Y confiesa, por lo dicho, que sí se enteró y que estuvo a cargo cuando menos de la investigación.

En ese mismo texto cuestiona: «en Iguala estaban el Ejército, la Policía Federal y la PGR, así como el CISEN …¿acaso ninguna de estas dependencias informó al entonces secretario de Gobernación?». De ahí, le endilga la responsabilidad al gobierno federal: «¿O será más bien que algunos miembros de su gabinete y el propio Osorio Chong sugirieron al presidente Enrique Peña Nieto, no involucrarse bajo el argumento de que se trataba de un asunto de carácter local?, cuando era evidente la participación de delincuencia organizada. tipificada como delito federal».

Y celebra la decisión de AMLO para crear una comisión de la verdad, aparte de que se da el lujo de recomendar «que se atiendan las cuatro líneas de investigación sugeridas por el GIEI».

Pero los fantasmas lo siguen alucinando, según confiesa: «Ya estamos cansados de vivir en la incertidumbre y ojalá se conozca la verdad de los hechos y se haga justicia donde se tenga que hacer».

No quiere vivir en la incertidumbre. ¿Pensará por algún momento en cómo han vivido los padres y madres y familiares y amigos de los estudiantes normalistas? Ya lo dijo: le interesa la salvación de su alma: «Para verdades el tiempo, para justicia Dios».

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