OPINIóN #964

[Segunda de dos partes]
La educación está en el campo de batalla. La negociación significa que ninguna de las partes en pugna gana el ciento por ciento de sus demandas o exigencias. Hay que ceder, sin embargo, deben regir los principios supremos de la patria o del bien común o del beneficio social antes que los intereses grupales o individuales, éstos deben subordinarse a los intereses nacionales. Por ello, la nueva reforma educativa debe garantizar los derechos laborales como salarios y estabilidad en el trabajo, pero en los asuntos de carácter académico debe entenderse que prevalecen la competencia, la diferencia, por lo que el examen de conocimientos, habilidades y destrezas debe conservarse porque derivará en mejores profesores en el sistema educativo público. Así debe trabajarse.
En Guerrero, la situación es todavía peor. El nivel de los diputados locales es lamentable, aunque eso para nada justifica la destrucción de las oficinas del congreso local y de la biblioteca del mismo que se permitieron hacer algunos «profesores» militantes de la CETEG y otros «estudiantes» de Ayotzinapa. ¿Qué profesor podría justificar la quema de libros de una biblioteca? Sólo los dictadores como Hitler, Stalin o Pinochet se permitieron esos actos de barbarie. Un profesor o aspirante a profesor no puede decir que lucha por defender una causa y un derecho, reproduciendo lo mismo que dice negar, es decir, reproduciendo los métodos arcaicos y atrasados que le cuestiona al poder.
En la página 124, estos académicos de la UAG hablan de la estructura de poder, de los grupos políticos en Cuajinicuilapa y plantean que «De manera alternativa a la legislación nacional y la presidencia municipal, Cuajinicuilapa se gobernaba por Principales o Prencipales…» y citan a Aguirre Beltrán como fuente de esta aseveración, quien dice haber conocido a cuatro prencipales, a mitad del siglo xx y –a su vez– anota que «En sus hombros pesa la responsabilidad efectiva de la dirección de la comunidad», hecho falso, porque quien gobernó en esa época y por largo tiempo a través de ellos fue un «mestizo de Ometepec» –según lo describe Manzano Añorve, citada por los autores, quien no vio la condición de cacique en él–, de nombre Silvino Añorve Dávila, quien había sido tenedor de libros de la Casa Miller, y que después de la debacle de los Miller se convirtió en comerciante y hombre influyente en Cuajinicuilapa.

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