S U P L E M E N T O

Número 79. Año 2. 1 de abril de 2019. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

ORÍGENES TRIBALES

PRIMERAS PROCEDENCIAS

Gonzalo Aguirre Beltrán
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Aproximación histórica

 

Gracias a una antigua práctica romana que señalaba en las cartas de compra-venta de esclavos la procedencia de los cautivos conocemos hoy día los lugares de origen de los negros. Indudablemente, tal costumbre persistió en los europeos esclavistas de la época colonial porque se consideró indispensable como índice que determinaba tanto las características somáticas de los esclavos como sus peculiaridades psicológicas. Si el examen médico, hecho por los cirujanos en los puertos de entrada, podía satisfacer al comprador en cuanto al estado de salud física de la mercancía, para presumir la condición de la misma era necesario atenerse a la indicación de su procedencia. La docilidad o rebeldía, la rudeza o habilidad, la sobriedad o incontinencia, entre otros rasgos de la personalidad de los esclavos, habían sido determinados y, según fuera el lugar de origen del negro, podía predecirse su reacción frente a la esclavitud. Cuando menos tal cosa se pensaba. El idioma y las sajaduras —cicatrizaciones tribales— particulares a cada nación, impedían a los mercaderes de ébano engañar a este respecto, pues los conocedores habían aprendido a diferenciar a un negro de otro negro, una sib de otra sib y una nación de otra nación.

Hoy día el origen de los esclavos reviste también un doble interés. Por una parte señala, en forma más o menos precisa, los diversos tipos físicos del stock o tronco moreno que se vaciaron en el crisol racial que moldeó nuestra población. Por otra, sin duda la más importante, da la clave que descubre cuáles culturas del África intervinieron en la integración del complejo novoespañol. Los negros no sólo aportaron una contribución biológica, sino que, vehículos portadores de la cultura, ofrecieron también una aportación cultural cuyas supervivencias están presentes en México. La determinación del origen de estas supervivencias sólo será posible cuando conozcamos las culturas de donde derivaron. De ahí la enorme importancia que tiene para nosotros la exacta fijación de la procedencia de los esclavos, línea básica, punto cero de donde habrán de partir los estudios futuros del sector moreno de nuestra nacionalidad.

En los países hermanos de América donde el negro es un fenómeno actual la resolución del problema ha sido atacada en dos distintas direcciones: desde el punto de vista etnológico y desde el punto de vista histórico. La suma combinada de estas dos disciplinas, es decir, de la aproximación etnohistórica, ha producido valiosas conclusiones que han permitido fijar, de modo claro y preciso, el lugar de origen de los negros y la procedencia de sus culturas. En México no se han hecho hasta ahora estudios de tal naturaleza. El presente ensayo constituye la primera aproximación histórica del problema, mas los estudios etnográficos están aún por emprenderse Este libro fue publicado en 1947. Obligados así a enfrentarnos al problema validos de los instrumentos que suministra una sola disciplina, hemos de asentar previamente que nuestras conclusiones son provisionales y que habrán de ser corregidas o afirmadas cuando las investigaciones de los grupos negros o predominantemente negros que aún existen en nuestro país arrojen mayor luz en la materia. Mientras tanto, habremos de espigar en los estudios verificados en el África y América, especialmente en aquellos verificados con técnica moderna, como medio más a la mano para cubrir nuestras deficiencias.

Las dificultades que surgen al atacar el problema, de cualquier modo, son numerosas:

a) Naciones de negros que aparecen en las cartas de compra-venta o en los inventarios de esclavos han desaparecido o perdido en tal forma su importancia que hoy día no se hallan señaladas en los mapas tribales, por cierto, aún incompletos. Tal es el caso, por ejemplo, de los Gomera, hoy extintos; el de los Berbesí, a menudo confundidos con los Bereberes; y el de los Anchicos, procedentes de un fabuloso reino del interior africano, que han sido situados por algunos autores en la costa oriental. Ello nos obligará, en algunos casos por fortuna no muy numerosos, a bordar en un mar de conjeturas, especialmente con nombres tribales como Zamuco, Cíbalo y Biafra.

b) Los nombres de las nacionalidades negras, en ocasiones, han variado por persistir la denominación aborigen y no el apelativo impuesto por los europeos. Tal sucedió con los Bramas, hoy conocidos por Bavilis, y con los Yorubas, antes denominados Lucumís.

c) Los nombres que a sí mismas se daban las diferentes tribus eran muchas veces diferentes de aquellos con que fueron vulgarmente conocidos; particularmente las tribus del interior africano recibieron nombres distintos a los propios. Los Nupés, bautizados como Tapás por los Yorubas, entraron en América con esta última denominación. Los Yorubas, a su vez, fueron llamados Nagós por los Fons.

d) La corrupción ortográfica de los vocablos fue regla general, en tal forma que hoy día resulta difícil reconocer en los Kpwesi a los Zapé; a los Bissago en los Vioho. La mayoría de las veces, sin embargo, la fonética fundamental de los gentilicios se conservó, facilitando la identificación. Así, los Gelofes son los actuales Wolofs; los Bañol, los Bagnoun; los Zoza, los Xhosa; los Portudal, los Porto d’Alí.

e) En ocasiones un mismo nombre tribal coincide en la denominación de tribus distintas; tal es el caso de Cazanga, nombre de poblaciones de la Cazamancia y de Angola; el de Balala, que apellida a indígenas del Gabón y de Sudáfrica; el de Malemba, que señala a nativos del Congo Belga y del África Ecuatorial Francesa, y, finalmente, el de Soso, que nombra a tribus distintas de la costa y de interior de Senegambia. En tales casos consideramos más probable la procedencia costanera que la del interior, la occidental, que la de oriental, y cuando coinciden ambas determinantes basamos nuestras conclusiones tomando en consideración la época en que fueron introducidos los esclavos. Los Cazangas de la Cazamancia entraron al país durante el siglo xvi, los Cazangas de Angola lo hicieron en el siglo xvii.

f) Nombres aparentemente semejantes, como Ardá y Arará, indican distintas procedencias. Ambos vocablos derivan del aborigen Allada, pero los comerciantes esclavistas dieron a cada toponímico una connotación diferente.

g) Con frecuencia los prefijos de los locativos africanos fueron pasados por alto, como en el caso de los Ba-Sundi, que entraron como Sundi simplemente; en otros casos fueron modificados en el transcurso del tiempo, como sucedió con Ma-Tumba, hoy más conocidos por Ba-Tumba; o bien eran erróneos y la ortografía sólo aparece durante algún tiempo, como Mani-Congo, que determinaba a los Ba-Congo.

h) A todas las anteriores causas de error hay que añadir una más, que a primera vista parece insuperable, ésta es la determinación de procedencia de los esclavos que entraban con un nombre genérico, como el de negros de Guinea, de Angola, de Cabo Verde, del Congo, de São Thomé; que en ocasiones determinaban una amplia zona y a veces sólo la factoría de donde habían sido extraídos. En tales casos, sin embargo, conociendo la significación geográfica que en cada época particular se dio a estos accidentes, es posible fijar, si no el origen tribal, sí cuando menos el área cultural de donde fueron arrancados los esclavos.

A pesar de los obstáculos señalados, los interesados en el problema han ido poco a poco desbrozando el terreno intrincado y se han llegado a fijar algunas normas generales que ayudan considerablemente en su resolución. Así, por ejemplo, el mito de que los negros habían procedido de todas partes del África, de una y otra casta, y de las tierras más interiores, conducidos en caravanas que recorrían miles de kilómetros durante meses enteros, atravesando bosques vírgenes y pantanos y transcurriendo incólumes entre la hostilidad de las belicosas tribus, ha sido definitivamente destruido por Herkovits, quien ha establecido dos hechos de importancia: primero, que los esclavos fueron extraídos en su mayoría de una zona limitada de la costa occidental, comprendida aproximadamente entre el río Senegal y el Coanza; y, segundo, que esta zona esclavista formaba un cinturón cuyo espesor no iba más allá de tres o cuatro centenares de kilómetros. Las excepciones, desde luego, existen y deben ser tomadas en consideración. Ha sido perfectamente definido que esclavos del Sudán, procedentes de Kano y Katsina, por ejemplo, fueron vendidos en la costa dahomeyana. En este caso, el tráfico no se verificaba en forma directa, sino que previa estancia de los cautivos entre los Nupé y Yoruba, iban pasando de mano en mano hasta llegar al mar, tardando en ésta su involuntaria peregrinación no meses, sino años. De cualquier modo, en la zona antes limitada habremos de localizar principalmente las procedencias tribales.

Para hacerlo tendremos que tomar en cuenta además otras dos circunstancias: primero, la época de introducción; y, segundo, la nacionalidad de los introductores. Ambas tienen significación en lo que se refiere a nuestro país y, en lo general, a las posesiones españolas de América. Los lugares donde fueron extraídos los negros variaron con el tiempo, mientras en la época temprana de la trata los esclavos procedían de las regiones inmediatas a Cabo Verde, en tiempos posteriores fueron extraídos de Angola. Por otra parte, mientras los portugueses introducían aquellas nacionalidades de negros que estaban bajo su directa esfera de influencia, igual conducta seguían holandeses, franceses e ingleses; de donde el conocimiento de los centros de la trata particulares a cada nación europea es indispensable para determinar los lugares de donde eran tomados los esclavos. Este conocimiento nos resulta especialmente necesario al determinar la probable procedencia de los extraídos de los centros de almacenamiento de ébano que en América habían establecido holandeses e ingleses.

En la presente exposición, siguiendo el curso de los descubrimientos y el desenvolvimiento del comercio de esclavos, iremos señalando para cada factoría la procedencia de los cautivos, la época de introducción y la nacionalidad de los introductores. Iniciaremos nuestra investigación con el establecimiento de importancia más cercano a Europa, Zafí, cuyo radio de acción se extendía por la Mauritania, continuaremos con Arguín, que dominaba el comercio en el Sudán, luego con Cabo Verde, llave de los ríos de Guinea; con Cestos y la costa de la Malagueta; con Mina y las costas de Oro y de Marfil; con Ajudá y Porto Novo; con Calabar, Loango y Angola; pasando en seguida a la costa oriental, donde encontraremos los puertos de Mozambique, Zanzíbar y Melinde; para saltar después hasta Manila, donde concurrían los cautivos de la India de Portugal. Finalmente, trataremos de determinar el origen de los negros procedentes de Europa o de lugares de América.

 

La Mauritania

 

El primer paso en el descubrimiento del África fue la conquista de Ceuta en 1415, lugar donde el príncipe don Enrique demostró sus habilidades combativas. La lucha contra los musulmanes no cesó con la caída del bastión y un puesto más hacia el sur, Záfí o Azafí, fue capturado por los portugueses en 1507, en los momentos en que, descubierta América, se iniciaba su poblamiento con infieles y cristianos. En Zafí —puerto situado en el Marruecos actual, inmediatamente al septentrión del cabo Guer— se estableció una factoría cuya importancia no decayó sino hasta fines del siglo xvi. Genoveses y flamencos tenían en la localidad importantes corresponsales y, entre las mercancías extraídas, los esclavos formaron siempre parte de la carga de los buques. Estos esclavos entraron a México con la ortografía Cafí, y su introducción quedó limitada al siglo de la Conquista.

Los esclavos tomados en Zafí fueron el resultado de la guerra contra el Islam, de donde el contingente principal se compuso de los nativos de Marruecos y Fez —moros, bereberes, judíos y loros— que pasaron a las Indias Occidentales en compañía de sus amos pobladores o conquistadores, bajo el común denominador de esclavos blancos. Las preocupaciones religiosas exigieron bien pronto la prohibición del establecimiento de estos infieles en tierras recién ganadas, donde se plantaba la Santa Fe Católica. A las cédulas prohibitivas siguieron la expulsión de aquellos que hubieran pasado, órdenes que se iniciaron en 1501 y fueron repetidas en 1506, 1509, 1530, 1531, 1543 y 1550, al parecer sin ser estrictamente obedecidas, ya que durante esta centuria entraron a nuestro país y, en lo general, a América, pequeños grupos de esclavos blancos. Saco y Scelle han hecho notar que estos esclavos eran, en la mayoría de los casos, del sexo femenino, y, en lo que se refiere a la Nueva España, anotan las licencias concedidas en 1535 a Rodrigo Zimbrón, en 1539, al Obispo de Oaxaca, en 1540, a Inés de las Casas, y en 1592 a D. F. B. Marín. Existe la sospecha de que estas esclavas que aparecen destinadas al servicio doméstico fueran en realidad dedicadas a la prostitución.

De estos esclavos blancos, los bereberes —más conocidos entre nosotros con el nombre de berberiscos— aparecen como uno de los grupos étnicos más tempranamente establecidos en el norte africano. Esparcidos en Trípoli, Tunicia y Algeria, se dice que descienden de los antiguos Libios. En el curso de los siglos, estos pueblos recibieron distintas aportaciones biológicas y culturales: fenicias, primero, árabes, después, y, más tarde, negras, en diversas proporciones, aunque se considera como de mayor importancia a las semíticas, por lo cual son clasificados en la actualidad como semito-hamitas.

Numéricamente más considerables que los antes mencionados fueron los esclavos de casta de moros. Aun pasada la centuria del xvi, que fue el periodo de mayor introducción de esta clase de gente a la Nueva España, los documentos coloniales siguen anotando, de cuando en cuando, su presencia. El término casta usado siempre al referirse a los esclavos moros, en lugar del de nación, como era la costumbre, parece indicar que con tal denominación no se intentaba implicar una determinante racial, sino más bien una característica cultura: islamismo. Sin embargo de esto, el calificativo moro no abarcaba todo el Islam. Los autores de esta época fijan la posición de los moros en Mauritania y el Viledulgerid, es decir, a lo largo de la costa atlántica, entre Fez y Senegal. Leo Africano los divide en cinco grupos y coloca a los Musmudi en el Atlas, a los Gomera, en el Rif, a los Zenetes, en Marruecos, a los Haori, en Fez, y a los Zanaga o Azenegues, en el norte de Senegal. La composición racial de estos pueblos no es fácil de determinar. La conquista de Egipto por los árabes en 639 señaló la primera ola de población semita que invadió el norte del África; pero fue hasta la poderosa migración de Beni Hillal, en 1084, cuando se dejó sentir con toda su fuerza la influencia árabe sobre las tribus bereberes, desde la Cirenaica hasta Marruecos y al través del Sáhara hasta el Sudán. La mezcla de sangres y de culturas dio origen a los pueblos moros que, al entrar en contacto con los negros, absorbieron considerable cantidad de color. El sistema de castas de los árabes dividió a estos pueblos en tres estamentos: guerreros, religiosos y tributarios; las dos primeras castas eran, según parece, principalmente árabe-bereber, y la última, negro-bereber. Es fácil imaginar que de este último grupo provenían los moros vendidos en Zafí o en Arguín. Es posible también que individuos de las primeras castas hayan sido adquiridos por los esclavistas. La supervivencia en México de palabras como Marabú, para designar al diablo, nos lo hace sospechar. Marabú era el término que se daba a las tribus religiosas moras.

Esclavos blancos también vendidos en Zafí eran los Gomera, procedentes, según todas las probabilidades, de las Islas Canarias. Estas islas redescubiertas por el genovés Niccoloso da Recco en 1341, según la narración de Bocaccio, fueron conquistadas en 1402 por el normando Joan de Bethencourt, al servicio de España. La dominación total del archipiélago se verificó más tarde; en 1480, la Corona española concluyó un asiento para la pacificación de la Gran Canaria con Alonso de Quintanilla y Fernández Cabrón, en cuyas capitulaciones quedó asentado que las presas de esclavos corresponderían a los empresarios. El trato que estos dieron a los nativos determinó la sublevación de los habitantes de la Gomera en 1488. Todos ellos fueron reducidos a esclavitud y enviados en parte a nuestro país. Los canarios, descritos minuciosamente por Ca da Mosto —quien hizo notar que no eran mahometanos— son mas conocidos con el nombre de Guanches: pueblo intensamente mestizado, hoy extinto, en que se han querido reconocer elementos primitivos de la raza Cro-Magnon prehistórica, invasores vándalos, del grupo germánico, y bereberes, de la costa inmediata. Hemos visto ya cómo Leo Africano divide a los moros en varios grupos entre los cuales se encuentran los Gomera, pueblo que Barbot sitúa habitando las montañas del Pequeño Atlas y el territorio que se encuentra entre el Gran Atlas y el mar. El parentesco entre los Gomera del archipiélago y los del Continente queda así establecido. Seligman los clasifica como hamitas.

Aparte de estos esclavos blancos procedentes de los lugares próximos al África, hubo otros extraídos en ocasiones hasta del Asia Menor, que fueron designados esclavos de levante. Cuando la obtención de cautivos se dificultaba, la Corona permitía a sus fieles vasallos tratar su mercancía con los infieles de la costa del Mediterráneo y con los comerciantes de las islas Cerdeña, Mallorca y Menorca. De estos esclavos, los más apreciados eran los de la nación griega. Durante la dominación musulmana en España, una corriente ininterrumpida de bellezas griegas y eunucos del Oriente llenó las necesidades de los harenes moros y, aún después de expulsados los discípulos del Profeta, esta corriente no fue del todo suspendida. Que esclavos de esta nacionalidad entraron a México parece demostrarlo la afirmación de Mota y Escobar, que, en los Memoriales de su Visita por el Obispado de Tlaxcala, en 1609, señala la existencia de vecinos griegos, dedicados a la pesca y casados con negras y mulatas, en el pueblo de Medellín, cercano a Veracruz.

 

[La población negra de México]

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