O P I N I ó N

EL NUEVO DEBATE POR LA EDUCACIÓN

Cuando el gobierno (que no es lo mismo que la ley) comienza a contravenir las leyes, o a desoír los anhelos de reforma que el pueblo expresa, sobrevienen las revoluciones. Estos hechos históricos no son delitos en sí mismos, aun cuando en la práctica se los trate como tales cuando las revoluciones son vencidas.

Alfonso Reyes

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Hay una especie de consenso social en la necesidad urgente de recuperar la escuela pública, para devolverle su esencia ética y pueda cumplir con los fines que tiene encomendados: la gran tarea de educar a toda una nación, para poder responder a los problemas emergentes de la sociedad contemporánea. Nadie está conforme con el tipo de educación pública que ahora se ofrece en las instituciones de educación básica –aunque tampoco las universidades salen bien libradas, salvo raras excepciones que tradicionalmente han existido–. Y ese malestar lo mismo lo expresan los maestros, el gobierno, la iniciativa privada, los padres de familia y otros actores que se sienten con derecho a opinar sobre el tema.

Ese consenso, sin embargo, se diluye cuando se trata de presentar alternativas y definir el rumbo de la educación nacional, porque todos, de una o de otra manera, defienden intereses que casi siempre quedan acotados a lo gremial, y por ello, difícilmente están en concordancia con los intereses superiores que reclama la escuela. Los maestros –agrupados tanto en el SNTE, que tiene una larga historia de corrupción a la que difícilmente van a renunciar; así como también la disidencia organizada en la CNTE que ha legitimado una forma de lucha donde le dan mayor peso a las cuestiones político-económicas y sólo de manera marginal toca lo referente a los problemas académicos de la escuela– tienen la tarea nada sencilla de recuperar la naturaleza crítica de la educación, lo cual supone pasar de la adopción de ideologías que las han reducido a consignas viejas y sin sentido, a las ideas que les permitan enfrentar con mayor consistencia la agresividad del discurso neoliberal.

Para empezar esa transición, los maestros tendrán que empezar por dejar de ver la profesión de maestro como una simple «chamba», para volver a asumir el compromiso ético de trascender la vulgar escolarización por un verdadero proyecto educativo. Por eso hace falta empezar a debatir ideas científico-pedagógicas, en lugar de consignas ideológicas que no son significativas para los grandes desafíos de la educación pública.

Sólo de esa forma se puede ganar el debate a la tecnocracia que hoy hegemoniza todos los espacios de la política educativa, tanto en la burocracia oficial como la sindical, y es probable que ni la disidencia se salve de eso que Carlos Ornelas llama «la colonización».

Por eso, también es pertinente, me parece, empezar a recuperar a nuestros mejores pensadores, aquellos que fundaron la educación nacional; sobre todo, ahora, en el contexto de estar en el umbral de cumplir el centenario de creación de la SEP en el 2021.

Por supuesto, habría que empezar precisamente por José Vasconcelos, el fundador de la SEP, quien en su Discurso del Rectorado expone con claridad la ética que debiera servir de marco para el ejercicio del magisterio: «En estos momentos yo no vengo a trabajar por la Universidad, sino a pedir a la Universidad que trabaje por el pueblo. (...)

El país ansía educarse: decidnos vosotros cuál es la mejor manera de educarlo. No permanezcáis apartados de nosotros, venid a fundiros en los anhelos populares, difundid vuestra ciencia en el alma de la nación».

Hace falta recuperar esa mística, no por una nostalgia romántica por el pasado, sino por una cuestión más elemental que todos debiéramos de entender: Ninguna Transformación de la República será posible si no pasa por la cultura y por la educación. Y la tarea de educar es sólo viable con un proyecto propio y realizado por educadores, porque ahí no caben las ocurrencias de los charlatanes de la educación que hoy tienen postrada a la escuela pública, desde la burocracia enferma («elefante reumático», le decía Reyes Heroles) y las mafias sindicales que nunca han aportado nada a la escuela pública. Por esas veredas habrá que caminar.

En ese camino incierto, también hace falta recuperar la experiencia de Jaime Torres Bodet, quien fue secretario de educación en dos periodos: durante las presidencias de Manuel Ávila Camacho (1940-1946) y la de Adolfo López Mateos (1958-1964). En ambos periodos dejó huella de su gestión. En el primer periodo se fundó el SNTE para unificar al magisterio nacional; pero también creó el Sistema de Educación a Distancia más grande de América Latina, como lo fue el entonces llamado Instituto Federal de Capacitación del Magisterio (IFCM), en el cual se formaron miles de maestros que habían ingresado sólo con algunos estudios de primaria o que no habían terminado la secundaria. Los maestros que egresaron del IFCM aprendieron las bases pedagógicas y didácticas que les permitieron mejorar sustancialmente los servicios educativos en las aulas. Muchos años después, como diría Gabriel García Márquez, el IFCM pasó, por un lado, a ser lo que ahora se denomina Centro de Actualización del Magisterio (CAM), pero ya no recuperó la identidad perdida; y por otro, la UPN pareció retomar el papel de no sólo nivelar a los profesores en servicio, sino que, además, se propuso en sus orígenes, desarrollar la investigación educativa y ofrecer una verdadera formación universitaria a los docentes. Por desgracia, la intromisión del SNTE y la poca visión de la burocracia de la SEP que le apostó más al control, no dejaron que la UPN se convirtiera en «la Universidad de los maestros de México» y la convirtieron solo «en una escuela grandota», en donde lo primero que hicieron fue eliminar el examen de oposición para normar el ingreso y con ello despojaron a la UPN de su identidad universitaria.

El caso de Guerrero fue patético, porque las autoridades de la secretaría de educación en el estado y la sección XIV del SNTE, la convirtieron en agencia de colocaciones y legitimaron de la manera más grotesca la herencia de plazas y, en algunos casos, algunos funcionarios de la SEG se asignaron plazas de tiempo completo con las categorías más altas, y así se jubilaron, sin haber impartido un sólo curso en la Universidad. Nada pudo hacerse frente a esto pese a todas las denuncias. Hoy todavía se permiten asignarse los recursos destinados a la beca al desempeño docente sin ser docentes.

La UPN en Guerrero se sumió en la mediocridad porque se eliminó el examen de oposición para el ingreso del personal académico, a pesar de que con eso se violaba la normatividad vigente, como el decreto de creación. Es parte de lo que explica que en la UPN de Guerrero ningún programa se haya podido acreditar o que algún posgrado esté en el PNPC del Conacyt.

La utopía de Torres Bodet quedó interrumpida, así como pasó con otro de sus proyectos, como por ejemplo, el llamado Plan de Once Años, impulsado en su segundo periodo como titular de la SEP y ya con López Mateos como presidente. El plan tuvo resultados positivos en la educación y fue interrumpido por la represión del movimiento estudiantil de 1968 y de plano desechado por Luis Echeverría con su reforma a la educación en 1972. Los libros de texto gratuitos también son legado del periodo de López Mateos.

Ésas fueron las aportaciones más importantes de Torres Bodet, de su paso por la SEP, y ésas son también las lecciones que debieran recuperarse en el contexto actual.

Por eso es importante volver la mirada a ese pasado reciente, y lo reitero, no por nostalgia y romanticismo, sino para volver a intentar realizar las esperanzas de esa utopía.

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