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VIDA

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El mago llegó sin hacer ruido, como si flotara, hasta donde se encontraba recostada la pequeña. El padre, con lágrimas en los ojos, había recorrido miles de millas hasta dar con él. Alguien le había dicho que era el único. Él ya había perdido la fe. Los rezos y las suplicas a su Dios no eran escuchadas. La pequeña yacía ahí en su cama recostada, pálida.

El mago, con ese traje que tienen los magos con luces, colores y misterio, observó a la niña, tomó su mano blanca, casi sin vida; miraba al padre, que ahí, parado a su lado, suplicaba, pedía por su pequeña.

Con su mano derecha, el viejo mago tomó una lágrima que escurría del rostro del padre, la depósito en una pequeña caja de terciopelo azul que luego cubrió con sus manos, cerró los ojos. Por un momento, el silencio llegó a ser tal, que no se escuchaba ni los breves latidos de la pequeña. Nada. Era ese tipo de silencio que recuerda a la muerte.

Al pasar el tiempo, el mago le dijo al padre que se acercara a su hija y que abriera la caja, procurando que la lágrima ahí guardada bañara el rostro pálido. El hombre siguió todas las indicaciones. Al derramarse la gota en la frente de la niña, ella abrió los ojos, y lo primero que le dijo al padre fue que tenía sed. Al voltear el hombre el mago había desaparecido. Abrazó a su pequeña y lloró en sus brazos, tan frágil como un cristal.

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