LA TORRE Y EL CARACOL

[Primera de tres partes]

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La identificación de Sor Juana

 “La razón y la sensibilidad”, escribe Octavio Paz sobre Sor Juana en Las trampas de la fe,” se enlazan en ella, se querellan y vuelven a enlazarse como amantes celosos. Es un diálogo que tiene por teatro su fuero interno y del cual ella es la única espectadora” (SJ, p. 358). No algo muy distinto se puede decir del propio Octavio Paz. En este sentido, muchas de las reflexiones que hace en su libro sobre Sor Juana, además de ser lúcidas lecturas sobre la monja mexicana, son también explicaciones de su propia obra, personalidad y vida. Por ejemplo, la palabra que Paz utiliza para explicar el tipo de carácter de Sor Juana es melancolía. Pero la melancolía es un término sobre el cual Paz ha reflexionado mucho con respecto a sí mismo. La melancolía es por un lado un estado mental, y por el otro una figura, que le ayudan a Paz a establecer una serie de identificaciones en sus ensayos; esa capacidad de identificar es lo que, como él había dicho de Xavier Villaurrutia, le permite “hablar con fantasmas y hacer que las piedras hablen.”

Por esta razón, donde podemos encontrar las reflexiones más expuestas de Paz sobre sí mismo, más que en sus propios recuerdos y memorias, perfecta y cuidadosamente construidos, es en su crítica sobre otros escritores. Como se dice de Sor Juana:

Sus poemas revelan, además, que fue una verdadera melancólica. Empleo esta palabra en el sentido que le daban Ficino y Cornelio Agrippa pero también en el de Freud: las dos concepciones se completan. Para los primeros, la melancolía era una suerte de vacuidad interior (vacantia) que, en los mejores se resolvía en una aspiración hacia lo alto; para Freud la melancolía es un estado semejante al duelo: en ambos casos el sujeto se encuentra ante una pérdida del objeto deseado, sea porque ha desaparecido o porque no existe. La diferencia, claro, es que en el caso del duelo la pérdida es real y en el del melancólico imaginaria. Para Freud es curiosa la coincidencia con Ficino –la melancolía se asocia, en ciertos casos, al transtorno psíquico opuesto: la manía, O sea: al furor divino, el entusiasmo de los platónicos.

 Es importante señalar que la figura de la melancolía aparece en muchos de sus ensayos y poemas recientes, y le ha servido para completar su definición de soledad. Si la soledad es la condición esencial del poeta, o por lo menos una condición que Paz necesita, y que después generaliza como condición para la escritura de poesía, la melancolía es esa especial característica de determinados individuos que hace posible esta soledad. Y si la necesidad de comunicación es la condición paralela y opuesta de esta soledad, el entusiasmo (Dios dentro de nosotros mismos) es el compañero de la persona melancólica. «Plenitud y vacuidad, vuelo y caída, entusiasmo y melancolía: poesía», dice Paz en La otra voz.

Esta identificación de Sor Juana como un reflejo “melancólico” de sí mismo es continuada por Paz en otra parte de su libro:

Los poemas de Sor Juana nos revelan lo que nos esconden sus retratos: la realidad no es la representación teatral –la erudición, el ingenio, la fama, el mundo– sino la soledad y sus torcedores. Después de verse en la admiración de los otros, Narciso se ve en el momento de mirarse a sí mismo y se aborrece. En Sor Juana ese aborrecimiento no llega a la destrucción. No rompe el espejo: contempla con melancolía su imagen y acaba por mofarse de ella. La introspección enfila hacia la ironía y la ironía es una manera de quedarse sola. La vida interior fue su verdadera vida. Imagen de la contradicción: fue expresión acabada y perfecta de su mundo y fue su negación.

Esta descripción es equivalente a la definición que hace Paz del poeta moderno, y es una radiografía de lo que le pasa a él. El poeta, para Paz, es un Narciso moderno. La figuración retórica está hecha para probar que el poeta, aunque sufre la misma fascinación que el Narciso tradicional, es capaz de sobrevivir la contemplación de su imagen. El conocimiento que el Narciso moderno logra es el mismo conocimiento de Paz a través de Sor Juana. Ambos están condenados a la soledad, y al final, en el caso de Sor Juana, a ser sacrificada por la sociedad. En su ensayo sobre Villaurrutia, que fue escrito por el mismo tiempo que los tres primeros capítulos de su libro sobre Sor Juana (SJ, p. V), Paz continúa esta exploración de la figura melancólica:

 El melancólico es irascible y es imaginativo. Por todo esto, es un error confundir a la acedia, enfermedad del espíritu y de los espirituales, con la simple pereza. La acidia paraliza a su víctima y, no obstante, no la deja reposar un momento. Estupor y angustia conjuntamente, es un orgullo que nos petrifica y una ansiedad que nos hace movernos sin cesar, una movilidad rota por ráfagas de actividad creadora. El acidioso no puede tocar a la realidad que tiene enfrente; en cambio, conversa con fantasmas y hace hablar a las piedras.

El mágico logro de Paz es que esta proyección de sí mismo en Sor Juana y en Villaurrutia no disminuye nuestro entendimiento de los escritores que él estudia. Uno está de acuerdo con él no porque sus apreciaciones puedan ser confirmadas, sino porque es capaz de encontrar las correspondencias imaginativas necesarias entre determinados datos biográficos y determinados textos para dar así forma a una lectura muy personal. La inteligencia y la emoción de Paz trabajan juntas en sus lecturas críticas, y están siempre en juego en casi todo lo que escribe (para bien tanto como para mal). Los escritores que Paz estudia se convierten en personajes de su narrativa personal, de su muy particular biografía intelectual; pero al mismo tiempo, y ésta es la paradoja, esa búsqueda retórica de sí mismo en el espejo de otros escritores nos da a nosotros una mayor comprensión sobre estos últimos.

El libro de Paz sobre Sor Juana, y hasta cierto punto el de Villaurrutia, no son sino proyecciones de sí mismo. Como el propio Paz lo dice: “No podría decir, al final, como Flaubert sobre Madam Bovary, ‘Madame Bovary c’ est moi.’ Pero lo que sí puedo de hecho decir es que me reconozco en Sor Juana.” Este reconocimiento es su propia creación, y ha sido hecho con mucho cuidado a lo largo de las más de seiscientas páginas de su libro, paso a paso, cubriendo todos los flancos, para lograr una verosimilitud que pueda tanto satisfacer sus necesidades personales en el hecho de la escritura como construir una penetración muy poderosa en la propia Sor Juana.

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