Álvaro Carrillo:

ESE NEGRO TOSCO QUE LE DIO TERNURA AL ALMA MEXICANA

Para Beatriz Morales

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Sobre Álvaro Carrillo se ha escrito y se ha dicho mucho; pero poco se ha dicho y escrito sobre su, digamos, «color». Álvaro Carrillo era un negro de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca; es decir, tenía la piel obscura, los labios gruesos, la nariz chata y el cabello cuculuste (chino, crespo, o como se diga). Pero esas características que denotan su evidente ascendencia, ya yoruba, ya bantú, se ocultan. Álvaro Carrillo, como todos en la Costa Chica, era un –digamos– afroindio, pero esto tampoco se dice, o se dice muy poco. Es común mirar en las fotografías que circularon en la época en que fue un compositor de éxito que se le blanquea, se le hace aparecer con un tipo de piel más blanquito que el suyo. Cuestión comercial, claro. Racismo, claro. No podrían las gentes demasiados buenas, las buenas conciencias aceptar que lo que tanto los hace ensoñar y disfrutar, que esas letras, que esas canciones que tanto los retratan fueron escritas por un –digamos– negro. Pero resulta que sí, que ese negro tosco le dio ternura al alma mexicana. Don Álvaro Carrillo creó un estilo de bolero, el cual se hizo muy popular y, de ribete, digamos, le dio ternura al alma de este país. Pero, a pesar de tanta discriminación, él ha de seguir su viaje. A los demás se les olvidó, o hacían como que se les olvidaba, pero a él no. Y seguramente lo llevó en el alma como una cicatriz imposible de borrar. Y no es que no esté a la estatura de nuestras vidas, sino que, hoy resulta, que quienes no estuvimos ni estamos a la altura de su vida somos nosotros. En fin, él es sólo un humilde cancionero.

Pablo Dueñas Herrera, en su Historia documental del bolero mexicano asegura que don Álvaro creó un género: «Los boleros de Carrillo, con una cadencia distinta a lo que se componía a finales de los cincuenta, tuvieron tanta aceptación, que representaron un obstáculo para la hegemonía de aquellos géneros extranjeros llegados por esos años: el rocanrol y el cha-cha-chá; aunque sucedió lo mejor: el bolero creó híbridos de esos ritmos. La escuela carrillista daba sus frutos en compositores como Armando Manzanero». Y en don Indalecio Ramírez –agrego yo–, otro costeño. Pero, precisamente, ése, Armando Manzanero, uno de sus –digamos– alumnos, no escapó a tildarlo de negro, desde una perspectiva –digamos– racista sutil, si ello es posible, o subliminal; el «digamos» es porque don Armando no fue directo: «...estamos hablando de 1962 y 63, cuando Álvaro Carrillo empezaba a sacar lo mejor de su producción y siempre me llamó la atención por una sola cosa. Porque dije: Si algún día yo llego a tener la personalidad musical que él posee, voy a cuidar mucho mi presencia. Porque no iban de acuerdo la gran calidad y el gran genio que tiene con lo descuidado, a veces, en su manera de ser. Y pensaba: Tenemos el mismo tipo moreno los dos, casi la misma estatura, tendemos a ser gorditos, sencillos. Lo que no tenía era bigote ni el cabello rizado como él... el cabello se me está yendo. El deber de una persona importante es siempre ser modesto, sencillo y humilde. Y para mí, aprendí a vestir bien siempre».

Delicado, don Armando: asevera que su aspecto, el de su maestro don Álvaro, su apariencia física, no iba con su genio. ¡Claro! ¡Cómo un negro puede tener ese genio! Cuánta envidia se va a despertar. Por eso, tal vez, prefería pasar la alegría de todas sus horas en la intimidad. Claro que le gustaba ser visto y adorado, a don Álvaro, ser admirado. No podía ser de otro modo. No es descabellado pensar que cogiera la guitarra y comenzara a cantar y a componer sus canciones para contrarrestar el racismo imperante en torno a él, la discriminación a que se le sometía, porque entre nosotros somos racistas en serio y a ultranza. Al final, hizo que llevásemos sabor a él, y no sólo en la boca al cantarlo, sino en la mera alma. Pero para estar y ser en sociedad tenía que transfigurarse, blanquearse, entrarle al juego de los simulacros y ser aceptado. Terrible dilema y acción, la de este genio costeño. Bueno, llevó su lunar, el que le impusieron. Las terribles gentes buenas que –como no comprenden– parece que perdonan, pero, en el fondo, siempre condenan. Pero uno lo quiere como es, lo adora uno de frente, sin dar las espaldas al mundo, para insistir en su condición de –digamos– afroindio, de negro de la Costa.

Su otro alumno, Indalecio El Taciturno, reconocía también el talento de don Álvaro, su maestro, y su enseñanza: «Desde siempre tenemos que admirar a alguien en la vida. Para mí, el ingeniero Álvaro Carrillo; después de él, Armando Manzanero. Como bolerista –yo que me dedico al bolero también–, yo admiré y sigo admirando al maestro Álvaro Carrillo». Incluso, cuando habla de la manera de cantar de don Álvaro, Indalecio habla de su admiración: «Sí, a mí me gusta mucho Álvaro Carrillo porque las dice (sus canciones) como las hizo, como las sintió». Y cuando se refirió a su modo de ser –en una entrevista que le hice hace unos 20 años–, dijo: «No. Él era muy grande, muy lírico, tenía mucha cultura. Y era un gran costeño; le gustaba mucho el hecho de: Vamos a beber en la misma media de aguardiente. Era muy dado a la paisanada. Y un gran culto. Se ha dicho que para que tú puedas calificar a alguien debes saber cuando menos igual, o de lo contrario ser de una cultura mayor. En mi caso yo lo digo porque yo oí a los que sí eran grandes, en aquellos tiempos. Era un hombre muy culto. Está toda esa poesía romántica y modernista, y en costeño. Por ejemplo, en el poema Canto a la Costa Chica había muchos conceptos que yo no sabía. Y cuando tus recueros/ hallen su picota… ¿Qué son los recueros para ti? A ver…».

La transfiguró, pues, don Indalecio: Era muy dado a la paisanada, a la negrada, al beber de la misma botella de aguardiente con el amigo, con el compañero de borrachera, su maestro Álvaro Carrillo Morales. Era un gran costeño. También era muy culto. Y ya no tenía vanidad, él, tan pobre, que poca cosa podía dar. Y le dio ternura al alma de los mexicanos. No de todos, claro, pero sí de muchos, de millones –yo digo–. Y seguirá en ese viaje. Y trascendió: trascendió su negridad, su pobreza, su costeñez, su provincianismo, su costachiquismo, su hablar mocho y chando, la tosquedad de «sus maneras», la imperfección de su voz en sus canciones, esa voz grave, ronca, brava, enternecida cantando sin complejos del bien y del mal. Él, un negro tosco. ¡Tan fino!

Lo dice con seguridad, el negro Álvaro: «...bastaría con abrazarte y conversar». Con suavidad, con sutiliza, con ternura, con finura. Fino, el hombre; fina, su expresión. Ahí está su alma; allá los demás si no aprecian lo que vale. El amante que se sabe amado, al que le corresponden. O le correspondieron. Y ofrece el abrazo, el contacto de los cuerpos, sin la intimidad (que es uno de los nombres del coito). Y ofrece también la conversación, las palabras: las de él, las de ella. Las palabras de ambos. Amante sereno. Contenido. Hablar. Abrazarse. Apela al recuerdo. El cuerpo recuerda; por ello, el abrazo. La conciencia recuerda; para ello, las palabras. Él se reconoce dominado por ese amor, por esa pasión, por esa presencia, por ella, su dulce enemiga, su dueña, ante la cual se somete, deja de ser, ya no es él, ya no es nada, ya es nada: «No pretendo ser tu dueño./ No soy nada,/ yo no tengo vanidad».

Ya no tiene vanidad, dice. Ni arrogante, que lo haya sido; ni presuntuoso, que tal vez lo fue; ni fatuo, ya es. Ya no es. Ahora es el amante tierno, el que abraza (a la ausente), el que conversa (con sus recuerdos). Ahora es el necesitado, pero en condición de humilde, del que se tira al suelo a esperar que ella lo levante, que su amor lo incorpore, le regrese a su cuerpo, metido en su cuerpo, el de ella. El cuerpo de la amada que su amor marcó. En pasado, que ahora se torna presente: es tiempo, es recuerdo, es un fue, un es, un sigue siendo.

En fin, se podrían escribir palabras y palabras sobre esa finura, sobre esa elegancia, sobre esa poesía que mora en sus –nuestros– boleros –es un nombre éste para aludir a sus canciones, porque no siempre se dejan taxonomizar– hasta quedar vacíos de palabras. Aquí sólo quería hablar de ése, su ser –digamos– negro, esa cara que se nos parece pero no queremos ver. Ese negro –digamos– que sólo fue un ave de paso, pero que nos dejó una recompensa a nuestro dolor, nos señaló aquel lunar que llevamos. Porque hay ausencias que triunfan, y la de él, la de ese negro tosco que le dio ternura al alma mexicana, es una de esas ausencias presentes, triunfante. Capaz que llora –y nosotros con él– de felicidad, con todas las fuerza de su alma, tan mexicana, tan de negro. Bueno, uno no sabe nunca nada.

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