PUERTA

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Joaquín lee la carta. En ese momento sabe que todo se ha ido al carajo. Olvidar, o al menos tratar, no es suficiente. Tita ha muerto. Y todo lo que lo ataba a este mundo también. Todo es un pozo oscuro, una puerta que se cierra dejando todo a oscuras, en tinieblas. No hay marcha atrás.

Hace tres años que se conocieron en un bar del centro, en la calle Zapata, ella, sonriente, alegre, bromista; él, lúgubre, pesimista. En ese instante sabía que la vida de ambos tomaba un sentido distinto. Algo los unía. El padre de Tita había desaparecido al salir de su trabajo. No hubo cuerpo ni llamadas por teléfono para pagar un rescate. Sólo desapareció.

Joaquín tuvo que acompañar a su madre y a Ernesto, su hermano mayor al Semefo, para reconocer a su padre entre muchos cadáveres que allí se apilaban como bultos olvidados en una bodega miserable.

Había algo que los hermanaba. Una tragedia que en este país no es única, es compartida con otros muchos que han sido víctimas.

Deja la carta sobre la mesa. Hay cosas que no se pueden aplazar, que cuando deben de llegar no hay nada que se pueda hacer para que no sucedan. Destino, podrían decirle. Solamente la muerte nos podrá separar, le había dicho una tarde Tita mientras miraban una película de Tarantino. Él la tomó de la mano y no dijo nada. Pero la muerte había llegado. Tita yacía muerta en alguna parte, desprotegida y frágil. Era tiempo de que el amor fuera el eco repentino de un recuerdo.

–Si un día alguien te llama o te escribe pidiendo dinero por mi rescate, ignóralo, no hagas nada. Imagina que no es verdad, que mienten; que yo estoy ahí a tu lado, que nada podrá nunca separarnos. Anda, debes de jurármelo, Joaquín.

El dolor es como una sombra llena de espinas que busca cobijo en el estómago, y ahí se queda quieta, mientras una tristeza recorre el cuerpo, una sensación de metal frío y cortante. Joaquín abre la puerta y sale a la calle. Algo tiene que hacer. No se le ocurre nada. Tita, murmura, mientras un viento helado sacude su cuerpo.

No hay nada que se pueda hacer. 

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