O P I N I ó N

LA LECTURA Y LA CUARTA TRANSFORMACIÓN

En general –escribió Kafka en 1904 a su amigo Oskar Pollak–, creo que sólo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un mazazo en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para qué nos haga felices, como dices tú? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hacen felices podríamos escribirlos nosotros mismos si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a las junglas más remotas, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado de nuestra conciencia. Eso es lo que creo.

Alberto Manguel , La lectura

A+
A-

Paulo Freire, escribe en alguna parte, que «uno lee para hacer preguntas». Por supuesto, tiene razón, porque, en esencia, uno aprende preguntando y casi siempre hay que hacer las preguntas incómodas, aquellas que no quisiéramos responder, porque simplemente no tenemos las respuestas. Tal vez, inspirado por esa cuestión, Ken Robinson, un educador inglés, cuenta la anécdota de una niña que estaba apurada dibujando algo en su cuaderno, y estaba tan abstraída que le llamó poderosamente la atención a su maestra, quien se acercó y le dijo:

–¿Qué estás haciendo?

–Estoy dibujando a Dios?

–Pero a Dios, nadie lo conoce...!!!

–Si se esperan un minuto, lo van a conocer...!!!

Es decir, la niña había hecho su propia lectura de su concepción de «Dios» y pensaba compartirla. Había hecho su propia lectura de la realidad o quería expresar a través del dibujo, lo que su imaginación había creado a partir de su propia lectura del mundo que ella había resuelto desde su espacio lúdico, porque el espacio natural de aprendizaje de los niños es el juego, porque desde ahí se potencia toda la imaginación pedagógica. Esa potencialidad creativa muchas veces es silenciada en la escuela por los propios docentes.

En esencia, esta anécdota pedagógica confirma que la lectura de la realidad es recreada por la imaginación pedagógica de los niños, siempre y cuando los docentes entiendan que el acceso a la lectura tiene que hacerse en absoluta libertad; es decir, que se lee por placer y no por obligación. Leemos por la necesidad de querer conocer lo desconocido, por tratar de comprender el mundo en que vivimos, porque eso es lo que despierta la curiosidad intelectual –si por tal concepto se entiende como la voluntad de aprender y no el sentido aristocrático espiritual en el que se ha encasillado–. Y también por eso, nadie aprende por consigna. Quizá por eso nos da miedo acercarnos al mundo de la lectura –y todavía es peor cuando nos acercamos a la escritura–, porque nada teme más el ser humano que a lo desconocido. Es el espacio que queda más allá de nuestros marcos referenciales, que casi siempre son limitados. Los libros son reverenciados como los depositarios del saber acumulado; y en cada página que abrimos empezamos un diálogo que nos va permitiendo acceder, como decía Paulo Freire, al «inédito viable». Es precisamente ese «inédito viable» freireano lo que nos obliga a pensar por fuera de los límites.

Sin duda, hoy más que nunca, hace falta romper esos límites para poder leer el mundo en que vivimos más allá de la ortodoxia, para poder interpretarlo y para poder compréndelo. En esa tarea, la lectura nos sirve como una especie de alimento espiritual que sirve para terapia de todos los males, sobre todo, para derrotar al desaliento y a la frustración. Leer es abrir un diálogo con el sentido de la vida misma, porque si la vida es sólo un tiempo breve y nuestra estancia en este mundo sólo es temporal e irrepetible, se entiende mejor si dialogamos con las mejores voces del pasado y del presente, porque eso ayuda a tener visión de futuro. ¿Qué otra cosa nos puede explicar nuestras dudas y las preguntas que cotidianamente nos hacemos en torno a quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, si no el diálogo pedagógico con los grandes pensadores de todos los tiempos a través sus ideas que exponen en sus libros que concibieron para responder a sus propias dudas? Cada página leída es un paso dado en el camino hacia la libertad; sobre todo, ahora que la gente está encerrada en sus propios cautiverios, y se pone así misma los grilletes del consumismo. En un contexto de brutal desigualdad y donde todo pretende reducirse a mercancía, la lectura ayuda a serenar el espíritu.

Por supuesto: leer ayuda a pensar y a embellecer el lenguaje. La lectura, entonces, debiera ser una actividad intelectual ligada a la vida cotidiana, para convertirla en el espacio de reconciliación que nos hace falta.

Si la lectura enriquece nuestro lenguaje, habría que preguntarnos cuántas palabras comprendemos para comunicarnos, cuántas palabras entendemos y utilizamos en nuestros diálogos cotidianos. Esto es porque un profesor de la una escuela Normal nos decía que escuchó una conversación de unos jóvenes normalistas y futuros profesores, y en menos de cinco minutos repitieron más de 30 veces la palabra «güey» para referirse a sí mismos, de manera indistinta si eran hombres o mujeres; es decir, cada 10 segundos repetían la misma palabra, lo cual reflejaba la pobreza de su lenguaje; y si hay pobreza de lenguaje, hay pobreza de pensamiento. Es decir, nuestros aspirantes a profesores, no piensan. Pero además, eso pasa también con los otros profesionistas, que tampoco saben hablar. Y si no aprenden a hablar, terminarán por nombrar el mundo –la realidad– con un lenguaje deformado y ajeno a su cultura, porque sus propias reservas culturales le serán desconocidas. Y un hombre o una mujer sin cultura, pasará a ser un objeto más en una sociedad de mercado donde todo queda reducido a mercancía y donde las relaciones sociales sólo están mediadas por el interés.

Por eso es muy importante el programa nacional de lectura que propone el director del Fondo de Cultura Económica (FCE), Paco Ignacio Taibo II, porque será, sin duda, fundamental para la transformación de la República, pues si se concreta, seremos un país más culto y, como decía el poeta cubano Jose Martí, «hay que ser cultos para ser libres». Por supuesto, hay que tener presente también lo que enseña Paulo Freire cuando escribe: «Es en este sentido que la lectura crítica de la realidad, dándose en un proceso de alfabetización o no, y asociada sobre todo a ciertas prácticas claramente políticas de movilización y de organización, puede constituirse en un instrumento para lo que Gramsci llamaría acción contrahegemónica».

Es decir, la lectura es una tarea pedagógica irreverente porque empieza ahí donde nos empezamos a preguntar por las cosas sencillas que se nos vuelven complejas, y para entender esa complejidad tratamos de leer nuestras propias contradicciones, y, así, es probable que se aprenda que la lectura no nos va a hacer precisamente más felices, pero sí nos va a ayudar a entender el sentido de eso que llaman felicidad. Porque luego buscamos la felicidad sin entender la esencia de lo que eso significa, pues como decía el gran escritor portugués, Jose Saramago: «La felicidad es un concepto egoísta, porque la felicidad de uno puede significar la infelicidad de los otros, por eso a lo que realmente podemos aspirar es a vivir en armonía». Es decir, aprender a armonizar nuestros miedos, nuestros sueños y utopías.

Por todo eso, la lectura puede volverse una tarea que no quede encerrada en los marcos tradicionales de la pedagogía, sino más bien, que trascienda los límites de las aulas escolares, porque sólo de esta manera, el joven estudiante o no estudiante, si tiene en sus manos un libro de Pascal, es probable que se le complique entender sus aportaciones a la ciencia –sobre todo a las matemáticas–, pero es seguro que todos van a entender sus aforismos. Como no entender y sensibilizarse con un pensamiento de Pascal como el siguiente: «El corazón tiene razones que la razón no comprende».

Por eso, la lectura es una aventura intelectual liberadora y en eso parece estar la apuesta de Paco Ignacio Taibo II, con su propuesta de hacer de la lectura un espacio de encuentro de los libros con el pueblo.

Ésa es la invitación y la convocatoria de Paco Ignacio Taibo II... y es ahí donde cobra sentido, porque si recuperamos el lenguaje, recuperaremos a la Patria.

COMPARTIR:

EnTwitter EnFacebook EnGoogle+
anterior | INDICE | siguiente

Ediciones anteriores

Close