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LOS SALDOS LETALES DE LOS VACÍOS DE PODER

Grupos de autodefensa.Ambivalencia. [Foto: Yener Santos]

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De la noche a la mañana se organizan y se arman; después, sin ninguna autoridad, más que la que les dan las arman que portan, irrumpen en pueblos que no son suyos, masacran impunemente, asesinan, detienen o desaparecen a sus adversarios; desplazan a familias y someten a las que se quedan. Así se posicionan.

Otros, instalan retenes en carreteras, detienen y revisan a vehículos que a su parecer son «sospechosos»; a quienes desobedecen su orden, sin más, les disparan. Los automovilistas y sus acompañantes con suerte salen ilesos; los que no, resultan heridos o mueren en el intento de salvar su vida.

De paso, en sus retenes o filtros piden cooperación a la población para su causa.

Esto es Guerrero y sus policías comunitarias, ciudadanas o grupos de autodefensas, en donde los gobiernos estatal y federal han abdicado a su responsabilidad de garantizar seguridad a la población. Han dejado a merced de estos grupos a los ciudadanos que cotidianamente viven por un lado la violencia del crimen organizado y por el otro el terror, los abusos y violaciones flagrantes a los derechos humanos de supuestos policías comunitarios o ciudadanos.

Las también llamadas autodefensas van ganando terreno, la mayoría de ellas con el auspicio de los mismos grupos delincuenciales. Se van abriendo paso a sangre y fuego. Tras de sí van dejando decenas de víctimas ante un gobierno omiso, que sólo es espectador y levantador de cuerpos frente a las sangrientas reyertas.

El domingo 27 de enero, ocurrieron dos enfrentamientos que dejaron oficialmente 12 muertos y un número indeterminado de heridos cerca de los pueblos de Paraíso de Tepila, Rincón de Chautla y Zacapexco, municipio de Chilapa.

El primero sucedió al filo del mediodía en Paraíso de Tepila, donde hubo 10 muertos, y el segundo en Rincón de Chautla, que comenzó a las tres y terminó casi a las cinco de la tarde. En éste hubo dos muertos y varios heridos, según testimonios de los pobladores.

Los 12 muertos pertenecen a la autodenominada agrupación Policía Comunitaria por la Paz y la Justicia, a la que organismos de derechos humanos y el colectivo de víctimas de Chilapa vinculan con el grupo delictivo Los Ardillos. Los agresores, en el primer caso fueron policías comunitarios de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias de los Pueblos Fundadores (CRA-POF); en el segundo, fueron los de Paz y Justicia.

La versión del grupo Paz y Justicia es que a las once de la mañana, los comunitarios de la CRAC-PF, encabezados por David Sánchez Luna –a quien acompañaban Samuel Hernández Sánchez, Rubén Hernández Sánchez, Antonio Rodríguez Morelos, Jordán Luna Virgenio, Crescenciano Luna Martínez, Panuncio Rodríguez, Benjamín Sánchez Hernández, Getulio García Luna, Alvino Rodríguez Castillo, Cornelio Rodríguez Rodríguez, Flavino Rodríguez Rodríguez, Bernardino Sánchez Luna, Casimiro Hernández Virgenio, Oscar Hernández Virgenio, Cristino Andraca Celedonio y Melquiades Virgenio Hernández– emboscaron a un grupo de comunitarios por la Paz y la Justica, cerca de Paraíso de Tepila.

Según esta misma versión, estas personas participaron también en el asesinato de una pareja el 19 de diciembre en Paraíso de Tepila, cuando tuvieron que instalar un retén en el crucero hacia Rincón de Chautla. Los que fueron emboscados el 27 de enero iban a reforzar ese retén.

En el ataque fueron utilizadas armas de alto poder de las conocidas como A-K47 y R15, según se sabe por los casquillos encontrados.

«Entonces se inicio una persecución en contra de los agresores, cubriendo todos los caminos para tratar de detenerlos en el crucero de Xolotepec, sobre la carretera Chilapa-Hueycantenango, pero tuvieron éxito, porque llevaban armas de alto poder y luego se persiguieron a los asesinos hasta llegar a la comunidad de Rincón de Chautla donde se inicio un enfrentamiento», dice la versión escrita de Paz y Justicia.

La violencia que se desató entre los pobladores de estas localidades nahuas, ubicadas a una hora y media al oriente de Chilapa, tuvo como pretexto un añejo conflicto agrario que surgió desde el año 2000 entre Zelocotitlán, también del municipio de Chilapa, con Rincón de Chautla y Zacapexco, debido a que estas dos comunidades, que son anexo de la primera, no entraron al Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Titulación de Solares, (Procede), pero ahora reclaman su registro como ejidatarios.

El conflicto se agravó debido a que ahora cada bando cuenta con el apoyo de civiles armados.

Pobladores de Rincón de Chautla y Zacapexco denuncian que los ejidatarios de Zelocotlitlán tienen el respaldo del grupo Comunitarios por la Paz y la Justicia, vinculado con el grupo delictivo Los Ardillos.

En tanto, los comuneros de Zelocotitlán sostienen que los de Rincón de Chautla y Zacapexco tienen el apoyo de la Policía Comunitaria CRAC-PF.

Los resultados trágicos de la violencia del domingo 27 de enero confirman los señalamientos.

Al mediodía del domingo, 18 integrantes de Paz y Justicia iban a la comunidad de Paraíso de Tepila, que se encuentra a unos 15 minutos de Rincón de Chautla sobre la carretera Chilapa-Hueycantenango para apoyar a los pobladores con seguridad ante el asedio que sufren de la gente de Rincón de Chautla y Zacapexco, pero en la entrada de la localidad fueron emboscados por unos 11 integrantes de la Policía Comunitaria.

En el lugar cayeron 10 miembros del primer grupo. Los cadáveres y dos camionetas que quedaron en el lugar del ataque y fueron recogidos la misma tarde-noche del domingo por personal del Ministerio Público, resguardados por militares y policías estatales.

En ese lugar, las huellas de la violencia permanecían al día siguiente: casquillos percutidos regados, viviendas abandonadas. En una de las casas, la puerta metálica estaba hecha una coladera por los impactos de bala de distintos calibres. También estaba agujereada la lámina en la que se anuncia la desviación hacia el pueblo de Rincón de Chautla.

Después de este primer enfrentamiento, como a las tres de la tarde, un contingente de unas 150 personas de Paz y Justicia, a bordo de unas 15 camionetas llegaron a la entrada de Rincón de Chautla, en busca de venganza. Su intención era irrumpir y «exterminar» al pueblo, según dijo el coordinador de la CRAC-PF, David Sánchez Luna.

«Vinieron los del grupo Los Ardillos para exterminarnos, a matar a gente inocente; venían en 15 camionetas, eran aproximadamente 150 que llegaron por la carretera. Llegando a la entrada del pueblo nos empezaron a disparar; y nosotros solamente éramos 30 defendiendo al pueblo», dijo el coordinador comunitario.

Del otro  extremo del pueblo, por un camino que viene de Zelocotitlán venían caminando otros 50 hombres armados. «Nos tenían rodeados; querían acabar con todos nosotros: hombres, mujeres y niños de Rincón de Chautla y Zacapexco (estos pueblos se encuentran a unos tres kilómetros uno del otro)», informó Sánchez Luna.

Los 30 policías comunitarios de la CRAC-PF les hicieron frente atrincherados atrás de las piedras o escudándose con los troncos de los árboles, mientras que dentro de las casas se refugiaron mujeres y niños.

Para Gerarda, lo que vivió la tarde de ese domingo fue «un infierno». Creyó que ése sería su último día de vida, que moriría allí, debajo de la cama, donde se escondió con dos de sus hijos: una niña de seis años y el menor de cuatro. «Escuché la balacera muy fuerte; algunas de las balas caían en la lámina de mi casa, una de ellas dejó un agujerote así, mire», dice, mientras forma un hueco con los dedos de sus manos para mostrar una circunferencia del tamaño de una manzana.

Sigue: «Fue un milagro que los muertos hayan sido nomas de aquél lado; yo creo que diosito oyó mis rezos… fíjese, se escuchaban las balas zumbando arriba de mi casa, y yo recé y recé La Magnifica, abrazando a mis dos hijos que lloraban. Yo pensaba en ellos y en Felipe (su esposo) que estaba allá en el cerro, con su escopeta enfrentando a los malosos que querían entrar al pueblo».

Serían las tres de la tarde del domingo pasado, un grupo de niños jugaba en la cancha techada de la entrada del pueblo, unos cinco metros arriba pasa la carretera. Entre la esquina de la cancha y una de las primeras casas, dos postes sostienen una gruesa cadena atirantada en lo ancho de la carretera para impedir el paso a cualquier vehículo que no tenga el permiso de los comunitarios.

Hasta allí llegaron los vehículos del centenar y medio de hombres armados que querían entrar al pueblo. La cadena  impidió el paso a los vehículos y comenzó la balacera.

«Ahora sí viene Constantino, los viene a enfrentar y a matar», escucharon los pobladores que gritó uno de los agresores y suponen se trata de Constantino Chino Jiménez, uno de los líderes agrarios de Zelocotitlán, el pueblo con el que tienen problemas agrarios.

Un anciano describió que cuando comenzaron los primeros disparos oyó bramar a los venaditos en el cerro de enfrente. «Hasta ellos se asustaron y lloraron del susto», dijo.

Rincón de Chautla se encuentra al fondo, en medio de dos cerros, y los disparos debieron hacer eco, por eso la balacera reprodujo no sólo el estruendo de las detonaciones, sino el susto de pobladores y animales. Quizá por eso doña Gerarda calificó el episodio como «un infierno», y el anciano oyó «llorar» a los venaditos.

En Rincón de Chautla, un día después del enfrentamiento, la mayoría de los comunitarios lucían sonrientes y deseosos de contar su propio testimonio. «Aquí nadie se raja, todos estamos puestos para defender nuestro pueblo y a nuestras familias», dijo Felipe, el esposo de Gerarda, quien con una mano sujetaba a su hijo de cuatro años y con la otra acariciaba la culata de la escopeta colgaba al hombro.

Lo que pasó en estas comunidades de Chilapa, donde murieron los más vulnerables del estado, las decenas de episodios parecidos o peores, las acciones de terror y las graves violaciones a los derechos humanos que sufren los guerrerenses y visitantes en las carreteras por integrantes de estos grupos que actúan al margen de la ley, aun cuando algunos pudieran haber surgido por causas justas y legítimas, de ninguna manera puede ser motivo de orgullo, sino una afrenta  para los guerrerenses y debiera ser motivo de vergüenza para el gobierno.

Sin embargo, ocho días después, la masacre parecía que iba diluyéndose en el olvido e incorporándose a la lista de cientos de casos que siguen en la impunidad. Al fin y al cabo así se resuelven los problemas en Guerrero, como entre salvajes, con acciones crueles y falta de compasión hacia la vida o la dignidad humana.

Para las autoridades es lo menos que importa, siempre y cuando sigan aumentando los dividendos  por medio del turismo, de los empresarios que invierten, de los ingresos del presupuesto.

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