S U P L E M E N T O

Número 68. Año 2. 07 de enero de 2019. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

EL ABOLENGO NEGRO AFROMEXICANO NACIONAL

[CONCLUSIONES]

Marco Polo Hernández Cuevas

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Las raíces negras, o el abolengo africano del mexicano y lo mexicano, fueron borradas de la memoria nacional durante las primeras décadas del siglo xx, mientras se gestaba la nación moderna. El gobierno —de ideología criolla o eurocéntrica, que se autonombraba revolucionario— lanzó una extraordinaria campaña de persuasión por los medios de difusión masiva a su alcance, con la finalidad de hispanizar a la población multiétnica y multilingüe del país.

La educación pública elemental, las artes y otros canales de persuasión más tradicionales fueron reclutados y pagados por el gobierno. En esta campaña, la herencia originaria-indígena del mexicano empezó a ensalzarse, aunque sólo como cosa del pasado, junto a la civilidad, caballerosidad, amor por la sabiduría, y otras virtudes adjudicadas al criollo y a sus padres españoles. El abolengo africano de la población general fue suprimido de la imagen ideal del mexicano u hombre cósmico, mediante la negación, o sencillamente evitando su mención.

Alrededor de la tercera década del siglo xvi, el castellano se convirtió en el lenguaje de uso en la Colonia. Todos los negocios y las actividades gubernamentales se llevaban a cabo en castellano, aunque aquellos que lo hablaban y escribían bien eran pocos, incluyendo a los españoles. A lo largo del periodo colonial, los españoles, a través de sus instituciones importadas de Europa (el lenguaje, las artes, los mitos, la Iglesia, con su clero e Inquisición, la policía, el ejército, y las prisiones, además de otras) persuadieron a la mayoría de la población de que existía una supremacía española o blanca.

El catolicismo se propagó como sinónimo de honestidad y verdad divina, y lo europeo y la blancura étnica como señal de belleza y pureza. Si alguien mostraba inconformidad o se negaba a ver las cosas de ese modo, acusado de hereje o disidente, quedaba a disposición de las autoridades y podía ser castigado hasta con la pena de muerte, mutilación o tortura lenta.

El profesar lo que los invasores pensaban y creían era cuestión de vida o muerte. Sin embargo, el ser creyente devoto no era suficiente para liberarse de los prejuicios basados en el color de la piel ni de las distinciones sociales y económicas a las que quedaron sujetos los mexicanos y mexicanas, percibidos como mezclas o mestizos.

La movilidad social era casi imposible, sobre todo para los hijos e hijas de las mezclas que poseyeran perceptiblemente rasgos negros. Los hijos de españoles con originarios, negros o mezclas eran bastardos por lo general. Y los hijos blancos de españoles nacidos en América, los criollos, no podían aspirar a posiciones de control.

Después de la guerra de Independencia (1810-1821), la mayoría de la gente en México, al igual que en la actualidad, de acuerdo a los estándares establecidos por los europeos, por cuestión de costumbre, quedaban clasificados en la mente nacional como no blancos. La minoría racial mayor estaba conformada por las diferentes naciones originarias que supuestamente habían sobrevivido en sus reducciones o pueblos asignados.

La segunda minoría estaba formada por los descendientes de las diversas mezclas de originarios, negros y españoles. El sacerdote católico José María Morelos y Pavón, el líder del movimiento independentista después de la captura y muerte del sacerdote Hidalgo, era un mulato pardo, así y como un número desconocido de chinacos que formaron el grueso de la tropa de los ejércitos del sur y del Bajío; y los ejércitos del rey, así mismo. Un caso similar fue el del general Vicente Guerrero, quien llegó a ser presidente por un año, antes de ser asesinado, poco después de consumada la independencia de España.

El generalísimo Morelos, primero, y el general Vicente Guerrero, después, mediante el poder obtenido por el pueblo, abolieron la esclavitud en México oficialmente, alrededor de la tercera década del siglo xix.

A partir de entonces, las distinciones raciales quedaron prohibidas en todas las transacciones y documentos oficiales. Quizá estos guerreros creyeron que esta acción traería la igualdad entre los mexicanos. De un plumazo, las huellas de la herencia africana de los mexicanos empezaron a desvanecerse, ipso facto, de todas las fuentes históricas que hoy son valiosas, tales como los archivos eclesiásticos.

Debe entenderse que el estigma de ser descendientes de esclavizados negros le pesaba a la población en general. Después de todo, si alguien era considerado infame y degradado por la simple sospecha de poseer herencia negra, no debería sorprender a nadie que el grueso de la población aprendiera a negar todo vínculo con sus ancestros negros, aunque fuesen obvio.

Cuando los criollos y sus seguidores usurparon en 1920 el poder al concluir la fase armada de la Revolución Mexicana, la idea de que los mexicanos modernos eran hijos exclusivos de españoles y originarios se encontraba madura en las mentes de pobres y ricos. Todos aquellos que apoyaban la ideología vasconceleana del mestizaje la vieron como la ruta para unificar a un pueblo profundamente dividido.

La gente con herencia negra seguramente creyó que no habría mejor momento para depurarse. Se educó e indujo a todos los mexicanos, sujetos a la instrucción pública, para que creyeran en la supremacía de la cultura criolla. El pueblo fue persuadido de que a través del mestizaje o blanqueamiento, cualquiera podría aspirar a ascender de clase o progresar, y así ganarse la entrada al mundo civilizado.

En 1921, José Vasconcelos entra al cuadro como secretario de Educación y empieza a transmitir el mito de la raza cósmica por todos los medios de difusión. Blanquea a las mezclas del negro y los transforma en mestizos de español y amerindio con otro simple plumazo.

No se ha encontrado ningún reporte de resistencia por parte de las mezclas o mestizos mexicanos a ser designados hijos de españoles y originarios omitiendo su herencia negra. Es más, hay documentación del caso opuesto. Aguirre Beltrán, en La población negra de México, señala que existía el fenómeno de pase, en donde la gente deseaba que los creyeran españoles, aunque de ser necesario aceptaban ser originarios en parte, pero negaban rotundamente su herencia negra.

Hasta hace poco, la élite utilizó la literatura, la cinematografía y la cultura popular, entre otros textos culturales, para asir y conservar el poder. A través de estos canales de comunicación masiva se narró a la nación moderna y las audiencias quedaron persuadidas, con ayuda del autoengaño, de que algo que nunca sucedió era realidad.

El poseer control total de los canales de persuasión y una fuerte influencia en los cánones aseguró que lo que fuera dicho rara vez se opusiera al Partido Revolucionario Institucional (PRI), y el PRI protegió de alguna manera y hasta cierto punto, relacionado con el nivel social, a todos aquellos que lo apoyaran.

El principal problema encontrado con la política "revolucionaria" de la raza cósmica es que introdujo, reprodujo y perpetuó masivamente estereotipos acerca de la gente que no es blanca y, en particular, estigmatizó a los mexicanos y mexicanas más negros. Opuso a los miembros de una población predominantemente oscura e hizo que todo un país y su gente sintieran vergüenza de su herencia africana. Así propagó una mentalidad blanqueadora que aún afecta a parte considerable de la población mexicana. Los mencionados estereotipos, al ser repetidos, refuerzan otros símbolos subyacentes y desarrollan códigos acerca de los negros afromexicanos.

Aunque uno quisiera discutir que todo esto es algo del pasado, están los hechos de los mensajes de estética blanca y de fobia al negro, contenidos en las obras analizadas y en otras más en México, y otros lugares, que quedan por ser estudiadas. Este mensaje continúa siendo diseminado por todos los medios, incluyendo la educación pública, sin ningún aviso respecto a los efectos negativos de la ideología contenida para la gente que no es blanca y sobre todo hacia aquellos que parecen ser más morenos. Esto sucede, no obstante las legislaciones, nacionales e internacionales que ya desde hace tiempo lo prohíben.

Varias universidades del primer mundo ofrecen lecciones sobre los trabajos de individuos como Domingo Faustino Sarmiento, Pedro Henríquez Ureña y José Vasconcelos, sin ningún tipo de advertencia acerca de los mensajes racistas, anticientíficos y antihumanistas que confieren a las memorias colectivas. Además, el análisis de ideologías como la de Samuel Ramos, desde una perspectiva como la utilizada en este ensayo, es imperativo para que México salga de su estancamiento en la cuestión de las relaciones étnicas, pueda entenderse a sí mismo y llegue a sentir el orgullo que nace del comprender lo que se es.

 

Emporia, Kansas. Enero de 2002.

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