OPINIóN #949

Se cumplieron más de 31 días que Enrique Peña Nieto dejó la Presidencia de la República. Y se fue. En el estado de Guerrero, el gobierno de Héctor Astudillo Flores lleva 38 meses, más de la mitad. En el segundo caso, pareciera que fue ayer cuando el gobernador Astudillo tomó el poder. Y muchos ciudadanos esperaban que el nuevo gobierno estatal cumpliera con su promesa de poner orden y paz. Pero el tiempo corre y esto sigue peor. La inseguridad pública es la deuda que ambos, Enrique peña Nieto y Astudillo Flores, le quedaron a deber, y deben, al país y a los guerrerenses.
En los últimos días se ha podido apreciar un debate –ríspido después del 1 de enero– entre el gobierno federal, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, por un lado, y el EZLN, con sus dirigentes, Marcos (ahora Galeano) y el comandante Moisés, por el otro, y el punto de quiebre de sus diferencias fue el anuncio de uno de los proyectos estratégicos para el sureste mexicano denominado Tren Maya. Por supuesto, las diferencias entre el EZLN y López Obrador –como bien lo documenta la revista Proceso de esta semana– no son nuevas y, más bien, tienen su historia. Los zapatistas le reprochan a López Obrador su falta de congruencia –cuando fue dirigente del PRD– al no haber apoyado los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, aunque esto, en realidad, es apenas una referencia, porque las diferencias son más de fondo y tienen una raíz político-ideológica...

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