O P I N I ó N

EL LABERINTO DE LA UTOPÍA

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Diciembre 9 de 2018.

 

Mtro. Arturo Salgado Urióstegui

Secretario de Educación Guerrero 

Presente.

 

En una de sus últimas entrevistas, Noam Chomsky, el pensador más influyente de nuestro tiempo, se permite decir con una gran lucidez lo siguiente: «La desilusión con las estructuras institucionales ha conducido a un punto donde la gente ya no cree en los hechos. Si no confías en nadie, ¿por qué tienes que confiar en los hechos? Si nadie hace nada por mí, ¿por qué he de creer en nadie?» Sin duda, sus palabras reflejan el malestar de nuestra sociedad contemporánea y, sobre todo, la distancia que media, entre el discurso oficial del poder y la compleja  realidad que cotidianamente se vive, en donde la anomia pareciera ser la seña de identidad alrededor de la cual se organiza el poder público.

En Guerrero, la anomia –o el desorden si se quiere usar una palabra más elegante– es lo que ha prevalecido por décadas, y la educación ha sido el espacio más descuidado –casi despreciado, diría yo– por la administración pública y por las propias autoridades educativas locales, a pesar de ser lo más sensible que tienen nuestras sociedades y que, por eso mismo, debiera de ser el más apreciado. En ese marco, entiendo que usted no ignora esa situación, puesto que la ha vivido y la conoce desde adentro y conoce el problema, por haber sido subsecretario de educación superior por varios años.

Por eso, ahora que asume la titularidad de la SEG, no se por qué razón me trajo a la memoria una vieja lectura de un discurso que Vasconcelos pronunció en 1920 cuando tomó posesión como rector de la Universidad Nacional, y que me parece que, no solamente no ha perdido vigencia, sino que sus palabras son ad hoc para entender el estado que guarda la educación en Guerrero y específicamente la SEG: «La más estupenda de las ignorancias ha pasado por aquí asolando y destruyendo, corrompiendo y deformando, hasta que por fin ya sólo queda al frente de la educación nacional esta mezquina jefatura de departamento que ahora vengo a desempeñar por obra de las circunstancias; un cargo que sería decorativo si por lo vano de sus funciones no fuese ridículo; que sería criminal si la ley que lo creó no fuese simplemente estúpida (...) Llego con tristeza a este montón de ruinas de lo que antes fuera un ministerio que comenzaba a encauzar la educación pública por los senderos de la cultura moderna» (cito de memoria).

En mi condición de educador, me parece absolutamente incomprensible, que desde el poder, todavía no se entienda que no entiendan que si alguna salida tenemos todavía a los grandes problemas que se viven y se padecen todos los días: corrupción, pobreza, desigualdad, violencia, impunidad, deterioro ambiental, éstos pasan por la cultura y por la educación. Y lo que es todavía peor: que la cultura de siga reduciendo a folclor que termina por empobrecer nuestras reservas culturales y la educación a una grosera escolarización, que lo único que reproduce es la ignorancia y el rezago.

En El Mito de Sísifo, Albert Camus –el premio noble que no se olvido de su maestro que le enseñó a leer y escribir– recreó el sentido del mito cuando escribió: «Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza».

Por todo eso, creo que Guerrero solo tendrá destino si se tiene la grandeza de volver la mirada a la educación en serio y no a la escolarización que sólo ha servido para alimentar a una burocracia improductiva, la oficial y la sindical, que como diría el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, «no tienen llevadero».

Si alguna vez tiene el espacio y la voluntad de conversar estos temas, en mi condición de educador, le propongo que la agenda incluya las preguntas incómodas, como, por ejemplo: ¿Qué hacer con la problemática educativa? La pregunta me parece pertinente porque serviría para empezar a hacer un diagnóstico prospectivo serio del estado que guarda la educación de Guerrero. También porque los guerrerenses han luchado desde la Independencia hasta la ahora llamada Cuarta Transformación de la República, por tener una auténtica escuela pública y por una verdadera educación que coadyuve al desarrollo de todas las potencialidades del sujeto: físicas, intelectuales, emocionales; es decir, se aspira a una formación integral de las personas. Quizá Ignacio Manuel Altamirano sea el mejor ejemplo de cómo la educación ayuda a trascender la pobreza si se supera la ignorancia. Esta última es la que más duele y lastima: la pobreza de pensamiento.

Por último, espero no distraerlo de sus responsabilidades que ahora tiene y que indudablemente consumirán algo más que horas de trabajo burocrático, porque el espacio de decisión parece ser muy limitado y parece oscilar, parafraseando a dos clásicos, de El Mito de Sísifo a Las trampas de la fe.

 

Con el afecto de siempre.

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