O P I N I ó N

QUITARSE EL PASAMONTAÑAS

Es sabido que el reformador pequeñoburgués ve en todo una parte «buena» y otra «mala» y que le gusta picar de todos los platos. Pero la marcha real de los acontecimientos no se ve afectada por tales combinaciones y, de un manotazo, manda a los cuatro vientos los montoncitos cuidadosamente hacinados de «lados buenos» de todas las cosas del mundo. Históricamente, la reforma legal o la revolución se producen por razones más profundas que las ventajas o los inconvenientes de un procedimiento u otro.

Rosa Luxemburgo , ¿Reforma o Revolución?

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En los últimos días se ha podido apreciar un debate –ríspido después del 1 de enero– entre el gobierno federal, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, por un lado, y el EZLN, con sus dirigentes, Marcos (ahora Galeano) y el comandante Moisés, por el otro, y el punto de quiebre de sus diferencias fue el anuncio de uno de los proyectos estratégicos para el sureste mexicano denominado Tren Maya. Por supuesto, las diferencias entre el EZLN y López Obrador –como bien lo documenta la revista Proceso de esta semana– no son nuevas y, más bien, tienen su historia. Los zapatistas le reprochan a López Obrador su falta de congruencia –cuando fue dirigente del PRD– al no haber apoyado los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, aunque esto, en realidad, es apenas una referencia, porque las diferencias son más de fondo y tienen una raíz político-ideológica, que no sólo merece un tratamiento más esmerado, sino que podría sintetizarse en una demanda común: es tiempo de que tanto los zapatistas del EZLN como López Obrador y Morena se quiten los pasamontañas y definan con claridad al pueblo de México, no el proyecto que quieren o el que desean, sino el que es realmente posible; es decir, ¿Reforma o Revolución?

La magnitud de los problemas del país no están para que se pretenda resolverlos ni con mentadas de madre «desde algún lugar de la Selva Lacandona», ni con ocurrencias desde las oficinas burocráticas palaciegas. Es tiempo de abrir un diálogo que tenga presente toda la herencia libertaria del pensamiento liberal mexicano del Siglo XIX, que supieron armonizar su enorme pasión revolucionaria y su gran papel de reformadores que le dieron forma y caracterización al Estado mexicano. Fue quizá Melchor Ocampo quien mejor sintetizó ese espíritu libertario cuando expresó: «Es hablándonos y no matándonos como habremos de entendernos».

Por eso tan criticable es una actitud cerrada que termina por el rechazo sólo por consigna «con el apoyo de las bases» y fundar en eso la superioridad moral, como lo es también la de pretender presentar un proyecto desde el poder como símbolo de «progreso» y de «desarrolló» sin reparar en la carga ideológica eurocéntrica y colonial que siempre han tenido esos conceptos, y pensar que eso va a redimir a los marginados. Se tiene que revisar cuál es el sentido de una confrontación estéril, y los costos que puede tener ese desgaste, en donde todos salimos perdiendo.

En México, las reformas nos han costado revoluciones y los movimientos revolucionarios se han traducido en reformas. En ambos casos, los costos sociales han sido muy altos para el país. El último movimiento nacional, el de la Revolución Mexicana de 1910, costó un millón de muertos y se tradujo en la reforma a la Constitución liberal de 1857 y la inclusión de artículos trascendentales a la Constitución de 1917, como el Artículo Tercero, el 27 y el 123. Es decir, el derecho a la educación, a la tierra y al trabajo, fueron el fruto de ese movimiento armado. Sin embargo, ese mismo movimiento sirvió para sustituir la dictadura  de un solo hombre –la de Porfirio Díaz–, que había durado poco más de 30 años por la dictadura de partido –el PRI (primero PRM y luego PNR)– que duró 80 años –con el paréntesis del PAN– y de la que se supone nos sacudimos este 1 de julio de 2018.

Por eso, la metáfora de quitarse el pasamontañas, quizá no sólo sea una exigencia para los zapatistas y para López Obrador, sino para la sociedad mexicana en su conjunto.

Los zapatistas tienen ya la necesidad de quitarse el estigma de la verdadera esencia de sus intereses y clarificar su proyecto ante el pueblo de México y, por supuesto, ante los propios pueblos indígenas, porque no sólo Chiapas es territorio indígena, ni tampoco los pueblos indígenas (usó el concepto utilizado en el Convenio 169 de la OIT, porque hasta donde sé, la palabra indígena quiere decir «originario») son homogéneos y su fortaleza histórica radica precisamente en su enorme diversidad cultural, y es en la diferencia -no en la homogeneidad- donde habrá de sustentarse cualquier proyecto, es decir, tendrá que apoyarse en sus reservas culturales.

El gobierno de López Obrador tendrá también que empezar por precisar los fines de su política hacia los pueblos indígenas. ¿Por qué no se consultó a los pueblos con relación al proyecto del Tren Maya, si la ley establece que los pueblos indígenas tienen derecho a la consulta previa e informada? ¿No es una incongruencia consultar para la construcción de un aeropuerto y, al mismo tiempo, desdeñar a las comunidades indígenas? Ya se sabe también que si bien no es un gobierno de izquierda y que es una especie de coalición donde lo mismo se incrustó la derecha empresarial que la izquierda militante, es precisamente por esa misma condición que no puede prescindirse de un diálogo abierto y con claridad en el proyecto, que por las circunstancias actuales, habrá que reformar profundamente el poder político, el económico y el cultural, porque ningún proyecto de cambio será posible si no pasa primero por la cabeza de la gente. Es decir, la revolución y la reforma pasan por la cultura y la educación.

Por último, la sociedad mexicana tendrá también que quitarse el pasamontañas del racismo, que casi siempre la llevan a mantener una especie de fe ciega en «el desarrollo» y «el progreso», pero teniendo siempre una visión decimonónica de esos conceptos; es decir, mirando siempre al exterior y negándose a mirarse por dentro. Si se sigue en esa tradición occidental y eurocéntrica de orientar la mirada, seguiremos encerrados en nuestros propios cautiverios, sin poder entender lo que alguna vez, el sociólogo  norteamericano Daniel Bell, escribió en alguna parte, diciendo que por alguna razón «los barcos de la ciencia, siempre atracan en el norte y en occidente».

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