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EL OTRO CAMPAMENTO DE MIGRANTES

Campamento de deportados. Precariedad. [Foto: Kau Sirenio]

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El desierto de Estados Unidos pudo haber sido distinto para Francisco, pero no lo fue. Le sucedieron cosas menos esperadas. A sus 45 años, Francisco Cárdenas lamenta los años recorridos sin poder trabajar allá; aunque ahora vive para contar su historia y aspira juntar dinero para comprar un terreno donde construir su casa en Tecate.

Antes de caminar entre cactus en los desiertos de Mexicali y Sonora, Francisco salió de Colima hace 30 años; hace dos regresó a su tierra, pero no se acostumbró a la vida rural, y volvió a la frontera, acompañado, ahora, de su esposa, con quien tuvo gemelos.

–La  verdad no me acostumbré a estar allá, así que regresé de nuevo; al volver intentar, de nuevo, fue una mierda: me secuestraron cuando intenté cruzar en Tamaulipas –recuerda con la mirada puesta en la valla fronteriza.

Lo cierto es que Francisco no es el único que se quedó en la frontera. En la plaza de la Constitución acamparon alrededor de 500 personas. El campamento se instaló frente a las oficinas del Comité Directivo Municipal del PRI.

–Como el comité de ese partido ya ni viene, nos instalamos aquí –dice un señor que apenas puede con la carga que lleva a cuesta.

Francisco mira con nostalgia a los andrajosos del campamento, mueve la muñeca izquierda y suelta otro retazo de su pasado:

–Aquí está cabrón: si no organizas tu vida terminas en el canal, porque esto es la muerte apaa, si no te levantas de la depre de la deportación, te mueres por el alcohol; y la droga te va carcomiendo hasta quedarte sin vida.

La vida de los migrantes en el campamento de mexicanos deportados es muy distinta. Aquí la convivencia es el México chiquito que concentra los estados del sur. Eso se manifiesta cuando se comunican entre ellos: «A ver, Chiapas, tira un paro con un cigarro»… o: «Puebla, ven a comer». Así se identifican entre ellos. Buscar a alguien por su nombre es más complicado que hacerlo por su estado de origen.

Mientras Francisco Cárdenas voltea a ver atrás de los barrotes metálicos que impiden que pase a los Estados Unidos, en el campamento ocurre de todo. Unos alinean las 240 casitas (tiendas de campaña); otros hacen aseo en los pasillos; el resto sólo mira lo que ahí sucede.

–¿A quién hay que preguntar sobre el campamento? –rompo la plática con Francisco (el colimense).

–Allá en el fondo pregunta por Miguel Ángel –indica mientras toma su gemelo y le acaricia la cabellera.

Ante de marcharse del campamento agrega:

–Hace dos años y medio llegué aquí; como pude empecé a trabajar; con lo poco que ahorré me fui a rentar un cuarto a Tecate. Ahí vivo con mi familia ahora. Hoy vine a visitar a mis amigos para saber cómo les fue en esta navidad.

 

*** 

 

–Mira, esta chamarra me queda; creo que a ti te queda el pantalón –le dice un hombre a su compañero.

–Están buenas las ropas, por lo menos para trabajar sí nos sirve –contesta el otro.

Así transcurre la tarde del miércoles 26, en el campamento de los deportados, los acuerdos y el jaloneo por las mejores prendas son continúas, sin embargo, otros se aíslan del montón de ropa para cuchichear entre ellos.

-¿Quién es Miguel Ángel? -quiero saber.

-Mira, es el que, trae la chamarra, ¿ya lo viste?, el que está platicando con la señora, con él vete -me dice casi ordenando el michoacano.

El michoacano hace equipo con uno de Guanajuato para recoger la basura, uno barre y el otro riega el piso con desinfectantes. Frente a ellos, Miguel ordena a los demás a organizar las despensas que les llevó una familia.

 

***

 

Moreno, como de 1.60 de estatura, Miguel Ángel Dehita Alcántara, El Jarocho, supervisa meticulosamente el campamento. Revisa que no haya basura regada ni desorden entre los inquilinos; además, cuida que los 13 voluntarios hagan su trabajo. Antes de platicar con el reportero, se despoja de su chamarra y se la entrega a un hombre de cara surcada de arrugas por la edad.

Él está ahí porque conoce Tijuana, sabe de miles de personas en situación de calle, porque igual vivió por meses en el canal de aguas negras de la ciudad. De ahí amarró amistad con indigentes que ahora lo visitan desde que se hizo cargo del campamento donde se hospedan unas 500 personas.

–Conozco muy bien a personas en situación de calle, porque también viví en el canal hace años –afirma como si alguien quisiera arrebatarle la palabra. No lo dice por orgullo, sino que lo hace para reivindicar su pasado.

Para pernoctar en este campamento, las personas deben tener consigo su orden de deportación, de ahí mostrar buena conducta con sus compañeros. Los disciplinados son gratificados con un albergue más digno y seguro para pasar la noche mientras consiguen dinero para regresar a su comunidad de origen.

Nacido en Orizaba, Veracruz, el Jarocho comparte algunas de sus responsabilidades en el campamento:

–Los más tranquilos –explica– los llevamos al albergue Juventud 2000; mientras que los conflictivos, que no acatan las reglas mínimas, terminan quedándose aquí. Pero aquí también hay reglas que cumplir

«Empecé como voluntario en la asociación Ángeles sin Fronteras; con ellos estuve cuatro años, después pasé el albergue Juventud 2000; ahora estoy de encargado del campamento».

Ante de llegar a Tijuana en 2011, Miguel estuvo en una prisión estatal y después del juicio, en Las Vegas y Nebraska; fue deportado a México; al llegar a la ciudad fronteriza tuvo que vivir en la calle porque no traía ni siquiera un dólar para comer.

Miguel, quien entre sus funciones está el cuidar que no haya riñas en el campamento, habla de su proyecto para 2019:

–Como aquí no tenemos para comida porque no hay presupuesto, por eso estamos organizando el Batallón de limpieza para emplearlos en la limpieza en las calles y lo que aporten lo ocuparemos en la cocina que se va a montar. Hasta ahora los únicos que tienen comida aquí son los voluntarios.

Cuando se fue a los Estados Unidos el Jarocho apenas había cumplido 22 años de edad; sin la primaria concluida decidió probar migrar a Nebraska para reunirse con sus familiares; su estancia ahí le permitió dominar una segunda lengua, el inglés; sin embargo, sus planes se vinieron abajo cuando fue detenido en una riña entre pandillas.

No es la primera vez que mexicanos deportados instalan un campamento aquí. Lo han hecho varias veces desde 2013. Ahora, lo instalaron a raíz del recrudecimiento de la política migratoria del país vecino:

–Hubo un campamento antes –dice el Jarocho–; desconozco los motivos por qué lo quitaron. Lo que sí sé es que en una redada de hace dos años se llevaron a todos los compañeros a centros de atención a migrantes, pero tiempo después las personas volvieron a la calle y en una situación peor, porque perdieron lo poco que habían juntado.

A parte de cuidar que haya buena convivencia en el campamento, el equipo de voluntarios que acompaña al Jarocho apoya a connacionales con trámites de actas de nacimiento y credenciales de elector, para que puedan trabajar o por lo menos le sirva para tránsito a sus comunidades.

–Muchos compañeros ya trabajan –explica uno de los voluntarios–; como no tienen documentos de identidad, se emplean en la construcción o van al mercado a limpiar frutas y verduras, y los demás esperan regresar con sus familiares, aunque ésta es una situación más complicad.

 

***

 

En estas cosas que no siempre ocurren, pero el camino siempre los pone juntos, sobre todo sí fueron deportados de la costa Oeste de Estados Unidos. Una vez cruzando la frontera de Estados Unidos y México, todos tienen nueva historia que contar y recuerdos que tragar. Algunos, incluso, lloran por la frustración de no poder volver.

En ese camino muchos vieron morir a sus compañeros en el desierto, pero ahora son afortunados, porque cuentan su vivencia, dolorosa, pero tienen que contar. Y viven para hacerlo. Como Francisco y Miguel Ángel, que se conocieron en el campamento, sin hacer gran amistad, pero se deben entre ellos, ambos no volvieron a sus estados natales porque la vida cambió para siempre.

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