S U P L E M E N T O

Número 63. Año 2. 26 de noviembre de 2018. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

EL ABOLENGO NEGRO AFROMEXICANO NACIONAL [5/10]

excluido de las estampas más populares de la identidad nacional mexicana

Marco Polo Hernández Cuevas

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Además, apunta que los esclavizados negros se hacen presente en la guerra, levantándose en Veracruz bajo las órdenes de sus capataces, y en el sur, al mando de Hermenegildo Galeana forman la tropa escogida del insigne cura Morelos hecho líder:

 

Los rancheros, propietarios de caballos y de pequeñas tierras o simples labradores, “castas” en su mayoría, se ponen al frente de los indios o se juntan como tropas a caballo, un poco mejor armadas. Casi todas las partidas que asolaban el Bajío estaban formadas por gente a caballo a la que se unían indios flecheros y honderos de los pueblos.

 

La tropa de Morelos estaba formada por negros y mulatos del sur, por gentes que habían sido peones, por ex-soldados del ejército enemigo y por miles de campesinos apenas armados. Debe mencionarse que muchos esclavizados permanecieron fieles a sus amos, que hubo batallones de pardos de las costas leales a los opresores y que una gran parte de los 25 mil milicianos que sostenían al virrey eran en su mayoría negros, pardos y morenos libres, ya que los indios estaban excluidos de las milicias. Aguirre Beltrán precisa: «cuando el despotismo ilustrado se consolida en México, la situación marginal de las repúblicas negras es respetada y en ellas se reclutan los hombres que integran las milicias de Pardos y Morenos».

Los exmilicianos de color hechos chinacos cobran fama en el ejército insurgente de Morelos. Los soldados insurgentes, anota Sands, adorados por las chinas, adquieren mayor fama como patriotas durante la guerra de Independencia, honrando el nombre de chinaco, que aún sobrevive y que puede usarse como sinónimo de charro en la actualidad. La misma fuente menciona que los chinacos eran rancheros o labradores que vivían aislados. Eran autosuficientes y producían la mayor parte de lo que necesitaban. Terry G. Jordan señala que desde fines del siglo XVI y principios del XVII estos vaqueros mexicanos o rancheros negros y mezclados,

 

[m]enospreciados por las clases privilegiadas como vagos y chusma propensos a las orgías de bebida y sexo [...] ya se habían convertido en material para novelas populares. Algunos se hicieron temidos, vagabundos montados rebeldes o paracaidistas que cazaban furtivamente o robaban ganado de los hacendados españoles, como en la desembocadura del Pánuco alrededor de 1600. Sus pequeños asentamientos extralegales en donde criaban ganado, [se llamaban] ranchos en el sentido andaluz del término...

 

Aquí cabe aclarar que los indígenas, desde el principio de la colonia, fueron relegados a reducciones o pueblos de indios conversos, y que los españoles y criollos, por varias razones, pero principalmente por seguridad y comodidad, por lo regular no vivían aislados. Dada su naturaleza y forma de vida, los chinacos eran independientes y se resistían a las autoridades coloniales. De entre estos hombres, que a través del tiempo habían desarrollado una cosmovisión propia, parcialmente manifestada en su arrojo, en su reto violento de siglos al sistema so pena de castración, en su vestimenta, en su habilidad con el lazo y la montura y su estilo de vida apegado a la naturaleza, «emergieron numerosos y notables insurgentes y gran parte de sus soldados» (Sands). Uno de los problemas con la perspectiva de Sands, cuya aclaración es central para precisar la posición de este trabajo, es que al igual que otros estudiosos nacionales e internacionales de lo mexicano, entiende a los chinacos como mestizos, hijos de español e india exclusivamente. Debido al arraigo de tal mito, es apropiado recalcar que esta confusión es la que hace invisible al abolengo africano del mestizaje mexicano y la que lo omite de la historia de la nacionalidad. La imagen del charro y la china es difundida masivamente como estampa de lo mexicano durante la fase cultural de la Revolución. A partir de la noción de que la mayoría de los mexicanos son mestizos, malentendido esto como que son los hijos de español e india nada más, se populariza el atuendo y la forma de ser del chinaco, una vez que ha sido convertido en charro por la maquinaria creadora de la cultura de masas.

De la misma manera que en los casos de la música de mariachi, de las canciones rancheras, del son, del jarabe zapateado, del léxico y de la cocina, el linaje africano del charro queda negado por omisión a través de imágenes de actores como Jorge Negrete Moreno, Pedro Infante, Tito Guízar, Javier Solís, y Luis Aguilar, los cuales a simple vista no parecen tener parentesco africano. Vía los canales de persuasión de masas, incluyendo mitos popularizados como el de Maximiliano y que el mariachi proviene del vocablo francés mariage (boda), los criollos y los mestizos que parecen menos morenos plagian y presentan como propias tradiciones cuyo origen es cuando menos tan africano como cualquier otro.

El caso de México no es un caso aislado. Comenta Richard W. Slatta que su primer libro Gauchos and the Vanishing Frontier (Los gauchos y la frontera que se desvanece, 1983) causó gran agitación en Argentina cuando apareció traducido al español en 1985. El autor documenta la naturaleza multicolorida de la población gaucha y el uso de esclavizados como trabajadores de rancho. Relata Slatta que algunos argentinos se ofendieron porque su héroe nacional no era blanco, y que otros sólo opinaron que los negros no pudieron haber trabajado como rancheros porque se hubieran fugado a caballo.

Retomando el caso de México, Jonathan D. Clark reporta que existe una teoría, sin mucho peso, que expresa que la voz mariachi proviene de Jalisco, de las lenguas coca y cahita, hoy ya extintas. Esta perspectiva indica que mariachi significa «tambor, conjunto musical, tarima donde se bailan los sones». Por su parte, Álvaro Ochoa Serrano plantea que los mariaches (hoy mariachis) evolucionan del fandango.

Los sones de la tierra, emparentados con el son montuno africanocubano, que se dieran a conocer a finales del siglo xviii al ser perseguidos por la Santa Inquisición por infames, groseros, lascivos y herejes, viajaron con los chinacos insurgentes y fueron tocados, escuchados, cantados y bailados durante sus fandangos, de sur a norte y de este a oeste.  En cada una de las áreas a donde llegaron fueron adoptados por los populachos locales, adquirieron forma propia y de allí nacieron géneros como el son jarocho, el jarabe tapatío y el son ranchero, los que ostentan el abolengo africano.

La malagueña, La María Chuchena, La sanmarqueña, El sacamandú, El fandanguito, La llorona, La sandunga, La bamba y el Son de La Negra (un pedazo del alma mexicana), entre otros, poseen varios de los rasgos explicados por Alén, y son antecedentes innegables del mariachi y parte de la esencia del son ranchero, del charro mexicano, de México y de la nacionalidad. En el México de los siglos xviii y xix los currutacos o los de la alta (y sus admiradores que no eran blancos) que tanto despreciaran y persiguieran a los chinacos, a las chinas y a sus «bajas y léperas» costumbres, escuchaban y bailaban a la europea. Un buen testimonio del gusto musical de los criollos durante la época de la invasión francesa se haya en Clemencia, de Ignacio Manuel Altamirano, donde el maestro favorito de Clemencia es Verdi: «...ella necesitaba música enérgica para traducir los sentimientos de su alma ardiente y poderosa». Además, Isabel toca melodías alemanas para deleitar a las visitas. Es obvio que existen dos mundos opuestos, tal y como lo confirma Ted Vincent en Racial Amnesia-African Puerto Rico and México (Amnesia racial, Puerto Rico y México africanos): «...un círculo cerrado y exclusivo de blancos y sus lacayos se escondían en las mansiones bebiendo vino español, comiendo pan de sal y practicando el minué. Mientras que en la plaza central la gente de color creaba México con tequila, tortillas y La bamba».

Los sones antes referidos, y cientos más, de autor anónimo o de producto comunitario, pueden considerarse como parte de la tradición popular oral mexicana. Aparecen como cantos abiertos con un refrán y un coro y con estrofas compuestas en el acto. No son bailes para ser observados, ni canciones para escuchar, sino representaciones que dan espacio para la creatividad individual y comunitaria; de aquí el dicho al son que me toques bailo. Los bailarines zapatean rítmicamente contestando a los músicos y las estrofas cantadas por los presentes no son las mismas durante cada representación En el fandango se come, se bebe, se alburea, se reta a otros individuos y al sistema, se canta, se baila y se descargan frustraciones mientras se alimentan el cuerpo y el espíritu. Estas actuaciones, bajo el concepto de oralitura, o etnotexto, pueden ser entendidas como textos culturales populares de protesta.  La estética del fandango o mariachi no es sólo verbal, sino total: depende de todos y de cada uno de los actores, de sus capacidades, del sentido del humor individual y comunitario, del espíritu evocado y del relato mismo.

Los sones de la Nueva España, de autor anónimo, eran representaciones públicas de la cultura baja (de los cuales un número notable eran descendientes de esclavizados negros) y de su sentir contra los perifollados, o los de la alta. Los sones eran actuados por los pelados y las chinas para su propia diversión, fuera ya en las plazas públicas, en los palenques o durante los fandangos. Los sones pasaron a ser la expresión del ser de la plebe desempleada o subempleada que por fuerza de su circunstancia a menudo se ocuparon como bandidos: ahí están Los plateados de Morelos, que, a más de haber existido, son el tema central de la novela El Zarco, de Ignacio Manuel Altamirano. Altamirano describe al Zarco:

 

El jinete estaba vestido como los bandidos de esa época, y como nuestros charros, los más charros de hoy.  Llevaba chaqueta de paño oscuro con bordados de plata, calzoneras con doble hilera de chapetones de plata, unidos por cadenillas y agujetas del mismo metal: cubríase con un sombrero de lana oscura, de alas grandes y tendidas, y que tenían tanto encima como debajo de ellas una ancha y espesa cinta de galón de plata bordada con estrellas de oro; rodeaba la copa redonda y achatada una doble toquilla de plata, sobre la cual caían a cada lado dos chapetas también de plata, en forma de bulas rematando en anillos de oro.

 

Al desbandarse los ejércitos populares que lucharon por la independencia entre 1810 y 1821, y luego durante la Guerra de Reforma, de 1858 a 1861, se formaron bandas de inconformes. Una de las bandas más famosas en el sur fue la de Los plateados de Morelos. Los plateados de Morelos se ganaron la reputación de ser los más crueles de su época. Aunque temidos y odiados por los pudientes, los plateados fueron admirados y respetados por el pueblo, y así pasaron a ser el tipo nacional. Chinacos con su indumentaria y reconocidos como los mejores vaqueros, no estaban dispuestos a jubilarse y a apenas subsistir. Paul J. Vanderwood explica que:

 

[Los] plateados no eran sólo una pandilla grande sino un fenómeno social que ocurrió por todo México. Otros de sus homólogos conocidos también como plateados, brotaron en Veracruz, Puebla y Guerrero. Estas bandas eran grandes, hasta de mil hombres, y dirigían los negocios en los lugares donde trabajaban. Sus escondites eran bien conocidos: El monte de las Cruces, camino a Toluca, Río Frío, en la ruta entre la capital y Puebla, Cuesta China, hacia Querétaro, y Tlaltizapán, en Morelos.

 

Estos hombres no se consideraban a sí mismos como bandidos, actuaban con dignidad y vestían con clase. Aclara Vanderwood: «sobretodo fueron respetados como el tipo nacional del mexicano: los charros, lo mejor de los vaqueros poseídos de una arrogancia masculina y despreocupación que subrayaba sus cualidades de jinetes y amantes». De estas mismas bandas, por el año de 1861, el presidente Juárez reclutó a los hombres que pasarían a formar la policía rural mexicana:

 

El uniforme distinguía al Rural, confirmaba su transición de bandido a agente del orden, ya que los Rurales se vestían en gran parte como los peores bandidos de la época, Los plateados. Ambos vistieron el traje de charro, y todo el mundo entendió el significado: el que lo llevaba puesto podía superar en el jineteo, con el lazo, con la pistola, con la bebida y con las mujeres a cualquier otro vaquero de donde fuera.

 

Altamirano continúa su descripción del Zarco:

 

Llevaba, además de la bufanda con que se cubría el rostro, una camisa también de lana debajo del chaleco, y en el cinturón un par de pistolas de empuñadura de marfil, en sus fundas de charol negro bordadas de plata. Sobre el cinturón se ataba una canana, doble cinta de cuero a guisa de cartuchera y rellena de cartuchos de rifle, y sobre la silla un machete de empuñadura de plata metido en su vaina, bordada de lo mismo. La silla que montaba estaba profusamente bordada de plata; la cabeza grande era una masa de ese metal, lo mismo que la teja y los estribos, y el freno del caballo estaba lleno de chapetes, de estrellas y de figuras caprichosas. Sobre el vaquerillo negro, de hermoso pelo de chivo, y pendiente de la silla, colgaba un mosquete, en su funda también bordada, y tras de la teja veíase amarrada una gran capa de hule. Y por dondequiera, plata: en los bordados de la silla, en los aciones, en las tapafundas, en las chaparreras de piel de tigre que colgaban de la cabeza de la silla, en las espuelas, en todo.

 

Para explicar con mayor claridad la cuestión del traje del chinaco es necesario retroceder a la época colonial, en donde, según Aguirre Beltrán, los negros y mulatos carecen de ropas distintivas, aunque sí reconoce que las jarochas y las chinas poblanas tienen sus vestidos propios, que las identifican como mezclas de negro e indio. Señala Aguirre Beltrán que los negros y el hombre de mezcla visten como españoles. Algunas de las leyes coloniales anuladas como resultado de la Independencia son aquellas que regían la vestimenta. Durante la Colonia, en todos los lugares bajo dominio español únicamente los blancos podían usar seda y algodón. La lana y otras telas estaban designadas para los demás. Debe quedar claro que los vestidos de cada quien y cada cual estaban bien definidos Estas distinciones quedaron abrogadas al concluir la guerra de Independencia en 1821. Es factible que por esa época se haya originado el refrán la mona, aunque se vista de seda, mona se queda, un dicho que, sin duda, refleja el desprecio profundo contra las mezclas coloridas, que las leyes no pudieron exterminar, y hace alusión a los días idos en que los chinacos usaron la lana.

Es cierto que el traje del chinaco hace eco al traje del charro andaluz, pero sólo en lo que se refiere a la chaqueta de paño corta; por lo demás, el diseño del pantalón abierto en forma de campana parece ser oriundo de México. Otra marca de distinción del atuendo mexicano es el bordado que llevan la chaqueta y el pantalón, cuyos diseños hacen eco a los diseños moros, dado su estilo y complejidad.

El chinaco mexicano, con excepción de los periodos en que se le utilizó para el beneficio de los criollos, fue un personaje despreciado y temido por las clases altas porque era descendiente de negros y mezclas, que ya desde el siglo xvi se habían dado a conocer como vaqueros y rebeldes. Tal vez el chinaco se hubiera perdido para siempre en la historia si no hubiera sido por Vicente Riva Palacio, el nieto de Vicente El Negro Guerrero por el lado materno, quien, yendo en contra del «buen gusto [recoge] motivos desprestigiados socialmente como los chinacos [y] las chinas de la Ciudad de México», según Ortiz. La novela Calvario y Tabor, de Riva Palacio, además de ser una de las primeras novelas africanomestizas, es un homenaje a los chinacos referidos como tabor por el autor. Riva Palacio debió haber visto parecido entre la apariencia física de su tropa colorida de chinacos y la de los soldados marroquíes norafricanos a los que se refiere el vocablo. En apoyo a esto se halla el hecho de que en el Bajío existió una cantidad inusual de enlaces étnicos, dentro de los cuales el linaje africano se hace obvio. Además, manifiesta Jameelah S. Muhammad, que «algunos historiadores sostienen que fue el ejército moreno del padre Hidalgo el que inició la lucha de independencia».

Los chinacos, plateados o charros, como se citó al inicio, cobran su fama mundial cuando el gobierno mexicano, después de blanquear su imagen, los reconoce como aptos representantes de la nacionalidad y reconoce a su pareja, la china poblana. Sobre ésta última, aunque se niegue por igual que fuera descendiente de negros, el hecho ha sido más difícil de borrar. Las chinas anduvieron por todo el territorio mexicano. Eran las parejas, las madres, las hermanas y las hijas de los chinacos. Dada su condición, sobrevivían de la manera en que pudieran. Las chinas fueron prostitutas, sirvientas, verduleras, tortilleras, enchiladeras, taqueras, tamaleras y aguadoras, entre otras ocupaciones que se les asigaron.

David Rojas, en una cita que hace del fraile dominico Tomás, Gage al describir a la china poblana, su atuendo y forma de ser exterioriza:

 

El vestido y atavío de las negras y mulatas es tan lascivo, y sus ademanes y donaires tan embelesadores, que hay muchos españoles que por ellas dejan sus mujeres. Llevan de ordinario una saya de seda o de indiana finísima, recamada de randas de oro y plata... cuando salen de casa añaden a su atavío una mantilla de linón o cambray... algunas la llevan en los hombros, otras en la cabeza, pero todas cuidan de que nos les pase de la cintura y les impida lucir el talle y la cadera.

 

Sands describe que las chinas vestían blusa de manga corta bordada con colores brillantes, una falda roja que llegaba al tobillo sobre una enagua o fondo bordado con encaje, una faja alrededor de la cintura, zapatos verdes, reboso y el pelo en dos trenzas. Subraya que este tipo de vestido se convirtió en un emblema prohibido por el último virrey. Sin embargo, a más de repudiar y desdeñar las leyes de la vestimenta, varias mujeres, de distintas clases sociales, adoptaron el atuendo de las chinas en señal de apoyo a los insurgentes durante la Guerra de Independencia. Aguirre Beltrán anota que hasta el siglo xix, «china y lépera o prostituta connotaban una misma cosa»; y que el estilo de traje de la jarocha o de la china poblana, de cualidades privativas, identifican a las mezclas de negro e indio. Consecuentemente, se puede precisar que la historia de cierta princesa china hecha esclava que viviera en Puebla y a quien se le adjudica el origen del traje de china, no pasa de ser otro mito de corte criollo. Los complicados adornos del traje de la china mexicana provienen de su gusto propio y hacen alarde a una forma de ser que despliega su genética africana.

El abolengo negro del charro y la china mexicanos se reflejan en su vestimenta, su gusto, su música, su canto, y su baile. En suma, lo africano forma parte de la cosmovisión del mexicano. Por tanto, se puede entender que los negros no fueron “integrados”, sino que la negra, el negro, su descendencia y sus cosmovisiones, desarrolladas en la diáspora, vinieron a integrar e integran, la experiencia y nacionalidad mexicanas. Desde esta perspectiva, los diagnósticos parciales, acerca del mexicano y de su forma de ser, adquieren una dimensión adicional: de este modo la fiesta mexicana descrita por Octavio Paz en “Todos santos, día de muertos”, cuyo protagonista es el personaje aquí descrito, recobra una parte fundamental perdida en el olvido: sus colores carnavalescos propios al ser recordado el abolengo negro africano que palpita como rítmico bongó o guitarrón en el mestizaje mexicano.

 

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