O P I N I ó N

LA FORMACIÓN DOCENTE Y LA MARGINALIDAD CREADORA

Para los padres y madres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, en reconocimiento a su lucha por la búsqueda de justicia.

Tenemos la experiencia pero perdimos el significado, y un acercamiento al significado restaura la experiencia.

T. S. Elliot

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La educación no puede estar ausente de un proceso nacional que «conjugue pacíficamente las exigencias de cambio y de la tradición», pues sólo de esta forma podrá transformarse en un factor fundamental del desarrollo, toda vez que si la producción de conocimientos es la esencia del cambio mundial, es un hecho que ésta se apoya en la educación y si bien es cierto que la educación no es la panacea para el desarrollo, también se sabe que «en los países más pobres la educación es de menor calidad». La historia nos enseña que desde la ilustración francesa se registra una constante: ningún proyecto político y económico se puede realizar si no se apoya en un proyecto cultural y educativo.

En ese sentido, la evidencia empírica parece ser contundente: ningún país puede aspirar a desarrollarse si no invierte en su educación. Por supuesto que un proyecto educativo para que pueda responder a las expectativas de la sociedad, tiene que tomar en cuenta las especificidades de ésta. En el caso de las zonas rurales donde la pobreza es ancestral, educar no consiste sólo en abrir escuelas, porque el problema no está únicamente en asegurar el ingreso de los niños, sino, sobre todo, en garantizar su permanencia en las aulas hasta concluir sus estudios de un grado a otro y poder darles continuidad en otros niveles. El fracaso de nuestro Sistema Educativo Nacional se debe, en buena parte, al abandono al que ha sido sometida la escuela y a que ésta, carece de los medios institucionales que le permitan retener en sus aulas a los niños y niñas que a diario asisten a ellas.

Frente a una sociedad amenazada con perder su identidad en un mundo cada vez más complejo, la educación es quizá el único medio alternativo que podemos oponer como espacio de resistencia, toda vez que si la Escuela se somete a las presiones del modelo económico neoliberal, terminará trasladando la lógica del mercado a los procesos educativos, adaptándose a los imperativos de la competencia y cancelando sus posibilidades de transformación.

/p>«La imposición del nuevo software humano –del nuevo paradigma antropológico– se perfila ya en el escenario educativo y la educación formal en dos sentidos trascendentales: la aplicación de la lógica neoliberal a la conversión de la educación en mercancía y el uso de la socialización formal-informal como instrumento de realización de nuevo homo economicus que la globalización del capital requiere» (Noam Chomsky y Heinz Dieterich. La sociedad global. Educación, mercado y democracia)

Por otra parte, si en el mundo actual el principal recurso para el desarrollo es el conocimiento, entonces, la tarea principal de las escuelas debe ser precisamente ésa: la producción del conocimiento. Por supuesto, esto impone una transformación a fondo de nuestro sistema educativo. En la llamada «sociedad de la información», la Escuela requiere de flexibilidad curricular y administrativa, para que esto le permita desarrollar libremente la creatividad de los niños y las niñas –además de los jóvenes–, porque «la educación no sólo tiene que transmitir valores igualitarios y de respeto a la diversidad, sino también encarnar ese equilibrio en su propia flexibilidad curricular».
Nuestra educación no debe sustraerse del avance científico y tecnológico que se desarrolla en el mundo, y, por supuesto, esto implica reformar las estructuras institucionales de la escuela y cambiar los procesos de gestión, a fin de que las propuestas didáctico-pedagógicas sean asumidas plenamente por toda la comunidad educativa.
Esta naturaleza política de la educación la podemos mirar desde diversas perspectivas teóricas: existen enfoques que plantean que en la escuela sólo se reproducen los discursos del poder, en tanto que otros sostienen que es un espacio de resistencia y de liberación. La constante que se observa no es solamente que la educación sigue siendo un punto de controversia pedagógico y político, sino que por esta misma razón, es todavía una de las funciones sustantivas del Estado moderno, toda vez que denota los métodos a través de los cuales la sociedad acumula sus conocimientos, preserva sus culturas y promueve sus valores, además de que contribuye de manera decisiva en la formación de la persona en los aspectos físicos, intelectuales, emocionales, morales y sociales. Desde la Paideia griega hasta la actual propuesta de educación virtual, el binomio Estado-educación han formado siempre una unidad inseparable y mantienen una relación contradictoria, la cual se expresa en los propios debates que genera.

La fundamentación epistemológica de la educación define el desarrollo de los procesos formativos y si bien la teoría pedagógica dista mucho de ser homogénea, en la construcción del discurso pedagógico pareciera haber consenso en el papel que juega la educación en la formación del individuo y esta polémica la podemos encontrar tanto en los sistemas de educación más antiguos que estaban estrechamente vinculados a la tradición religiosa, como en los modernos sistemas educativos caracterizados por la expansión de la educación básica.

Desde Platón –que en La República sostiene que la moral ciudadana «es sólo una consecuencia de la buena educación»–, hasta Gramsci –que decía que «la Escuela es el instrumento para formar los intelectuales de diverso grado. La complejidad de las funciones intelectuales en los diversos estados se puede medir objetivamente por la cantidad de escuelas especializadas y por su jerarquización: cuanto más extensa es el ares escolar y cuanto más numerosos son los “grados” verticales de la escuela, tanto más complejo es el mundo cultural, la civilización, de un determinado estado» (Los intelectuales y la formación de la cultura)–, pasando por Rousseau –quien en Emilio o de la educación, expuso su teoría educativa basada en el conocimiento de la verdadera naturaleza del niño–. Rousseau escribió que «la educación es efecto de la Naturaleza de los hombres o de las cosas. La de la Naturaleza es el desarrollo interno de nuestras facultades y nuestros órganos; la educación de los hombres es el uso que nos enseñan éstos a hacer de este desarrollo; y lo que nuestra experiencia propia nos da a conocer acerca de los objetos cuya impresión recibimos, es la educación de las cosas. Así, cada uno de nosotros recibe lecciones de estos tres maestros».

En esa misma tesitura, para Durkheim, la educación es un proceso de socialización metódica de las generaciones jóvenes por los adultos: la educación transmite la cultura de la sociedad, maneras de actuar, pensar y sentir. También es control social. Lo exterior –la sociedad, la cultura– se convierte en elemento constitutivo de la personalidad del individuo, que lo regula desde dentro. La función de la educación es la integración moral (social). Para Emile Durkheim, la base de la estabilidad social estaba en los valores compartidos por la sociedad y que la desaparición de éstos conducía a la anomia, lo que invariablemente, lleva a la desintegración  del individuo en la sociedad. (E. Durkheim, Sociología de la educación) Más tarde, L. Althusser, en Los Aparatos ideológicos del Estado, concibe a la educación como un mecanismo que contribuye a la reproducción de las relaciones sociales. Para Althusser, la escuela cumple una función ideológica al servicio del Estado, toda vez que no hay «ningún aparato ideológico del Estado que mantenga durante tantos años una audiencia obligatoria (y, lo que importa menos, a veces gratuita), 5 o 6 días a la semana a razón de 8 horas por día, con la totalidad de los niños en las formaciones sociales capitalistas». En otro contexto, Iván Ilich, en La sociedad desescolarizada, desarrolló sus ideas sobre la «desburocratizacion» de la escuela y propuso la tesis de la desescolarizacion. Según Ilich, «las escuelas se han desarrollado para hacerse cargo de cuatro tareas básicas: ser lugares de custodia, distribuir a las personas en funciones ocupacionales, enseñar los valores dominantes y facilitar la adquisición de capacidades y conocimientos socialmente aprobados. (...) En la Escuela se aprenden muchas cosas que no tienen nada que ver con el contenido formal de las lecciones. Las escuelas, por la naturaleza de la disciplina y la estricta reglamentación que implica, tiende a incluir lo que (él denomina) consumo pasivo, que es una aceptación acrítica del orden social existente».

En ese contexto de resistencia, Paulo Freire (La educación en la ciudad) construyó su propuesta de educar para la liberación y sostenía que «la eficacia de la educación está en sus límites. Si ella pudiese todo o si nada pudiese, no habría por qué hablar de sus límites. Hablamos de ellos precisamente porque, no pudiendo todo, puede alguna cosa». En una vertiente parecida, Henry Giroux y Peter McLaren (Los profesores como intelectuales), proponen las tesis de la resistencia en educación y la Pedagogía Crítica como el espacio de formación de los profesores como intelectuales, a fin de que éstos recuperen la capacidad de propuesta que han perdido, porque en la perspectiva de Giroux, «la teoría educativa radical ha sido incapaz de plantear un discurso teórico y un conjunto de categorías, como base para la construcción de formas de conocimiento, de relaciones sociales dentro del aula y de visiones del futuro que den sustancia al significado de la pedagogía crítica» (La escuela y la lucha por la ciudadanía).

En todas estas tradiciones del pensamiento educativo , encontramos que desde la pedagogía clásica hasta la moderna teoría pedagógica, las reflexiones sobre el discurso de la educación son muy heterogéneas aunque, en esencia, confluyen en lo que constituye su fuente de inspiración común: la formación del sujeto. Pese a su heterogeneidad, el debate pedagógico mantiene una identidad propia, porque es tal vez el único discurso que no puede funcionar sin la presencia de sujetos.

Desde diversas posiciones teóricas y políticas, se concibe a la educación como un discurso vinculado a un contexto histórico-cultural determinado, por lo que, aun cuando su significado pueda variar para adecuarse a las exigencias de situaciones particulares, en esencia, el papel que se le asigna pareciera permanecer inalterable: es un factor imprescindible para potenciar el cambio social y también para comprender el mundo. 

Desde esta mirada, la educación es un espacio de resistencia, porque desde el espacio pedagógico se asume que la razón por la cual las relaciones de poder siguen siendo hegemónicas en el contexto actual, reside en el hecho de que no han sido profundamente comprendidas. Frente a la incertidumbre de los escenarios actuales, la educación –al lado de la cultura– parece el espacio posible para trascender nuestros problemas emergentes.

Por eso, volver la mirada hacia la educación pública –y a la formación de maestros– es también una cuestión de sobrevivencia.

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