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HASTA HABRÍA DE SALIR BIEN QUE YO MURIERA: SIERREÑO DE 93 AÑOS

Don Calixto Marino. Vida agotada. [Foto: Sergio Ocampo]

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A sus 93 años, a don Calixto Marino Barragán no le importa morir en una balacera. «Hasta habría de salir bien que yo muriera», dice.

Pero no comprende por qué quienes se pelean a balazos en su pueblo, Filo de Caballos, «se están matando nomás a lo tonto», teniendo familia que necesita de ellos.

Y se pregunta: «¿Qué sus niños no van a comer? ¿No se van a vestir? ¿No van a tener estudios? Entonces, ¿por qué sus padres se van a matar nomas por gusto?».

El domingo 11 de noviembre don Calixto escuchó la balacera desde su casa, ubicada casi a la entrada de Filo de Caballos; allí permaneció tres días y tres noches solo, comiendo lo que le llevaban sus vecinos y amigos que se quedaron en el pueblo, porque sus hijas y nietos no alcanzaron a sacarlo en medio de la lluvia de balas, y se fueron desplazados a Chichihualco.

Lo restcató la policía estatal hasta el miércoles 14 a petición de sus familiares, y lo trasladaron al auditorio municipal de Chichihualco, en donde se reencontró con su familia.

En este auditorio también se encuentran, desde el día de la balacera, muchos de sus vecinos de Filo de Caballos y de otros pueblos cercanos.

Domitila Marino, hija de don Calixto, recuerda que el domingo 11 de noviembre, como a la una y media de la tarde, salía de una reunión de la comisaría municipal cuando oyó la balacera; después vio que venía bajando, corriendo y disparando, mucha gente armada y le dio mucho miedo, «porque venían como locos».

Entonces tuvo miedo por la vida de sus hijos, y como pudo, logró sacar del pueblo sólo a su madre de más de 80 años y a una hija de 13. Pero ya no le dio tiempo sacar de su casa a su padre.

Hasta el martes 13, Domitila no sabía nada de él. «Yo no sabía si comía o no, o si alguna alma caritativa lo estaba atendiendo».

Un día antes, el lunes 12, un grupo de reporteros que subió a Filo de Caballos, vio a don Calixto deambular por la calle principal de Filo de Caballos, regada aún de miles de cartuchos percutidos de distintos calibres. A su lado, o a su encuentro, caminaban policías comunitarios que tomaron el pueblo, ajenos a su soledad.

Ese día, el anciano, con dificultad se encaminó, apoyado en un bastón, hacia la entrada del hospital Básico Comunitario.

–¿Va usted al hospital? –le preguntó un reportero que se acercó para ayudarle a subir las gradas.

–No, voy a sentarme aquí –dijo, acomodándose en uno de los escalones.

Don Calixto, permaneció solo en su casa de Filo de Caballos el domingo, lunes y el martes. El miércoles, policías estatales fueron por él a petición de sus familiares, quienes solicitaron la intervención de la delegada de Gobierno en la zona Centro, Normal Yolanda Armenta, y por la noche ya se había reencontrado con su hija y nietos en el auditorio municipal de Chichihualco.

Sentado en una butaca, el jueves 15 de noviembre, don Calixto tomaba el sol afuera del auditorio.

«Yo no sé para qué me fueron a traer, no sé a dónde me quieren llevar», reprocha a una pregunta del reportero, como desconociendo las causas por la que sus familiares y vecinos salieron huyendo de Filo de Caballos.

Dice que se quiere regresarse a su «casita». La describe: «Es un caidito, una mediagüita, pero allá me la paso acostado o sentado en la calorcita, y aquí no me puedo quedar tirado por a’i».

De la balacera comenta que oyó los balazos cerca de su casa, pero que no había motivo. «Nomás a puro tirar estaban; después yo pregunté que si hubo muertos, y dijeron que no».

Recuerda que los balazos los oyó cuando todavía estaba afuera de su casa, en la calle, y que una de sus hijas o nietas le dijo: «Métase, no le vaya a tocar una bala».

Pero él le contesto: «Yo no les debo nada; si me quieren matar, bien habría de salir que me muriera ya; ya no quiero seguir viviendo».

Después reaccionó, cerró su casa y allí se quedó oyendo la balacera. Ya no se acuerda qué tanto tiempo estuvo así. «Pero tardó», asegura.

Cuenta que después se metieron a su casa unos policías (no identifica qué policías), «y como soy solo, no tengo mujer, estaba el montón de cobijas en la cama»; entonces, les preguntó que qué buscaban. «Armas yo no tengo, con trabajos vivo, menos para andar con armas», les reprochó.

Asegura que no sintió miedo. «Estaba en mi casa, solamente que fueran a eso, a matarme, pero yo no le debo a ninguno, nada. Yo todo lo que como, aunque sea un café o una pieza de pan lo compro con mi dinero; no ando agarrando dinero ajeno».

Dice que cuando se quedó solo en Filo de Caballos no le faltaron amigos o vecinos que le llevaron de comer, agua, café o una pieza de pan. «No’mbre, si estuviera yo allá, ya hubiera comido dos veces o tres. Allá muchos señores son cariñosos, me llevan de comer, un café, un refresco».

Por eso insiste que quisiera regresar a su casa. «Quiero estar en mi cama propia, echarme un sueñito, descansar siquiera. Allá cuando quiero me acuesto en mi cama; y aquí puro sentado. Ya estoy aburrido, ya quisiera irme».

Dice que oyó que lo tienen aquí porque todavía ese día, el jueves, hubo otra balacera en su pueblo.

Entonces, suelta: «Los que pelean, pelean nomás por pelear, ¿por qué no quieren vivir, tienen familia? ¿O qué? ¿Sus niños no van a comer?, ¿no se van a vestir?, ¿no van a tener estudios? Entonces, ¿para qué se van a matar nomas por gusto, o porque tienen armas?» Hay que pensar por los niños chiquitos, aconseja.

A quienes se están enfrentando en su pueblo les reclama que «cómo es posible que se estén matando nomas a lo tonto, que cómo es posible que teniendo familia, niños, niñas, quieran eso, ¿Quién se los va a mantener? ¿Quién va a trabajar para que los vistan? ¿Quién los va a echar al estudio?

Enseguida, vuelve a insistir en que quiere regresar a su pueblo, aún con el riesgo de más  balaceras.

«En Filo (de Caballos) tengo mi casita y, aunque solo, allá como porque el prójimo me lleva de comer, un refresco o lo que sea».

Reconoce que aquí en el albergue lo tratan bien. «Pero yo quisiera estar acostado, y allá, como ahorita, ya hubiera comido dos veces, tengo muchos amigos. Hay quien me lleva un refresco, un jugo, una pieza de pan, comida. Hay muchas señoras buenas gentes, y como me ven ya ruco, ya nomás me están cuidando que no me vaya a ir de este mundo», bromea entre carcajadas.

Afirma que es mentira que en Filo de Caballos haya gente mala, como dicen. «Estaban dos o tres con armas, pero desaparecieron, dejaron a sus madres y a sus casas solas. Claro, cuando no había gobierno salían con sus buenas armas, pero ahora hay muchos soldados y policías», comenta, otra vez entre risotadas. Quienes rodeaban a don Calixto ese jueves, aseguran que fue la primera vez que lo vieron sonreír, desde la tarde del día anterior que llegó. Cuentan que su mirada siempre la tenía clavada en el cerro de enfrente, allá donde creé que queda Filo de Caballos.

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