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LA SIERRA, EN ESTADO DE GUERRA

Sierra de Guerrero. Devastación. [Foto: José Luis de la Cruz]

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La sierra de Guerrero es un polvorín. Y nadie puede o quiere apagar la mecha, que sigue avanzando. La amenaza de una explosión ya tiene tiempo, pero se visibilizó a partir del 9 de junio, a partir de cuando se han venido sucediendo una cadena de acontecimientos violentos que ya han dejado secuelas trágicas.

Un número indeterminado de muertos y heridos, decenas de casas y vehículos incendiados o destrozados a balazos.

Y lo más grave: cientos de familias desplazadas de la zona o el terror de la gente que, a pesar de la situación, ha decidido permanecer en sus casas, no han sido suficientes para una intervención decidida de los gobiernos estatal o federal para impedir un enfrentamiento de mayor magnitud.

El 9 de septiembre, un enfrentamiento entre civiles armados cimbró Corralitos, comunidad del municipio de Leonardo Bravo ubicada a unos 10 o 15 minutos de Filo de Caballos, en los límites con el municipio de Heliodoro Castillo.

Ese día, tres hombres fueron asesinados en una nutrida balacera que duró más de dos horas, según testimonios de los lugareños. Entre las víctimas estuvo el comisario municipal, Antonio Cruz.

Las secuelas del tiroteo fueron, además, tres viviendas y dos vehículos incendiados. Dos casas de dos plantas más fueron tiroteadas hasta quedar como coladeras, en una de ellas, que recibió más de mil disparos, fueron encontrados dos de los tres cadáveres.

Esa vez, las llamadas de auxilio a las autoridades por parte de los pobladores comenzaron desde las cinco de la mañana. Alertaron que un grupo armado estaba rodeando la comunidad, disparando a las casas y a sus pobladores desde los cerros.

A las seis de la mañana ya habían entrado al pueblo, e insistieron en sus llamadas de auxilio a las autoridades a través del 911 y también llamaron directamente a la 35 Zona Militar, con sede en Chilpancingo, sin obtener respuesta.

Los militares y policías estatales llegaron después del mediodía, cuando todo había terminado. Entonces detuvieron a cuatro hombres, a los que, según la versión oficial, les decomisaron dos fusiles AR-15 y otros dos AK-47, pero vecinos de Filo de Caballos les cerraron el paso y obligaron a liberar a los detenidos.

Dos días después, el 11 de junio, en El Ranchito, un caserío ubicado entre Corralitos y Filo de Caballos, se dio otro enfrentamiento entre los mismos grupos. Allí fueron encontradas horas después por los militares y policías estatales dos camionetas del Ejército mexicano clonadas y un hombre muerto a balazos dentro de una de ellas.

Tras estos hechos, el 22 de junio, la policía comunitaria de General Heliodoro Castillo (Tlacotepec) emplazó al gobernador Héctor Astudillo Flores a que brindara garantías de seguridad en el corredor de Xochipala a Filo de Caballos (municipio de Leonardo Bravo).

Esa vez, el coordinador de esa policía, Humberto Moreno Catalán, denunció que por a la violencia e inseguridad, tenía más de dos meses que no podían pasar hacia Tlacotepec las urvan de transporte público, las pipas de gasolina, los camiones de gas doméstico y las camionetas que surten de productos básicos a esa cabecera municipal y a los pueblos vecinos.

El jefe de los comunitarios de ese municipio declaró que estaban dispuestos a coordinarse con los tres órdenes de gobierno para lograr la seguridad en ese corredor. Incluso, dijo que también se coordinarían con la recién creada policía ciudadana de Leonardo Bravo y Eduardo Neri, pero que éstos tendrían que deslindarse del crimen organizado que opera en la zona.

Moreno Catalán pidió al gobernador que vaya a dar soluciones donde hay problemas.

«Porque de aquí para delante ya no respondo, si se tiene que hacer algo se va a hacer. Por mi gente hasta la muerte», advirtió, y le exigió al gobernador: «Tú como gobernador y primera autoridad del estado haznos llegar la paz y la tranquilidad que tanto anhelamos y tanto necesitamos».

Pero el gobierno calló y no actuó.

 

La Laguna, el segundo aviso.

 

El 5 de septiembre, policías comunitarios y civiles armados provenientes del municipio de Heliodoro Castillo, irrumpieron a las siete de la mañana en la comunidad de La Laguna, municipio de Eduardo Neri.

En el ataque mataron a un policía estatal acreditable de operaciones de la Secretaría de Seguridad Pública Estatal (SSP), e hirieron a cuatro más: dos de la Acreditable de Operaciones y dos de la Estatal Rural.

Además, al interior del pueblo dispararon en contra de seis vehículos particulares, dos patrullas de la Policía Ciudadana y una de la Policía Estatal Rural.

Aquí, el Ejército y la Policía estatal llegaron a las once de la mañana, cuatro horas después de que comenzó el ataque y de que los vecinos comenzaron a pedir la protección de la autoridad.

Los integrantes del mismo grupo atacante incendiaron casi simultáneamente cinco vehículos, entre ellos, una combi de transporte público de la ruta Chilpancingo-Filo de Caballos y cuatro compactos particulares, en la carretera entre Casa Verde y Xochipala.

Esa vez, pobladores de Filo de Caballos denunciaron que otra célula del mismo grupo armado proveniente de Tlacotepec, disparó a las tres de la tarde desde los cerros en contra de las viviendas de Carrizal, Puentecillas y El Ranchito, y que a esa hora aún no había llegado el Ejército ni la Policía Estatal para proteger a los ciudadanos que estaban abandonando las localidades, desde la mañana cuando supieron del ataque a La Laguna.

La batalla más cruenta ocurrió el 11 de noviembre en Filo de Caballos, cuando tres mil comunitarios del Frente de Policías Comunitarias del Estado de Guerrero de los municipios de Heliodoro Castillo, Teloloapan, Apaxtla, Cocula y Eduardo Neri, tomaron el pueblo.

La irrupción, que duró de las dos de la tarde hasta casi las siete de la noche, dejó por lo menos siete muertos, un número indeterminado de heridos, cinco de ellos del bando de la Policía Comunitaria, así como 30 vehículos y 20 casas tiroteadas durante más de tres horas de enfrentamiento, según versiones de los coordinadores de esta policía y vecinos de Tlacotepec.

Posteriormente, se supo también del desplazamiento de más de mil 500 personas, la mayoría niños y mujeres, no sólo de Filo de Caballos, sino de al menos otros nueve pueblos vecinos, los cuales todavía se refugian en el auditorio municipal de Chichihalco.

A pesar de las circunstancias en que se dio el enfrentamiento entre los tres mil comunitarios contra unos 100 civiles que les hicieron frente en la entrada del pueblo, no hubo la intervención de ninguna autoridad para frenar el encontronazo y evitar víctimas civiles que nada tienen que ver con el conflicto que se vive en la zona.

Los vecinos pidieron la presencia insistentemente de militares y policías estatales que estaban destacamentados en Campo de Aviación, a menos de 10 minutos de Filo de Caballos, según los testimonios, pero éstos entraron al pueblo cuando la toma se había consumado.

A partir de entonces, la zona se encuentra ocupada lo mismo que por comunitarios que por militares y policías estatales. Como si fueran del mismo bando conviven en el mismo pueblo.

Pareciera que la presencia de los segundos ya no inhibe a nadie. A pesar de las fuerzas desplegadas allí, la mañana del 19 de noviembre, civiles armados provenientes de Chichihualco atacaron un retén de la Policía Comunitaria de Tlacotepec, que forma parte del Frente de Policías Comunitarias del Estado de Guerrero, entre las comunidades de Filo de Caballos y Carrizal de Bravo, que dejó ocho heridos de la organización comunitaria.

El vocero del Frente de Policías Comunitarias, Salvador Alanís, informó que la gente armada de Chichihualco estaba apostada en Carrizal, y que atacó al grupo de policías comunitarios que estaban cuidando a la salida de Filo de Caballos.

Explicó que la intención de ese grupo armado era atacarlos por dos frentes porque por el lado de Los Morros atravesaron árboles de pino y un camión de la Coca Cola para evitar el ingreso de alguna autoridad.

El 23 de noviembre, otra vez, los civiles armados intentaron entrar a Filo de Caballos para desalojar a los policías comunitarios de Heliodoro Castillo que tomaron el pueblo desde el domingo11.

Pobladores de Los Morros y Campo de Aviación informaron vía telefónica que, entre ocho y media y nueve de la noche de ese mismo día, se volvieron a escuchar detonaciones en esos pueblos.

La guerra por el control de ese corredor de Xochipala a Filo de Caballos sigue. El número de muertos y heridos es incuantificable, porque no son sólo los que reconoce uno y otro bando, incluso la versión oficial. Hay cifras que se están ocultando.

Además, los daños más graves son las secuelas sicológicas que esta guerra está dejando en la gente, en el desplazamiento de cientos de familias de las comunidades de esta parte de la sierra, que aun cuando regresara, su vida ya no sería igual.

Las víctimas más sensibles y vulnerables son las que están en medio, las que nada tienen que ver con los dos grupos en guerra, por un lado, de Isaac Navarrete, El Señor de la I, líder del Cártel del Sur que defiende Chichihualco; por el otro, Juan Castillo Gómez, El Teniente, y Onésimo Marquina, El Necho, que defienden Tlacotepec.

En la vanguardia de los dos grupos, están los civiles aparentemente ajenos al crimen organizado, por el lado de Tlacotepec la Policía Comunitaria, mientras que por el lado de Chichihualco la Policía Ciudadana y civiles armados, que disfrazados, o realmente ajenos al conflicto armado, por igual sirven como carne de cañón de los intereses que están atrás de ellos.

Frente a los cruentos enfrentamientos de ambos grupos, apenas se ve una autoridad, omisa, negligente, simuladora, desempeñando un papel de dejar hacer y dejar pasar, mientras la mecha encendida sigue avanzando.

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