S U P L E M E N T O

Número 60. Año I. 29 de octubre de 2018. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

EL ABOLENGO NEGRO AFROMEXICANO NACIONAL [2/10]

excluido de las estampas más populares de la identidad nacional mexicana

Marco Polo Hernández Cuevas

La dimensión mestiza de nuestra danza...
origina del encuentro de lo indígena con lo español y lo negro.
Gloria Contreras

 

Los bailes jarochos, particularmente durante el periodo colonial,
fueron uno de los medios expresivos para la articulación de la conciencia cultural africana.
Anita González-El Hilali

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Como lo señala Carlos Fuentes, México «no es uno» sino «mil países con un solo nombre»: gente con diferentes herencias étnicas habita el país. En la actualidad, la mayoría de los mestizos mexicanos, la “minoría” más numerosa, habla varios dialectos del español como resultado de cientos de años de intercambio, voluntario e involuntario, entre gente de África, América, Asia y Europa. El así llamado mestizaje mexicano —o hibridación cultural— es una mezcla de mezclas. Sus abolengos africanos, originarios, asiáticos y europeos son todos resultados de previos amalgamientos étnicos. Al igual que con todas las culturas conocidas, la mexicana es una cultura de culturas que posee un juego propio de expresiones complejas para reforzar la identidad nacional.

En la introducción se mencionó cómo los mestizos más morenos fueron oficialmente blanqueados o prácticamente borrados de la memoria nacional. Se reveló que esto fue logrado mediante una campaña gubernamental de persuasión masiva a través de la educación pública, las artes y otros medios de persuasión de masas; y que fue una estrategia que creó una narrativa de nación que excluye el abolengo negro de lo mexicano. Se señalaron los elementos racistas encontrados en La raza cósmica, a partir de los cuales se desarrolló el prejuicio de no tener prejuicios, que forma parte de la ideología del mestizaje en México y cuyas graves consecuencias repercuten en el país entero hasta hoy y continúan dándole un toque colonial a las relaciones interétnicas mexicanas.

Este capítulo explora el plagio criollo de las contribuciones étnicas del negro al mestizaje mexicano. Expone que varias expresiones de la cultura popular encontradas en la danza, la canción, la comida y el lenguaje han “olvidado” su abolengo negro, mientras alegan ser expresiones de originarios y españoles exclusivamente. Este trabajo adopta el entendimiento de que los negros africanos llevados a innumerables puntos del planeta, incluyendo a México, fueron portadores de etnias que se remontan hasta hace dos millones y medio de años cuando menos; y que sus descendientes han modificado las expresiones culturales en los lugares en donde han estado o están. Cabe recalcar que la intención de este estudio es la de dar el crédito debido a quien corresponda: aunque el enfoque principal son las contribuciones negras africanas al mestizaje no se trata de restarle relevancia a ninguno de los otros abolengos, que son igualmente fundamentales para explicar lo mexicano.

Las estampas populares de la identidad nacional que se estudian en el presente capítulo son las bases para la construcción de una perspectiva que, aquí, en los siguientes capítulos y en trabajos futuros, facilitará la comprensión de la extensión del abolengo africano latente en el mestizo y en lo mexicano. Asimismo, coadyuvará la concepción de la manera en que este tipo de depuración étnica ocurrió y de los efectos colaterales que continúa teniendo para una identidad nacional que queda mutilada al negar, o no reconocer, parte primordial de su ser cultural. Con tal finalidad, inmediatamente después de presentar la perspectiva sobre las culturas populares adoptada, se verán brevemente tres de los principales troncos étnicos implicados en la configuración de lo mexicano actual: la civilización africana, la americana y la europea. Se argumentará que las etnias comprendidas en la formación del mestizaje mexicano eran mestizas en sí, antes de encontrarse unas con otras en la Nueva España. Enseguida, se analizarán los bailes y cantos jarochos africanomestizos del estado de Veracruz y la influencia que tuvieron en:  los sones de la Costa Chica, en Guerrero y Oaxaca; y las canciones y bailes del mariachi de la región de México, que incluye Jalisco, Nayarit, Zacatecas, Aguascalientes, Guanajuato, Michoacán, y Colima, una región que se extiende hacia el norte hasta Sinaloa y Durango y al sur hasta Guerrero.

El jarocho y el mariachi hoy son dos de las imágenes más reveladoras de lo mexicano dentro y fuera del país. Estos personajes aparecen en obras literarias, como Los bandidos de Río Frío (escrita entre 1886 y 1892) de Manuel Payno, El Zarco (1901) de Ignacio Manuel Altamirano, y Calvario y Tabor (1868) de Vicente Riva Palacio, entre otras que aún restan por ser leídas con un lente afrocéntrico.  Posteriormente se rastrearán los orígenes del menudo (un platillo típico mestizo) que aparece en La vida inútil de Pito Pérez, para prevenir traducciones parciales tales como la traducción al inglés que hace William O'Cord llamándole stew, guiso, o meal, comida. El menudo se deriva del mondongo, y es una comida típica mexicana que se encuentra en donde haya fandangos y mariachis.

Al final se disertará acerca del origen kimbundu del verbo chingar, como lo indica Rolando Antonio Pérez Fernández, quien además lo identifica como «una palabra clave», la cual para nosotros distingue al español mexicano de otros dialectos del castellano . Es del saber común que la palabra chingar es una de las expresiones más representativas del habla mexicana popular. El entender el origen africano de esta pieza de «poesía» (como llama Octavio Paz a esta voz), junto con otros fragmentos del rompecabezas mencionados antes, sirve de llave para la lectura de obras literarias de corte criollo, como El perfil del hombre y la cultura en México (1934) y El laberinto de la soledad (1950) desde una perspectiva afrocéntrica.

Antes de iniciar el análisis del legado africano a las culturas populares mexicanas, sería apropiado aclarar el significado de culturas populares adoptado aquí. Según Rowe y Schelling, la cultura de masas (el cine, la radio, los comics, las fotonovelas y sobre todo la televisión) y la cultura popular no son lo mismo. Sin embargo, reconocen su interrelación y explican que «cuando lo popular es definido no como un objeto, ni un significado o un grupo social, sino como una situación o, más acertadamente, como una serie de situaciones dispersas (reconocibles por lo que no son), entonces genera un principio de oposición a la idea, impuesta por el liberalismo autoritario o el populismo, de que la nación es un solo cuerpo».

Rowe y Schelling, además, insisten que «la noción de situaciones dispersas no es lo mismo que el pluralismo». El pluralismo consiste en una diversidad de intereses y le otorga al Estado el lugar de mediador. Dentro del pluralismo, el Estado tiene asignado un lugar neutral. Mientras tanto, el estudio de la cultura popular discuerda con «la asignación de una posición neutral ficticia al Estado», ya que lo que los Estados han hecho, como lo es el caso en punto, «es tratar de homogeneizar la cultura para consolidar el poder de las élites». Señalan cómo «la cultura es inseparable de las relaciones de poder». Desde esta perspectiva, un símbolo de la cultura popular deja de ser cultura popular cuando es asimilado por agentes homogeneizadores; por ejemplo: la idea de el charro y la china que hoy se tiene no es más que una representación blanqueada, por medio de la cultura de masas, de la otrora popular imagen africanamexicana del chinaco y la china poblana. A partir de la diferencia entre la cultura de masas y las culturas populares se pasará al resumen histórico de los troncos étnicos principales de la amalgama mexicana.

Según Luz María Martínez Montiel, en Negros en América (1992), la edad del hierro antecedió a la edad del bronce en África. Anota la autora que África es vista hoy como la cuna de la humanidad y de la civilización. A la vez, explica que la zona llamada negra en África careció de escritura por millones de años y que los medios de la narrativa y la expresión ideológica fueron desconocidos, pero que, no obstante, el proceso constante del pensamiento emotivo quedó grabado. Apunta Martínez Montiel que el africano desde la prehistoria produce tallados, pinturas, música y danza afines a las dinámicas visuales o auditivas que, más allá de una idea, manifiestan emociones humanas. También, indica que además del sistema egipcio, todos los demás sistemas africanos de comunicación de la época en que la trata y trafico europeo de africanas y africanos esclavizados sucedió, estuvieron basados en expresiones corporales y emotivas, o sea, en un tipo de comunicación que no es verbal.

La consideración detenida de lo anterior es fundamental para comprender que las y los africanos esclavizados, al igual que cualquier otro ser humano, eran entidades étnicas, y que, como cualquier otro ser humano, tratarían de proteger la identidad propia a todo costo. Además, los textos culturales contenidos en sus danzas y cantos, y en las danzas y cantos que se desarrollaron a partir del intercambio cultural que sufrieron en la diáspora, poseen una «voz» africana que va más allá de lo verbal y que, en el caso de México, es un grito de grandes dimensiones que todavía resta por ser escuchado e identificado, más allá de la jitanjáfora, por sus ideas completas universales grabadas en los rítmicos sonidos.

Las y los africanos esclavizados traídos a la fuerza por europeos a la Nueva España desde mediados del siglo XVI, conforme a Gonzalo Aguirre Beltrán, incluyeron esclavizados «blancos», «del levante» y «negros» que provinieron principalmente de una área de tres a cuatrocientos kilómetros de la región costeña del África Occidental entre los ríos Senegal y Coanza. Los esclavizados blancos habían sido capturados y llevados a la Península Ibérica durante las guerras contra Islam. La mayor parte de estas personas eran de Marruecos:  moros, beréberes, judíos y loros que llegaron al nuevo mundo acompañando a sus amos.

La entrada de estos infieles a la colonia española en América estaba prohibida por la iglesia católica en el siglo XVI, aunque esta prohibición no fue respetada siempre. Entre estos esclavizados estaban los beréberes mencionados, conocidos como unos de los primeros pobladores del norte de África en Trípoli, Túnez y Algeria, y se dice que son descendientes de los antiguos libios. Los libios, a través de los siglos, se mezclaron con los fenicios primero y, después, con los negros. Los moros son también el resultado de las mezclas entre varios grupos que, al entrar en contacto con los negros, «absorbieron considerable cantidad de color».

Los «negros verdaderos», que fueron la mayoría de esclavizados traídos a la Nueva España, igualmente eran mestizos de mestizos, descendientes del amalgamamiento de los diversos pueblos llamados negros, o de mezclas con árabes o europeos. Por ejemplo, Aguirre Beltrán, en La población negra de México menciona a los fula, gente que fueran originalmente caucasoides y que, después de mezclarse, se habían convertido en negros, los que fueron confundidos con los mandingos al ser llevados a la colonia. El número de grupos étnicos de los cuales proviene esta gente es demasiado grande para los parámetros aquí considerados, pero Aguirre Beltrán proporciona una cuenta detallada y, para el propósito inmediato, quizá sea suficiente mencionar que vinieron de Guinea, Sierra Leona, Sāo Jorge da Mina, Sāo Thome y Manicongo.

El abolengo europeo colonial del mestizaje mexicano origina principalmente de lo que hoy se conoce como el norte de África, la Península Ibérica, y posee un abolengo asiático también. Para aclarar la aparente confusión, discutiremos con brevedad la historia de los diferentes grupos que llegaron a poblar la Península Ibérica desde sus orígenes hasta el encuentro con América. Según John A. Crow, los iberos empezaron a llegar a la región hoy ocupada por España alrededor del año 3000 antes de Cristo. El autor los describe como una gente pequeña, enjuta y de complexión oscura. Más tarde, los fenicios, del grupo semita de la rama cananea, empezaron a hacer negocios en el área por el siglo XII a. de J.C. Se dice que fundaron las ciudades porteñas de Cádiz y Málaga. Los celtas empezaron a llegar del norte de Europa alrededor del 900 a. de J.C. y se asentaron en la parte norte de la Península Ibérica. Los griegos arribaron a España cerca del año 600 a. de J.C. «Al principio llegaron como comerciantes, pero luego establecieron varios sitios comerciales, principalmente a lo largo de la costa mediterránea y probablemente por la costa cantábrica del norte» (Crow).

En el siglo III a. de J.C., los poderosos fenicios de Cartago, en el norte de África, invadieron España bajo el liderazgo de Hamilcar Barca. El nombre de la ciudad de Barcelona proviene del nombre de este líder guerrero y Cartagena es un legado del mismo periodo. Para el 205 a. de J.C., los últimos cartagineses fueron vencidos por los romanos y regresaron a África. Los romanos dominaron y colonizaron España, y para el año 19 a. de J.C., «Hispania se transformó en el granero de Roma y en la provincia más rica del imperio» (Crow).  El imperio romano en sí era un mosaico de pueblos y culturas, y llegó a extenderse desde parte de lo que hoy es Inglaterra hasta el norte de África y partes de Asia. En el siglo V d. de J.C., los visigodos (bárbaros de origen germano) conquistaron Hispania, que estaba poblada ya desde el 409 d. de J.C. por los vándalos, los suevos y los alanos. Los visigodos echaron a los vándalos de España y del norte de África y dominaron España hasta el 711 d. de J.C., año en que los moros del norte de África inician la invasión de la Península. Los moros estuvieron en España por 800 años. No trajeron mujeres consigo y, por consiguiente, tomaron mujeres locales como esposas. Claramente, España nació de la mezcla de varias razas, pueblos y culturas. Por lo tanto, se puede precisar que los españoles que llegaron a América eran mestizos, tan africanos como europeos o hasta asiáticos.

La gente originaria (también llamada indígena) que poblaba el territorio que se convertiría en México era tan heterogénea como los invasores y los esclavizados. Y aunque las diferencias que existen entre los originarios hasta hoy hayan recibido poca atención (al igual que las diferencias que existen entre africanos o entre asiáticos), el hecho es que cuando llegaron los españoles, en México había un sinnúmero de naciones florecientes con largas historias y grandes concentraciones urbanas. Había gente originaria, tales como los aztecas, quienes habían conquistado y subyugado a otros y cuyo imperio cubría una vasta región para el primer cuarto del siglo XVI.

Así, la historia del encuentro de los originarios antes de su encuentro documentado con los europeos, africanos y asiáticos ha sido clasificada en tres periodos: el periodo Formativo, que data aproximadamente del 2000 a. de J.C. hasta el 100 d. J.C.; el periodo Clásico, que cubre desde el 100 d. de J.C. hasta el 900 d. de J.C.; y el periodo Posclásico, que inicia en el 900 d. de J.C. y subsiste hasta la llegada de los españoles. Durante el periodo Formativo, los olmecas ocuparon una región de las tierras tropicales de lo que hoy es Veracruz desde aproximadamente el año 1500 a. de J.C. hasta el 100 d. de J.C. Su influencia se extendió hasta Centro América y dejaron un legado cultural amplio. Una de sus más conocidas obras de arte es la colosal cabeza olmeca hallada en La Venta . El Periodo Clásico está marcado por la cultura que floreció en Teotihuacan, descendiente de los olmecas, entre el 300 y 600 d. de J.C., y la de los zapotecas, desde el 500 d. de. J.C. hasta la llegada documentada de los españoles, africanos y asiáticos.  Los zapotecas poblaron parte de Oaxaca.

Entre los años 800 y 1100 d. de J.C., después de que habían desaparecido los teotihuacanos, surgieron los toltecas nahua-hablantes. Tula (en lo que hoy es Hidalgo) fue su centro cultural, y su influencia arquitectónica se extendió hasta el sur de México. Alrededor del 900 d. de J.C. llegaron seis grupos más de nahuatlacas a la región central del también llamado Altépetl, y mientras deslindaban sus fronteras políticas, salió un séptimo grupo de Aztlán. Este último grupo estaba constituido en siete calpullis o clanes: los yopicas, los tlacochalcas, los huitzanahuacas, los chihuatecpanecas, los tlacatecpanecas, los izquitecas y los aztecas. Según la crónica Mexicáyotl, el dios Huitzilopochtli había juntado a los siete clanes y, antes de que partieran de su lugar de origen (desconocido hasta hoy), hacia el centro del territorio del actual México, les dijo que eran “mexicanos”. Después de muchas guerras y alianzas con los pueblos que habían llegado antes que ellos, estos mexicanos terminaron como prisioneros de guerra y lograron su libertad sólo después de derrotar a los xochimilcas y de llevar ocho mil orejas de sus prisioneros a los culhuacanos en 1323. Los mexicas o aztecas llegaron en 1325 a una isla en el lago Texcoco, la que se convertiría en el centro de su imperio. Hasta poco antes de la llegada de Hernán Cortés, el imperio azteca se extendió por todo el centro del actual México y por el sur, hasta el norte de Centro América. «Sólo los señoríos de Michoacán, Tlaxcala, Metztitlán, Yopitzinco y Tototepec eran independientes de México-Tenochtitlán» (Basáñez).

Los mayas (la otra cultura avanzada de Mesoamérica) se establecieron en la parte sur del actual México y poseen asimismo una larga historia, pero, para el siglo XV, las guerras entre mayas y otros grupos los llevaron a su destrucción y a su decadencia definitiva (Kattan-Ibarra). Hubo también otras importantes naciones en todo el territorio. Hoy, 56 grupos de los descendientes de las naciones originarias, cuyo número se supone que asciende a los doce millones, han sido identificados y hablan aproximadamente 289 lenguas. Según Patrick Carroll, hay dos maneras de entender el mestizaje mexicano: por un lado, existe la noción de que el linaje africano “desapareció” de la población en general, dado al mestizaje, como lo afirma el pensamiento basado en la ideología negativa de Vasconcelos. Por el otro lado, está la perspectiva del mestizaje positivo en donde hay una mezcla de culturas y todas son respetadas de igual manera (Jackson), lo que permite desarrollar una lectura alterna de la historia Mediante esta reconstrucción se puede observar que, como lo indica Carroll, «mucho tiempo después de finalizar el siglo xix... las castas habían llegado a ser casi la mayoría de la población»; en otras palabras, el elemento negro de los mexicanos seguía tan vivo como sus otros elementos. En suma, desde esta última perspectiva se puede ver que los mestizos mexicanos, la mayoría de la población actual, son tan descendientes de africanos, como de originarios o españoles.

En su libro de ensayos, Estampas de nacionalismo popular mexicano (1994), Ricardo Pérez Montfort cita a varios cronistas locales y extranjeros del siglo xix que describen la imagen del chinaco y la china bailando jarabe como cuadro representativo de la fiesta típica mexicana. Arturo Melgoza Paralizábal, en El maravilloso monstruo alado, un ensayo tamaño libro que incluye una entrevista con la coreógrafa Gloria Contreras, cita que la dimensión mestiza de las danzas populares, que la gente baila por todo México, tiene sus raíces en el punto en donde se encuentran las culturas prehispánicas, españolas y negras africanas.

Debe mencionarse que México no es la excepción en las Américas. Muchas de las músicas populares de todo el continente, sin importar que lenguaje europeo sea el vehículo, al igual que varias de las músicas populares mexicanas, poseen profundo abolengo negro africano. Entre estos ritmos podemos citar: la bomba, el calipso, la cumbia, el cumaná, la charanga, la guaracha, el jazz, el mambo, el merengue, la plena, el rhythm & blues (o rock ‘n’ roll, su nombre blanqueado), la rumba, la salsa, la samba, la sandunga, el socabón, el son, y el tango, además de muchos ritmos intrínsecos a las nacionalidades de cada uno de los lugares en donde se produjeron. Varios de los bailes coloniales citados por Melgoza, son mencionados en la Literatura perseguida en la crisis de la Colonia, (1958) de Pablo González Casanova. Sin embargo, el ensayo histórico de Casanova, como gran parte de la literatura de corte criollo del periodo, distrae la atención del abolengo africano de la música y canciones aludidas. El ensayo From Africanocuban music to Salsa (De la música africanocubana a la salsa), de Olavo Alén Rodríguez, y la colección de ensayos Africanodescendientes: Sobre piel canela, de Álvaro Ochoa Serrano, ayudarán a esclarecer más adelante la importancia del abolengo africano en la generación de las formas musicales populares mexicanas, un tipo de influencia que se empieza a gestar cientos de años antes de la llegada de los españoles a América, con la llegada de africanos a Europa y, en particular, a la Península Ibérica. Revela Rolando Antonio Pérez Fernández que «el negro no llegó por primera vez a América desde África, sino de España, y el mulato no fue un flamante producto americano, pues existía ya en España y Portugal. Y lo mismo puede decirse de sus músicas, que necesariamente tenían que haber experimentado ya en menor o mayor grado un proceso de transculturación».

. Esta cabeza olmeca, junto con la información sobre el fósil brasileño Luiza, revelado recientemente, reabren la página para la investigación de la gente pre-colombina en las Américas. Luiza, encontrada en el Brasil, es el cráneo de una mujer con rasgoscomo los de los aborígenes australianos (o sea, negroides) y se dice que data de hace 11.500 años. La cabeza olmeca posee rasgos reconocidos como africanos y, desde luego, fue producida mucho antes de la llegada de los españoles.

 

. Chino fue el nombre dado a los esclavizados asiáticos, fueran oriundos de China o no, traídos en el Galeón de la China, el que llegó por Acapulco cada año sin interrupción hasta la independencia. También cabe subrayar que en la región de Puebla el nombre china o chino fue aplicado a los hijos de negros y originarios.  En los siglos xvii y xviii decir mulato o chino era lo mismo. En el siglo xix, el nombre chinaco se le dio a los famosos guerrilleros que lucharon contra los franceses invasores. Además, en el México de hoy, pelo chino designa al pelo crespo.

 

. La palabra jarabe posee diferentes significados; en este caso describe un baile típico de México. El jarabe tapatío es uno de los jarabes más conocidos.

 

 

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