S U P L E M E N T O

Número 55. Año I. 10 de septiembre de 2018. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

Morelos en Zacatula

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Ignacio Manuel Altamirano

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El gran río que con el nombre de Atoyac nace, humilde, en las vertientes de la sierra de Puebla y que, descendiendo de la mesa central de Anáhuac, se dirige al sudeste de México, recibiendo el tributo de cien arroyos y torrentes que aumentan el caudal de sus aguas, toma en los profundos valles de la tierra caliente el nombre de Tlalcosauhtitlán, cuando pasa besando la orla de las montañas tlapanecas; después, el de Mezcala ,cuando se abre paso entre las sierras auríferas que limitan por el norte los planíos de Iguala y por el sur, los templados oasis de Tixtla y Chilpantzingo; más tarde, cuando, enriquecido con la confluencia de veinte ríos salvajes, hijos de las sierras de México, sigue el rumbo del sudoeste y penetra en las ardentísimas honduras de la Sierra Madre, cadena ciclópea que enlaza los Estados de Guerrero y Michoacán, y cuando caldea sus aguas en aquellas gargantas como en enormes galerías volcánicas, toma el nombre de río de las Balsas. Por último, cuando después de recibir el último tributo, el más grande, el de los dos ríos tarascos, reyes de las comarcas michoacanas, el de Tepalcatepec y el de Marqués, se dirige lenta y majestuosamente hacia el sur, para desembocar en el Océano Pacífico, es conocido con el nombre de río Zacatula.

Todavía después de la unión de los dos ríos tarascos, el padre de las aguas del sur se hunde entre las altísimas rocas basálticas de la Sierra Madre, que se dilatan hasta la costa y suelen bañar sus últimos crestones en las ondas del mar, todavía arranca en sus crecientes los árboles gigantescos de las obstinadas selvas, que revisten las arrugas de la gran cordillera; todavía arrastra en sus poderosas corrientes los restos de cien edades de la tierra, sepultados en el corazón de la montaña. Ese río es el zapador constante de los bosques vírgenes del sur y el compañero de la Sierra Madre hasta la costa. Al llegar a ella, cesa la lucha con las dificultades y las barreras; las colinas se deprimen, se suavizan; las dos enormes y ásperas cadenas de montañas que han ido flaqueando el río se bifurcan, se apartan en ángulo recto; la del oeste va serpenteando a formar la sierra de Maquilí, y la del oriente sigue a lo largo de la costa, sumergiéndose a veces en el mar o arremolinándose en torno de las alturas de Coahuayutla.

El río, al salir del intrincado laberinto de la sierra, desciende al hermosísimo aunque estrecho planío de la costa. Allí desaparecen como por encanto el carácter rocalloso de las márgenes y la vegetación de las grandes selvas que ha recorrido. La tierra ondula suavemente, tapizada por una yerba siempre verde, espesa y salpicada de flores. En las alturas, los mangles de la montaña más corpulentos, aunque menos bellos que los mangles de las marismas, son los únicos que elevan su enhiesta copa, enlazándose con los nazarenos y dominando los bosquecillos de ébanos que esconden en la sombra sus torcidos ramajes y sus hojas menudas. Los arrayanes inclinan al sol su espesa frente, que enguirnalda con dorados hilos, el choromo, perfumado la atmósfera con su aroma sin rival.

La vegetación de la costa, hija del rocío, del sol y de las brisas del mar, más bien que de la lluvia, recibe al rey de los surianos sobre una alfombra de flores y bajo un dosel de luz y de perfumes Ya cerca de la playa, el río también se bifurca, como el Nilo, y sus dos brazos majestuosos, transparentes, tranquilos, se deslizan por un plano inclinado imperceptible, con sus márgenes cubiertas de grandes y espesos árboles hasta el mar, en donde uno de ellos produce la Barra de Petacalco. Esta bifurcación del río forma un delta que es una maravilla de hermosura vegetal, un sueño de poeta. Un bosque espeso y sombrío lo termina a orillas del mar, un bosque en el que son incontables los árboles que se encadenan y confunden millares de lianas gigantescas, y en el que apenas se distinguen los palmeros por la esbeltez de sus troncos y la gallardía de sus copas, y los bananos, por lo compacto de sus grupos y por la anchura de sus frescas hojas. La luz solar penetra tenue y temblorosa en aquella mansión en que moran la frescura, el silencio y la muerte. El río parece entregar con sus dos brazos este paraíso al mar, que lo recibe con sus ondas de esmeralda.

Así entra el Zacatula en el Océano Pacífico.

 

Una tarde del mes de octubre de 1810, ya al declinar el sol, descendía por el camino que serpenteaba entre las colinas boscosas de la sierra que blanquea por el lado de oriente al río de Zacatula un grupo como de veinte jinetes. Dintinguíanse apenas en los claros del camino, volviendo a ocultarse entre la arboleda que revestía las últimas vertientes de la montaña, pero cuando bajaron a la llanura, cuando, al seguir del camino que costea la margen izquierda del río antes de dividirse, fueron bañados de lleno por la luz del sol poniente, pudieron ser observados con exactitud. Parecían campesinos de Michoacán y montaban magníficos caballos, algo estropeados seguramente por las fatigas de un viaje penoso y largo.

El que parecía ser el jefe caminaba a alguna distancia del grupo y sólo acompañado de un mozo, e iba a la sazón sumergido en una meditación profunda de la que no lo distraían ni la belleza admirable del paisaje, ni la singular perspectiva que presentaba el gran río convertido en una corriente de púrpura y de fuego, a causa de los rayos del sol, ni el concierto de las aves de la costa, ni el aspecto del cielo en esa tarde tibia y apacible. Este personaje era un hombre robusto, moreno, de regular estatura, de ojos de águila, cuya mirada profunda y altiva era irresistible. Su boca tenía ese pliegue que marca en los caracteres pensadores el hábito de la reflexión y en los grandes de la tierra el hábito del mando. Su traje y aspecto no revelaban a qué estado pertenecía. No era un jefe militar, porque en ese tiempo ningún criollo lo era, siendo este rango reservado solamente a los españoles. No era un eclesiástico, porque su barba negra y crecida, su gallardía para montar a caballo, su aspecto varonil y atrevido lo desmentían; pero no era tampoco un simple arriero, ni un pobre campesino, porque esa mirada, ese continente y esa comitiva proclaman muy alto que ese hombre estaba sobre el nivel de los demás y que ese cuerpo encerraba un espíritu poco avenido con las faenas de la servidumbre o con las tareas obscuras del campo.

Por otra parte, su traje era raro, inusitado en aquellas comarcas. Cubríase con una especie de alquicel blanco para guarecerse del sol, y cuyos embozos le cubrían parte de la barba. Llevaba un sombrero finísimo del Perú, y debajo de él, un gran pañuelo de seda, blanco también, cuyos extremos anudados flotaban sobre el cuello, abrigaba la cabeza, a la usanza de los rancheros ricos de esa época. Calzaba botas de campana, y bajo sus armas de pelo guardaba un par de pistolas. El negro caballo que montaba era soberbio y, a pesar del viaje, mostraba su brío avanzando a paso largo, por la pradera que limitaba la ribera del río.

El traje de su compañero, y de los demás jinetes de la comitiva, en nada se distinguía del que usaban los campesinos acomodados del sur de Michoacán. Chaqueta obscura de paño o de cuero, adornada de agujetas de plata, calzón corto de lo mismo, con botas atadas con ligas bordadas, y mangas dragonas azules con las bocas adornadas con flecos de plata o de oro, sombreros de alas anchas de color obscuro: tal era el traje de esos, al parecer, campesinos, cuyo aspecto se convertía en marcial por las escopetas, sables y pistolas que cada uno traía. Caballos y mulas de mano y otras con equipajes completaban el cortejo de aquel notable personaje.

El sol se había puesto ya, y la humedad, tan sensible en aquellos lugares y que comienza en el crepúsculo, hizo que todos los jinetes se abrigasen en sus mangas.

—Señor —dijo uno de los jinetes, dirigiéndose al personaje del que hemos hablado—, ¿llegaremos a buena hora a Zacatula?                                                                                           

El hombre misterioso pareció, al oír esta pregunta, que salía de su honda cavilación. Interrogó a su vez el horizonte y respondió con voz breve y metálica: —No estamos lejos del pueblo, y llegaremos al obscurecer. Adelántate y avisa de mi llegada a Martínez. El jinete se adelantó, y un minuto después se perdió entre las altas yerbas del camino.

 

Aquel hombre que así caminaba por aquellas soledades del sur, aún no perturbadas por los ruidos de la guerra, era algo más que un jefe militar, era más que un eclesiástico, mucho más que un grande de la tierra, era algo más que un caudillo… era el gigante de la Independencia de México… era el genio de la guerra… ¡DON JOSÉ MARÍA MORELOS!

Inspirado por su patriotismo y animado por su espíritu extraordinario, este hombre, «el más notable que hubo entre los insurgentes», se había dirigido a Valladolid cuando supo el paso de las huestes de Hidalgo por aquella ciudad, dirigiéndose a la de México, capital del Virreynato, y no encontrándolas ya allí, las había alcanzado en la hacienda de Charo, en donde, después de hablar con Hidalgo, recibió del padre de la Independencia, el nombramiento de lugarteniente y la misión de conquistar la fortaleza y el puerto de Acapulco. Sólo el nombramiento y la misión, «papel y rumbo», como dijeron después los insurgentes. Ni un elemento de la guerra, ni un soldado, ni una arma, ni un cartucho. Morelos no necesitaba de nada de esto que exigen los generales del vulgo; él era genio, es decir, creador, y todo iba a ser creado con la eficacia de su palabra y por la magia de su voluntad.

Los que lo acompañaban eran amigos escogidos entre los feligreses de sus curatos de Carácuaro y Nucupétaro, ¡Apóstoles confiados de aquella propaganda de patriotismo, de sangre y gloria! Una vez resuelto a llevar a cabo su misión sublime, había salido con ellos de las áridas montañas en que se escondían esos dos pueblos miserables de su curato y los llevaba consigo para emprender la predicación de ese Evangelio armado de la Patria Libre, que iba a ser la epopeya más gloriosa de las que registran los anales de México. Tal era el hombre que se aparecía por la primera vez en el campo de la revolución y en aquel valle de Zacatula, bajo las apariencias de un guerrero del Atlas, envuelto en su blanco alquicel y relampagueando en los negros ojos el rayo de la guerra y el anuncio de la victoria.

Las sombras habían invadido por completo la llanura. El grupo de jinetes apresuró el paso. A lo lejos se distinguían, entre un enjambre de luciérnagas que poblaban la yerba y los arbolados, las lejanas luces que se encendían en el pueblo de Zacatula, situado en la margen izquierda del río. En 1810, toda la comarca que corre el Zacatula, desde Ajuchitlán, en la tierra caliente, hasta el mar, pertenecía a la provincia de Valladolid. En la margen izquierda del río se veía ya el pueblecillo de Zacatula, que ha ido a menos, hasta ahora, a causa tal vez de la muchedumbre de barrios en que se ha divido y de la formación del pueblo de la Orilla en la margen derecha y que pertenece hoy también al Estado de Guerrero.

La Intendencia de Valladolid dominaba allí y tenía de guarnición en Zacatula algunas tropas realistas, al mando de un jefe. Estas tropas se formaban de lo que se llamaba entonces milicia, que eran compuestas de criollos en su mayor parte. En Zacatula, el jefe de estas tropas se llamaba don Marcos Martínez, y su milicia se componía de cincuenta hombres, vecinos del lugar, completamente inexpertos en el manejo de las armas, bisoños en el oficio militar, que, por otra parte, no habían tenido ocasión de poner en práctica. Afectos al Rey, como casi todos los milicianos de Nueva España, pero residiendo en el extremo sur del país, apenas habían llegado a sus oídos los rumores de la invasión francesa en la península, la prisión de los Reyes y la instalación de las juntas de España. En cuanto al movimiento de Hidalgo en Dolores, no era conocido. Algún arriero de Morelia había dicho algo de motín en Guanajuato, de un Cura que había gritado contra el mal gobierno. Pero se creía que pronto un golilla y un alguacil darían buena cuenta de ese tumulto de pueblo. El Rey era invencible, el Rey era la imagen de Dios y el Virrey era el representante del Rey. La horca iba a trabajar un poco, y eso era todo.

Por lo demás, ¿qué tenían que ver los pacíficos habitantes de Zacatula con todo eso? ¿Qué les importaba el tumulto de Dolores y el alzamiento de los indios? Ellos, los habitantes de Zacatula, eran mulatos y mestizos, hijos de españoles o de negros. En las costas del sur de las intendencias de México y de Valladolid no había indios, y los residentes, que eran advenedizos en la tierra, no llevaban en el corazón los dolores de la antigua patria herida y subyugada. Ni aún habían soñado en la nueva; jamás habían pensado en que esta parte de mundo americano podía ser libre y en que ellos podían estar al nivel de los españoles, dueños de la tierra y del mar, de los campos y del comercio, de las armas y de las llaves del cielo. Esos pobres costeños vivían con la vida candorosa e inconciente de los salvajes subyugados. El temor de la horca nos encadenaba; el terror del infierno los sometía. Eran un rebaño dominado por el subdelegado y el cura.

En la hora de que estamos hablando, no sentía ninguno de ellos germinar la idea de la Patria en su pobre espíritu y, sin embargo, la Patria iba a nacer en él, en transición, sin infancia, sin debilidad y sin lucha. La Patria nació en Zacatula, adolescente, briosa y hercúlea. ¿Quién iba a hacer ese milagro de magia y de genio? ¿Quién iba así a derramar la luz en un minuto, como la luz del Génesis? MORELOS, MORELOS, que al dar el toque de oración en la humilde iglesia de Zacatula, llegaba a las orillas del pueblo y hacia alto para orar y fortalecerse.

. AGN, Civil, V.1523. fs. 285r y ss.

 

. AGN, Tierras, v.3464.

 

. AGN, Civil, v.1523. fs. 285 y ss

 

. Motta Sánchez, J. Arturo, Fuentes de 1ª y 2ª mano relativas al mariscalato de Castilla, 1530-1865, (Índice provisional), México, AGN 2003, fichas: 7-9.

 

, AGN, Tierras, v. 3463, fs:107r-131r.

 

. AGN, Civil, v. 1523, exp. 1, fs: 24r–33.

 

. Barnett, M., Biografía de un cimarrón, México, Siglo XXI.

 

. No está por demás señalar que el distrito de Tlaxiaco era la segunda región azucarera en 1877 con 125,000 surcos, en tanto La Cañada alcanzaba los 325,000 surcos. Memoria presentada por el ejecutivo constitucional del Estado al H. Congreso del Estado el 17 de septiembre de 1877, Oaxaca, Imprenta del Estado, 1877.

 

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