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LA ODISEA INDÍGENA DE SOBREVIVIR EN ACAPULCO

Vendedores ambulates indígenas. Discriminación. [Foto: Kau Sirenio]

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Caminar en las calles de la colonia Alborada 19, de Acapulco, es como recorrer los caminos agrestes de la montaña de Guerrero. Lodo, baches, arbustos, polvo, el zumbido de los enjambres de zancudos que vuelan a las orillas de las barrancas y falta de servicios básicos, como médicos, agua potable, drenaje y transporte público.

Las casas de esta colonia son de madera, de palapa y de lámina de cartón y una que otra de material. Las familias comparten entre ellos: el trabajo comunitario, la venta de artesanías, que les provee lo necesario para subsistir en la ciudad turística y violenta.

Pero más alla de la precariedad de este asentamiento indígena del puerto, sus habitantes viven una constante discriminación por su forma de organizarse y hablar. «Esos montañeros que hablan raro», los llaman en la Alborada.

Para hacer frente a este problema, los migrantes indígenas se organizaron para crear escuelas primarias bilingües para que sus hijos tengan un espacio donde estudiar sin ser discriminados, donde ellos puedan hablar su lengua materna sin que nadie los menosprecie por ello.

«En nuestras escuelas tratamos de enseñar nuestra lengua, para que otros niños puedan hablarla, aunque sea para saludarse entre ellos», dice la directora de la escuela primaria bilingüe indígena Acamapichtli, Antonia Yeti Vázquez.

Agrega: «Esta escuela es indígena y hablamos nuestra lengua materna, por eso les pedimos a los padres de familias no indígenas que nos ayuden enseñando a sus hijos, el valor de la diversidad lingüística. Además, hemos hecho un esfuerzo para que todos entonemos nuestro himno nacional (en lengua indígena».

Nacida en el municipio de Zitlala, Montaña baja, la profesora dice que en la colonia viven en su mayoría indígenas migrantes de los municipios como Metlatonoc, Cochoapa el Grande, Chilapa y Zitlala, que viven condiciones paupérrimas y discriminados. «El problema que enfrentan los paisanos es la discriminación por hablar su lengua materna. Por eso muchos de ellos ya no quieren enseñar a sus hijos su lengua, para no vivir en la misma situación».

La migración de indígenas hacia Acapulco inició en los años sesenta, en la época de oro, y el empuje de la construcción de hoteles en la populosa Costera Miguel Alemán. Además, la falta de servicios en las comunidades de origen como escuelas, centros de salud, agua potable, drenaje y empleos.

Los hombres llegaron primero al Paraíso del Pacifico a construir hoteles y viviendas de interés social en la colonia Alta Progreso e Infonavit; les siguieron las mujeres, quienes se emplearon de trabajadoras domésticas. Ya con el boom del turismo se asomaron los artesanos; y a todos ellos, siguieron los maestros bilingües para fundar escuelas primarias indígenas con el fin de fortalecer la ya menguada lengua materna.

En la lucha por sobrevivir en un entorno que no es el suyo, los migrantes indígenas fueron víctimas de la policía municipal de Acapulco, que se ensañó con los comerciantes ambulantes que vendían sus artesanías. Los comerciantes que resistían al atraco policiaco eran enviados a los separos policiacos sin derecho a interpretes.

Las detenciones arbitrarias en contra de los vendedores ambulantes en la playa, los llevó a organizarse en varios frentes, tanto para demandar servicios públicos para las colonias populares, como para exigir el cese al hostigamiento policiaco en contra de los comerciantes ambulantes.

Así nacieron organizaciones como: Unión de Indígenas Radicados de Acapulco (UIRA), Federación de Artesanos y Comerciantes Indígenas del estado de Guerrero (FACIEG), Fondo para Indígenas Migrantes de Acapulco (FIMA), Coordinadora de Indígenas Radicados en el Municipio de Acapulco (CIRMA) y la Unión de Vendedores de Grupos Étnicos (UVGE). Varias de estas agrupaciones fueron utilizadas por los partidos políticos como el PRI, el PRD y el PT.

La organización que logró mayor penetración entre los migrantes fue la UIRA, conformada por profesores y universitarios indígenas, al grado de que en 2002, los migrantes plantearon a los candidatos a la presidencia municipal de Acapulco, la creación de una Dirección de Asuntos Indígenas para atender las problemáticas educativas y de salud en las colonias indígenas.

Durante el proselitismo electoral, la dirigencia estuvo más a lado del candidato del PRD, Alberto López Rosas.

Al triunfo del PRD, se crea la Unidad de Asuntos Indígenas (UAI) del Ayuntamiento de Acapulco, pero sin presupuesto de operación; además, subordinada a la Secretaría de Desarrollo Social.

El primer jefe de la UAI, Regino Díaz López, organizó a los profesores bilingües para que encuestaran en sus centros de trabajo a los padres de familias para saber la demografía indígena en Acapulco.

La encuesta de la UAI de 2003, quedó así: 10 mil 269 indígenas migrantes, distribuidos en: náhuatl, 3 mil 805; ñuu Savi (mixteco), 3 mil 100; me’phaa (tlapaneco), mil 310; ñom’daa nankue (amuzgo), mil 173; binizaa (zapoteco), 364. Y otros no identificados 517.

El supervisor escolar de la zona 085, Rogelio Solano Lorenzo, cuestiona el censo: «En el puerto de Acapulco vivimos más de 30 mil migrantes. Que no nos quieran reconocer es porque así le conviene al actual gobierno municipal. Reconocernos implica presupuesto y política pública diseñada para atender las demandas históricas de los indígenas».

Agrega: «En la colonia Ampliación Unidos por Guerrero, desde 2004 pedimos que nos reconocieran nuestra comisaría que impulsamos por usos y costumbres, y no lo hicieron. El actual senador por Morena Félix Salgado Macedonio, cuando fue candidato a la alcaldía hizo la promesa, pero no cumplió; lo que sí hizo fue dividir la colonia y el proyecto terminó en Comité Ciudadano Indígena, ahora controlado por mestizos».

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Después de recorrer en su coche las calles angostas de la colonia Nueva Generación, por fin Rogelio Solano llega a la escuela primaria bilingüe indígena, Cuitláhuac. La fachada del plantel se ve como cualquier casa, ni siquiera el nombre la escuela aparece en la pared. Un policía solitario resguarda la puerta del edificio con un tolete.

–Como ves, esta colonia es parecida a la comunidad de Joya Real, municipio de Metlatónoc, por sus calles y la falta de servicios público –suelta a bocajarro Rogelio Solano.

Un cuarto de hora después de que el supervisor ingresó al plantel sonó el timbre que anunció el inicio del nuevo ciclo escolar. De inmediato, maestros y alumnos se organizaron para los honores a la bandera.

La escuela carece de sanitarios dignos y de espacios para el deporte; tampoco tiene dónde descansar en el recreo. El área donde hacen honores a la bandera es de un pasillo que divide los dos edificios, que apenas alcanzan los tres metros.

Cuatro niñas y dos niños integran la escolta escolar de la Cuitláhuac; después de hacer malabares en el pequeño espacio que ocupan para homenajes, se entonó el himno nacional en tres lenguas maternas y en español.

Ataviado con uniforme blanco, como si fuera su primera comunión, Alejandro García tomó su posición y empezó a tres tiempos, para cantar la primera estrofa en náhuatl, la siguiente en me’phaa; de ahí siguió en tu’un savi. Al final cantaron en español.

Antes de la retirada del lienzo tricolor vino una alumna de sexto grado a repetir el juramento a la bandera, también en cuatro lenguas, tres maternas y el español.

Cuando los alumnos de sexto grado terminaron con el programa cívico, vino la intervención de la directora de la escuela, Eliodora Rea Hilario. «En esta escuela hablamos nuestra lengua materna; además, enseñamos a los no hablantes que quieran aprender nuestra lengua, como vieron en el homenaje se entonaron en cuatro lenguas. Esto nos hace diferentes a las demás escuelas, porque cuidamos nuestra identidad cultural», explica.

«Para nosotros –agrega–, es muy importante que ustedes nos ayuden con sus hijos en la casa, que les enseñen nuestra lengua. A los no hablantes les pedimos que no llamen dialecto a la lengua materna, porque ese lenguaje es racista y nos discrimina».

Aquí, los niños prácticamente perdieron su lengua materna, que es parte de su identidad. Quizá por la discriminación que sufren, los padres ya no enseñan a sus hijos hablar su lengua, además de que las pocas escuelas bilingües indígenas que funcionan en las periferias están deterioradas por el abandono gubernamental.

Rogelio Solano dice que los padres dejaron de enseñar la lengua a sus hijos por el dolor que ellos sufrieron. «Los indígenas padres sufrieron muchas humillaciones hace tiempo, cuando ellos iban a una dependencia de gobierno no los atendían; cuando el gobierno se reía de ellos o cuando eran detenidos arbitrariamente, nadie los asesoraba ni los traducían a su lengua. Por eso no quieren que a sus hijos les pase lo mismo. Ese es el temor».

Afirma que la educación es cada día más castellanizada, en lugar de promoverse el rescate de las lenguas indígenas. «Porque la política educativa en México es para desindianizar el país».

Mientras que la directora de la escuela primaria Ve’e Savi de la colonia Ampliación Unidos por Guerrero, dice que los tres niveles de gobierno poco hacen por las escuelas indígenas: «Nos tienen en el abandono, no hay apoyo, las becas son escasas. En esta administración que termina no recibimos nada. Lo único que hicieron fueron los bebederos, pero es una obra inconclusa; aun así, la estaban entregando; como no les firmé se fueron muy enojados».

Agrega: «La obra, no me la presentaron como bebedero cuyo costo es de 171 mil 333 pesos; sin embargo, en el documento de entrega de recepción de la obra, aparece la construcción de un comedor escolar, por eso no les firmé. Es la megaobra que hizo el ayuntamiento de Acapulco en esta escuela».

 

***

 

Para autoemplearse, los indígenas se reparten el trabajo, mientras unos fabrican las artesanías en casa, otros recorren la costera y la playa ofreciendo sus productos. Todos los integrantes de la familia trabajan, hasta los menores aprenden el oficio. Los padres presumen que, en caso de quedar huérfanos, los niños ya saben cómo sobrevivir. Siempre se enorgullecen de que sus herederos no sean delincuentes y de ser, tal vez, el grupo social más limpio en problemas judiciales.

La mayoría de los que viven en las colonias indígenas vienen del Alto Balsas (nahuas), Copalillo, Zitlala y Chilapa; los ñuu savi son de los municipios de Cochoapa el Grande, Metlatónoc, Xalpatlahuac, Atlamajalcingo del Monte, Copanatoyac, Tlapa, San Luis Acatlán, Ayutla e Igualapa; mientras que los me’phaa migraron de los municipios de Malinaltepec, Tlacopa, Iliatenco, Acatepec y Zapotitlán. Y los ñom’daa nankue provienen de los municipios de Tlacoachistlahuaca y Xochistlahuaca.

Unos asentados en los barrios históricos como La Guinea, La Lima, La Pinzona y El Manzanillo; y en las colonias Chinameca, Hermenegildo Galeana, La Base, Ciudad Renacimiento, La Sabana, Nueva Generación, Ampliación Unidos por Guerrero, Sinaí, la Frontera, Alborada 19, Coloso, Colosio, La Venta, La Parota y La Libertad. En El Treinta, El Bejuco, Tres Palos, 10 de Abril, San Pedro las Playas, Puerto Marqués, San Martín El Jovero y Los Órganos de Juan R. Escudero.

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