DESQUCIOS Y RESQUICIOS

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Cuando Salomón de la Selva escribió El soldado desconocido para relatar las vicisitudes de la guerra que le había tocado vivir, nos dio una aproximación al infierno con detalles que por momentos podían llegar a ser sublimes a pesar de su crueldad; por ejemplo en aquel verso que describe el efecto de la explosión de las granadas como «espirituales árboles de tierra». Por supuesto no se trató de la primera ni de la última vez en que un escritor hubiese introducido el horror de lo mortífero al ámbito poético. La lista es larga porque es casi continua la experiencia de la confrontación armada. La lucha por el poder ha hecho de la historia una relación de hechos sangrientos que se suceden casi ininterrumpidamente.

Definir la literatura de una nación se basa por principio en incorporar al lenguaje escrito las gestas inevitables de un pueblo que defiende o impone su identidad. Y aunque esta afirmación pareciera a primera vista únicamente una reflexión del pasado, lo cierto es que ese proceso no se detiene sino en la imagen institucionalizada que cualquier Estado necesita para racionalizar su propia existencia. Los vencedores eventuales en la lucha de clases deciden qué versiones de los hechos violentos serán incorporados al periodismo o la literatura promovidos oficialmente y cómo serán presentados ante la población no inmiscuida de forma directa.

Y con esto no me refiero sólo a los gobiernos de países que, por encontrarse en conflictos internacionales, pretextan razones de seguridad interna para aplicar censura o represión en contra de sus comunicadores, luchadores sociales e incluso artistas. Sobre todo hablo de naciones donde la clase dirigente declara a su sociedad un estado de paz que los hechos violentos difundidos por medios no convencionales contradicen. Lamentablemente México está en la actualidad en ese caso. Señalar, en estas circunstancias –aun en la literatura–, los turbios procedimientos de la clase en el poder para depredar los recursos que aún pertenecen a la colectividad y sus efectos en la degradación de la vida social, equivale a enfrentar –por lo menos– una maquinaria cultural hecha para acallar lo que se opone a su propia preservación y reproducción.

Para controlar la disensión, aun antes de que aparezca, el sistema se vale sobre todo de dos tácticas: la segregación y la cooptación. Pero ambos mecanismos tienen que ver con los criterios utilizados para validar la obra de quienes serán incluidos en los medios de difusión tradicionales que usa el sistema cultural oficial. Aquellos que no son aceptados por los grupos que lo dominan, son invisibilizados, segregados o ignorados. La cooptación se basa en la utilización de un pequeño porcentaje del erario para crear una diversidad de ofertas de «apoyo» económico (becas, premios, publicaciones, etc.) dirigidas a creadores artísticos que, para obtener dichas ayudas, tienen que competir en procesos de selección frecuentemente enturbiados por corruptela similar a la que se da en cualquier institución del Estado.

       El peor efecto de esta situación es que el artista se ve obligado a considerar la autocensura como un requisito básico para tener alguna posibilidad de conseguir sus aspiraciones económicas. De ese modo, si los tiene, llega a limitar o eliminar el uso de conceptos que, deduce, pudiesen hacer que los seleccionadores desecharan su obra. Por supuesto hay excepciones tanto en el manejo de recursos que algunos pocos funcionarios, sobre todo de bajo nivel, intentan canalizar de manera desprejuiciada, como en el ejercicio genuinamente independiente e incluso crítico de la actitud creativa que hay en algunos autores. Una de ellas es el libro que a continuación comentaremos: Desquicios / Cuerpos en llamas, del poeta Carlos Fernando Ortiz Zúñiga.

«¿Cómo es posible el silencio entre la destructiva risa del fuego?», nos plantea, aunque no desde el principio, el autor de este conjunto de poemas duros y cortantes, pero también transparentes, lúcidos, quizá como un modo de comunicarnos el sinsentido de una cotidianidad llena de estruendos y silencios quemantes, angustiosos. Un poco a la manera en que Vallejo se preguntó cómo escribir del infinito después de que hemos visto a alguien buscar huesos (de desaparecidos), cáscaras, en el fango (del cinismo oficial). ¿Cómo no detenerse a reflexionar acerca de la oscuridad reinante antes de que no sepamos diferenciarnos de ella? Sobre todo cuando vamos por las calles «con el corazón quebrado».

Este libro nos presenta un conjunto de ideas versificadas que tal vez hemos pasado por alto, aunque desde hace mucho estaban aquí: «la ciudad poseía sus propios demonios», declara el autor, negándole al ser citadino una inocencia nacida de la falta de auto crítica y poco después nos propone un espacio mítico donde desarrollar una alegoría de la decadencia: «Curutá es el ensayo del dolor, / la infinitud del vacío». Y Curutá, casi desde el principio se convierte en toda ciudad que ha sido reducida a ruinas, material o simbólicamente. Encontraremos en ella fragmentos de Guernica, de Santiago de Chile, de Nueva York, Chilpancingo, Acapulco y todos los sitios que han recibido un bombardeo de cargas de odio para desaparecer los sueños del ser humano y los pocos vínculos que una sociedad alienada por los Aparatos Ideológicos del Estado permiten en una población intoxicada desde la infancia por las ideas de competitividad, eficacia y éxito a toda costa. 

El número once y el mes de septiembre son recurrentes en el libro, supongo que para recordarnos dos aspectos de una misma fecha: «No hay septiembre de miedo, / ni otros meses marcados antes de los once primeros». El horror de los aviones estrellándose en Nueva York se parece al causado por los que bombardearon el palacio de la Moneda, en Chile, pero no es igual. Quizá expresar esa diferencia podría ayudar a resolver “la compleja ecuación de los hombres”.

«Los desaparecidos murmuran: / los espejos son puertas / que trascienden la miseria de antes». Es decir: aquí nunca ha dejado de haber miseria, no pobreza, como prefieren matizar las voces oficiales: miseria, y son los miserables los que, casi siempre, padecen la violencia «mientras la ciudad es sitiada / por los rezos ahogados de los asesinos». Pero Carlos Ortiz también comprende que, lamentablemente, alzar la voz cuando la impunidad permite cualquier exceso es casi una ilusión: «Una caravana de mudez / peregrinará por los escombros».

Por eso un libro como éste se convierte en un resquicio por el que tal vez algunos vean que intentar no dejarse contagiar de olvido tiene mucha razón de ser, pues «bajo el reino de las ratas» «el miedo habitará la memoria». Y de ese modo también se perdería «el porvenir de los que habitan / la memoria entre objetos perdidos». «Habla, no calles” nos suplica y él mismo se cuestiona el sentido de lo inmensurable: “La muerte sirve para reconocer el vacío». Quizá la poesía podría ser útil para algo más que conseguir estatus.

Pero no estoy hablando de la utilidad testimonial que pudiese generar respuestas políticas (aunque tampoco la desecho) sino del cuestionamiento interno que nos pudiera ayudar a resolver una imagen poética cualquiera: «el pensamiento es un gusano carcomiendo la aurora». Mientras la realidad allá afuera dista mucho de ser pacífica y progresista: «todo se encuentra tranquilo, en paz, como un nocturno y un adagio, un puñal en el costado». ¿Qué somos quienes sobrevivimos en este espejismo en el que «el vacío es el nuevo principio»? Algo al respecto nos recuerda el poeta: «tu nombre es lo último que queda en pie». Y de ahí tal vez podamos volver a construirnos, lenta y fatigosamente, como sociedad: «Curutá renacerá como / un ángel con la ferocidad de un demonio».

Ya que el Poder se sirve de la palabra para sustentar sus argucias contra el bien común (reformas estructurales, macroeconomía, estabilidad financiera…) la poesía tiene la posibilidad de, por lo menos, no rendírsele y nombrarlo como es: «Hay un imperio de palabras sostenido en la mentira»: «los notables asesinos firman convenios ocultos».

Pienso, además, que en este libro ha germinado como pocas veces la esa sustancia misteriosa que a falta de mejores recursos identifico con «lo poético». Incluso me atrevo a “blasfemar” (para disgusto quizá de «hipotéticos» poetas ególatras y sectarios) sugiriendo que la poesía contemporánea en nuestro país (quiero decir: la que viene desde las más ondas preocupaciones éticas y estéticas) se pudiera alegorizar con este verso del libro Desquicios / Cuerpos en llamas: «la frágil flor que nace sobre la tumba».

 

 

* Este texto fue leído por el autor hace un tiempo en una presentación de la obra de Carlos Ortiz.

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