S U P L E M E N T O

Número 45. Año I. 11 de julio de 2018. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

LOS ORÍGENES DE LAS REBELIONES NEGRAS EN EL MÉXICO COLONIAL [2/4]

Ngou-Mve Nicolás

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La experiencia del África Bantú

 

as autoridades coloniales establecieron una relación estrecha y evidente entre la intensificación de la rebelión negra y el flujo de negros provenientes de Africa. Paradójicamente, al mismo tiempo que inquietaban a los españoles, los negros se habían convertido en indispensables para el funcionamiento de la economía de la colonia. Con los años, las demandas de trabajadores africanos se multiplicaron, en particular en la importante producción minera en la que la mano de obra india, sometida a las más terribles epidemias, empezaba a disminuir. Los mineros ejercieron gran presión sobre las autoridades centrales españolas con objeto de procurarse los millares de trabajadores africanos que, en 1580, consideraban como la fuerza capaz de enmendar la situación. Así tomaron forma, frente a esta demanda planteada a nombre de la eficacia, las ideas que dieron a la trata novohispana de negros un desarrollo inaudito. Por un lado, estaba la idea de restablecer una colaboración trasatlántica directa entre las colonias españolas de América y los negreros portugueses de África y, por el otro, la de elaborar contratos monopolistas que permitían a los negreros más solventes proporcionar a los colonos españoles toda la mano de obra africana que solicitaran. De este modo, aparecieron los asientos. De 1595 a 1640, estos contratos fueron monopolizados por los negreros portugueses, particularmente por los fincados en Angola. Éste fue el período llamado de los asientos Portugueses, durante el cual fueron enviados al puerto de Veracruz, más de 100 mil trabajadores africanos, de los cuales el 90 por ciento era originario del África Bantú, un país culturalmente homogéneo, pero sometido a las transacciones negreras de los colonos portugueses, contra las cuales la población se resistía desde el siglo XV.

La inquietud de los colonos españoles estaba evidentemente fundamentada, pues los actos de rebelión y sobre todo de cimarronaje de los negros se multiplicaban, para alcanzar su paroxismo durante las dos primeras décadas del siglo XVII. Es sorprendente que los historiadores interesados en este problema no hayan encontrado nunca una relación de causa-efecto entre esas dos condiciones: por un lado, las rebeliones y el cimarronaje, y, por el otro, la concentración simultánea de la trata negrera en el África Bantú. Al contrario, lo que se ha creado es una tradición que presenta a las rebeliones negras de América como primitivas, iniciadas por soñadores que acariciaban la idea de volver a su África natal. Bajo esta óptica se concibe a los africanos como si hubieran sido incapaces de darse cuenta que habían llegado a una nueva tierra después de un largo viaje, después de haber atravesado el mar. Los recuerdos y la nostalgia, es cierto que debían agobiarlos, pero entre estos recuerdos, las vicisitudes de la lucha contra la trata de negros debían ser justamente los más vivos. Es evidente que estos hombres, mujeres y niños, introdujeron a México la experiencia que habían acumulado en la lucha contra la dominación europea.

 

La trata, la guerra y la fuga

 

Debemos recordar que, en efecto, desde el siglo XV, los portugueses habían ligado a su presencia en África Central y Austral, tres actividades normalmente incompatibles: la evangelización, la guerra y el comercio. Después de la conversión de Manikongo, Nzinga-a-Nkuvu, al catolicismo en 1491, la incompatibilidad de estas tres actividades no dejó jamás de inquietar a los africanos. Es cierto que el sucesor de Nzinga-a-Nkuvu consintió más abiertamente la fe cristiana, bautizándose como Alfonso I (1506-1543) y haciéndose presente ante su “hermano real de Portugal” con el envío de algunos servidores en 1512, pero acaso ¿no terminó él también indignándose por el desarrollo de esta contradicción que tenía lugar en su reino, al ver que los enviados de un dios de amor se encarnizaban tanto en hacer la guerra, en vender y comprar a los adeptos del mismo dios, su hermano? En 1526, Alfonso I comienza a quejarse de las actividades portuguesas en el Congo. Pero a pese a dichas reticencias, el comercio, y particularmente el de hombres, se impuso poco a poco. Después de él, don Diego I (1545-1561) firmó otra vez en 1547, con su “hermano de Portugal”, un acuerdo para limitar la trata a una quincena de navíos por año. La violación de este tratado provocó la ira de Manikongo y la expulsión de los portugueses en 1555.

En efecto, desde 1548 la ruta comercial que relacionaba Luanda al mercado de Mpombo, entre los Tékés, se encontraba ya en manos de los pumbeiros, los negreros portugueses, lo cual hacía a Luanda el principal puerto negrero de África. La expulsión de los portugueses del Congo en 1555 les dio la oportunidad de aproximarse a Ndongo, reino vecino situado entre los ríos Dande y Cuanza, que ellos transitaban desde hacía buen tiempo. Así principió el establecimiento portugués en el Ndongo, rebautizado más tarde como Angola. Gracias a oportunos tratados de vasallaje, los portugueses convirtieron a muchos jefes locales del Ndongo (llamados sobas) en fieles aliados militares, que fueron muy útiles en lo que se denominó la Conquista de Angola, una penetración militar en el curso de la cual se edificaron fortalezas a lo largo de los ríos Cuanza y Lukala.

Después de una feroz resistencia, el Ndongo fue vencido en el año 1620, pero la hermana de su soberano rechazó someterse a los portugueses y tomó el título de reina, la reina Njinga. La resistencia armada de esta mujer contra la penetración portuguesa duró hasta su muerte, en 1663; esto marcó la historia política, económica y cultural de Angola, es decir, del África Bantú.

Instalada en el puerto de Luanda, la trata negrera comenzó a ser notable respecto a otras actividades portuguesas en África Central. Al generarse resistencias por todos lados, en la trata de negros fue necesario utilizar la violencia y el recurso a la guerra como medios más seguros para hacerse de prisioneros y, por lo tanto, de esclavos. La búsqueda de estos prisioneros fue el verdadero objetivo de la guerra impuesta por los portugueses, la cual se propagó al interior del África Bantú; al extenderse, se multiplicaron también las luchas, los ataques a mano armada, el bandolerismo y la violencia. Con el debilitamiento o la destrucción de los principales reinos de la región, surgió la inseguridad de las personas y la inestabilidad política. La disminución de la mano de obra provocó hambrunas, las que, a su vez ,fueron agravadas por epidemias, sequías y otras calamidades.

Ante este contexto de violencia y de inestabilidad generalizada, aparece entre los bantús un fenómeno particular, la huida. En el África Central y Austral de los siglos XVI y XVII, este hecho no fue solamente una acción de los esclavos, sino también de las persona libres e, incluso, de los miembros de las élites políticas. Algunas veces, comunidades enteras abandonaban su lugar de origen y, para huir de las tropas que se aproximaban, buscaban abrigo en los lugares de difícil acceso. A esto, Simao Souindoula lo designa, con justo título, como las migraciones guerreras.

En efecto, la huida no era una actitud de cobardía. Al contrario, desde el punto de vista militar, fue una maniobra defensiva que se difundió en África Central, al mismo tiempo que en toda la cultura guerrera inspirada por la presión militar portuguesa. El mejor ejemplo de ello es el recurso generalizado a la terrible eficacia guerrera de los Jagas, los especialistas africanos de la guerra. La utilización repetida y satisfactoria de estos grupos militares especiales, tanto por los africanos como por los portugueses, condujo a varios soberanos y a muchos pueblos a adoptarlos definitivamente, junto con sus técnicas guerreras y su modo de vida, integrándolos en sus centros de decisión y en el seno de sus elites. Hasta hoy día, en algunas regiones de África hay muchos pueblos Jaga, Yaka, o incluso Bajag, que se consideran a sí mismos como los verdaderos descendientes de los célebres guerreros Jagas. Otros pueblos que no se sentirían jamás Jagas, como los Fangs, tenían una reputación guerrera bien cimentada. Los guerreros Fangs del siglo XIX se parecían extrañamente a los guerreros Jagas de los siglos XVI y XVII según Annie Merlet.

Por extraordinarias que nos parezcan en la actualidad estas supervivencias, no dejan de ser reveladoras por el papel que representaron no solamente los Jagas, sino en general la trata de negros con sus corolarios en la formación y difusión de toda una cultura guerrera en África Central y Austral. Tales supervivencias demuestran, sobre todo, la profundidad de las huellas que dejaron en nuestras mentalidades por la presión militar portuguesa. Entre estos rasgos destacan la huida y el desplazamiento de guerreros, hechos que los cautivos Bantús no podían olvidar enseguida, después de su llegada a América. Al contrario, hemos subrayado que los negros cimarrones, una vez establecidos en alguna parte de la sabana, utilizaron la huida de manera sistemática como parte de su estrategia defensiva. La expedición punitiva española llegaba siempre muy tarde. De este modo, los atacantes se desquitaban destruyendo todo lo que encontraban en el campamento.

 

La huida de esclavos, origen del cimarronaje

 

En África Central, en un contexto de desórdenes y de violencia, se sitúa un fenómeno todavía más particular y directamente relacionado al cimarronaje novohispano: la huida de esclavos, cuyo análisis detallado permite comprender que el cimarronaje, como otro de los tantos aspectos de la vida de los negros en América, tenía sus antecedentes y orígenes en África misma. En efecto, el tráfico negrero que se desarrollaba entonces en África no servía sólo para exportar hombres y mujeres más allá del Atlántico. Muchos de ellos permanecieron en su lugar de origen, empleados como esclavos en ciudades como Luanda o sus alrededores. Al servicio de amos portugueses, los esclavos negros trabajaban sobre todo en el servicio doméstico, en la agricultura o en las fuerzas armadas. Sobrexplotados y maltratados, se evadían frecuentemente en cuanto las condiciones lo permitían.

La huida de esclavos ocurría en el momento en que ejecutaban sus tareas. Entonces. se alejaban lo más pronto y lejos posible de la región controlada por los portugueses o sus aliados africanos. A partir de ese momento, no importaban las condiciones del lugar que podía servir de refugio provisional. En la selva era necesario afrontar el hambre, la sed y a los animales salvajes, al igual que otros peligros, visibles e invisibles. De allí, empezaron a constituirse pequeñas bandas. Es así como nació el cimarronaje. Estas bandas de fugitivos no sobrevivían más que lanzando ataques relámpago sobre los poblados o sobre los viajeros. Hemos visto ya en Nueva España que de esta manera operaban los cimarrones de la región de Veracruz. Pero en África Central de los siglos XVI y XVII, parece difícil ponderar hasta qué punto esos ataques de esclavos fugitivos se distinguían del clima generalizado de bandolerismo que describimos líneas arriba, consecuencia de la trata negrera. Puede igualmente suponerse que debido a la hostilidad del medio natural y del acoso de las tropas portuguesas la duración de estas bandas de esclavos debió ser efímera y su volumen siempre reducido. En cierta medida, estos ataques relámpago eran ante todo medios de subsistencia y no actos de guerra propiamente dichos.

Si algunos fugitivos lograban regresar a su pueblo de origen, los otros, por aferrarse a la libertad recobrada, debían crear para sí lugares de refugio seguros, o pedir asilo en algún reino local poderoso. Es ésta segunda solución la más viable y la más común en África Central. Pero pedir y encontrar asilo en un reino establecido no era cosa fácil. La solicitud, bien entendida, no debía dirigirse a un soberano aliado de los portugueses, sino ante aquel que tenía reputación de rebelde. Este último debía ser demasiado intrépido y poderoso para aceptar exponerse a las inevitables presiones de las autoridades portuguesas, que no dudaban en enviar expediciones armadas para encontrar a sus esclavos y castigar a quienes les daban refugio y, al mismo tiempo, aprovechar la oportunidad para hacerse de otros esclavos y restablecer su propia reputación. Algunos soberanos y ciertas regiones del África Central fueron famosos por la protección que ofrecían a los esclavos fugitivos.

Así, durante todo el siglo XVII, la región de Kisama, situada al sur de Luanda, entre los ríos Cuanza y Longa, era un famoso refugio para los esclavos evadidos de las fortalezas de Muxima, Massangano y Cambambe. Los jefes de esta región se oponían firmemente a toda demanda de extradición de dichos esclavos, y además desafiaban a los portugueses. Por ello, un gran número de guerreros angoleses llevados por los portugueses a África Central tuvo como objetivo la destrucción del refugio de esclavos de Kisama. Los fugitivos de Luanda encontraron igualmente asilo cerca del rey del Kongo, enemigo jurado de la trata negrera. Por ejemplo, Mbuila (Ambuila) era un famoso refugio de esclavos, cuya defensa estaba garantizada por su ubicación en un lugar rocoso. El Kongo protegió a los esclavos fugitivos hasta que los portugueses reconquistaron Angola, arrebatándosela a los holandeses, en 1648. En ese momento, la administración portuguesa decidió ponerle fin, de una vez por todas, a tal situación, pues según las quejas de los colonos portugueses, el rey del Kongo organizaba deliberadamente la acogida de esclavos evadidos de Luanda, los recibía con los brazos abiertos y les ofrecía tierras, libertad y otros lujos. Las consecuencias que esto traía eran, según los colonos, el debilitamiento de la colonia en Angola, ya que las huidas de esclavos eran constantes y crecientes. Las quejas, las amenazas y las represalias de los portugueses se intensificaron contra el Kongo. Para intentar aligerarlas, se envío a Luanda un contingente de supuestos esclavos evadidos. Pero todo fue en vano.

Alrededor de 1610, había entre Luanda y el río Cuanza, un refugio de esclavos fugitivos: las tierras del Mani-Cansaje. El camino que unía a Luanda con este río, la principal vía comercial entre la costa y el interior, con frecuencia era intervenido por los bandidos quienes, entre otros desafíos, liberaban a los esclavos que eran conducidos hacia la costa. Es aquí donde parece situarse la frontera entre el simple bandolerismo o la mera necesidad de supervivencia de los evadidos y la organización de una resistencia armada contra los portugueses. La liberación de otros esclavos era un acto político, un acto de guerra destinado a aumentar las fuerzas africanas (fuerzas de resistencia) y a debilitar en consecuencia, las portuguesas (enemigas). Los cautivos liberados después de tales operaciones, así como los esclavos evadidos de las haciendas portuguesas, situadas alrededor de Luanda, se refugiaban cerca del Mani-Cansaje, que, a los ojos de los portugueses, se convirtió en el hombre a aniquilar. Por esa razón, en 1615, una gran expedición punitiva portuguesa fue lanzada contra este sitio. Para los asaltantes representó evidentemente un pretexto más para poder procurarse cautivos.

Entre todas las protecciones de las que se beneficiaban los esclavos fugitivos de África Central, las que ofrecía la reina Njinga en el Matamba y el Ndongo fueron las más importantes en términos de seguridad, de integración, de estabilidad y de ofensiva política. Esta hospitalidad, a reina Njinga le proporcionaba prestigio y la convertía en una verdadera heroína ante los ojos de los fugitivos de Luanda y de todas las comarcas sometidas a la trata portuguesa. Mostrándose capaz de tener bajo control a los portugueses, la reina Njinga aumentaba igualmente su prestigio y poder entre sus congéneres africanos. Ella representaba la más grave de las amenazas para portugueses, quienes además temían su alianza con otros resistentes (como con los jefes de Kisama). Esos temores eran justificados, pues esta soberana llevó su lógica de resistencia hasta lanzar campañas de desobediencia, prometiendo libertad y mejores condiciones de vida a aquellos que se evadieran de sus amos portugueses. Incluso se alió con los holandeses cuando estos ocuparon Luanda de 1641 a 1648. Para conjurar este riesgo, los portugueses no dudaron en conseguir por cualquier medio acuerdos de vasallaje con los jefes locales; lanzaron amenazas no sólo contra los fugitivos sino también contra sus protectores, llevaron a cabo guerras de tierra quemada, reclutaron guerreros africanos, capturaron, vendieron y ahorcaron a los responsables, etcétera. Estos métodos represivos tuvieron que ser afrontados otra vez por los bantú, incluso en Nueva España.

Es evidente que los cautivos bantú introdujeron a Nueva España estas prácticas de resistencia contra la dominación europea. Es difícil abordar el fenómeno del cimarronaje novohispano sin considerar dichos antecedentes africanos. No solamente en el aspecto cronológico de los acontecimientos, sino también en lo que concierne a las aspiraciones de los cimarrones, Yanga, en Nueva España, terminó por simbolizar a la reina Njinga.

 

Los cimarrones y las rebeliones de Santo Tomás

 

Situada frente a Gabon y en la hondanada del Golfo de Guinea, la isla de Santo Tomás tuvo una participación esencial en la historia de la implantación portuguesa y la organización de la trata de negros en África Central. En efecto, antes de emprender la travesía del Atlántico, los barcos negreros hacían escala en esa isla, la cual fue, al mismo tiempo, un lugar de depósito de los esclavos capturados en toda la zona. En muchos dominios, Santo Tomás constituyó el centro de experimentación donde los portugueses desarrollaron sus métodos de explotación de la mano de obra Africana, el lugar donde también los africanos pusieron a prueba sus formas de resistencia fuera de su medio tradicional y, además, el primer territorio donde los cautivos bantú implantaron su tradición de rebelión y de cimarronaje.

Sin embargo, los documentos encontrados señalan que las primeras sublevaciones en Santo Tomás no se hicieron por iniciativa de los esclavos negros que constituían la mayor parte de la población, sino que fueron los colonos portugueses, quienes desde 1517, realizaron de manera pública los primeros actos de desobediencia contra la autoridad civil. Esos actos de rebelión se reprodujeron muchas veces, en forma sucesiva. Los esclavos, en un principio acompañaron a sus amos y defendieron su causa, algunas veces armados. Los esclavos provenían, casi su totalidad, de la zona central de la costa occidental africana, y conformaban la base de la economía de la isla. El año de 1529 ha sido considerado como una fecha en que ocurrió una importante huida de esclavos que se refugiaron en el monte. A partir de ese momento, las huidas se convirtieron en un acontecimiento constante en la isla durante los siglos XVI y XVII. De manera paralela a las fugas, los actos de rebelión y las revueltas de esclavos aparecieron con más frecuencia. Dos de estas revueltas fueron memorables en la historia de la isla, las de 1574 y 1595.

En 1574 se llevó a cabo la famosa revuelta llamada de los angoleses. Los negros designados en Santo Tomás como angoleses llegaron ahí entre 1540 y 1550, como consecuencia del naufragio de un navío cargado de negros que habían sido capturados “a lo largo de las costas occidentales africanas” en el reino de Ndongo, que los portugueses comenzaban ya a llamar A-Ngola. Los sobrevivientes del naufragio se refugiaron en zonas de difícil acceso, donde, de manera natural, se reprodujeron muy rápido, lo que constituyó para los colonos portugueses de la isla un peligroso núcleo de resistencia, un verdadero nido de rebeldes, fuente de toda suerte de amenazas. Con el tiempo, muchos esclavos de la isla huían de los hogares y de las haciendas de los colonos portugueses para unirse a los angoleses, hombres libres, quienes no obedecían ninguna ley portuguesa. Encontramos, entonces, en Santo Tomás la misma dinámica presente en el continente: había una autoridad portuguesa, un reino africano recalcitrante y una población esclava más o menos compelida a la evasión y a la rebelión. Las fugas de esclavos sirvieron de este modo para acrecentar las filas de los rebeldes. Es así que en 1574, al igual que en Angola, los portugueses decidieron destruir ese nido rebelde. Mal armados y mal organizados, de inmediato, los rebeldes africanos fueron sometidos por los colonos que disponían de armas de fuego. Posteriormente, la isla dejó de vivir en calma. Los habitantes blancos de Santo Tomás se enfrentaron, como sucedía en Nueva España, con la amenaza permanente de una sublevación de esclavos.

En 1595 estalló la revuelta del esclavo Amador, considerada la más grande sublevación de esclavos en Santo Tomás durante el siglo XVI y la única que constituyó una verdadera amenaza para la población libre de la isla. Este sublevamiento fue la reacción de los esclavos contra los malos tratos que recibían de sus propietarios, lo que contradecía la opinión general según la cual los esclavos en Santo Tomás vivían en condiciones confortables y gozaban, incluso, de cierta libertad. La rebelión estalló en las haciendas, en las viviendas de los colonos portugueses y perturbó, durante 20 días, la paz social de la isla. La revuelta se inició el domingo 9 de julio. Amador y sus hombres se dirigieron a la iglesia con la intención, según se dice, de asesinar al sacerdote que oficiaba la misa. El mismo día, varias haciendas azucareras fueron quemadas y sus esclavos liberados para engrosar las tropas rebeldes. Incluso los angoleses, comandados por Cristóbal, se les unieron. Se menciona que alrededor de cinco mil hombres y mujeres saquearon las haciendas, mataron a sus propietarios y se apropiaron de sus armas. El 14 de julio de 1595, Amador y sus hombres lanzaron un primer ataque contra la ciudad de Santo Tomás, pero fueron derrotados por una coalición oportuna entre las autoridades civiles y las eclesiásticas. El 23, la coalición contraataca a los rebeldes y varios jefes son asesinados. El 28 tuvo lugar un nueva ofensiva a la ciudad de Santo Tomás. Los habitantes, apoyados por la artillería, se defendieron ferozmente. Los negros fueron de nuevo vencidos. Al día siguiente, muchos de ellos comenzaron a desertar de las tropas rebeldes para volver con sus antiguos propietarios con la esperanza de ser perdonados. Amador se evadió, pero, al ser denunciado, rápidamente fue aprehendido y torturado en compañía de otros líderes negros.

Pese a todo, la isla no recuperó completamente la paz. Muchos de los rebeldes sobrevivientes volvieron al campo, a sus refugios tradicionales, desde donde continuaron con su acoso a los portugueses de las haciendas e, incluso, a los de la ciudad. El temor a una nueva sublevación de los negros era tal que, en 1599, fecha en que los holandeses ocuparon Santo Tomás, los habitantes portugueses prendieron fuego a sus propias casas, no sólo para desalojar a los invasores, sino también porque temían que sus esclavos se aliaran con el enemigo. Este clima de tensión duró todo el siglo XVII, pero nunca alcanzó las proporciones de la época de Amador.

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