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EL FAN DE 7 AÑOS QUE OBRADOR TIENE EN CHILPANCINGO

AMLO en Chilpancingo. Euforia. [Foto: Trinchera]

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La mamá estaba ahí apretujada para darle gusto a Alan Vladimir, de siete años.

–Mamá, ¿por qué no llega? ¿Ya no va a venir?

–Ya viene en camino, sí va a llegar. Sí lo vas a alcanzar a ver, no te preocupes –dijo la joven señora. Eran las 7:00 de la noche.

Ricardo Castillo Peña, conductor de la actividad política a la que se volcó la gente de la capital, la tarde-noche del 7 de junio, causó revuelo con la información errónea que le llegó.

–¡Parece que ya está arribando, que ya está aquí y que en unos minutos más estará con nosotros!

Desde el lado derecho del templete, colocado frente al ayuntamiento, se vio en dirección del museo, que la valla de brazos que iniciaba varios metros atrás, se volvía un gusano fragmentado, porque la gente empujaba.  Para colmo empezó a sonar la cumbia pegajosa que vuelve zombis a los morenos.

De hacer historia llego el momento/ del mal gobierno llegó el final/ llegó el momento del movimiento de regeneración nacional/ Es el partido de la esperanza/es hoy la auténtica oposición/un movimiento de amor que avanza contra el despojo y la corrupción/morena.

La gente se empujó hacia el templete, alzó las manos en las que sostenían sus dispositivos electrónicos y comenzó a grabar el momento.

En la carita morena de Alan Vladimir se dibujó una sonrisa. Pero quien subió al templete no era a quien esperaba desde las 5:00 de la tarde. Mucha de esta gente que para las siete ya estaba al borde de un ataque de ansiedad, comenzó a llegar desde las tres.

Cuando terminó la chairocanción, Ricardo Castillo, candidato a síndico de Chilpancingo, matizó la equivocación diciendo. Sólo estábamos ensayando. ¡Buuuuuuuu¡ Respondió el público.

Alan Vladimir volvió a poner su cara seria, contrariada.

–¿Por qué quieres ver a Andrés Manuel? –pregunté intrigada.

–Soy su seguidor –respondió de inmediato.

–¿Cuántos años tienes?

–Siete –dijo la mamá–, pero me pidió que lo trajera y está triste porque nos vamos a tener que ir porque su papá tiene un partido de futbol y quizá no alcancemos a verlo.

–Mamá, hay que quedarnos, por favor –imploró Alan a la mamá

–Sí vamos a alcanzar, vas a ver que sí –respondió.

El que estaba llegando era el dirigente nacional del PT, Alberto Anaya Gutiérrez, cuyo apellido igual al del candidato del Frente, causó un chiflido de rechazo de parte del público, mientras que en las huestes petistas, una porra larga abonó un poquito más contra la paciencia de la gente colocada al lado derecho del templete, porque las porras que lanzaba el PT, apagaban las palabras del conductor y los discursos que iban pronunciando los que llegaban.

Por la mañana, ese partido que en Guerrero rompió la coalición con la coalición Juntos Haremos Historia, que encabeza Andrés Manuel López Obrador, se apoderó de una parte de la zona frontal del lugar para el público y desde entonces se negaron a moverse, mientras colocaron propaganda política de la candidata a presidenta municipal María Eugenia Salgado y de su hermano Servando Salgado, candidato a diputado local. La mancuerna de hermanos, originarios de la sierra, señalados de vínculos con el narco, saturaron de propaganda el servicio del transporte público en la capital.

–Se ve, se siente, el PT está presente –coreó el matraquero de este partido, mientras hablaba su dirigente, ignorando que hacía un auto boicot. 

Terminó Anaya, y nada. Hablaron muchos más, y nada. Obrador no aparecía.

–¿Ya no llegó verdad? –preguntó Alan con la cara desanimada.

–Sí, hijo, sí va llegar, pero quizá –admitió la mamá– ya no lo vamos a ver nosotros.

Más discursos. Más gente arriba del templete. Más porras del PT.

A las siete treinta de la noche, la mamá de Alan tomó la decisión de retirarse.

–Ya tenemos que irnos hijo, lo siento.

–Pero, mamá, otro rato, otro rato más.

–No. Tenemos que irnos; no vamos a alcanzar a llegar. Ni modo. Para la otra que venga sí nos quedamos –le prometió a Alan.

Alan Vladimir tuvo que reprimir una especie de llanto, porque su mamá comenzó a caminar para dejar atrás el templete y las porras del PT.  Todavía se oyeron muchos discursos y muchas porras petistas antes de la llegada de López Obrador. A las ocho con algunos minutos, finalmente Ricardo Castillo, dijo: «Ahora sí me informan que ya llegó. El público en la plaza se desbordó al escuchar de nuevo la canción de Morena. Llegó la hora /llegó el momento /del mal gobierno llegó el final... Morena, morena, morena.

Ahora sí era él. Era López Obrador de camisa blanca, collar al cuello y un morral al hombro, de artesanos chilapeños. Mientras llegaba al templete, la gente le extendía la mano, lo tocaba, se sacaba selfies; gritaba como si el político setentero fuera el cantante de moda.

La gente estiraba sus tablets y celulares para tomar fotos a AMLO. Luego de otros discursos y de las mañanitas a Pablo Sandoval, abuelo de Pablo Almicar Sandoval, dirigente estatal de Morena, por fin habló López Obrador, a quien molestó la guerra de porras que advirtió entre Morena y el PT.

Dijo de inmediato que en el movimiento que se lleva a cabo la lucha no es por cargos ni por puestos. «El que quiera puesto que se vaya al mercado. Aquí estamos luchando por la transformación de México». La gente lanzó un sí de aprobación.

En seguida arremetió de forma directa. «Por eso a veces me molesta la actitud de algunos dirigentes sectarios que no entienden que necesitamos la unidad de todo el pueblo de Guerrero y de México».

El porrista del PT que tanto había molestado ni se dio por enterado de que él había generado la situación a la que se refería López Obrador, porque volvió a lanzar otra porra.

«Se ve, se siente, el PT está presente».

«Ahí está, miren, ésa es la expresión, a eso me refiero –dijo inmediatamente López Obrador en tono molesto–. No, no… No es el PT, es todo el pueblo de México. Necesitamos de toda la unidad Bienvenidos de todos los partidos, de todas las organizaciones. Éste es un movimiento amplio… plural… incluyente. De todas las clases sociales… de todos los sectores.

Hasta entonces, el porrista del PT acusó recibo. Calló inmediatamente y la gente se sintió aliviada, porque el sonido de los del PT y el que había en el templete competían entre sí, y juntos,  taladraban el cerebro.

«Aquí hay indígenas, campesinos, obreros, maestros, clases medias, comerciantes, empresarios, millones de católicos, evangélicos, de todas las denominaciones, millones de librepensadores», continuó López Obrador y concluyó esta parte de su discurso.

Después de poner en su lugar a la gente del PT, la parte que más aplaudió el público fue cuando López Obrador prometió que no viviría en Los Pinos.

«Esa casa está embrujada –dijo–; ahí espantan, sale el chupacabras».

Ofreció que la residencia oficial y sus cerca de 60 hectáreas se integrarán al Bosque de Chapultepec para el esparcimiento de todos.

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