S U P L E M E N T O

Número 44. Año I. 4 de julio de 2018. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

LOS ORÍGENES DE LAS REBELIONES NEGRAS EN EL MÉXICO COLONIAL

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Ngou-Mve Nicolás

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Llama la atención la interesante propuesta de la llegada de africanos negros a México antes de los españoles, hipótesis que surgió a partir de los trazos negroides presentes en las célebres cabezas colosales Olmecas, expuestas en casi todos los museos mexicanos, aunque también es sorprendente la idea de que fue uno de los principales destinos de la trata de negros atlántica. Desde luego, es un hecho que México se considero el más grande importador y consumidor de mano de obra negra de la América española a finales del siglo XVI y durante la primera mitad del XVII. Este dato encontrado en los archivos españoles fue demostrado en 1977 por la historiadora sevillana Enriqueta Vila Vilar. Sin embargo, la introducción de negros presentó una evolución progresiva impuesta por las mismas circunstancias en las cuales ocurrió su descubrimiento, conquista y colonización.

Todas esas condiciones de la presencia africana en México dieron a la historia rasgos particulares que nos llevan de asombro en asombro con relación a las ideas generalmente admitidas acerca de este tema. La correspondencia oficial revela que los negros del México colonial de los siglos XVI y XVII tenían una gran tendencia por el uso de armas, fomentaban la delincuencia, el sublevamiento y el complot. Los negros ejercieron, en la sociedad mexicana y la administración colonial, una presión que llegó a su paroxismo hacia 1620, con la fundación de una ciudad destinada especialmente a combatirlos: la ciudad de Córdoba [El decreto de fundación de la ciudad de Córdoba fue firmado en México el 17 de mayo de 1618].

El estudio del comportamiento de los primeros negros en México, las condiciones que crearon rápidamente la necesidad de una importación masiva de trabajadores africanos y el origen mismo de estos inmigrantes forzados muestran cómo el uso legal de armas por los negros desarrolló entre ellos la delincuencia que se generalizaría muy pronto, pues en México fue el inicio de la vieja lucha que se practicaba ya en África Central contra la presencia europea. Esta lucha adquirió la denominación de cimarronaje.

 

Conquistadores y delincuentes

 

Recordemos que fue Hernán Cortés, colono español en Cuba, quien en 1519 inició la expedición que instaló a españoles en México, misma que se efectuó sin la autorización de Diego Velázquez, gobernador de la isla; esta expedición permitió a los españoles entrar en contacto, por primera vez después de Cristóbal Colón, con una organización social y política amerindia imponente, jerarquizada y bien estructurada: El imperio Azteca, cuyo territorio sería bautizado como Nueva España.

La conquista del país se inició en seguida con la participación de algunos negros. Por ejemplo, se sabe que a Hernán Cortés lo acompañó al menos un negro llamado Juan Cortés, y que otro de los miembros de esta expedición, Juan Núñez Sedeño, traía un negro llamado Juan Garrido, quién por primera vez sembró trigo en México y, por lo tanto, en el Continente Americano propiamente dicho. La empresa cortesiana consiguió la destrucción de México-Tenochtitlan en 1521. Pero antes de esto, el gobernador de Cuba había lanzado contra Cortés una expedición punitiva dirigida por Pánfilo de Narváez, compuesta por mil soldados, de los cuales se dice que muchos eran negros. Narváez fue derrotado en Cempoala. Sus hombres, incluidos los soldados negros, se rindieron ante Cortés, quien continuó su marcha hacia México. Los negros participaron entonces en la lucha que condujo a la victoria de los españoles sobre los aztecas. Pero desgraciadamente, tal vez para limpiar su conciencia con relación a la leyenda negra que les atribuía la responsabilidad total de la desgracia de los indios, los españoles, más tarde, sólo retuvieron de estos soldados negros dos recuerdos: que uno era bufón y que el otro, atacado de viruela, transmitió a los indios esta enfermedad que arrasaría con miles de ellos.

Ahora bien, los invasores trataron de ocupar un país cuyo territorio no tenía límites, y procedieron a instalar y a organizar, de manera totalmente benéfica para ellos, todo un programa dirigido a aprovechar tierras inmensas y a la población india estimada en más de diez millones de personas. Las perspectivas de enriquecimiento atrajeron espontáneamente, hacia la Nueva España, una migración española masiva proveniente de la isla de Cuba, ya saturada. Esta primera ola de poblamiento introdujo numerosos negros que habían pasado muchos años en convivencia con los españoles, tanto en la misma Cuba como en España.

El ejemplo de Cortés en la utilización de negros para las tareas militares constituyó un hecho frecuente en la Nueva España. Así, para conquistar la península de Yucatán, Francisco de Montejo enrolaría también en sus tropas a algunos soldados negros. Pedro de Alvarado, después de haber participado en el sitio y la destrucción Tenochtitlan en compañía de Cortés, constituyó una armada que contaba con 200 soldados negros para la conquista, primero, de Guatemala, y, después, de Perú. Aguirre Beltrán igualmente precisa que se hizo habitual entre los conquistadores llevar negros a las expediciones de conquista. Convertidos luego en colonos, los españoles continuaron sirviéndose de ellos, tanto para las perpetuas operaciones de acaparamiento de tierras como para vigilar el trabajo de los indios.

 

Portación de armas y delincuencia negra

 

Al principio, los negros se encontraban del lado de los conquistadores, es decir de los vencedores, y utilizaban legalmente tanto la fuerza como las armas, lo cual, en una sociedad nacida del robo y la violencia, era un privilegio. Esta posición permite comprender la ordenanza de Don Antonio de Mendoza, uno de los primeros virreyes de la Nueva España, relativa a la autorización de portar armas sólo a los colonos españoles, así como a «los negros o moriscos pertenecientes a personas oficiales: [ellos] podrán  tener y portar armas de acuerdo a mi ordenanza…». En otros términos, sólo tenían derecho de poseer y portar públicamente armas aquellos negros que fueran esclavos de las personalidades importantes de la sociedad colonial. Pero, ¿qué conquistador, qué español, no aspiraba a ser considerado como una personalidad importante? Cierto, la ley del 19 de noviembre de 1551 estipulaba que sólo los negros acompañantes de los funcionarios españoles podían gozar de ese privilegio, pero esa misma ley no establecía diferencia entre los funcionarios. Todos, incluso los más modestos, creyeron tener derecho y lo reivindicaron. La Corona Española emitió cédulas, profusamente, donde atribuía a funcionarios de todos los rangos el derecho de hacerse acompañar de negros armados.

Un ejemplo de esta política se encuentra en la cédula real del 2 de abril de 1589, que atribuía cuatro negros armados a Jorge de Vaeza, un funcionario de justicia de la ciudad de Veracruz. El contenido de esta cédula llama la atención por el abuso que tales medidas ofrecían a sus beneficiarios. En efecto, estos funcionarios estaban a cargo de la vigilancia, no sólo de la ciudad y del puerto, sino también de los alrededores e, incluso, de toda la jurisdicción de Veracruz. La Cédula Real les concedía el derecho de hacerse acompañar, por todo su territorio y en todo momento por cuatro negros armados. Pese a la restricción de que los negros sólo debían portar dichas armas cuando acompañaban al funcionario español, este funcionario, para ejecutar su tarea, necesitaba llevar a los negros armados en cualquier momento y por donde fuera. Lo anterior significaba que comúnmente y de manera legal estos negros debían encontrarse armados en los lugares más alejados del campo mexicano y a horas tardías. En una palabra, estas circunstancias propiciaban todas las tentaciones y abusos.

Paralelamente a este derecho indirecto que tenían algunos negros para portar armas, las autorizaciones personales también fueron atribuidas por diversas razones a otros negros de manera frecuente. Éste es el caso de la ordenanza del décimo virrey, el marqués de Montesclaros, fechada el 9 de octubre de 1606, mediante la cual se concedió a Juan de Meza, quien era un negro libre de Pánuco y guardián de ganado al servicio del español Domingo de Acosta, el derecho a portar armas para el ejercicio de su trabajo y «ornamento de su persona» [Por quanto Juan Meza, negro libre y vecino de la ciudad y provincia de Pánuco me ha hecho relación que por ser aquella tierra frontera de indios de guerra y tener a su cargo las dichas haciendas de ganados de Domingo Acosta tenía necesidad de traer armas de espada y daga para la defensa de su persona, mandase darle licencia para poderlas traer en las partes y lugares donde fuese… Y por mi bisto, por la presente doy licencia al dicho Juan de Mesa para que en toda la ciudad y jurisdicción de la dicha provincia de Pánuco, libremente pueda tener y traer para el ornato y defensa de su persona una espada y daga…]. Los argumentos del solicitante, tomados en cuenta por las autoridades, eran que se trataba de un negro de bien, tranquilo y pacífico, habitante en la frontera de una tierra asediada por «indios guerreros». Otro caso, es el argumento de sangre española que fue reivindicado por un mulato llamado Diego de Villegas, el 19 de junio de 1607, quien solicitó una licencia para portar armas, el cual declaró haber estado varias veces al servicio de los españoles en la lucha contra los negros «cimarrones» de Veracruz.

Como simples acompañantes de los españoles o como portadores de sangre española, negros y mulatos se asemejaban a los españoles en el uso de las armas. Esta asimilación era perceptible en los documentos oficiales [En ningún otro dominio se encuentra un ejemplo de esta asimilación, como en el hecho de que los negros estaban sometidos, al igual que los españoles, a los tribunales de la Santa Inquisición].Es así que el virrey don Luis de Velasco concede en 1593 una licencia para portar armas a un mulato de Veracruz, con la única e interesante restricción de que no entrara con sus armas a los lugares prohibidos para los españoles, que eran los poblados indios. Los españoles, los negros y los mulatos estaban asimilados y todos eran considerados como verdaderos predadores de la población indígena […por la presente licencia al dicho Cristóbal Miguel de Villegas para que libremente puede tener y traer la dicha espada y daga para el dicho hornato y deffensa de su persona con que no la traiga en partes prohibidas a españoles…].

 

El temor al negro

 

Las disposiciones oficiales y la práctica cotidiana convertían a los negros en cómplices de los españoles en la utilización legal de la violencia. Sin embargo, no todos los negros tenían el derecho de portar armas. Ahora bien, dos cosas eran inevitables: primero, que aquellos que tenían este privilegio lo usaban todo el tiempo y abusaban de él fácilmente. En segundo lugar, el afán de los españoles de hacerse acompañar de negros armados, hacía que los negros reclamaran para sí el derecho de portar armas [Fenómeno revelador es el ejemplo de Gonzalo Moctezuma, nieto del emperador azteca, que se dirige al rey de España para obtener el privilegio de hacerse acompañar de (solamente) dos negros armados de espadas como lo hacen los simples auxiliares de justicia y otros miembros de la Audiencia de México. En su carta del 7 de junio de 1602, el Consejo de Indias se sorprende que tanta gente esté autorizada a hacerse acompañar de negros armados y solicita la lista de estos privilegiados, así como la copia de las ordenanzas que les confieren este derecho]. De esta manera, los que no gozaban de ese privilegio, ellos mismos se procuraban las armas, para lo cual escogían las más discretas, porque no podían portarlas de manera ostentosa. Esto provocó una verdadera proliferación de armas entre los negros y, finalmente, la promoción de la delincuencia y de la violencia negra en la Nueva España. A finales del siglo XVI, los negros y los mulatos poseedores de toda clase de armas aterrorizaban a los ganaderos, obligándolos incluso a abandonar sus haciendas [...haciendas que tiene en la provincia de Michoacán de ganados mayores y que por su contorno andan muchos negros y mulatos libres y esclavos con armas, lancas, cueras de ante, espadas, dagas gorgazes, dexarretaderas y otras armas ofensivas y defencivas causando muchos arborotos, muertes y cometiendo otros excesos por ser gente velicosa y bisiosa por lo cual hera causa de que las dichas haciendas y las de otros ciradores de ganados de aquel contorno las perdiesen y despoblasen por ser los dichos negros y mulatos ladrones e ynsolentes...], y según una queja de un ganadero al virrey, el 5 de julio de 1596, llegaban en sus tropelías hasta Michoacán.

El 18 de octubre de 1579, el virrey don Martín Enríquez, escribía al Consejo de Indias que los negros constituían un problema prioritario en este país, ya que pese a todas las ordenanzas que les prohibían portar armas, poseían al menos discretamente cuchillos y armas particularmente adaptadas a toda especie de truhanerías. Según el virrey, los asesinatos que los negros cometían entre ellos, o contra los indios e, incluso, contra los españoles, eran muy numerosos. Ante esta situación, el virrey buscaba reinstalar un castigo que consistía en azotar a quienes fueran sorprendidos en posesión de un arma, pues dicha pena estaba sin efecto. También recordaba que en la época de los virreyes Mendoza y Velasco (1535-1550, 1550-1564, respectivamente) e, incluso, años después de que él mismo había iniciado sus funciones, la pena infligida a estos negros era simplemente la castración, cosa que los aterrorizaba. Pero a la supresión de ese castigo por orden del propio rey, ya no se encontraba forma de atemorizar a los negros y, el número de sus víctimas aumentaba, la mayoría eran indios, quienes se manifestaban como débiles y sumisos.

Como autores de asesinatos, riñas y diversos desórdenes, los negros eran temidos ciertamente por los indios, pero también por los mismos españoles. Como prueba tenemos la siguiente anécdota del virrey Martín Enríquez, quien relata al rey de España, en correspondencia fechada el 28 de abril de 1572:

 

Aquí hace ya algún tiempo, los negros se reúnen en una de sus cofradías… Esta cofradía se ha desarrollado progresivamente como ha sucedido con todos sus asuntos, siempre con un carácter un tanto amenazador, sin haberse tomado jamás la resolución de suprimirla ni corregirla. Esto debido a la influencia de los religiosos que protegen a los negros por considerarlos como los más abandonados y los más necesitados de doctrina en este país. Estos últimos, encuentran justo que se les deje reunirse. Pero yo estoy más bien del lado de aquellos que no aprueban la existencia de tal cofradía. Por ese motivo me puse de acuerdo con el Prior que acaba de ser nombrado en Santo Domingo, para que bajo el pretexto de su afectación, cese de ocuparse de dicha cofradía, de suerte que de ese modo pueda desaparecer sin dar la impresión que fueron otros los motivos los que originaron su supresión. Sucede una cosa frecuente aquí. A veces son los indios quienes desean sublevarse, otras ocasiones son los mestizos y los mulatos o los negros. Sin embargo, ahora se extendió fuertemente el rumor de que los indios, los mulatos y los mestizos quieren sublevarse. Fue un rumor sin fundamento que sólo sirvió para provocar el hacer creer que los propios negros estaban a punto de levantarse e incluso que habían designado jefes para eso. Lo anterior se escuchó en el atrio de la iglesia en México de la boca de algunos negros que se escaparon de Santo Domingo. Se enviaron entonces a algunos hombres a perseguir a esos negros, que de repente llegaron corriendo a refugiarse en la iglesia. Alterados por el rumor previo, quienes ahí se encontraban fueron presos de pánico… Naturalmente tuvo lugar una desbandada, un sálvese quien pueda en general.

 

El virrey continúa su carta:

 

los mulatos también han traído una cédula de Vuestra Majestad en la que demandan, en el caso de no haber algún inconveniente, la construcción de un hospital donde puedan curarse por medio de sus asambleas y cofradías. Ni con unos ni con los otros he aceptado jamás tales asambleas, pero no puedo deshacer las que ya existen debido a los problemas que esto causaría, pues considero que ya hay demasiadas para crear todavía otras, porque esta tierra está todavía muy nueva y la administración todavía no está bien implantada… por otro lado, jamás he aceptado la construcción de otro hospital destinado a los negros: Debemos ir todos juntos, porque todos: españoles, mestizos, negros y mulatos hablamos la misma lengua. Si se trata de escuchar los sermones, los escucharemos juntos. Es necesario que los negros enfermos se hagan curar por sus amos, si así no se hace este proyecto daría la ocasión para congregar dos mil negros o quizá más…

 

A esta correspondencia, el Consejo de Indias respondió que aprobaba las medidas tomadas por el virrey y lo impulsaba a oponerse a la creación de nuevas cofradías de negros. Por otro lado, el Consejo agregaba, «Aquí, igualmente la cofradía (que ya existe) parece ser una fuente de preocupaciones. Es conveniente entonces que por el medio más apropiado, lleguen ustedes a suprimirla. Los negros serán evangelizados por otros medios».

En resumen, se muestra claramente que los españoles tenían miedo de los negros. Las autoridades no podían tolerar la idea de que se reunieran más de dos mil negros en pleno centro de la Nueva España. Tal cantidad de gente era incontrolable. Por ello, los proyectos de carácter espiritual y social, como la creación de una nueva cofradía o la construcción de un hospital, fueron inmediatamente considerados como una fuente potencial de dificultades, a partir del momento en que podían agudizar entre los negros una «conciencia de fuerza», que ya de por sí los hacía individualmente arrogantes.

En fin, todo esto manifiesta un rasgo singular de la presencia africana en México, que desde el principio estuvo ligada de manera estrecha a la Conquista española, a la utilización de armas y a la violencia. En el espíritu de los indígenas vencidos, los negros no eran más que conquistadores de otro color, unidos con los españoles por la misma lengua, las mismas costumbres e, incluso, el mismo gusto por la violencia y la injusticia. Pero los negros no aterrorizaban solamente a los indios, también inspiraban temor y preocupación a los españoles y siempre estaban implicados, erróneamente o con razón, en hechos de conspiración y de violencia contra la autoridad española. De este modo, la proliferación de armas entre los negros condujo, al principio, a una simple delincuencia generalizada, antes de transformarse, según las autoridades, en un verdadero problema político. Progresivamente empezaron a tejerse entre los africanos y los españoles relaciones muy ambiguas de desconfianza y rivalidad. Tanto en las ciudades como en el campo, la población africana constituyó el único grupo, además de los corsarios, a los que las autoridades consideraban como sus peores enemigos.

Para 1553, la población negra de la Nueva España, según Manuel Trens, era de 20 mil personas, es decir, el triple de la población blanca. Para prevenir los peligros que pudieran resultar de tal situación de desequilibrio, el virrey Martín Enríquez sugirió, el 6 de noviembre de 1579, la reducción del flujo de negros destinados a la Nueva España. Esta solución fue propuesta en varias ocasiones, como sucedió en 1608, debido a la actividad de los negros cimarrones. De este modo, la Audiencia de México, al analizar las causas y el origen del cimarronaje, observaba que:

 

por cada español hay al menos diez negros. Es necesario por lo tanto, reducir el número de licencias a los navíos que llegan del Africa con un número grande de esclavos, ya que para las plantaciones de caña de azúcar, así como para otras industrias, los negros existentes, que además se multiplican, son suficientes. Así, una vez que se suprima este flujo, los numerosos españoles vagabundos y sin ocupación se pondrán a trabajar y a servir, lo que aportará aún más beneficio a esta tierra…

 

Resaltamos este detalle a causa del temor que los negros inspiraban debido al «cimarronaje». Desde finales del siglo XVI, la autoridad trataba ya de suprimir la trata de negros.

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