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EL CUMPLEAÑOS DEL ALACRÁN

Elino Villanueva

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De una vez les adelanto: Tino Alcántara, mejor conocido como El Alacrán, un poco en juego semántico de su apellido pero más por referencia de sus hábitos, murió por efecto de su propia cola, por atrás, en el día y en la hora menos pensados. Ah, aclaro: no le guardo odio ni rencor ni envidia, ¡para nada!, menos ahora.

Siempre fue un pedante insoportable, sobre todo por su risa de idiota y sus bromas imprudentes, y sus conocidos lo aguantábamos únicamente por el respeto a lo encumbrado de las posiciones en las cuales llegó a ser jefe el desgraciado.

A partir de él, ahora en paz descanse, pero sobre todo tomando en cuenta su personalidad, sus hechos, hice mi clasificación acerca del carácter ojete de ciertos tipos a encontrarte por la vida, muchos, por desgracia, en tres categorías de plano indiscutibles.

En la primera están los ojetes-ojetes, o sea, aquellos miserables de espíritu, desalmados. Ya sabemos: lo son por naturaleza. Entonces, si te los llegas a topar, si entablas relaciones con ellos cuando se te atraviesen, deberás atenerte al resultado, aguantar vara, asumir las consecuencias.

Los otros son los ojetes-culeros. Esos son malvados dispuestos a fregarte nomás porque les da la gana, más si te les pones de a pechito. Ni modo, como decía mi mamá: si alguien por su gusto es buey, hasta la coyunda lame.

Pero de quienes sí debes cuidarte toda la vida es de los de la tercera clase: los ojetes-pendejos, porque de ellos no sabes ni el género ni el tamaño de la estupidez con la cual van a salir. Esos son los peligrosos. El Alacrán Alcántara era con toda solvencia de estos últimos.

Entrados en franqueza, la verdad debo reconocerlo: sí hubo situaciones muy ofensivas, ingratas, y se me quedaron grabadas. No pensaba admitirlo porque ya quedamos: no tengo resentimiento. Es más, si me dejan se las explico, pero antes quiero platicarles la primera referencia de él en mi memoria.

Una vez me jugó una broma bastante pesada. Me quiso presumir su supuesta valentía. Me lo dijo desde su carro, insolente, emparejados nuestros vehículos por casualidad en dos de los tres carriles del bulevar Olachea en la esquina con la avenida 5 de Febrero. “¡Épale, cabrón, ahorita te voy a demostrar quién sí tiene muchos güevos!”, gritó, amenazante, retador.

Como al hacerlo me tomó por sorpresa pues no lo había reconocido, la neta casi me da un infarto, ya ven cómo andamos de expuestos al pánico y todos estresados en estos tiempos sin cabeza.

Luego empezó a reírse de mí a carcajadas y burlándose levantó y me mostró por la ventanilla una bolsa de plástico transparente en la cual llevaba como ¡diez blanquillos de gallina! El muy mandilón había ido de compras al súper para preparar el desayuno en su casa.

Casi enseguida cambió en el semáforo de la luz roja a la verde y aceleró, lijando llanta, riéndose de mí mientras se alejaba enseñándome la bolsa de huevos columpiándola desde el retrovisor con la mano derecha levantada. Así era de majadero conmigo y con todo mundo. Pero ni así merece mi rencor.

Por eso, aunque al principio me dio coraje, al final me causó risa y disfruté chingón cuando a sus costillas Pepe Ortega, El Frijolito, me invitó la farra completa de la tarde de un viernes 29 de abril a la madrugada del sábado en los principales bares del puerto, empezando por El Semáforo y Los Equipales, pasando por Los Arcos y El Perico Marinero hasta terminar en el Bachos y el Tequilas, a honras del cumpleaños del Alacrán.

A mí El Frijolito me caía gordo. Tenía una mala fama bien ganada entre los politiquillos más corruptos del estado, de los municipios y de las delegaciones federales porque siempre ocupaba cargos como responsable de las áreas financieras para prestarse al juego sucio de las componendas.

Pero ese día me vi obligado a fingirle aprecio porque se puso bien con puros whiskys de Juanito el Caminante. Se discutió como cuatro botellas de etiqueta negra y no supe ni cómo llegué a la casa. De seguro él me pasó a dejar y si todavía iba cuerdo ahí debió darse cuenta del error.

¿Que cómo estuvo? Verán. Ya les dije: El Frijolito me repateaba y a lo mejor por eso no me conocía bien, y como El Alacrán todavía no era figura tampoco lo identificaba con claridad, eso supongo. Pero siendo igual de transas, deduzco, alguien ya lo había puesto al tanto de la conveniencia de intimar con él, en preparación de futuros trinquetes con el dinero público.

Yo había pasado por el Semáforo nomás para tomarme una o dos o las tres cervezas de rigor y volver buenisano a la casa. Estaba montado en uno de los periqueros de la barra cuando de reojo vi venir al Frijolito directo a mí.

Desde la misma entrada lanzó un grito gordo y con suficiente convicción tan pronto empujó las dos persianas de vaivén. Arrojó ante todos los bebedores sorprendidos: “¡Tino, Tino Alcántara! ¡Feliz cumpleaños, mi hermano! ¿Cómo estás, cabrón?”

Se encaminó firme con los brazos abiertos hacia mi sitio. Así lo supuse porque de ese lado no había nadie más que yo. Mi reacción inmediata fue corresponder, ¡venga el abrazo!, y sin dar la mínima muestra de inseguridad se fundió conmigo en un apretón efusivo de auténticos camaradas.

Entablamos la plática con alusiones inciertas. Emprendimos la borrachera y no sé si antes de terminar esa jornada se habrá percatado de que me confundió con El Alacrán, le dio vergüenza reconocerlo y por eso siguió disimulando, o si en realidad no se dio cuenta hasta que le presentaron al cumpleañero auténtico de la víspera del Día del Niño para emprender sus tratos, pues nunca volví a coincidir con El Frijolito en sitio alguno.

De alguna manera, ya había referencias de la proclividad del Alacrán por las mañosadas. Se había estrenado sonsacando a los socios de una revista turística de prestigio nacional para invertir parte de sus utilidades en un restaurante en una playa a la que concurrían turistas extranjeros a lo canijo: gringos, europeos, asiáticos.

Les vendió la idea, los convenció, pero ya con el negocio funcionando movió las influencias iniciales entre sus aliados, caciques regionales de la política, el poder y el dinero para poner a su nombre el título de propiedad de los terrenos en los cuales estaban fincadas las instalaciones.

Pero se pulió de menso en su deslealtad, de ahí su ubicación en la tercera categoría, la de los ojetes-pendejos, pues hizo el registro incluyendo también en el documento oficial el nombre de uno de los inversionistas. Así, el hecho se convirtió en un galimatías jurídico-moral-penal sin beneficios para nadie.

El juicio se prolongaría años. Los empresarios prefirieron reconocer el error, perder su dinero en lugar de seguir con el pleito en los tribunales, porque aun metiéndolo a la cárcel les saldría más caro el caldo que las albóndigas.

Sin que ni una ni otra de las partes pudiera operarlo, por supuesto, el edificio se fue deshaciendo hasta convertirse en refugio de malvivientes de toda ralea. El Alacrán se montó en la mula del cinismo, y marcó así la definición de su carrera, pues sostenía en el mismo talante burlón su propósito real, según él, de “¡sentar jurisprudencia!”

En algún momento comenzó a relacionarse con la prensa como una forma de acrecentar sus influencias. Sólo él y el director de Vanguardia, el principal diario del puerto, sabrán los términos de sus acuerdos, pues un mal día apareció como reportero de la fuente política. No sabía las bases del lenguaje periodístico ni los trucos del oficio, pero se las ingenió para publicar sus exordios.

Una vez, mientras cubríamos una visita presidencial, yo para mi medio, él para el suyo, me pidió sin recato redactar una crónica, enviarla luego a su correo electrónico para ponerle su firma y publicarla así, con la seguridad de inscribirla al concurso de periodismo ya próximo, junto con la comilona por el Día de la Libertad de Expresión, organizado todo el festejo por las asociaciones de periodistas con dinero del Gobierno del estado y chayotes periféricos.

Él movería los hilos buscando asegurar el triunfo del trabajo en ese género, sabedor de mi imposibilidad para participar en el certamen por reglas de la casa en la agencia para la cual enviaba mis noticias. Su promesa era repartirnos el premio, más o menos jugoso, a la mitad.

Le entendí propuestas como esa todavía en su perfil bajo. Atosigado por las deudas atrasadas y las cuentas por pagar, un día llegó visiblemente enojado ante varios de nosotros cuando componíamos el mundo y despellejábamos al prójimo en una de las mesas de Los Equipales, apuntalados los argumentos en favor y en contra con los influjos del tequila y la cerveza de barril.

Arrellanó su pequeñez en el sillón de piel y varas, destacables en su rostro los lentes de medio fondo de botella. Un buen rato estuvo en silencio, pensativo, en el puro pestañeo, y se empujó como tres cervezas de un jalón a cuenta nuestra porque no llevaba ni un puta peso. Lo confesó a bote pronto: venía de la oficina de Bella Zamorano, jefa de Prensa del gobernador de entonces, a quien le fue a pedir dinero para superar las penurias de la crisis.

“¿Te le fuiste a humillar a una mujer, ojete? ¿Tú, el reportero honesto? ¿No sabes cómo es Bella de mamona? ¡Así no se pinches puede! De seguro disfrutó tenerte de rodillas ante su poder y no darte el embute. ¡Era obvio, pendejo! ¡Te lo iba a negar!”, lo regañó no recuerdo quién de nosotros, sus colegas de esa época de eternas vacas flacas para los diaristas románticos, idealistas.

Y terminó por rematarlo, con la última estocada, ante el azoro de todos los demás en el grupo: “¿Dónde queda tu honestidad, cabrón, tu dignidad de hombre y de periodista?”

“¡Mi honestidad y mi dignidad quedaron a salvo, ojetes, porque no me dio el dinero!”, sentenció sin rubor, en apariencia. La declaración instauró un silencio helado que algunos intentaron romper con uno que otro carraspeo o evadirlo con un jalón de tequila. Él se empinó la mitad restante de la última cerveza de su vida con nosotros y se fue sin despedirse. Nunca más hubo entre la palomilla una reunión con su presencia.

Lo ascendieron con extraordinaria rapidez ¡a Jefe de Redacción! En un tiempo bastante corto para estos menesteres figuraba ya de pronto en el directorio de Vanguardia con el cargo de Jefe de Información, todos bajo su mando. Tenía a su cargo los contratos de publicidad, tanto política como empresarial, forma de operar a conveniencia de él y de la misma editorial.

De forma sorpresiva dejó el periódico, cercanas las siguientes elecciones de Gobernador. Se desapareció como un mes y medio. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué hizo? No lo supimos, pero es fácil colegir: lo mismo de todas las alimañas: preparar el golpe final, el salto al otro lado, alcanzar finalmente la tabla de salvación. Nos sorprendió al reaparecer con todo garbo, cambiado el look, menos informal, un poco moderada la idiotez burlona de su risa, como vocero y jefe de Prensa del candidato triunfador de los próximos comicios.

Así como lo oyen: en la toma de posesión del equipo integrado para dirigir la administración estatal en los seis años por venir fue nombrado flamante director general de Comunicación Social, área del Gobierno consolidada desde hace años como principal cliente de la radio, la prensa y la televisión, por encima incluso de las empresas privadas o sus sucursales.

Nunca se supo de cierto, porque en el estado todas las publicaciones de cualquier investigación sobre los asuntos públicos pasaban obligadamente por el tamiz insensible de la censura oficial dirigida y controlada desde ahí, pero al terminar el sexenio ya se le atribuían la propiedad o su participación en sociedad de varias empresas: una cadena de refaccionarias automotrices, una distribuidora de materiales de construcción, una arrendadora de autos, la franquicia de una marca de mármoles y recubrimientos, una constructora, el abastecimiento de papelería al Gobierno del estado, el mantenimiento de instalaciones eléctricas y sistemas de cómputo, una escuela de edecanes y varias tiendas de ropa de moda puestas a nombre de su mujer, quien también le entró al ajo con ahínco y se benefició del apogeo sexenal.

Como siempre, no perdía el tiempo, iba a lo seguro, prácticamente sin ninguna competencia, así eran sus negociaciones. Donde ponía el ojo ponía la bala. Buen tino el de Tino El Alacrán.

Ya encaminado con soltura por ese rumbo, empezó a consolidar su patrimonio de espuma y oropel. Así sucede en estos casos. Todo mundo se da cuenta de un ascenso falso, superficial, y el protagonista comete el error de creerse sus propias mentiras, caer en ellas, seducido.

Actuando de esta forma, El Alacrán se encaramó con firmeza en la categoría número tres de los ojetes, los ojetes-pendejos, distinguidos por no saber realmente las bases de su actuar, no miden, no calculan, y aunque los demás, incluso sus cómplices de triquiñuelas, seamos testigos o podamos hacerles ver el error, ni nos va a escuchar. Su lógica es muy otra porque, es claro, se soporta en un contexto diferente: el poder, si no se ejerce, deja de ser poder. Gavilán, si agarra y suelta, no es gavilán.

Todos sabíamos cómo iba a terminar la historia. Cuando llegó de su natal Sonora, con talante de buena persona, tratando de granjearse a la gente de aquí para construir su red de complicidades, se notaba la falsedad.

Así fue trepando en la política, en el poder y en los negocios a su amparo, hasta enrolarse por completo con grupos de la mafia, para entonces ya dominante y controladora de todas las relaciones sociales en el puerto a partir del tráfico de drogas en su ruta hasta la frontera con los Estados Unidos.

Les quedó a deber dinero a sus nuevos amigos y socios, porque quiso, no por no haber podido ni tenido recursos para pagarles, sino porque se negó a hacerlo por sus puras pistolas. Lo buscaron, y por supuesto: lo encontraron, y él no captó, o no quiso entender, las señales previas.

De alguna manera, la noticia nos conmovió a todos, pero lo normal, no más. Los matones llegaron el día y a la hora menos imaginados a su residencia de la calle Tiburón, en el fraccionamiento Costa Azul, a las 9:10 de la mañana del 29 de abril, cuando empezaba a hacer los arreglos con Beatriz, su mujer, y Jesús, su hijo, para festejar otro cumpleaños, y cortaron el suministro de electricidad.

Como el pendejo salió al frente a revisar sin descubrir nada anormal, fue confiado a la parte trasera, donde tenía instalado y oculto el verdadero sistema de control del servicio. Ahí lo esperaron como con los brazos abiertos, por atrás, peladita la encomienda, sin asomo de confusión: ya lo sabían, lo conocían bien.

Al muy ojete se le cobró con los 35 balazos alojados en su cuerpo el dinero y todas las deudas pendientes con muchos de nosotros. Nadie lo dijo en público, pero en lo privado todos asumíamos que la de Tino El Alacrán Alcántara era de las colas largas, muy largas, llenas de veneno, y tarde o temprano cualquier desliz, el mínimo movimiento en falso, lo tenía que alcanzar para acabar con él.

 

*Texto ganador del premio Elena Garro en agosto de 2016 en Iguala, Guerrero, en el tercer concurso de cuento organizado en honor de la autora que vivió parte de su infancia en esa ciudad.

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