S U P L E M E N T O

Número 36. Año I. 26 de marzo de 2018. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

[Segunda parte]

EL PERIQUILLO SARNIENTO

[ CAPÍTULO I ]

José Joaquín Fernández de Lizardi
Refiere Periquillo una discusioncilla no despreciable, entre un negro, él y un inglés con el cual aquél disputaba

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Pues siendo así —dijo el negro, dirigiéndome la palabra—, sepa usted que el pensar que un negro es menos que un blanco, generalmente es una preocupación opuesta a los principios de la razón, a la humanidad y a la virtud moral. Prescindo ahora de si está admitida por algunas religiones particulares, o si la sostiene el comercio, la ambición, la vanidad o el despotismo.

«Pero yo quiero que de ustedes, el que se halle más surtido de razones contrarias a esta proposición, me arguya y me convenza si pudiere.

«Sé y he leído algo de lo mucho que en este siglo han escrito plumas sabias y sensibles en favor de mi opinión; pero sé también que estas doctrinas se han quedado en meras teorías, porque en la práctica yo no hallo diferencia entre lo que hacían con los negros los europeos en el siglo XVII y lo que hacen hoy. Entonces la codicia acercaba a las playas de mis paisanos sus embarcaciones, que llenaban de estos, o por intereses o por fuerza; las hacían vomitar en sus puertos y traficaban indignamente con la sangre humana.

«En la navegación, ¿cuál era el trato que nos daban? El más soez e inhumano. Yo no quiero citar a ustedes historias que han escrito vuestros compatriotas, guiados de la verdad, porque supongo que las sabréis, y también por no estremecer vuestra sensibilidad, porque, ¿quién oirá sin dolor que en cierta ocasión, porque lloraba en el navío el hijo de una negra infeliz y con su inocente llanto quitaba el sueño al capitán, éste mandó que arrojaran al mar a aquella criatura desgraciada, como se verificó, con escándalo de la Naturaleza?

«Si era en el servicio que hacían mis paisanos y vuestros semejantes a los señores que los compraban, ¿qué pasaje tenían? Nada más cruel. Dígalo la isla de Haití, que hoy llaman Santo Domingo; dígalo la de Cuba o la Habana, donde con una calesa o una golosina con que habilitaban a los esclavos, los obligaban a tributar a los amos un tanto diario fijamente como en el rédito del dinero que se había dado por ellos. Y si los negros no lograban fletes suficientes, ¿qué sufrían? Azotes. Y las negras, ¿qué hacían cuando no podía vender sus golosinas? Prostituirse. ¡Cuevas de la Habana!, ¡Paseos de Guanabacoa!, hablad por mí.

«Y si aquellas negras resultasen con el fruto de su lubricidad o necesidad en las casas de sus amos, ¿qué se hacía? Nada; recibir con gusto el resultado del crimen, como que de él se aprovechaban los amos en otro esclavito más.

«Lo peor es que, para el caso, lo mismo que en la Habana se hacía a proporción en todas partes, y yo en el día no advierto diferencia en la materia entre aquel siglo y el presente. Crueldades, desacatos e injurias contra la humanidad se cometieron entonces; e injurias, desacatos y crueldades se cometen hoy contra la misma, bajo iguales pretextos.

«La humanidad —dice el célebre Buffon— grita contra estos odiosos tratamientos que han introducido la codicia, y que acaso renovaría todos los días si nuestras leyes, poniendo freno a la brutalidad de los amos, no hubieran cuidado de hacer algo menor la miseria de sus esclavos; se les hace trabajar mucho y se les da de comer poco, aun de los alimentos más ordinarios, dando por motivo que los negros toleran fácilmente el hambre, que con la porción que necesita un europeo para una comida, tienen ellos bastante para tres días, y que por poco que coman y duerman, están siempre igualmente robustos y con iguales fuerzas para el trabajo. ¿Pero cómo unos hombres que tengan algún resto de sentimiento de humanidad pueden adoptar tan crueles máximas, erigirlas en preocupaciones y pretender justificar con ellas los horribles excesos a que la sed del oro los conduce? Dejémonos de tan bárbaros hombres...

«Es verdad que los gobiernos cultos han repugnado este ilícito y descarado comercio, y, sin lisonjear a España, el suyo ha sido de los más opuestos. Usted —me dijo el negro—, usted como español sabrá muy bien las restricciones que sus reyes han puesto en este tráfico, y sabrá las ordenanzas que sobre el tratamiento de esclavos mandó observar Carlos III; pero todo esto no ha bastado a que se sobresea en un comercio tan impuro. No me admiro, éste es uno de los gajes de la codicia. ¿Qué no hará el hombre? ¿Qué crimen no cometerá cuando trata de satisfacer esta pasión? Lo que me admira y me escandaliza es ver estos comerciantes tolerados y estos malos tratamientos consentidos en aquellas naciones donde dicen reina la religión de la paz, y en aquellas en que se recomienda el amor del semejante como el propio del individuo. Yo deseo, señores, que me descifréis este enigma. ¿Cómo cumpliré bien los preceptos de aquella religión que me obliga a amar al prójimo como a mí mismo, y a no hacer a nadie el daño que repugno, comprando por un vil interés a un pobre negro, haciéndolo esclavo de servicio, obligándolo a tributarme a fuer de un amo tirano, descuidándome de su felicidad y acaso de su subsistencia, y tratándolo a veces quizá poco menos que bestia? Yo no sé, repito, cómo cumpliré en medio de estas iniquidades con aquellas santas obligaciones. Si ustedes saben cómo se concierta todo esto, os agradeceré me lo enseñéis, por si algún día se me antojare ser cristiano y comprar negros como si fueran caballos. Lo peor es que sé por datos ciertos que hablar con esta claridad no se suele permitir a los cristianos, por razones que llaman de Estado o qué sé yo; lo cierto es que si esto fuere así, jamás me aficionaré a tal religión; pero creo que son calumnias de los que no la apetecen.

«Sentado esto, he de concluir con que el mal tratamiento, el rigor y desprecio con que se han visto y se ven los negros no reconoce otro origen que la altanería de los blancos, y ésta consiste en creerlos inferiores por naturaleza, lo que, como dije, es un vieja e irracional preocupación.

«Todos vosotros los europeos no reconocéis sino un hombre, principio y origen de los demás; a lo menos los cristianos no reconocen otro progenitor que Adán, del que, como de un árbol robusto, descienden o se derivan todas las generaciones del universo. Si esto es así, y lo creen y confiesan de buena fe, es preciso argüirles de necios cuando hacen distinción de las generaciones, sólo porque se diferencian en colores, cuando esta variedad es efecto o del clima o de los alimentos, o, si queréis, de alguna propiedad que la sangre ha adquirido y ha transmitido a tal y a tal prosperidad por herencia. Cuando leéis que los negros desprecian a los blancos por serlo, no dudáis de tenerlos por unos necios; pero jamás os juzgáis con igual severidad cuando pensáis de la misma manera que ellos.

«Si el tener a los negros en menos es por sus costumbres, que llamáis bárbaras, por su educación bozal y por su ninguna civilización europea, deberáis advertir que a cada nación le parecen bárbaras e inciviles las costumbres ajenas. Un fino europeo será en el Senegal, en el Congo, Cabo Verde, etc., un bárbaro, pues ignorará aquellos ritos religiosos, aquellas leyes civiles, aquellas costumbres provinciales y, por fin, aquellos idiomas. Transportad con el entendimiento a un sabio cortesano de París en medio de tales países, y lo veréis hecho un tronco, que apenas podrá, a costa de mil señas, dar a entender que tiene hambre. Luego, si cada religión tiene sus ritos, cada nación sus leyes y cada provincia sus costumbres, es un error crasísimo el calificar de necios y salvajes a cuantos no coinciden con nuestro modo de pensar, aun cuando éste sea el más ajustado a la Naturaleza, pues si los demás ignoran estos requisitos por una ignorancia inculpable, no se les debe atribuir a delito.

«Yo entiendo que el fondo del hombre está sembrado por igual de las semillas del vicio y de la virtud; su corazón es el terreno oportunamente dispuesto a que fructifique uno u otra, según su inclinación o su educación. En aquélla influyen el clima, los alimentos y la organización particular del individuo, y en ésta la religión, el gobierno, los usos patrios, y el más o menos cuidado de los padres. Luego, nada hay que extrañar que varíen tanto las naciones en sus costumbres, cuando son tan diversos sus climas, ritos, usos y gobiernos.

«Por consiguiente, es un error calificar de bárbaros a los individuos de aquella o aquellas naciones o pueblos que no suscriben a nuestros usos, o porque los ignoran, o porque no los quieren admitir. Las costumbres más sagradas de una nación son tenidas por abusos en otras, y aun los pueblos más cultos y civilizados de Europa, con el transcurso de los tiempos, han desechado como inepcias mil envejecidas costumbres que veneraban como dogmas civiles.

«De lo dicho se debe deducir: que despreciar a los negros por su color y por la diferencia de su religión y costumbres es un error; el maltratarlos por ello, crueldad; y el persuadirse a que no son capaces de tener almas grandes que sepan cultivar las virtudes morales, es una preocupación demasiado crasa, como dije al señor oficial, y preocupación de que os tiene harto desengañados la experiencia, pues entre nosotros han florecido negros sabios, negros valientes, justos, desinteresados, sensibles, agradecidos, y aun héroes admirables».

Calló el negro, y nosotros, no teniendo qué responder, callamos también, hasta que el oficial dijo:

—Yo estoy convencido de esas verdades, más por el ejemplo de usted que por sus razones, y creo desde hoy que los negros son tan hombres como los blancos, susceptibles de vicios y virtudes como nosotros, y sin más distintivo accidental que el color, por el cual solamente no se debe en justicia calificar el interior del animal que piensa, ni menos apreciarlo o abatirlo.

Iba a interrumpirse la tertulia cuando yo, que deseaba escuchar al negro todavía, llené los vasos, hice que brindáramos a la salud de nuestros semejantes los negros, y concluida esta agradable ceremonia, dije al nuestro:

—Míster, es cierto que todos los hombres descendemos, después de la primera causa, de un principio creado, llámese Adán, o como usted quiera; es igualmente cierto que, según este natural principio, estamos todos ligados íntimamente con cierto parentesco o conexión innegable, de modo que el emperador de Alemania, aunque no quiera, es pariente del más vil ladrón, y el rey de Francia lo es del último trapero de mi tierra, por más que no se conozcan ni lo crean; ello es que todos los hombres somos deudos los unos de los otros, pues que en todos circula la sangre de nuestro progenitor, y, conforme a esto, es una preocupación, como usted dice, o una quijotería el despreciar al negro por negro; una crueldad venderlo y comprarlo, y una tiranía indisimulable el maltratarlo.

«Yo convengo en esto de buena gana, pues semejante trato es repugnante al hombre racional; mas limitando lo que usted llama desprecio a cierto aire de señorío con que el rey mira a sus vasallos, el jefe a sus subalternos, el prelado a sus súbditos, el amo a sus criados, y el noble a los plebeyos, me parece que esto está muy bien puesto en el orden económico del mundo; porque si todos somos hijos de un padre y componemos una misma familia, nos tratamos de un mismo modo, seguramente perdidas las ideas de sumisión, inferioridad y obediencia, el universo sería un caos en el que todos quisieran ser superiores, todos reyes, jueces, nobles y magistrados; y entonces, ¿quién obedecería? ¿Quién daría las leyes? ¿Quién contendría al perverso con el temor del castigo? ¿Y quién pondría a cubierto la seguridad individual del ciudadano? Todo se confundiría, y las voces de igualdad y libertad fueran sinónimas de la anarquía y del desenfreno de todas las pasiones. Cada hombre se juzgará libre para erigirse en superior de los demás; la natural soberbia calificaría de justas las atrocidades de cada uno y, en este caso, nadie se reconocería sujeto a ninguna religión, sometido a ningún gobierno, ni dependiente de ninguna ley, pues todos querrían ser legisladores y pontífices universales; y ya ve usted que en esta triste hipótesis todos serían asesinatos, robos, estupros, sacrilegios y crímenes.

«Pero, por dicha nuestra, el hombre, viendo desde los principios que tal estado de libertad brutal le era demasiado nocivo, se sujetó por gusto y no por fuerza, admitió religiones y gobierno, juró sus leyes e inclinó su cerviz bajo el yugo de los reyes o de los jefes de las repúblicas. De esta sujección dictada por un egoísmo bien ordenado, nacieron las diferencias de superiores e inferiores que advertimos en todas las clases del Estado, y en virtud de la justificación de esta alternativa, no me parece violento que los amos traten a sus criados con autoridad, ni que estos los reconozcan con sumisión, y siendo los negros esclavos unos criados adquiridos con un particular derecho en virtud del dinero que costaron, es fácil concebir que deben vivir más sujetos y obedientes a sus amos, y que en estos reside doble autoridad para mandarlos».

Callé, y me dijo el negro:

—Español, yo no sé hablar con lisonja; usted me dispense si le incomoda mi sinceridad; pero ha dicho algunas verdades que yo no he negado, y de ellas quiere deducir una conclusión que jamás concederé. Es inconcuso que el orden jerárquico está bien establecido en el mundo, y entre los negros y los que llamáis salvajes hay alguna especie de sociedad, la cual, aun cuando esté sembrada de mil errores, lo mismo que sus religiones, prueba que en aquel estado de barbarie tienen aquellos hombres alguna idea de la Divinidad y de la necesidad de vivir dependientes, que es lo que vosotros los europeos llamáis vivir en sociedad. Según esto, es preciso que reconozcan superiores y se sujeten a algunas leyes. La Naturaleza y la fortuna misma dictan cierta clase de subordinaciones a los unos, y confieren cierta autoridad a los otros; y así, ¿en qué nación, por bárbara que sea, no se reconoce el padre autorizado para mandar al hijo, y éste constituido en la obligación de obedecerlo? Yo no he oído decir de una sola que esté excluida de esos innatos sentimientos. Los mismos tiene el hombre respecto de su mujer, y ésta de su marido; el amo respecto de su criado; el señor respecto de sus vasallos; estos de aquéllos, y así de todos. ¿Y en qué nación o pueblo, de los que llaman salvajes, vuelvo a decir, dejarán los hombres de estar ligados entre sí con alguna de estas conexiones? En ninguno, porque en todos hay hombres y mujeres, hijos y padres, viejos y mozos. Luego, pensar que hay algún pueblo en el mundo donde los hombres vivan en una absoluta independencia y disfruten una libertad tan brutal que cada uno obre según su antojo, sin el más mínimo respeto y subordinación a otro hombre, es pensar una quimera, pues no sólo no ha habido tal nación, mientan como quieran los viajeros, pero ni la pudiera haber, porque el hombre, siempre soberbio, no aspiraría a satisfacer sus pasiones a toda costa, y cada uno, queriendo hacer lo mismo, se querría erigir en un tirano de los demás, y de este tumultuoso desorden seguiría, sin falta, la ruina de los individuos».

 

[.....]

 

«...por lo que toca al doble derecho que usted dijo que tienen los amos de los negros para mandarlos, no digo nada, porque creo que lo dijo por mero pasatiempo, pues no puede ignorar que no hay derecho divino ni humano que califique de justo el comerciar con la sangre de los hombres».

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