O P I N I ó N
Elba Esther Gordillo, Napoleón Gómez Urrutia y Germán Martínez. Aliados incómodos.

LOS DILEMAS DEL PRAGMATISMO

Humberto Santos Bautista

La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas.

Nicanor Parra

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En el actual proceso electoral hay un debate ausente, o por lo menos, que se ha vuelto confuso, por las particularidades que caracterizan a las alianzas que se han conformado en la disputa por la máxima representación del poder en México; esto es, la Presidencia de la Republica. En esencia, no hay forma de diferenciar las propuestas de gobierno de los diferentes candidatos presidenciales, porque los proyectos que presentan carecen de identidad propia y parecen centrarse sólo en lo que identifican como los problemas más visibles en el contexto social actual; es decir, la corrupción, la inseguridad y la desigualdad brutal. Aunque en mayor o menor medida, todos parecen circular alrededor del modelo neoliberal. El pragmatismo que define a las alianzas políticas se refleja también en las propuestas y eso también tiene una consecuencia: la pérdida de identidad de los partidos políticos que se diputan el poder.

Si antes el PRI era el partido que se colocaba en el centro, con una ideología que reivindicaba los valores de un nacionalismo revolucionario surgido de la Revolución Mexicana, y el PAN se presentaba como la oposición con tendencia a la derecha, que defendía los valores conservadores que sintió que fueron agredidos en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas (1934-1940), sobre todo, con la llamada «educación socialista» y la nacionalización del petróleo, que consideraron como atentados a la familia y a la propiedad privada; en tanto que la izquierda –o las izquierdas– que apareció en el escenario como partido político desde 1919, con la fundación del PCM, que formalmente se  definía como marxista-leninista, y que no fue reconocido legalmente sino hasta 1979, y más tarde se fusionó con el PMT (de Heberto Castillo) para formar el PSUM. Y luego, después del fraude electoral de 1988, convocados por Cuauhtémoc Cárdenas, se fusionaron de nuevo para crear al PRD.

Y en cada transición fueron modificando su declaración de principios y su programa de acción. Y así, pasaron de concebir como «el motor del desarrollo social a la lucha de clases» y de plantearse como objetivo central de su lucha «la abolición de la propiedad privada» y el establecimiento «del socialismo» y de «una sociedad sin clases», a plantearse fines más tangibles y más relacionados con el contexto mexicano, como democratizar al país y el cambio de régimen de gobierno. Sin embargo, todos estos partidos han sufrido una metamorfosis y un desgaste que los ha llevado a la disyuntiva actual, en donde ya no parecen reconocerse en sus principios y programas de acción, sino sólo en el fin último donde todos confluyen: la ambición de poder.

La pérdida de esa identidad que diferenciaba a la derecha de la izquierda y del centro, se pudo apreciar mejor cuando los partidos de oposición lograron acceder al poder, pues en varios casos, resultaron tanto o más corruptos que sus adversarios que criticaban. Los casos más patéticos fueron los de «la izquierda» aglutinada en el PRD, dado que se encargaron de reproducir los vicios de corrupción que tanto le criticaban al PRI y al PAN. Esa subcultura de su tendencia a la corrupción es la que ahora llevó al PRD a una alianza impensable con quienes se consideraba sus enemigos irreconciliables: un PAN igualmente desdibujado pero con la fuerza suficiente para subordinar a lo que quedaba de ese partido autodenominado «de izquierda».

La otra parte de la izquierda agrupada en el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), formados, muchos de ellos, en el PRD, en realidad, depende casi totalmente del liderazgo del ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, que después de ser agraviado en la elección de 2006 con un fraude electoral, buscará por tercera ocasión la Presidencia, con una nueva estrategia que, por ahora, si se atiende a lo que se lee en las encuestas, le ha funcionado. Sin embargo, hay también una serie de decisiones pragmáticas, que todavía falta evaluar los costos que tendrá para la lucha que librará AMLO en este proceso. Más allá de su alianza con el PES, está la incorporación de personajes impresentables, como el líder del sindicato de mineros o los colaboradores y familiares de la exlideresa del SNTE, Elba Esther Gordillo Morales, de negro historial para la educación del país, uno de los espacios más sensibles y estratégicos de la sociedad mexicana.

Me parece que la sola incorporación de esos personajes le restan identidad a una opción que se reivindica de izquierda y que entre las prendas de mayor valor que se presentaban a los electores eran precisamente las de «ser honesto» y «no ser corrupto». Y si  bien eso no significa que el candidato haya perdido esas cualidades, también es cierto que sería absolutamente irracional plantear la cuestión en sentido inverso; es decir, que esos nuevos aliados, por cálculo electoral, ahora ya queden redimidos y ya no sean corruptos. Esa imagen que se proyecta es lo que sí debiera de preocupar a los militantes y estrategas de Morena, pues como se piensa armonizar a alguien que, hasta ahora, está libre de señalamientos de corrupción con quienes precisamente son la expresión más nítida de lo que simboliza el ser corrupto. ¿No es corrupción la tradición, casi monárquica, de heredar el cargo de dirigente sindical y de enriquecerse desde el cargo y luego perpetuarse en el mismo? ¿No es corrupción el voto corporativo? Y, ¿no era esto lo que se cuestionaba al PRI?

En el caso del PRI, lo que debiera de tenerse claro, no sólo es que es un partido que ya ha demostrado una y otra vez que es incapaz de reformarse así mismo, así fuera sólo para garantizar su propia sobrevivencia, como opción política. Pero eso mismo lo vuelve más peligroso, porque es una ingenuidad irresponsable pensar que va a entregar el poder sólo «por buena voluntad». Ya en estos días, el candidato del PAN, Ricardo Anaya, se convirtió en la evidencia de que el régimen está dispuesto a todo para mantenerse en el poder, así sea con el uso faccioso de las instituciones.

En este nuevo escenario, lo que debió haber merecido una condena generalizada, parece que prefirió mirarse muy pragmáticamente en cómo beneficiarse de ese pleito, entre el PRI y el PAN. Y me parece que se cometió un error, porque lo que los ciudadanos demandan es que las elecciones tengan certeza de que serán limpias y sin intromisión de ningún tipo, y menos desde las instituciones que se supone que son las encargadas de darle legalidad y legitimidad a un proceso donde se decidirá el destino de la Nación. Si la agresión se endereza contra todo aquel que sea considerado de oposición, ¿cómo se va a enfrentar al uso faccioso del poder? No se ve una estrategia capaz de inhibir a tiempo esa tentación del uso discrecional de las instituciones para torcer la voluntad ciudadana.

En esta perspectiva, pareciera que a los ciudadanos sólo le quedará la opción de qué pragmatismo es el menos peor: un pragmatismo ciego o un pragmatismo vulgar. El primero, más cercano a lo que todavía se llama izquierda, habría que recordarle que la esencia de la izquierda es la crítica radical y que eso mismo implicaría elegir a sus mejores cuadros, capaces de diseñar propuestas viables a los problemas. Porque en otros tiempos, si bien la izquierda era minoritaria y perdía las elecciones, tenía una virtud: ejercía la crítica radical y ganaba todos los debates. Hoy, no sólo se pierden las elecciones, sino que también se pierden los debates. Y lo peor: se ha renunciado a la crítica radical. Los senadores electos por Guerrero en 2012, que ganaron gracias al efecto López Obrador, son la mejor evidencia de ello. El otro pragmatismo es la reproducción de una historia que lleva padeciéndose desde hace casi nueve décadas.

El problema es si ese pragmatismo, de derecha o de izquierda, será suficiente para resolver los problemas emergentes: la desigualdad, la corrupción, la impunidad, la inseguridad. Tal vez ésta sea la última oportunidad para llegar a un mal acuerdo; es decir, donde se respete la decisión de los ciudadanos y empezar a resolver sobre bases buenas los problemas que ahora parecen imposibles de encontrarles solución.

Tal vez también sea tiempo de que los ciudadanos tomen consciencia de lo que alguna vez expresara el gran artista y combatiente en la guerra civil española, Fernando Gerassi, gran amigo de  Jean Paul Sartre, en el sentido de que «no se combate al fascismo porque se va a ganar. Se combate porque es fascismo». Habrá entonces que votar en contra del régimen que ha corrompido la vida nacional y ha envilecido ido las instituciones. Porque no se trata de que gane un partido, sino de que gane México, el que está conformado por millones de miserables, de desempleados, de campesinos, de jóvenes con derecho a una vida digna, con mujeres que son las que sostienen a este país, con los niños y niñas que tienen derecho a una educación de calidad y con maestros que dignifiquen la educación y la escuela. Con todos los que sueñan con un país que sea realmente de todos y todas. Ésa es una tarea ética y política que habrá que emprender en los días  por venir.

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