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Por: José Ignacio de Alba

Glafiro Carreto, el último mezcalero de Carrizalillo

[Primera de dos partes]

Glafiro Carreto. Graduación del mezcal. [Foto: José Ignacio de Alba]
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Glafiro Carreto es el hombre más envidiado de Carrizalillo. En su casa están a la venta más de dos mil litros de mezcal blanco que elaboró cuidadosamente. Sus vecinos son clientes exigentes, pues ellos también fueron mezcaleros. Buenos mezcaleros. Pero cuando llegó la minera canadiense Gold Corp y les propuso sacar oro de sus tierras a cambio de dinero, todos, excepto Glafiro, cambiaron la hechura del mezcal por el oro.

Carrizalillo está en la parte baja de la zona serrana de Guerrero, en el municipio de Eduardo Neri. Es un lugar de montañas rocosas y vientos cálidos, de cañadas profundas y tierras coloradas. Muchos de los mil habitantes del pueblo se apellidan Celso y Peña. O Peña y Celso, que para el caso es lo mismo: todos de alguna forman son parientes. La historia común entre estas familias siempre fue el mezcal, de hecho, en el pueblo se dice que Carrizalillo fue fundado por buscadores de magueyeras llegados de Xochipala. Pero todo cambió con la llegada de la mina: los campesinos se volvieron mineros, construyeron casas de dos pisos y comenzaron a enfermarse. Luego, como casi todo el estado de Guerrero, y como casi todo el país, el pueblo quedó atrapado en una guerra entre bandas criminales.

Glafiro Carreto, de 75 años, de piernas corvas por montar mulas, panza abombada y manos magulladas, anda sin perderse por las jorobas de los cerros, por peñas lejanas y por los márgenes de los ríos. Desde que tenía 14 años ha tenido chamacos con tres mujeres diferentes. Entre sus 13 hijos hay militares, licenciados, un veterinario, mujeres que fueron robadas por sus novios, alguno que falleció y otros tantos de los que a veces olvida cómo se llaman, qué hacen y dónde viven. Pero el más chico, también llamado Glafiro Carreto, le ayuda a elaborar mezcal en la destilería.

Los Carreto se han mantenido al margen del negocio de la minería. Aunque Glafiro recibe una renta de la minera como ejidatario, nunca dejó de producir el aguardiente ni aceptó trabajo en la mina.

–¿Por qué no abandonaste el mezcal? –le pregunto con curiosidad.

–Pues no tengo otra chamba, y eso es lo que sé hacer –responde Glafiro, sin mayor explicación.

El oro llama

La gente de Carrizalillo sabe que vendió su alma al diablo. Aquí, la primera empresa minera que conocieron fue Grupo Peñoles, que abrió socavones (túneles) para sacar oro. Pero lo hizo sin mucha notoriedad por la poca cantidad de minerales que extrajo.

Todo cambió en 2005, cuando la minera canadiense GoldCorp retomó el proyecto y puso en operación una mina a cielo abierto. La Secretaría de Economía otorgó el primero de los permisos a Gold Corp y su subsidiaria LuisiMin para explotar la mina bautizada como Los Filos; a dos kilómetros de allí la compañía canadiense negoció con Peñoles y la estadounidense Newomnt el traspaso de la concesión donde ahora está la mina El Bermejal.

A partir de entonces, en Carrizalillo nadie volvería a ser pobre y nadie, tampoco, volvería a tener paz. Los mezcaleros resultaron ser los dueños de una fortuna que siempre estuvo oculta para ellos, imposibilitados para sacar el oro y sin tener conocimiento de la ley agraria, vendieron 970 hectáreas de tierras del ejido a Gold Corp, que empezó a desarrollar un proyecto minero a gran escala. «Megaminería», le dicen ahora a estos boquetes que hacen en la tierra. La minería a cielo abierto opera sobre la superficie desmontando montañas con dinamita y maquinaria pesada; saca toneladas de tierra y separa los minerales con potentes químicos.

Gold Corp es la cuarta compañía en el mundo de la producción de oro. Y buena parte de sus ganancias las obtiene de sus minas en México. El proyecto de Carrizalillo es tan grande, que las dos minas están prácticamente unidas y sólo las separa la carretera que lleva al pueblo.

Glafiro instaló su destilería en un lugar donde abundan los magueyes silvestres. En el camino, el hombre va tanteando cuales ya están buenos. Las mulas lanzan mordiscos a los pastos altos y Glafiro les corrige el paso azuzándolas con una vara.

En el camino para llegar a la pequeña factoría de los Carreto bajamos hasta escondrijos debajo de los barrancos y cruzamos un par de ríos casi secos donde las mulas se paran a tomar agua. De vez en cuando, un avión comercial pasa a miles de kilómetros de la tierra y no puedo evitar pensar en lo lejos que viven Glafiro y sus mulas de la gente que viaja en aviones.

El sentimiento de soledad lo da sobre todo el silencio. A veces las mulas bufan o Glafiro canta o los perros ladran. A ratos, me cuenta que de niño fue pastorcito de chivos y aprendió el oficio de su papá, Carlos Carreto. Sus abuelos no eran mezcaleros. «Esos murieron jodidos –dice–; ellos sembraban frijolitos y maicito y luego agarraban chapulincitos y nomás eso comían. Pura tortillas con chapulines». Su madre, Rosa Aponte, murió de una infección de parto. Estuvo agonizando ocho días. «En ese tiempo yo no sabía nada de nada, ni a menos para hacerle un baño o una comidita o las curaciones. Qué íbamos a ir a un hospital. No teníamos ni para comer, qué cosa íbamos a saber qué era hospital», dice Glafiro.

Después de casi tres horas de viaje, un olor dulce, alcohólico, nos reconforta. Llegamos al predio El Aguacate donde está la destilería, que no es ni siquiera un cuarto. Bajamos de las mulas y las descargamos. Enfundada en unas botas de hule, Areli, la nuera de Glafiro, nos ofrece tacos de frijoles con chiles y agua de río para beber.

Glafiro hijo y Areli me dicen que aunque no me conocían ya sabían que iba a llegar, cuentan que por la mañana estuvo cantando el pájaro «quiz» que anuncia la llegada de visitas. Cuando les pregunto más del tema, dicen que el jilguero es el pájaro alegre y que el pochacuate «canta cuando se muere el indio».

La sangre por el oro

México es el tercer productor de heroína en el mundo, después de Afganistán y Myanmar, según la Oficina de Naciones Unidas Para las Drogas y el Delito. Y en México, el estado de Guerrero es el rey del negocio: más de mil 200 comunidades pobres del estado dependen de la producción de amapola. Y por las extrañas reglas del sistema económico, esa producción le sirve a los campesinos para sobrevivir y a los traficantes para ganar millones de dólares.

La «guerra contra las drogas» que inició el expresidente Felipe Calderón en 2006, acabó con los viejos pactos en los que los grupos criminales se dividían el país y comenzó una batalla campal que se extendió en toda la República y multiplicó las formas del crimen: asesinatos, desapariciones, secuestros, extorsiones.

A Carrizalillo, las bandas criminales llegaron cuando vieron que la gente empezaba a tener dinero por la renta de la mina. Primero fueron Los Rojos. Su primera víctima fue Gilberto Celso Solís: lo mataron, lo hicieron pedazos y lo echaron en una barranca por no pagar «cuota». En 2011 le tocó ser secuestrado al comisario, Santos López García. Un grupo encabezado por Onofre Peña Celso y su hijo Sergio fue al pueblo de Mezcala a tratar de liberarlo, pero el resultado no pudo ser peor: Santos López murió en el lugar y Sergio Peña fue desaparecido. Eso derivó en una guerra intestina entre Los Rojos y Guerreros Unidos, o entre Peñas y Celsos, o Celsos y Peñas, porque al final, todos quedaron en un bando o el otro. Comenzaron a matarse entre familias. Y el odio fue tal que el pueblo quedó dividido geográficamente y el único territorio neutral era la escuela.

En 2014, la historia dio un giro, con la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en Iguala. Carrizalillo está a menos de una hora de Iguala. El gobierno señaló al grupo Guerreros Unidos, que entonces también tenía el control de Carrizalillo, como responsable de la desaparición. Así que la Procuraduría General de la República realizó una búsqueda de los normalistas en el pueblo y el entonces comisario, Nelson Figueroa, aseguró –sin pruebas– que el exalcalde de Iguala José Luis Abarca y su esposa, María Pineda, estuvieron refugiados en casas de la familia Peña Celso cuando estaban huyendo de la justicia.

Como sea, el asesinato entre hermanos, vecinos, exsocios hizo que en 2015 la mitad del pueblo se tuviera que desplazar por la violencia. El único negocio que prosperó ese año en Carrizalillo fue el de los herreros del pueblo, que recibieron muchos encargos para forjar ventanas y portones blindados.

A Onofre Peña y Antonio, su padre, los asesinaron en Iguala, a donde habían ido a refugiarse. Y ni muertos los dejaron regresar a Carrizalillo. Mariano Peña, el hermano de Antonio, tuvo que conformarse con despedirse a través de la foto del periódico.

Pero a pesar de la violencia, la mina no detuvo sus operaciones. Gold Corp siguió sacando, en promedio, 270 mil onzas de oro cada año de estas tierras. Las instalaciones de la mina son cuidadas por elementos de la Policía Federal, el Ejército mexicano, la policía bancaria y la policía del estado.

Glafiro Carrero tampoco se fue de Carrizalillo, donde se ostenta como el único depositario de la receta de mezcal de los Carreto, una fórmula que ha existido por cuatro o cinco generaciones.

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