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Por: David Espino

Entre la ola de asesinatos… la vida sigue en Acapulco

Acapulco. Violencia cotidiana. [Foto: Carlos Alberto Carbajal]
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El chofer del camión urbano Base-Caleta toma su escapulario y lo besa; luego se persigna. Lo hace con los ojos cerrados, con fervor. Falta poco para las 3:00 de la tarde, y en la parada del Zócalo de Acapulco el sol cuece todo lo que toca. Es la primera vez que veo que un chofer se persigna. Antes había visto que fumaran mota, que chulearan a las chicas, que fueran echando pleito con el chofer de al lado, que fueran perreando con la música a todo. No que se persignaran… y menos en pleno día.

¿Será por los tiempos que se están viviendo?, me pregunto.

Decía, faltan poco para las 3:00 de la tarde, y muy cerca de aquí, en la calle Altamirano, en el Barrio de El Hueso, en la zona del Acapulco originario, el tradicional, un hombre ya fue ejecutado de un balazo en la cara y otro en el pecho. Eran las 12:20 del día cuando el taxista Ángel Flores Balandrano, moreno, 35 años, pelo a rape, vio, mientras conducía, que lo esperaban un par de metros adelante. Frenó el vochito 3631 y salió corriendo en dirección contraria. Los sicarios lo siguieron y cuando lo alcanzaron le dispararon con sus 9 milímetros. Los peritos hallaron tres cascajos esparcidos en el lugar.

Era mediodía. El desfile del 20 de Noviembre con autoridades municipales, marinos y gendarmería resguardando el perímetro, seguía como si nada en la Costera, a unos metros de donde Ángel Flores cayó asesinado. La vida alrededor de donde ocurre un atentado suele seguir sin mayores alteraciones. Y más cuando está lejos en el espacio o en el tiempo. Un par de días antes del desfile, de que mataran a Ángel, ocurrieron dos crímenes de personajes más o menos públicos.

El primero fue el exdirector de Gobernación Municipal, Felipe Loyo Malabar, asesinado afuera de su casa en la colonia del centro del puerto, Hogar Moderno, la mañana del lunes 16 de noviembre. El segundo fue el abogado Jesús Antonio Lemus Beltrán, asesinado dos días después, el miércoles 18, en circunstancias similares: afuera de su casa, entre Xalapa y Campeche, en la colonia Progreso. En ambos casos, fueron sicarios jóvenes, apenas unos chicos, según testigos. Conversaban, no sé, de la próxima pelea del Canelo, de las chicas, conversaban mientras aguardaban para matar.

Pero la vida sigue. En las calles Velázquez de León, 5 de Mayo, Noria y en la avenida Cuauhtémoc, temible, monstruosa, la vida sigue. El comercio fijo y semifijo sigue. Las casas de empeño se atiborran, las aceras tomadas por los vendedores se atiborran, apenas y se camina. En los lugares donde venden oro o fantasía al menos se curiosea. Los sitios de discos piratas con cumbias del Acapulco Tropical suenan en medio de cláxones y frenazos. Y la gente husmea como potencial consumidora.\
Las chicas en venta de la Velázquez de León siguen afuera de los hoteluchos de mala muerte, ataviadas en vestimentas minúsculas para atraer a los clientes.

–Vamos al cuarto, muchacho –ofrece una morenita bastante joven, con su sonrisa lisa y un vestido transparente.

Salvo en la Noria. En la Noria la vida ya no es la misma. El Bar Siete Esquinas está cerrado, por ejemplo, y los antros que surcaban ambos flancos de la calle con rocolas tocando, ahora están en silencio. El polvo arde y flota sobre el pavimento y sólo falta que el cliché de las películas del Oeste se repita: que un matojo seco pase rodando por el lugar. Aquí la violencia hizo lo suyo. Antes de que mataran, levantaran, hirieran, descuartizaran a clientes y meseros, a cantineros y ficheras la calle era un hervidero de briagos en busca del siguiente lugar donde seguir la juerga. Sin importar la hora.\
La vida no siguió su curso más o menos normal, como sí se sigue en muchos otros sitios. En el mercado El Parasal los puestos de souvenirs y ropa, escondidos entre pasillos enredados, están abiertos aunque con pocos clientes, y en la plazuela los ancianos conversan bajo las sombras de los almendros y los mangos. Dos niñas y un niño juegan a saltar la cuerda, y una niña cruza veloz con un patín del diablo, toda sudada de la espalda.

No se diga en plena Costera, donde los chilangos recién llegados se tiran al mar con todo y ropa, bajaditos del autobús en el que llegaron, como quien acaba de descubrir nuevas tierras, aunque a estas alturas no haya nada nuevo bajo el sol. Estarán metidos en el agua hasta que la piel se les arruguen y faltando poco para las 7:00 de la noche seguirán enfiestados, listos para irse al hotel donde se hospedarán por los dos días del fin de semana que restan.\
Nada nuevo bajo el sol en Acapulco, salvo uno que otro comercio más, cerrando; salvo uno que otro banco más, cerrado; salvo uno que otro antro más, cerrado.

Un par de días antes platiqué de eso con unos colegas extranjeros.

–Acapulco colapsó –sugerí mientras conversábamos en el zócalo.

–Sí –respondió Elisabet Sabartés– como las cloacas cuando llueve.

Lo dijo porque esa noche, mientras bebíamos a la vera de un Oxxo, llovía.

–Colapsó y ahora se devora a sí mismo –repuso Giulio Pretocco, sin de dejar de beber su Superior.

Me quedé pensando varios días sobre esa reflexión.

***

Los pescadores de la playa Las Hamacas tendieron su pescado desde temprano como de costumbre. Y como de costumbre pelean con gatos sin dueños que ronronean por el lugar en busca de tripas. Cerca de ahí, un almendro gigante guarda en su sombra a tres teporochos que alegan como si estuvieran sobrios. Se dicen albures y se carcajean. Se pican el culo y se carcajean. Luego, callan como si estuvieran ebrios; agachan la cabeza adormilados por el calor de las 2:00 de la tarde, como gatos viejos y somnolientos.

La Costera es todo movimiento. Los automóviles no dejan de cruzar salidos quién sabe de dónde. Se me antoja que salen de un borbollón de hojalata donde nunca dejan de brotar, como el agua. Los paseantes cruzan la avenida a las carreras. El camión urbano para rápido y quienes vamos a bajar salimos casi corriendo, antes de que vuelva a ponerse en marcha. En La Diana todo parece normal. En el centro comercial que lleva el mismo nombre, las tiendas ambientan de tal modo que se cree que esto no es Acapulco.

El chill out de la tienda de ropa Zara suena hasta donde uno que otro hispter de Starbucks gloogea o se mira en el Facebook. Sí, la atmósfera de las tiendas los aleja del caos de allá afuera. El fresco del aire artificial emula cualquier otro lugar menos Acapulco. Y en la segunda planta, el ruido de los automóviles es más inaudible. Aquí se puede estar todo el día, hacer de todo. Meterse al cine, salir por un café o un helado, comer, husmear, ‘ligar’. Hacer todo apartado de ese lugar que se devora en su miedo y en su violencia, como un gato que persigue su propia cola.

Pero no. De regreso a la realidad, a eso de las 7:00 de la noche los pescadores de la playa Las Hamacas recogen los restos del día. Uno de los teporochos que horas antes se albureaba con sus compinches se aleja dando tumbos por la arena tibia sin dirección aparente ¿Quién lo espera con sopa caliente? La oscuridad se acerca y la noche pertenece a otros. Todos los saben, por esos las playas van quedando solas. Una que otra pareja se queda un rato más sentada en la orilla del mar para ver el crepúsculo. Uno que otro transeúnte para su marcha apresurada para recibir la brisa en la cara. Aunque sea un instante. Luego sigue su camino.

Un grupo de 12 chicos morenos camina en la playa mientras patea una pelota de futbol. Los chicos se pelean el balón entre ellos con camaradería genuina. Se ríen entre ellos como si fueran felices. No dejan de caminar hasta perderse quién sabe dónde. Imagino que en algún punto se despidieron con aspavientos, como se despiden los chicos, subieron a la acera y cada quien subió al camión que los llevaría a sus casas, muy lejos de aquí. En la Mira o en La Jardín, en la Cumbres de Figueroa o en La Zapata, en la Garita o en la Santa Cruz.

Las chicas de la Velázquez de León están en sus puestos, afuera de los hoteluchos. ¿Cuántos clientes habrán tenido en siete horas? ¿A cuántos habrán dado consuelo sin más interés que un par de billetes? ¿Cuántas horas más aguantarán esos tacones de aguja? ¡Qué bueno que el buen Sabines las canonizó a tiempo! Muy cerca, en el mercado de El Parasal se van bajando las cortinas y los niños cansados de dar brincos dormitan en los brazos de sus madres.

***

Son casi las 8:00 de la noche y la ciudad no termina de devorarse. Un par de horas después de que persiguieran y mataran a Ángel Flores, asesinaron en la Jardín Mangos a Israel Flores Acosta. Israel, 38 años, delgado y moreno, pelo a rape, quedó tirado con la mitad del cuerpo en la banqueta y la otra mitad en el arroyo, con un tiro 9 milímetros en la cara.

Muchas horas antes, como a las 8:00 de la mañana, un hombre fue hallado desnudo y con signos de que lo golpearon hasta matarlo en la colonia Sinaí.\
En el Parque de la Reina, la vida parece distinta, distante al cauce siniestro de los días. Como modelo de algo que se quisiera. De ciudad o de sociedad, de algo lejano que acá puede verse al menos por una par de horas. Chicos en bicicletas, parejas cerca del mar, niños en triciclos, madres de familia haciendo zumba, policías dando vueltas en un parque bien iluminado. Hombres y mujeres ejercitándose en aparatos dispuestos para ello. Más chicos cruzando en patinetas, más niños correteando a sus chihuahuas, y madres contemplándolos. Nadie se mete con nadie, todo mundo ríe, feliz como si esto no fuera Acapulco.

La oscuridad llega y la noche pertenece a otros. Van aparecieron de poco. Uno de ellos apenas se asoma al Malecón con su mona en la mano. El Acarey bajó a los últimos paseantes. Momentos antes, el crucero llegó con su cumbia en vivo, los paseantes bailando, renuentes a bajar, a que el sueño terminara. Pero no se puede vivir en el mar, a menos que se viva en Acapulco, que se posean millones para tener un yate, o indigente para echarse clavados todo el día a cambio de una moneda tirada hasta el fondo. Así que bajaron, renuentes o como sea, y todavía alcanzaron a tomarse una foto en grupo con el barco de fondo.

La noche pertenece a otros. Los tripulantes no terminan de bajar del último paseo por la bahía y un hombre mono ya se apropia del Malecón. Para él la noche empieza, y empieza bien: destapando una Tonayán con jugo Lala de uva y su mona en la mano. Mujeres y niños todavía pescan pececillos y él desde su viaje dice cosas como «es divertido pescar». Un anciano vende desde quién sabe cuándo estas cuerdas con un anzuelo en la punta. Lo veo hasta que no haya nada que atrapar y entonces se vaya a la quiebra.

Son casi las 9:00 de la noche. Todavía le quedan tres horas a este 20 de noviembre. Acá no hay más signo de que haya sido Día de la Revolución que una chiquilla vestida de Adelita cruzando por la calle de la mano de su madre. Todavía le queda un par de horas a este 20 de noviembre y en lo que resta de la noche, poco antes de las 12:00, hombres armados balearán un comercio de mofles en la Calzada Pie de la Cuesta, quemarán un vehículo y provocarán alarma entre los vecinos de la zona. Los bomberos llegarán a sofocar el fuego, los militares a tomar fotografías, policías viales a encauzar el tráfico y los peritos a recoger doce cascajos calibre 9 milímetros.

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