S U P L E M E N T O

Número 23. Año I. 5 de diciembre de 2017. Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.

Suplemento de antropofagia cultural, etnicitaria para afroindios y
no-afroindios de Guerrero y de Oaxaca, y de todo el universo oscuro.

Trabajo esclavo en América.

La Nueva España

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Por: Luz María Martínez Montiel
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El eminente historiador Silvio Zavala publicó en la Colección de Obras Históricas Mexicanas: Ordenanzas de Trabajo. Siglos XVI y XVII, en la Editorial Elede, 1947. Emprendiendo una obra monumental, en este primer volumen recogió los documentos clasificados en el Ramo Ordenanzas aparecidos en los Índices del Boletín del Archivo General de la Nación entre abril de 1940 y marzo de 1942. Otros trabajos de ardua y ordenada recopilación, con su eficaz colaboradora María Castelo se editan en varios volúmenes que siguen al de Ordenanzas; aparecen como Fuentes para la Historia del Trabajo en la Nueva España. Esta obra extraordinaria en la historiografía de México, que abarca desde 1575 hasta 1805, cambió la visión que se tenía del periodo colonial. Zavala hizo una gran contribución al establecer la metodología, con la que los investigadores de América Latina pudieron avanzar en el estudio concreto de la construcción de América.

Lo que define la ubicación del esclavo en el sistema colonial y condiciona su movilidad social y sus posibilidades de conservar parte de su cultura es su integración económica. Es en el sistema de explotación en el que se definía su estatus. El africano comenzaba su proceso de liberación pagando con su trabajo su libertad. Con su trabajo redimía a los suyos, con su trabajo aprendía, con su trabajo ascendía y con su cambio de estatus, como liberto, trasmitía a su descendencia su herencia religiosa y podía recrear parte de su cultura original.

Al referirse a la obra de Zavala, E. Suares Gaona dice:

 

...lo que verdaderamente le interesa al maestro Zavala es la interacción de los dos mundos coloniales: lo que lleva a la verdadera creación de un nuevo mundo. A los procesos de integración –desde los conquistadores– y de supervivencia –desde los vencidos–, para crear una nueva cultura. O en palabras del propio Zavala: la convergencia que se produce por dos vías opuestas, una que allana el paso y la adaptación al nuevo medio de la cultura europea; y otra que permite, en cierta medida, la supervivencia de la experiencia indígena y su acomodo al cuadro de vida alterado hondamente por la presencia de los colonizadores.

 

Aunque en la cita anterior no está mencionado el negro, también pasó por el proceso de integración —como indios y peninsulares— a la sociedad colonial. En los tres casos comenzó por su integración económica, los tres tuvieron que adaptarse de acuerdo a su situación, los tres tenían un universo cultural que se modificó en distinta intensidad.

Resumiendo un estudio que hace M. L. H. Casasús, a raíz de que se decreta la libertad del indio, la mano de obra esclava se intensifica en la Huasteca: realizando trabajo como empleado doméstico del español, en las zonas ganaderas como pastor y mayordomo, en plantaciones de caña y trapiches como obrero y agricultor, y en las pesquerías como ayudante. Como liberto trabajó en los regimientos de pardos y mulatos, ya que se les utilizaba para resguardar las costas amenazadas por piratas y corsarios.

Con la introducción de la caña de azúcar y el establecimiento de los ingenios y trapiches, la mano de obra negra comenzó a tener importancia, por lo que se reglamentó en las ordenanzas virreinales. En los pueblos pertenecientes a la Custodia de San Salvador Tampico que se dedicaban a la ganadería y a la plantación de la caña de azúcar se impuso un registro de negros y mulatos. Igualmente, en las riberas de las lagunas o los ríos. En el pueblo de Nuestra Señora de Ozulama se encontraban 133 familias de mulatos, en la Misión de Nuestro Santo Padre de Ozulama había 63 familias de negros y mulatos y así, sucesivamente, encontramos que en los pueblos que conforman la Custodia de San Salvador Tampico se encuentra un número alto de población negra o mulata, aunque no supera a la indígena.

A la población negra o mulata que no podía integrarse a las escuelas u órdenes eclesiásticas, aprovechando su fortaleza física y la experiencia en el pastoreo, se le colocó por generaciones en puestos de mayordomos o vaqueros de haciendas, donde se encontraban del lado del amo blanco y se imponían con su maltrato a los indios. Un padrón levantado en 1790 en Ozulama nos muestra que en seis haciendas con 49 ranchos la población estaba dividida en 8 europeos, 24 españoles, 392 indios, 719 mulatos y 6 negros, lo cual demuestra que en el sistema esclavista, en las haciendas ganaderas y en los trapiches, los afrodescendientes tenían un estatus superior a los indios a finales de la Colonia española en la Huasteca.

Los pardos y mulatos también se empleaban como soldados en las compañías milicianas. Un informe de finales del XVII indica que, en este rubro, en Tampico había 20 familias de negros y mulatos que en número se igualaban a las familias de indios en la milicia; también en la marina la población mulata era mayor, había 300 familias de mulatos, en contraste con 8 de indios. En 1788 se encuentran en Tamiahua a 400 negros milicianos que estaban libres de tributos por ocuparse de guardar el puerto y la costa.

En cuanto a la posesión de esclavos, ésta era legal y tolerada por la Iglesia. Los clérigos y religiosos los poseyeron. Se afirma que aun los libertos tuvieron esclavos de su propiedad. La excepción fue la orden franciscana que, a diferencia de otras que llegaron atener cientos de esclavos en sus haciendas, no poseyeron ninguno.

El negro y mulato criollo de la Huasteca que era descendiente de esclavos, al paso del tiempo se ocupó en las salinas del sur de Tamaulipas, así como en las tenerías y después como zapatero. Servía en la descarga de navíos y calafateo de las naves, como mozo de recua y como albañil. Ya libre, se ocupó en las minas de San Luis Potosí y algunos tuvieron su propio rancho de ganado.

Aunque en Tamaulipas y en las Huastecas la mayoría indígena predominó en un 90%, el negro sustituyó al nativo, en las zonas despobladas. Así quedó integrado el africano en las mezclas de su población.

María Guevara se aproxima al tema del trabajo esclavo en el estado de Guanajuato. En esa región parece haber regido una visión jerárquica en función de la cual se organizó todo el sistema laboral. Por otra parte, la población colonial estaba sujeta a las demandas de la metrópoli para distribuir la mano de obra según lo demandaban la producción y las industrias. La mano de obra, ya se dijo, se fue convirtiendo en productora de materia prima, sobre todo metales preciosos (oro  y plata) con la contraparte de un comercio monopólico de importación de bienes suntuarios. La producción minera fue de gran importancia en la zona del Bajío, en torno a la cual se desarrollaron las demás actividades agropecuarias y artesanales.

En la Nueva España la trata tuvo su apogeo en el siglo XVII. Para el XVIII, el trasiego de esclavos era mas bien un comercio interno con sus variantes regionales. Guevara, al hablar específicamente del caso de Guanajuato, señala que el estilo más común de este comercio fue el que se hacía ‘al menudeo’ entre particulares que vendían o compraban, según sus necesidades, a sus esclavos. Los mineros del siglo XVI fueron los primeros en la introducción de esclavos. Sin embargo, sobre todo a partir del siglo XVII, el comercio de esclavos en esta zona se practicó en pequeña escala. Entre los factores que incidieron en el rendimiento poco efectivo del trabajo esclavo en las minas, según esta historiadora, estaba la dificultad de vivir en las alturas. Se piensa que los africanos estaban más adaptados a su nicho ecológico al nivel del mar. Lo anterior parece explicar también las repercusiones en la salud y la huida de los esclavos de los reales de minas.

Como se puede apreciar, la integración de los africanos y sus descendientes en las actividades productivas varió de región a región. Si en Veracruz y el Caribe se ubicaron con preferencia en las grandes plantaciones cañeras, en el Bajío estaban dispersos, ya fuera en las minas o en las zonas urbanas, donde eran sirvientes domésticos y trabajadores de las diferentes industrias (textileros, curtidores, herreros) o  bien se desempeñaban en la actividad agropecuaria como vaqueros y arrieros, hortelanos y labradores. A pesar de que la historiografía tradicional ha separado sistemáticamente a los grupos de trabajadores por origen étnico, el Bajío no presenta dicha tendencia, probablemente por ser una región poblada por inmigrantes, lo cual pudo facilitar la relativa y rápida integración entre grupos de diversa procedencia. De lo cual resultó una sociedad, que se imaginó de castas, que más bien fue una sociedad mestiza y clasista con características de ‘colorocracia’, donde los indígenas y las castas mismas normalmente formaban la mayoría de trabajadores y la gente de origen europeo pertenecía a la élite propietaria y productora.

Según el censo de 1719, los habitantes de la villa de León trabajaban en las actividades relacionadas con las artesanías y el campo, aunque también en la minería, ya fuera en el real de Comanja o en la villa de Guanajuato. Buena parte de estos trabajadores se dedicaban a elaborar aquellas artesanías que le dieron carácter a la villa: los textiles y la zapatería. Las mujeres tuvieron un papel importante, sobre todo en la producción textil, ya fuera como hilanderas, tejedoras o costureras. Las castas de origen africano solían trabajar como zapateros, leñadores, sastres y en otros lugares como herreros. Una actividad importante fue la de arriero, en una zona donde había que transportar mineral y alimentos y toda clase de artículos para hacer la vida cotidiana menos difícil. Algunos de los acusados de pacto con el demonio fueron mula- tos que vivían de las actividades asociadas con la ganadería, eran vaqueros y arrieros, algunos libres y otros esclavos.

En la congregación de Irapuato se encuentra que la mayoría de los pobladores rurales eran labradores que ejercían otras actividades productivas como la arriería, la curtiduría y la producción de cal, y los urbanos se dedicaban a las actividades agropecuarias y a la producción de alimentos, así como a los servicios, el comercio y el transporte de mercancías. En la ciudad de Guanajuato, cerca del 10% de la población económicamente activa según Humboldt, estaba relacionada con la producción minera, ya fuera en el proceso de extracción o en el de beneficio del mineral; buena parte de la población se dedicó a los servicios requeridos por la minería y al comercio callejero, y en la ciudad se enfatizó la producción artesanal y de alimentos. Si bien en el siglo XVI la minería estuvo basada principalmente en el trabajo de indios en tandas y de esclavos negros, poco a poco se fue transformando en un sistema de trabajo libre asalariado.

Para Araceli Reynoso, dos son sin duda las unidades de producción más destacadas para emplear mano de obra de ascendencia negra esclava o libre en la historia de la presencia africana en México: la primera el ingenio y la otra el obraje. De esta segunda, considerada como agente primario del capitalismo incipiente en la Nueva España; hace toda una síntesis partiendo desde sus orígenes y terminando con el análisis del caso específico de un obraje, haciendo la aclaración de que poco se ha reparado en uno de los principales sectores poblacionales que lo conformaban: los esclavos africanos. Con su trabajo pretende mostrar la utilización de la mano de obra esclava de ascendencia africana y la penal por sobre la libre, en uno de los más grandes obrajes de Coyoacán durante el siglo XVII: el de la familia Posadas.

A pesar de que en un inicio los obrajes funcionaban básicamente con mano de obra indígena, ya para el siglo XVII las políticas en su defensa volvieron una condición indispensable para abrir un obraje el uso de mano de obra esclava, en sustitución de la primera, en la manufactura textil. En 1602, mediante real cédula se ordenó la introducción de esclavos africanos, advirtiéndose a los dueños de obrajes tener un plazo de cuatro meses para sustituir a los indios que laboraban en ellos, convirtiéndose en más de la mitad del personal de la mayoría de los obrajes novohispanos de ese siglo. En última instancia, la sustitución no fue total y también existieron otros tipos de mano de obra forzada, incluyendo la india. Después de la esclavitud, la sentencia penal (reos, deudores, vagabundos, de orígenes diversos: mulatos, mestizos, indios, chinos, castas y otros extranjeros) fue la alternativa para abastecer de mano de obra el obraje de Posadas, y al final del siglo XVII, desplazó a la primera.

Para 1660 —señala Aguirre Beltrán— la existencia de un total de 372 trabajadores en los tres principales obrajes ubicados en Coyoacán; de esa cifra, el 13% lo constituían reos, 28% endeudados y el 59% esclavos negros, mulatos y chinos. Información proveniente de documentación parroquial muestra que la presencia africana en la zona estaba restringida básicamente al ámbito del obraje en un 97% aproximadamente y sólo el resto dedicado al servicio doméstico; por lo menos hasta antes de 1675, en que comienzan a aparecer registros de población libre, sobre todo mulata, en diferentes puntos de la región, en general relacionados con la industria textil.

En cuanto a las relaciones interétnicas que se daban al interior del obraje, resulta que en ocasiones el esclavo aparece con mejor trato por parte del amo que el resto de los trabajadores de orígenes diversos, al margen totalmente de las leyes coloniales. La razón muy probablemente tenga que ver con su valor como pieza de propiedad. Otra cuestión interesante es el papel que el español confió al africano para amortiguar o evitarle el posible enfrentamiento con los indios y sus descendientes, así como la posible unión de los dos grupos mayoritariamente explotados. Por esto, fue frecuente que el obrajero designara en puestos de confianza y mando a negros o mulatos, sobre todo, ya como mayorales, capataces, mandones o criados. Es indudable que el negro y su descendencia establecieron alianzas con el amo, buscando un estatus de excepción que se traduce en mejores condiciones de vida (cuando no la vida misma) y en una más alta consideración social.

Es así, que la jerarquía interna del universo esclavo se define y establece con base en dos criterios: por su autonomía (medida por el grado de confianza que el amo depositaba en él dándole posiciones de poder sobre otros esclavos) o por su saber (como intermediario entre blancos y negros). De esta manera, las relaciones entre los trabajadores obrajeros estuvieron marcadas por la heterogeneidad étnica y la violencia de las relaciones desiguales. Sin embargo, y pese a la oposición entre negros e indios alimentada por el español, como a las restricciones legales para evitar que se unieran, las alianzas entre ellos no dejaron de darse tanto en el aspecto amoroso como en el solidario al interior del obraje, para oponerse al mal trato del obrajero.

Para Brígido Redondo, el trabajo esclavo en el estado de Campeche estuvo fundamentalmente relacionado con la existencia de plantaciones de caña de azúcar y trapiches que desde un principio comenzaron a prosperar en la zona. La primera solicitud formal de esclavos negros la hizo Francisco de Montejo el Adelantado en los primeros meses de 1531, para fundar la ciudad de la Nueva Salamanca, el antecedente de la Villa de San Francisco de Campeche. Al poco tiempo los colonizadores fueron expulsados por los naturales y entonces se vieron en la necesidad de solicitar esclavos para protegerse de ellos. Fue así que se les concedió una Licencia en 1533 para introducir los primeros 100 esclavos negros africanos.

La historia consigna la existencia de un rústico ingenio azucarero en Champotón en los años de 1539, y algunos años más tarde empezó a exportarse azúcar a las Hibueras. Este tipo de ingenio exigía la acción continuada de 80 a 100 esclavos, sin contar los que se dedicaban a la zafra y las labores de siembra y el cuidado total de las extensiones sembradas. Veinte años después, el ingenio seguramente era ya bastante grande, pues exportaba azúcar a la capital de la Nueva España, a Panamá y a Honduras y a Guatemala, adonde también se enviaba sal, arroz, maderas preciosas, etc. Por Cédula Real, para 1595 se establecía que quedaban exentos de ejecución de deudas los ingenios azucareros, sus tierras, sus maquinarias y sus animales. Otra cuestión que destaca Redondo con relación al trabajo esclavo es la existencia de una especie de encomienda de negros, que al no dársele la importancia que se le dio a la de indios, no fue legislada.

El trabajo total del esclavo fue una ‘favorecencia’ del encomendero. Es indudable que los esclavos negros y los indígenas mayas establecieron un intercambio cultural y genético casi inmediatamente al arribo del primer colonizador; el estatus social que guardaban frente al amo y la semejanza del punto de vista en que se juzgaba a su cultura frente al conquistador, propició un nuevo producto humano, criollo americano, venido de estos dos grupos caídos en desgracia. Por otro lado, los mismos encomenderos propiciaban el cruce de estas dos razas, ya que cada producto de la concepción entre ellos le producía a los amos un nuevo esclavo que ofertaban inmediatamente.

Aun en contra de las leyes que regulaban la trata de negros o las que más adelante la prohibieron, la trata siempre continuó y en Campeche existió disfrazada aún en los albores del siglo XX. Además de los esclavos que se utilizaron en un principio para la construcción de la ciudad amurallada de Campeche, algunos pobladores tenían licencias reales para llevar consigo esclavos domésticos, ladinos algunos. Posteriormente, y durante todo el periodo colonial, la mayor parte se dedicó a trabajar en los cañaverales y trapiches para la producción de azúcar.

El padrón militar de 1778 muestra que la población esclava empleada era mayoritariamente masculina. En los obrajes eran  empleados 106 mulatos y 6 negros; estos sólo son los dedicados a la manufactura y del sexo masculino. En 1776, en el padrón se habían registrado 57 esclavos en 7 obrajes, esto quiere decir: un promedio de 9.6 esclavos por obraje. Un año más tarde se encontró en el padrón una cifra de 115 esclavos en total; esto quiere decir que había 16 esclavos en cada obraje; por lo tanto, se confirma el creciente uso de esclavos en los establecimientos manufactureros; por ejemplo, tan sólo en el obraje de Escandón se contaba en ese año con 27 esclavos. Otra posibilidad es que el número de obrajes hubiera subido, entonces el número creciente de esclavos se distribuiría entre los nuevos establecimientos manufactureros.

Aunque el número de indios o de españoles superaba al número de esclavos, estos eran muy importantes en el trabajo de los obrajes gracias a su conocimiento especializado; eran los maestros del tundidor, tejedores o hiladores, y hasta el momento no se ha hallado evidencia de que fueran utilizados como capataces o que realizaran labores administrativas. Por otra parte, el crecimiento de la actividad económica hacendaria propició la formación de una élite local, que en muchos casos podía mantener a un número elevado de esclavos dedicados a los servicios domésticos.

Los esclavos de los obrajes y los dedicados a otras tareas, gozaban, al igual que los indígenas, de algunas libertades y prebendas; parece ser que esto se hacía para poder retener al esclavo-trabajador especializado. Algunos de los trabajadores de los obrajes estaban registrados como ‘mulatos libres’, esto quiere decir que vivían en casa propia o rentada, las que se ubicaban en las cercanías de la iglesia de San Sebastián. Como la escasez de mano de obra fue una constante en el Bajío durante la segunda mitad del siglo, a los peones se les mantenían sujetos por medio de deudas, y a los esclavos, con la esperanza de que pudieran alanzar su libertad. Esto quiere decir que el régimen de sujeción laboral se basó en la libertad de deudas para los peones y la libertad legal para los esclavos; por lo tanto, es claro que las lealtades eran más fuertes aquí que en las zonas rurales, donde no había cercanía entre dueños y esclavos.

Para que los esclavos queretanos obtuvieran su libertad tenían que comprarla o demandarla, y las fuentes de recursos para obtenerla dependían de sus habilidades. Con esto podemos ver que los esclavos de los obrajes de descendencia africana dominaban como fuerza productiva; por lo tanto el proceso técnico de la manufactura los fue acercando a nuevas vías de liberación, lo cual rompe con la idea de que las condiciones económicas e ideológicas no hacían diferente a la esclavitud del siglo XVIII.

El trabajo de Arturo Mota nos dice que la forma de garantizar el trabajo del trapiche era mediante el abasto de agua, leña, tierra, fuerza de trabajo animal o humana (esclava o libre); la fábrica de azúcar normalmente entraba en crisis a causa de desastres naturales, y, por otra parte, por la cercanía de comunidades indígenas que reclamaban daños a sus propiedades, donde, aunque al final el ingenio es el que resultaba triunfante, esto desestabilizaba los ritmos de trabajo afectando a la producción final. Por otra parte, el ingenio se encontraba con el problema de la mano de obra esclava que, para el tercer cuarto del siglo XVII, representaba para los administradores de la finca más que una fuerza productiva, una carga; esto representó una venta de esclavos a los ingenios de Córdoba, incluso a crédito.

Los esclavos se dedicaban a hacer el azúcar y la panela en un local donde también se elaboraban las tejas, cerca de allí se encontraban el corral de bueyes y la pieza de caballería donde se alojaba a los asnos. La vida de los 158 esclavos transcurría en este escenario de trabajo, había adultos, adolescentes y niños. Estos datos se encuentran contabilizados en el inventario de 1768 para el alcalde de Teotitlán; aunque contando a los cedidos y a los huidos en tiempos de los jesuitas, el número de esclavos subiría a 161.

En lo que se refiere a los esclavos huidos, Arturo Mota nos aclara que no necesariamente estos eran cimarrones y que incluso los administradores del ingenio tenían poco interés en recuperarlos, ya que a estas alturas del siglo XVIII la fuerza de trabajo esclava ya resultaba un fastidio, pues la economía del ingenio se encontraba muy mal y la captura de los esclavos significaba un gasto y un tiempo que ya no podían perder.

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