opinión

En los años setenta del siglo pasado, en una entrevista que le hicieron al Ingeniero Heberto Castillo, le preguntaron si después de su participación en el movimiento estudiantil de 1968, que fue brutalmente reprimido y que le había costado persecución y ser encarcelado en el entonces célebre Palacio Negro de Lecumberri, había pasado a luchar por lograr el registro de su partido político, el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), para poder participar en las elecciones, en el marco de la reforma política, promovida por el régimen de entonces.

Desde la instauración en México del neoliberalismo como modelo económico de crecimiento y de una nueva modalidad de acumulación de la riqueza, los sindicatos del país se vieron avasallados y fueron perdiendo terreno las prestaciones sociales que fueron producto del modelo de bienestar y en la mano se enarbolaba la Ley Federal del Trabajo, que en su tipo no había otra igual por su alto sentido social y protección al trabajador. En los últimos 35 años todos los sindicatos han vivido, unos más otros menos, la conculcación de sus derechos laborales e incluso desaparición de sindicatos por la vía de la fuerza y de la ley.

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