Información

Por: Kau Sirenio

La violencia de Acapulco que
el gobierno no ve ni oye

Escena del crimen. Imagen cotidiana. [Foto: Carlos Alberto Carbajal]
A+
A-

Bajo el puente vehicular de la calzada Pie de la Cuesta, policías de la gendarmería federal y ministeriales observan con desprecio al cuerpo inerte de un hombre que yace en el piso, mientras que la policía estatal se recarga en el muro del panteón San Francisco; ellos, al igual que los reporteros, miran el cadáver en silencio.

A la una y media de la tarde, un reportero avisó a los demás que se encontraban en una conferencia de prensa con el secretario de Turismo del gobierno de Guerrero, Ernesto Rodríguez Escalona, quien presumía los logros del gobierno del estado en promoción turística del puerto de Acapulco.

«En dos años, hemos logrado traer más turismo al puerto; eso significa que vamos bien, aunque los desastres naturales nos han afectado demasiado: la lluvia, huracanes y temblores. Pero eso no nos detiene; al contrario, podemos presumir que muy pronto tendremos vuelos internacionales…», exaltaba el funcionario.

Rodríguez Escalona siguió hablando de las «maravillas» que ofrece el gobierno del estado; eso sí, no hizo una sola mención de la violencia que padece Acapulco, ahora con nuevo territorio en disputa: el Centro y barrios históricos, como La Guinea, Cuerería, El Comino y La Lima.

Hasta hace dos meses, la pugna por el control del territorio se daba en la periferia: colonias como La Zapata, Renacimiento, Simón Bolívar, Frontera, La Sabana, Cayaco y Libertad. Pero ahora, el ajuste de cuentas regresó de nuevo a la zona del centro.

Así es Acapulco. Aquí nadie ve ni oye lo que pasa en las calles. Si alguien ve un muerto arrojado en la vía pública, voltea hacia otro lado y sigue su camino; se ha vuelto normal encontrar cadáveres embolsados o destazados, no pasa nada. Si el gobierno del estado no oye ni ve, los acapulqueños menos se van a preocupar de la violencia.

Carlos Alberto salió apresurado de la sala Dolores Olmedo del Centro Internacional de Acapulco (CIA) hacía calzada Pie de la Cuesta; para llegar allí tuvo que sortear el tráfico vehicular en la costera Miguel Alemán en un taxi colectivo, de los amarillos, como conocen a este transporte.

El colectivo iba a vuelta de ruedas, mientras que los pasajeros desesperados se abanicaban con lo que llevaban en la mano. Tratar de recorrer la Costera de Acapulco en hora pico es toda una odisea. Desde los claxones de los camiones que llevan música a todo volumen, hasta los insultos de los transeúntes. Aquí todo pasa; y no se diga el calor infernal que golpea todos los días.

Sin embargo, en la conferencia, Rodríguez Escalona no habló de los pésimos servicios que prestan los restauranteros o los taxistas y menos de los camiones destartalados que circulan en las principales avenidas del puerto.

Del CIA a Plaza Galería, el calor sofocante no impide que soldados y marinos anden con su chaleco antibalas. Ahí, entre estudiantes y transeúntes a los lejos se dejan ver los caños de las armas que portan los militares. El uniforme verde hace que los huachos no se pierdan entre el bullicio.

En la Costera sí hay militares, es cierto, eso no puede negarse. Pero en las periferias o en las colonias populares, como la del Centro, no se ven. En la escena del crimen del panteón San Francisco, llegaron 15 elementos de seguridad, entre gendarmería, policía estatal y ministerial.

No es para menos, el viernes, en la mañana hubo un asesinato por la mañana en la colonia Mozimba. Un accidente casi llegando a la Base Aérea número 7. Un vocho se impactó contra el muro de contención de la carretera federal Acapulco-Zihuatanejo, el conductor murió al instante.

Testigos que presenciaron el accidente dijeron que hombres armados iban siguiendo al carro accidentado, hasta que el chofer perdió el control.

El colectivo sigue sin avanzar. El celular de Carlos Albertos no deja de sonar; los otros reporteros coemntan pormenores de lo ocurrido a un costado del panteón San Francisco, que años atrás, promotores y gestores culturales de Acapulco intentaron convertir en museo, pero no lo lograron.

Cuando el taxi rebasó frente a la oficina del periódico El Sol de Acapulco, el conductor del colectivo preguntó a Carlos Alberto su destino.

–¿Dónde te vas a bajar? –inquirió el chofer.

–En la Comercial Mexicana está bien –reviró el reportero gráfico.

El fotoperiodista pagó al conductor del colectivo y se dispuso a caminar hacia el mercado central. Entre la gente se escuchaba la vieja canción que el grupo musical de la región Acapulco Tropical hizo su himno en los años setenta.

«Ahora que me encuentro lejos/ de mi puerto tropical, /yo siento una gran nostalgia/ me dan ganas de llorar. / Estoy lejos de Acapulco/ No sé cuándo volveré…».

El sonido estridente de la música llega en las calles aledañas, como 5 de Mayo y avenida Cuauhtémoc, pero Carlos Alberto no le hace caso, camina a zancadas con la cámara en la mano, como si fuera policía. La música del Acapulco Tropical aún no se pierde a pesar de la lejanía del aparato:

«Mi lindo Acapulco/ no te puedo olvidar, / yo siento en el pecho/ deseos de regresar. / Mi lindo Acapulco/ gran puerto eres tú, /olas y palmeras /orgullo del sur…».

La cumbia que hace referencia a Acapulco en aquellos años, cuando el puerto era el «Paraíso del Pacífico», ahora sólo es leyenda. Los acapulqueños que salieron del puerto, expulsados por las extorsiones, secuestros y asesinatos, ya no querrán regresar. Sólo recuerdan la última estrofa de Mi lindo Acapulco que apenas se alcanzan escuchar por la lejanía de la calle la Noria:

«Cuando salí de Acapulco/ mis labios iban temblando, / llorando al mirar sus playas / que lejos iban quedando…».

La nostalgia queda. Los acapulqueños que antes bailaban cuando Luis Miguel cantaba Acapulco amor ahora viven aterrorizado por el alto índice de asesinatos. «Parece que el número de homicidio ha bajado un poco, ahora es de dos al día, antes era de cinco a ocho», comparte Carlos Alberto.

La estadística del gobierno federal ubica a Guerrero como el estado donde más se cometen asesinatos. De enero a agosto de 2017, se contabilizaron, mil 161 homicidios, lo que indica que hay 6.45 muertes violentas diarias. Esta cifra supera a la de los últimos meses de 2016.

Bernardino Hernández voltea a ver a sus compañeros que disparan sus cámaras hacia los ministeriales y personal de Servicio Médico Forense (Semefo) que apurados hacen diligencias en la escena del crimen. Mientras esto ocurre, Carlos Alberto platica su vivencia en la ‘cobertura’ en Acapulco, que desde hace once hace se convirtió en zona de guerra. Campo de batalla que sorprendió a reporteros y ciudadanía acapulqueña.

«Ahora es más complicado la ‹cobertura›; nadie quiere salir de noche por una foto. Además, que una vez que llegamos a la escena, los policías estatales o federales siempre obstruyen nuestro trabajo», dice Carlos Alberto.

El Berna, como conocen a Bernardino Hernández, aporta lo suyo. «Lo más difícil en la cobertura es la inseguridad, pero a esto le agregamos que los policías siempre nos sacan a manotazos o impiden hacer fotos en la escena de crimen. Por ejemplo, hoy el policía güero que ves allá, hace rato a empujones quiso impedir que hiciera mis fotos».

Después de que los de Semefo levantaron el cadáver, los de la gendarmería abordaron su camioneta; lo mismo hicieron los estatales y ministeriales. Los últimos en abandonar el lugar del crimen fueron los reporteros.

Carlos Alberto pidió un raite a su compañero de la fuente, ya en el camino iba platicando más de lo que pasa en Acapulco. Habla de los policías estatales y federales. Que, por cierto, el 24 de febrero de 2015, policías federales le despojaron de su cámara cuando cubría la represión en contra de los maestros en el aeropuerto Internacional de Acapulco. Esa agresión, aún no ha sido resuelta.

En la pared que sostiene el puente vehicular de la calzada Pie de la Cuesta, justo donde quedó el cráneo del hombre asesinado, una publicidad de lucha libre anuncia la pelea para el 16 de noviembre, en la arena Coliseo Acapulco, muy cerca de donde se oían la cumbia de Acapulco Tropical.

Antes, esta zona era de fiesta, empezando desde La Noria hasta la zona roja (zona de tolerancia); había de todo y se podía caminar sin ningún problema. Ahora, esto no ya no es posible. El último éxito que se vivió acá cerca era cuando aún funcionaba cine Bahía; sobre la avenida Ruiz Cortines las luces de salones de fiesta parpadeaban hasta la madrugada.

A estos centros nocturnos llegaban policías, soldados y marinos a bailar cuando salían ‘francos’, aunque ya pasados de alcohol se agarraban a golpes, era muy común ver soldados contra marinos o marinos y soldados conta la policía judicial. No pasaba que uno u otro saliera con unos golpes de más. Pero todo era convivió.

De aquellos años, sobre la calle que sube por la Cuerería hacía El Comino, las pandillas hacían de las suyas con los borrachos. Ellos eran los dueños y amos de la noche en esta zona.

Los años maravillosos pasaron aquí, se esfumaron con el huracán Paulina en 1997. Desde aquellos años, nada volvió a ser normal para los colonos de esta zona. Muchos de ellos viven ahora en Tijuana, Ciudad de México, Cancún y Guadalajara.

Porque en Acapulco, las balaceras y los muertos siguen; y no se diga la extorsión, el secuestro y el cobro de piso. Aunque el secretario de Fomento Turístico, Ernesto Rodríguez Escalona, diga que Acapulco es un lugar pacifico. Las cifras de homicidios, dicen lo contrario.

COMPARTIR:

EnTwitter EnFacebook EnGoogle+
anterior | INDICE
ver carton

Ediciones anteriores

Close